Capítulo 27 Las matemáticas también fallan. #3
—Se me ocurren incontables —respondo, totalmente serio—. Además… ¿A ti desde cuándo te importa tanto Zaitsev? Esa preocupación tuya es inusual.
Una mueca de asco le atraviesa las facciones.
—¿¡Importarme!? ¿¡A mí!? — Tiene el descaro de fingir demencia —. ¿Inusual? ¡Volkov, qué puta grima! ¡Que somos de la mafia! Tenemos una operación que cumplir. Perdón por no querer dejar ningún cabo suelto antes del aterrizaje.
No suena convencido, pero no me importa. He agotado el cupo de sandeces que estoy dispuesto a soportarle por hoy.
—Llama a Belov —ordeno, zanjando el tema—. Que localice a Misha y mande a Reznik a peinar el perímetro. Si sigue respirando, lo tendremos localizado en cuanto toquemos tierra. Y, si no… —Me encojo de hombros—, tocará añadir otro nombre a la lista de los que no van a ver el amanecer de mañana.
Nikolai inclina la cabeza, pero vuelve a quedarse inmóvil. Ni siquiera saca el teléfono.
No sé a quién cojones se cree que engaña.
Su mirada desciende de nuevo hasta la moqueta, como si estuviera lidiando con un último detalle que se le ha quedado atascado en la garganta.
Dejo el vaso sobre la mesilla con un golpe que resuen a por toda la cabina y amenaza con quebrar el vidrio.
—O lo escupes de una puta vez o te lo saco a hostias. Tú eliges.
Sacude la cabeza, obligándose a concentrarse. A no dejarse llevar otra vez por ese ridículo presentimiento.
—Lo siento, es que acabo de acordarme de lo último que me dijo Zaitsev antes de esfumarse… —masculla, tecleando por fin el mensaje—. Con toda la mierda de tu padre y lo de Petro… Se me había pasado decírtelo.
Me cruzo de brazos, observándolo detenidamente.
—¿Qué te contó?
Algo cambia en el fondo de sus ojos.
—Que Arkady ha despertado.
El nombre de mi tío cae entre nosotros como una losa de metal y tengo que morderme la lengua para no gritarle todo lo que pienso acerca de su manera de establecer prioridades. En lugar de hacerlo, me limito a indicarle con un gesto impaciente que continúe.
—Misha dijo que intentaba hablar. Que el viejo quería decir algo y parecía importante. Nos estaba buscando a nosotros, a ti y a mí. Solo a nosotros. Y que parecía… inquieto.
—¿Arkady? ¿Inquieto?
Aprieta los labios y baja la barbilla una sola vez, en un gesto afirmativo.
—Eso mismo dije yo. Conozco a ese hombre desde hace años y jamás lo he visto titubear. O es la medicación o…
—Está pasando algo serio —completo por él—. ¿Y dices que fue el crío quien te lo contó?
Asiente con un movimiento seco, como si incluso ese gesto le costara.
—¿Y crees que un traidor nos avisaría de algo así antes de vendernos?
Nikolai tarda en procesarlo. Un segundo, dos, tres… Hasta que finalmente responde:
—Solo si fuese una trampa. Pero, si lo fuera, no habría desaparecido justo después. No tendría sentido.
Exacto.
Nada de esto tiene sentido.
—¿Qué más te dijo sobre Arkady?
—Eso, que estaba muy alterado. Que intentó arrancarse el tubo él mismo y los paramédicos tuvieron que impedírselo porque todavía no puede respirar sin esa mierda. Pero se resistió.
—¿Cuánt o ?
—Según Zaitsev, tod o lo que puede resistirse un hombre moribundo de sesenta y cinco años.
Me paso una mano por el cuello mientras las piezas del tablero empiezan a cambiar de posición a una velocidad vertiginosa.
—Despierta y quiere hablar… —murmuro, arrastrando las palabras mientras sopeso cada una de sus implicaciones—. Debería ser la mejor noticia que hemos recibido en semanas, pero no lo es.
—No, no lo es. Porque el hombre que me lo cuenta desaparece justo después. Eso no es normal. ¿O sí? —Me dedica una mirada repentinamente dura—. Si lo es, dímelo. Dime que estoy viendo cosas donde no las hay, Volkov. Dímelo y cierro la boca.
No se lo digo.
Porque, por primera vez en toda la conversación, sus cuentas empiezan a cuadrarme.
Inquietantemente bien.
Arkady sabe algo. Estaba a punto de contárnoslo y el único hilo que nos conectaba con sus palabras se ha cortado sin dejar rastro.
Ahora el problema no es únicamente que Misha no responda, sino cuándo ha dejado de hacerlo.
Necesitamos averiguar qué sabe mi tío. Y necesitamos hacerlo ahora .
Saco el teléfono y tecleo otro mensaje codificado para Dimitri, confiando en que sea capaz de interpretar la urgencia entre líneas y cumplir de inmediato.
Le indico que ponga hombres a vigilar a Arkady, que nos informe de cualquier cosa que salga de su boca y que encuentre una solución con respecto a Zaitsev antes de que todo este asunto termine estallándonos en la cara.
Permanezco con los ojos clavados en la pantalla y la mandíbula tensa hasta que recibo su confirmación.
Se pone a ello.
También me asegura que todo sigue en orden con mi hermano y que los únicos movimientos que Petro está rastreando son, precisamente, aquellos que nosotros hemos decidido dejar a la vista.
Bien.
Aparto la mirada del dispositivo y me encuentro de lleno con los ojos del rubio, que no espera a que abra la boca.
