Capítulo 27 Las matemáticas también fallan. #5
Esquivo la pregunta. Si abro la boca para responderle, no va a bajar de este avión. Sé cómo es. Sé lo que teme.
—Solo prométemelo, Liliana. Es lo único que te estoy pidiendo.
Deja escapar un sonido incrédulo, una especie de carcajada desprovista de cualquier rastro de diversión, mientras se revuelve entre mis brazos, intentando apartarse.
No se lo permito.
—Liliana…
—¡No puedes pedirme eso, Aleksei! ¡No sin explicarme nada!
La estrecho con más fuerza contra mi cuerpo.
—Nena, por favor.
Sé que no es justo. Que no tengo derecho a pedírselo de esta manera, pero lo necesito. Necesito que me haya dado su palabra antes de conocer todos los detalles. Que, cuando sepa lo que va a ocurrir, no le quede otra opción que cumplirla.
—¡No! —Se resiste—. Algo malo está pasando, ¿verdad?
—Liliana...
—¡Solo dime eso, joder!
—¡Maldita sea, Liliana! ¡Sí! ¡Por eso tienes que irte con ella!
Aparta la mirada de la mía.
—Liliana, por lo que más quieras, prométemelo.
Veo la negativa formándose en sus labios. Todo su cuerpo se pone rígido, resistiéndose a ceder porque sabe que todavía estoy ocultándole la peor parte.
Le duele acceder. Le jode tener que hacerlo a ciegas.
Respira, librando una guerra consigo misma delante de mis ojos, y continúa haciéndolo hasta que mi mano desciende un poco más por su mejilla y vuelve a levantar la mirada hacia mí.
— Cariño … por favor.
Veo las lágrimas empezando a acumularse en sus ojos. Cierra los párpados para intentar ocultármelas, pero es inútil. Puedo ver cómo el miedo a lo que está por venir termina de quebrar su resistencia.
La veo tragarse el orgullo y el terror cuando finalmente asiente. Cuando me entrega lo único que todavía puede darme, con los ojos húmedos y sin saber realmente a qué está diciendo que sí.
Dios. No la merezco.
Nunca la he merecido, pero voy a quedármela de todos modos.
Abro la boca para empezar a explicárselo, pero la luz del techo parpadea y adquiere una tonalidad más oscura. La voz del piloto irrumpe por el interfono:
« Señores, iniciamos descenso. Diez minutos para tierra ».
Siento cómo el suelo de la aeronave comienza a inclinarse de forma perceptible bajo mis botas.
—Deberías sentarte, es peligroso —le indico.
—Mira, Aleksei, o hablas o…
El tintineo metálico de un cinturón de armas y el sonido de unos pasos ligeros que se detienen a su lado consiguen hacerla callar.
Va vestida de negro, con el pelo recogido, una pistola enfundada en el muslo y esa expresión seria que mi chica todavía no sabe interpretar, pero que yo conozco perfectamente.
—¿Svet?
— Fierecilla . —Su tono se suaviza cuando deposita una mano sobre su hombro—. Estás despierta.
Percibo el instante exacto en que Liliana la examina de arriba abajo y su última esperanza termina cayendo al suelo, hecha añicos. Cómo, sin necesidad de que ninguno de nosotros termine de explicarle, empieza a comprenderlo por sí misma.
—Svet… —Su voz sale frágil, reducida a hilo apenas perceptible—. Vas armada.
Svetlana le sonríe, comprendiendo su reacción. Llevan meses conviviendo, pero es la primera vez que Liliana la ve como parte de la mafia. Como un soldado de verdad. Es la primera vez que se muestra tal y como es, en lugar de limitarse a interpretar el papel de la sirvienta que se ganó su confianza.
— Moya Liliya , ya sabes lo que te ha pedido tu futuro marido. Yo no voy a pedirte lo mismo, pero necesito que me escuches, ¿vale? —Habla con tranquilidad, utilizando esa calma suya que la gente suele confundir con dulzura—. Y, sobre todo, que no te asustes.
Liliana retrocede por instinto, choca contra mi cuerpo y aferra los dedos a mi antebrazo. Está temblando, y ver cómo vuelven a empañársele los ojos hace que prefiera que me arranquen el corazón antes que tener que soportar la culpa de saber que soy yo quien la he arrastrado a todo esto.
—¿¡Escucharos!? —Su voz sale completamente alarmada—. ¿¡No asustarme!? ¡Svet! ¡Nadie te pide que no te asustes si no pasa algo horrible! Llevo toda la noche a ciegas. —Empieza a negar con la cabeza—. No. Ya no. No quiero más excusas. Quiero que alguien me hable claro de una puta vez.
—Nena…
—No, Aleksei. Solo suéltalo. No lo suavices más.
Se desprende de mi brazo y pone distancia entre nosotros, aunque le tiemblen las piernas al hacerlo.
—He prometido confiar en vosotros sin saber en qué. Me merezco una respuesta. Voy a ser tu esposa, me merezco… —La voz se le quiebra, impidiéndole terminar.
No lo soporto.
Avanzo de una zancada, le rodeo la cintura con un brazo y vuelvo a atraerla contra mí, sujetándola aunque se resista.
Siento su pulso desbocado golpeándome el antebrazo, su respiración al borde de la hiperventilación y cada músculo de su cuerpo preparándose para huir, aunque todavía no sepa de qué.
Y no puedo prolongarlo más. Cada segundo que permanezco callado es un segundo que pierdo para ponerla a salvo.
Así que se lo digo sin rodeos, con una brusquedad que no consigo evitar, porque la pista está cada vez más cerca y ya no queda margen para hacerlo de otra manera.
—No vamos al funeral de Iván. —Noto cómo deja de respirar—. Nunca ha sido nuestro destino.
No pregunta.
No hace falta.
Cierra los ojos durante un instante y, cuando vuelve a abrirlos, lo que descubro en ellos no es sorpresa, sino la confirmación de un miedo que lleva un buen rato negándose a reconocer.
—Por eso estabas contando balas —exhala, empezando a unir las piezas—. Por eso Svet va armada.
Asiento y las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas.
Me obligo a continuar, a darle la respuesta que está pidiendo.
La que merece.
—Cuando aterricemos, habrá hombres esperándonos. —La estrecho un poco más contra mí, acercándome a su oído para susurrárselo—. Gente que quiere hacerte daño a ti para llegar hasta mí.
Se gira entre mis brazos, despacio, como si el simple movimiento le costase la vida. Busca mi rostro. Está pálida, con los labios prácticamente blancos, y en sus ojos descubro el instante exacto en que todas las piezas terminan de encajar.
Y ninguna le gusta.
—¿Petro? —pregunta de repente.
—Yo me encargo de eso. No va a tocarte.
Sacude la cabeza, como si no fuese eso lo que más le preocupa.
—¿Y qué pasa contigo? ¡Estás herido, Aleksei!