Capítulo 27 Las matemáticas también fallan. #4
No le hacen ningún favor a mi salud mental. Desde luego, no a las puertas de semejante mierda.
Soy incapaz de apartar los ojos de ella, de su cabello revuelto por las sábanas y de esa expresión adormilada que tanto me gusta. Hasta que, de pronto, nuestras miradas se encuentran.
Y algo debe de percibir, porque se detiene en seco.
No avanza. No dice nada más. Se queda inmóvil a medio paso, porque es jodidamente inteligente y, a pesar de todos mis intentos por ocultarlo, se da cuenta.
Claro que lo hace .
Mi chica lleva siete años aprendiendo a interpretar cuanto ocurre a su alrededor para sobrevivir. Tiene el cerebro programado para detectar el peligro y esta vez no iba a ser una excepción.
Lo percibe en todas partes. En la ausencia de Svetlana. En Nikolai, que lleva desde que ella ha aparecido sin pronunciar una sola palabra por miedo a cagarla.
Y, sobre todo, lo ve en mí. En la rigidez antinatural de mis hombros, en esa expresión que ya es demasiado tarde para borrar de mi cara.
—¿Qué pasa? —Su voz cambia y el tono somnoliento desaparece por completo—. ¿Por qué tenéis esas caras?
Doy un paso hacia ella con intención de tranquilizarla, pero retrocede. Lo hace por pura inercia, negando con la cabeza mientras examina la habitación en busca de respuestas.
—No pasa nada, solnyshko —murmuro, bajando la voz en un intento de que se relaje—. Solo son cosas del aterrizaje.
—¿Sí? —Enarca las cejas con escepticismo—. ¿Las cosas del aterrizaje te hacen contar balas, Aleksei?
Mierda.
Su pecho comienza a subir y bajar a un ritmo frenético, delatando que hay algo más que la preocupa. No es la primera vez que me ve con un arma en las manos.
Es probable que haya oído algo .
Que se haya despertado antes de lo que creía y escuchado parte de la conversación.
—Son cosas sin importancia, Moretti. Tics de la mafia… Todos lo hacemos —interviene Nikolai antes de que pueda responder, aunque ni siquiera a mí me resulta creíble.
Liliana nos observa. Sus ojos castaños saltan de uno a otro.
—¿Tics de la mafia? ¿Igual que las guerras internas?
Sus palabras consiguen que el silencio se instale de inmediato entre nosotros. Noto cómo el sudor frío empieza a acumularse en la base de mi cuello.
No hay otra alternativa. Desvío la mirada hasta Nikolai.
— Blyad, muzhik —sisea el rubio, negando con la cabeza—. Razbiraysia so svoyey dikarkoy sam. Ya ujozhú. [20]
— Niet [21] —gruño, prohibiéndoselo.
— Eto tvoya gróbanaya zhenshchina, eto tvoi... [22]
Doy un paso hacia él, dispuesto a dejarle bien claro que no pienso permitir que se escaquee, cuando la voz de Liliana me interrumpe.
—¡Lo ves! —exclama, señálandonos—. ¡Estáis tensos y hablando en ruso! Claro que pasa algo.
—Moretti, no te vuelvas loca. Todo está en orden. Aleksei te explicará qué está pasando, ¿verdad?
Siento un hormigueo recorriéndome las extremidades, como si cada músculo de mi cuerpo estuviera exigiéndome abalanzarme sobre él. Pero no puedo hacerlo, porque Liliana me mira y leo en sus facciones que necesita que empiece a hablar.
—¿Aleksei? —pronuncia mi nombre bajito, con algo parecido al enfado empezando a dibujársele en el rostro—. Tienes expresión de estar calculando cómo decirme algo. Algo que no quieres contarme. ¿Por qué?
Nikolai vuelve a buscar mis ojos, pidiéndome permiso para marcharse y cargarme a mí con toda la situación. Le respondo con un gesto prácticamente imperceptible.
Su postura se relaja de inmediato. Se despega de la pared y, estirándose con una teatralidad que me provoca ganas de estrangularlo, interviene:
—Respira, Moretti, que te va a dar un chungo y luego este cabrón va a matarme por tu culpa.
Todo está en orden, ya te lo he dicho. —Esboza una sonrisa mientras pasa a su lado, procurando no rozarla—.
Voy a la cabina a asegurarme de que el piloto no nos estrelle contra la pista. Os dejo hablar, ¿vale?
Le hago un gesto sutil con la mano y la sonrisa desaparece de los labios de Nikolai antes de que termine de alejarse.
Liliana percibe el cambio y eso acaba de confirmar sus sospechas. Se cruza de brazos, intentando aparentar una indiferencia que no siente, pero veo cómo su pierna derecha comienza a temblar, delatando su nerviosismo.
Odio verla así.
Odio que sea mi culpa.
—El avión está descendiendo, Aleksei —señala, desviando la mirada hacia la ventanilla durante un segundo antes de volver a clavarla en mí—. Y Nikolai acaba de mirarme como si fuera a pasaros algo. ¿Me dices que pasa?
—Nikolai es un imbécil, eso es lo que pasa —mascullo entre dientes, más para mí mismo que para ella, pero me escucha.
Ladea ligeramente la cabeza mientras la sacude, como si fuese una bomba a punto de explotar.
—No me trates como a una cría, Volkov. Ya no lo soy.
Escuchar mi apellido pronunciado con ese tono consigue ponerme inmediatamente en alerta.
No quiero discutir con ella ahora.
—No estoy haciendo eso, Liliana.