—¿Y ahora? —inquiere—. ¿Desviamos la ruta o qué coño hacemos?
Entrecierro los ojos, endureciendo la expresión.
—No —sentencio—. Petro tiene localizado este avión.
Si damos la vuelta ahora, lo sabrá, y no puedo arriesgar a Liliana.
Ella es su principal objetivo. Conozco a mi hermano, tiene contempladas todas las posibilidades menos esta.
Menos el túnel. Tenemos que seguir con el plan, porque es la única forma de matarlo sin ponerla en peligro.
Y, para acabar con él, necesito que siga sintiéndose intocable.
Necesito que continúe creyendo exactamente lo que yo quiero que crea.
Piensa que nos tiene. Que lo sabe todo porque hemos permitido que descubra las cosas por sí mismo. Lo de Rusia, lo mío con Liliana, lo de la fiesta… Todo.
Está convencido de que nos lleva ventaja. De que va a matarme, de que soy débil y no tengo ni la menor idea de lo que está preparando.
Lo que desconoce es que llevo meses planeando cada detalle de esta situación para asegurarme de que el cadáver que termine dentro de una bolsa sea el suyo.
—Aterrizamos en su supuesta emboscada, entonces.
Asiento y un brillo sádico aparece en el fondo de sus ojos.
—De puta madre. —Esboza una sonrisa torcida—. ¿Ya están los nuestros allí? ¿Cómo piensas hacerlo? ¿Cómo vas a cargártelo?
Necesito ocupar las manos con algo, así que saco la Glock, presiono el retén y dejo que el cargador caiga sobre mi palma con un chasquido.
—Llevan horas preparados —respondo, comprobando la munición—. Lo ejecutaré antes de que amanezca. Antes de que la hermandad y el resto de los clanes huelan la traición y la Bratva entera se vaya a la mierda.
Inclina la cabeza en un gesto afirmativo. Nos quedamos callados, pero puedo verlo. Veo cómo una duda continúa quemándolo por dentro hasta que finalmente termina escupiendo lo que llevaba un buen rato guardándose.
—¿Sabes? Todavía me cuesta creer que vieras venir tan deprisa lo que Petro iba a hacer. Jamás pensé que tendría los huevos suficientes para cargarse al jodido pakhan, pero sí. Lo ha hecho.
Alzo los hombros y extraigo esa bala del cargador, apretándola entre los dedos.
Sé que una sola no bastará para todo lo que pienso hacerle.
—No daba un duro por este plan, Volkov —continúa Nikolai—. Pero eres un cabrón inteligente, te lo reconozco.
Niego con la cabeza.
—No. No es que sea inteligente, es que no es la primera vez que hace algo como esto. —Sacudo la cabeza, sosteniendo entre los dedos el pedazo de plomo que lleva su nombre grabado—. Lo conozco.
—¿Hablas de tu ma —
No llega a terminar la pregunta. Asiento antes de que pueda hacerlo y continúo:
—Matarlo era la única forma de obligarme a volver. Es el protocolo. Si el pakhan muere, todos nos presentamos.
Sus hombros se tensan al percibir el filo de mi voz. Prefiere no indagar más y redirige la conversación hacia algo que, por lo visto, le resulta menos peligroso.
—¿Y Yuri? ¿Tiene listo el túnel por el que van a salir?
—Avisó esta mañana. Todo en orden.
Compruebo una vez más el peso del arma y encajo la culata con un golpe seco. Nikolai, al verme, se cruje los nudillos y, acto seguido, el cuello, preparándose para lo que nos espera.
—Odio las putas guerras internas —masculla entre dientes, estirando los hombros—. Me dan asco.
Le dedico una mirada que, por sí sola, es un interrogante que parece ofenderlo.
—No me digas que tú no, hermano.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¡Por qué en el clan peleamos jodidamente sucio!
—Mueve las manos con una exageración que casi consigue hacerme poner los ojos en blanco—.
Sé que voy a ver como mínimo cuatro o cinco pollas rebanadas, caras y ojos desfigurados con ácido, cojones convertidos en pulseras… No sé si estoy mentalmente preparado.
Lo observo en silencio, absteniéndome de recordarle que, hasta hace apenas un par de semanas, él mismo llevaba la lengua de Besnik colgada del cuello como si fuese un amuleto. También omito mencionar que ha vuelto a recurrir al humor para camuflar su preocupación.
Dejo que lo haga.
Que haga lo que sea que vaya a ayudarlo.
Lo necesito centrado.
Estoy guardando la Glock en la funda cuando una voz suave, que conozco mejor que la mía propia, nos interrumpe desde atrás.
—¿Se puede saber de qué cosas desfiguradas y horribles estáis cuchicheando a estas horas?
Su voz me recorre la columna como una descarga. Por puro instinto, llevo una mano a la cadera y me aseguro de que la funda de la pistola quede completamente oculta bajo la camisa.
No quiero que se preocupe.
Si nos quedan unos minutos de calma antes de aterrizar en el infierno, quiero que los pase a mi lado, no haciéndose mil preguntas.
Con un poco de suerte, ni siquiera tendrá que enterarse de lo que está a punto de suceder. Con un poco de suerte, todo terminará deprisa y la sangre no llegará a salpicarla.
Me giro y me basta un segundo contemplándola para que todas mis defensas se evaporen.
Está de pie, apoyada en el umbral del compartimento, con uno de los jerséis que nunca utilizo. Le queda ridículamente grande, pero eso no me impide fijarme en los vaqueros ajustados que lleva.
Joder .