Capítulo 27 Las matemáticas también fallan. #6
Endurezco la expresión, intentando que no perciba hasta qué punto esa pregunta acaba de hacerme pedazos el orgullo.
—Voy a encargarme de esto, Liliana.
—¿¡Esperas que salga corriendo y deje que te maten!?
La voz se le eleva hasta quebrársele al final y sus manos vuelven a cerrarse alrededor de mi camisa, como si pudiera retenerme a fuerza de agarrar la tela. Como si la presión de sus dedos bastara para impedir una decisión que ya está tomada.
Que es la mejor.
—Sí. Vas a hacerlo. —Le cubro los puños con una mano, firme—. Porque nadie va a matarme. Volveré a ti. Lo tengo controlado. No voy a fallar.
El pánico de sus facciones da paso a algo más profundo y, en cuanto lo veo, comprendo que acaba de darse cuenta.
—No puede ser… Todo esto… —farfulla, mirando a su alrededor—. Lo tenías planeado, ¿verdad? ¿Desde cuándo?
Me sostiene la mirada, esperando que lo niegue. Que le diga que acaba de surgir, que hemos tenido que improvisar, que se trata de una emboscada real. Cualquier cosa menos lo que es.
Permanezco en silencio. El avión da una sacudida, pero ninguno de los dos parpadea. Sé que la respuesta va a romper algo entre nosotros, pero no pienso mentirle.
No en esto.
No otra vez.
—Desde hace meses.
Espero el golpe.
Me preparo para recibirlo. Para soportar su rabia, el empujón, ese genio suyo que siempre consigue imponerse al miedo cuando se siente acorralada.
Pero no llega.
Sus dedos aflojan lentamente el agarre de mi camisa, dejándome ir.
Y eso es mil veces peor.
Mucho peor que escuchar su voz rota, cargada de una decepción que termina haciéndome añicos por dentro.
—¿Otra vez? —Una lágrima le resbala por la mejilla—. ¿Otra vez soy la última en saber lo que van a hacer conmigo? ¿Otra vez no puedo decidir? ¿Tú también, Aleksei?
Y eso consigue destrozarme mucho más que cualquier bala que pueda estar esperándome en ese hangar.
Porque tiene razón.
Porque acabo de hacerle exactamente lo mismo que todos los bastardos que han pasado por su vida y me he convencido de que, en mi caso, es diferente porque estoy intentando salvarla.
Puede que lo sea.
Pero a ella le duele exactamente igual.
Porque soy yo.
Porque estoy arrebatándole ese control que tanto le ha costado conseguir.
La desesperación me golpea de lleno. Le sujeto el rostro con ambas manos, sin el cuidado que debería, intentando obligarla a mirarme. Ella aparta los ojos y noto cómo empiezan a temblarme los dedos mientras me aferro a ella.
—Mírame.
Necesito que comprenda esto. Que sea lo único que se lleve consigo cuando entre en ese túnel. Pero cierra los ojos y aprieta los labios, intentando contener el llanto.
—¿Por qué nunca puedo elegir? —La voz se le rompe en un sollozo—. ¿Por qué tú…? ¿Por qué…?
—No, cariño , por favor, no. —Le limpio las lágrimas con el pulgar, brusco y torpe, porque mis malditas manos parecen incapaces de hacer algo semejante con delicadeza—. Conmigo siempre podrás decidir. ¿Me oyes?
No me mira. Continúa llorando mientras siento que el puto corazón se me descompone dentro del pecho.
—Liliana, por favor. Todo lo que he preparado, todo esto… es para sacarte de aquí ilesa. Es la última vez que no te enterarás de algo. La última. Mírame, nena. Te lo juro.
Se lo digo suplicando, eliminando el último milímetro de distancia entre nosotros. Estoy a punto de ponerme de rodillas, desesperado, porque sé que, si empieza a dudar ahora, todo puede salir mal. Su vida correrá peligro y jamás conseguiré perdonármelo.
Liliana percibe la desesperación en mi voz y, por fin, levanta los ojos para buscar los míos.
Lo hace como si pudiera leerme el alma entera con la mirada.
Como si necesitara sentir la verdad de mis palabras, en lugar de limitarse a escucharlas.
La veo buscando aquello que necesita encontrar para creerme, ese algo que pueda demostrarle que no estoy mintiéndole otra vez, mientras se aferra a mí en mitad de esta maldita tormenta.
—¿Me lo prometes? ¿Me prometes que todo irá bien?
Tiene una voz tan pequeña que consigue destrozarme.
Trago saliva, obligándome a hacer lo mismo con mis dudas.
—Te lo prometo.
Le sostengo la cara entre las manos y apoyo mi frente contra la suya durante un segundo. Solo uno. Cierro los ojos, intentando grabarme su olor.
Es todo el tiempo que puedo permitirme.
—Pero necesito que bajes con Svetlana cuando te lo diga. Que no mires atrás.
—¿Bajar? —Parpadea, perdida, intentando procesarlo.
—Hay un túnel —interviene Svetlana rápidamente—. Debajo del avión. Tú y yo saldremos por ahí, lejos de las balas, y cruzaremos hasta el bosque. Será cuestión de minutos, fierecilla. Pegada a mí, sin separarte pase lo que pase. Estaremos…
La voz de Svetlana se interrumpe bruscamente porque ambos lo escuchamos al mismo tiempo.
El sonido lejano de un cristal haciéndose añicos, seguido de un chasquido seco y del silbido inconfundible de un disparo de alto calibre.
Una bala de francotirador atravesando el aire del avión.
Y entonces la gravedad parece desaparecer.
El morro de la aeronave cae en picado, descendiendo a una velocidad mucho mayor de la que debería.
Y lo sé.
Alguien ha matado al piloto.