—Bien. —Levanta la barbilla, sosteniéndome el pulso con una firmeza que amenaza con volverme loco—. Entonces tienes dos minutos para decirme qué diablos está pasando. Habla. Ya.
Dios, es la única persona en el mundo con el derecho y el valor suficientes para exigirme respuestas de esta manera.
— Así no, nena, ve...
Me interrumpe en seco, levantando la mano derecha.
—No.
—Ven.
No es una orden. Por una vez en mi vida, no lo es.
Le tiendo la mano y la mantengo en el aire, esperando, pero ella ni siquiera se mueve, demostrando cuál de los dos tiene realmente el poder en momentos como este.
—No. No voy a dar un paso hasta que hables —advierte, cruzándose de brazos.
Dejo escapar un suspiro. No tenemos tiempo para esto. El avión ha comenzado a perder altura con rapidez.
Es mi última oportunidad para explicarle lo que debe hacer.
—Ven, por favor —casi le ruego—. Te lo contaré, pero… aquí. Conmigo.
Se queda inmóvil. Sus ojos descienden hasta mi mano como si estuviera ofreciéndole veneno y puedo ver cómo duda, cómo está a punto de ceder, cómo el escaso metro de distancia que nos separa parece convertirse de repente en un jodido abismo.
Pero no lo hace. Aprieta los labios y, orgullosa como ella sola, retrocede medio paso.
Es un movimiento apenas perceptible, un rechazo instintivo que me golpea en el centro del pecho.
—No, Aleksei —murmura, apretando un poco más los brazos contra su cuerpo—. Dímelo desde ahí. Si me acerco... Si me tocas, vas a utilizarlo para desarmarme. Para convencerme de algo malo. Lo sé. Te conozco.
—¿De qué crees que quiero convencerte, solnyshko ?
—Yo qué sé. De que no pelee. De que acepte lo que sea que hayas decidido hacer sin consultármelo.
A veces me molesta que sea capaz de leerme tan bien.
Es demasiado lista .
—Liliana…
—Es eso ¿verdad?
Doy un paso hacia ella, acortando la distancia por mi cuenta.
—Solo quiero tenerte cerca. —La voz me sale más ronca de lo que pretendo, casi rota—. Por favor. Se nos acaba el tiempo.
Su postura pierde parte de la rigidez cuando comprende que tengo razón.
Estamos a apenas un par de miles de metros del suelo. Falta muy poco para aterrizar y, justo cuando empiezo a pensar que no va a ceder bajo ningún concepto, lo hace.
Acorta la distancia que nos separa y deposita su mano sobre la mía. En cuanto siento el roce de sus dedos, el nudo que me oprimía el pecho desaparece y vuelvo a respirar como si no hubiese sido capaz de hacerlo durante todo este rato.
Es como si mi organismo llevase la cuenta de cada minuto que hemos pasado separados. Como si mi cuerpo se hubiese vuelto adicto a ella y recuperarla fuese lo único capaz de devolverme cierta sensación de bienestar. De hacerme sentir completo.
Mi prometida se aferra a mí con fuerza, como si estuviese experimentando exactamente lo mismo, y el diamante que le he puesto en el dedo se clava contra mi piel, revelándome una verdad que su orgullo intenta ocultar.
Está aterrada.
Lo noto debajo de toda esa obstinación. No quiere escuchar lo que tengo que decirle y no puedo evitarlo. Tiro de ella, atrayéndola hasta que sus rodillas chocan contra las mías, eliminando el último centímetro de separación entre nuestros cuerpos.
Con la mano libre le acaricio la mejilla, apartándole el pelo con el pulgar mientras siento su respiración entrecortada contra mi cuello. Liliana cierra los ojos y apoya el rostro en mi palma, entregándome mucho más de lo que le he pedido.
Confía en mí.
Jodidamente, lo hace.
Y yo voy a destrozar esa confianza en menos de un minuto.
—Debo decirte algo y necesito que me escuches. —Cambio la posición de las manos para sostenerle el rostro entre ambas—. ¿Puedes hacerlo?
Necesito que abra los ojos, que me mire, pero comienza a temblar entre mis brazos y el pulso se me acelera al sentirlo.
—Me estás asustando, Aleksei —susurra.
Le paso el pulgar por el pómulo, recorriendo sus facciones con lentitud, intentando memorizar en las yemas de los dedos la sensación de tocarla. Lo hago por motivos que jamás reconoceré en voz alta.
No. Todo va a salir bien.
—Necesito pedirte una cosa, solnyshko . Y necesito que la hagas. Sin dudar.
—¿El qué?
Sus manos se aferran a la tela de mi camisa, intentando retenerme. Como si cada parte de su cuerpo supiera ya lo que estoy a punto de decirle, incluso antes de que abra la boca.
Tomo una profunda bocanada de aire.
—Pase lo que pase cuando aterricemos, tienes que prometérmelo. Tienes que prometerme que vas a ir con Svetlana y que harás todo lo que ella te diga sin cuestionarlo.
Sus cejas se contraen y la confusión se apodera de su rostro. Una ligera turbulencia sacude la aeronave y noto cómo le flaquean las piernas.
—¿Ir con Svetlana? ¿Hacer lo que ella diga? —Sacude la cabeza—. No, eso no…
No le permito terminar.
—Necesito que lo hagas. Confía en mí. Por favor —suplico.
Me observa fijamente, buscando algo en mi cara. Una respuesta a esa pregunta que todavía no sabe cómo formular. Traga saliva y toma aire.
—¿Y tú? —inquiere, apoyando ambas palmas sobre mi corazón—. ¿Dónde vas a estar tú mientras yo me voy con ella? ¿Qué vas a hacer?