Capítulo 27 Las matemáticas también fallan. #2
Agarra uno de los vasos y me lo tiende, agachando la cabeza durante una fracción de segundo. Es un movimiento prácticamente imperceptible, pero que me golpea con mucho más peso del que debería.
No va a soltar ninguna broma.
Lo sé porque me ha llamado pakhan miles de veces y nunca había sonado así. Siempre lo hace con una mueca socarrona, arrastrando las sílabas como si fuera una maldita burla.
Hoy no.
No sonríe. Apenas consigue que el aire le llegue a los pulmones al pronunciarlo.
Esta vez lo dice de forma recta, metódica. Y, teniendo en cuenta que el rubio es capaz de bromear incluso con una bala dentro y que la jerarquía suele pasársela por los huevos la mayor parte del tiempo, mi cuerpo se tensa casi tanto como el suyo.
Acepto el trago que me tiende, pero no bebo.
—Desembucha.
Obedece. Lo suelta de golpe, sin anestesia:
—Misha está muerto. —Se termina el alcohol de un trago—. Eso… o nos ha vendido. No hay más, hermano. No contesta.
El silencio se instala entre los dos, pesado, irrespirable.
No consigo procesarlo. No, porque nada de lo que dice tiene sentido.
Conozco a Nikolai. No es de los que cavan tumbas basándose en sospechas ni mancha el nombre de nuestra gente acusándolos de traidores sin estar seguro.
¿Entonces…? ¿De qué cojones está hablando?
Le sostengo la mirada, desafiándolo sin palabras a que se retracte, a que abra la boca y me dé un motivo real.
Nada .
Su postura permanece inalterable y, en la oscuridad de sus pupilas, descubro que no tiene la menor intención de ceder.
—Piénsalo, Volkov. —Su voz desciende mientras vuelve a servirse vodka—. Es lo que mejor encaja.
—Muerto o traidor… —repito, saboreando el veneno impregnado cada una de esas palabras—. Lo que mejor encaja. Para uno de los nuestros.
—Sí.
—¿Estás oyendo la mierda que dices?
Asiente y los dientes me rechinan ante la rotundidad del gesto.
No puede estar hablando en serio.
—¿Te has metido algo, pedazo de subnormal?
La neblina de sus ojos no oculta su confusión.
Nunca lo había visto así por nadie. Nikolai no es de los que se enturbian cuando algo le preocupa: ironiza, suelta alguno de sus putos comentarios sarcásticos y levanta ese muro que reventaría a balazos para terminar con un último tiro en sus cojones.
—Algo, ¿de qué?
Dios, sí. Va puestísimo.
—Entonces… dime en qué mierda te basas para lanzar una afirmación así —siseo.
Se muerde el interior de la mejilla con tanta fuerza que alcanzo a distinguir la sangre en su boca. Tiene los músculos tan tensos que parece a punto de echarse a temblar.
—En que son las dos únicas opciones que hay, Aleksei.
No lo aguanto más.
Ha sobrepasado mi límite. Sus tonterías terminan de agotar la poca paciencia que me quedaba y acorto la distancia que nos separa de un solo paso, invadiendo su jodido espacio personal hasta que nuestras miradas chocan. Hasta asegurarme de que puede leer en mis ojos lo que pienso de su actitud.
No alzo la voz. No me hace falta.
—No — mascullo —. Son las dos putas opciones que se te han ocurrido primero.
Nikolai se tensa, pero no retrocede.
—Misha lleva ocho años en el equipo —continúo, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia—. Es leal, sabe defenderse y no es ningún imbécil. Así que vas a respirar, vas a encender el puto cerebro y me vas a explicar qué coño te hace dudar de él.
Sus puños se cierran a ambos costados hasta que los tendones le tiemblan por el esfuerzo de contenerse.
—Siempre responde, joder. —Su boca se convierte en una línea dura—. Sin excepción. Y lleva diecisiete horas sin hacerlo.
Diecisiete horas.
Mi primer instinto es estamparlo contra la pared por asumir esa mierda basándose en algo tan vago como unas llamadas sin respuesta, pero la ira choca de frente con la razón: por mucho que me joda, puede que esté en lo cierto.
Esa cantidad de horas sin dar señales de vida es una jodida anomalía en Misha. Siempre encuentra la manera de comunicarse.
Claro que lo hace, joder.
Una vez incluso utilizó una paloma mensajera cuando nos pincharon las líneas.
No es de los que desaparecen. No en momentos como este .
Sin embargo, ahora mismo no tenemos hechos sobre la mesa y no puedo permitirme sacar conclusiones precipitadas.
Tenemos un plan que ejecutar. Si realmente está tirado en una zanja o ha decidido vendernos, lo único que podemos hacer es mantener la cabeza fría. En la Bratva, cuando una pieza cae, analizamos la brecha, medimos el grado de exposición y movemos ficha. No nos quedamos a sollozar sobre el tablero.
El problema es que ni siquiera yo soy capaz de aplicar esa lógica ahora mismo.
Una parte de mí insiste en que Petro jamás aceptaría a Misha por las buenas. No a escasas horas de lanzar un golpe con el que cree que va a pillarnos con la guardia baja. No cuando está tan cerca de un conflicto que ya da por ganado.
Da igual lo que Zaitsev pretendiese negociar. Petro le habría metido una bala entre los ojos antes de que llegara siquiera a rozar el pomo de la puerta, y el crío no es estúpido. Jamás se colocaría voluntariamente en el punto de mira de esa manera.
No sabiendo que mi hermano sería capaz de volarle la cabeza a cualquiera de los míos por el simple placer sádico de demostrar que tiene el poder.
—Si vas a asumir algo así sobre uno de mis hombres, tendrás que darme algo más sólido que un teléfono sin cobertura, Dragunov.
Le sostengo la mirada. Pasan tres segundos hasta que su inmovilidad termina delatándolo.
No sabe qué responder.
—No me jodas, Nikolai… —mascullo, a un paso de perder la paciencia—. ¿Qué cojones te pasa?
Me aguanta el pulso durante unos instantes hasta que, finalmente, se da por vencido.
—Joder, no lo sé —resopla, pasándose una mano por el pelo—. Pero hay algo que no me cuadra, hermano.
La tensión se apodera de mí al escuchar su tono, pero intento respirar. Obligarme a prestarle atención.
—Habla.
—Tengo una sensación, ¿vale? —sisea, con la mirada clavada en un rincón de la cabina—. ¿Te acuerdas de la carnicería del casino? Tuve el mismo maldito zhut [19] durante todo aquel día.
—¿Y?
—¿¡Y!? —La voz se le desgarra por la frustración—. ¡Ese día enterramos a media docena de los nuestros y Arkady casi no lo cuenta! —Se frota la nuca, agotado—. No sé... Esta mierda me da mal fario.
Siento un impulso violento abrirse paso en mi interior.
Quiero poner los ojos en blanco, cruzarle la cara de un puñetazo o pegarle un maldito tiro. Cualquier cosa que consiga sacarle esas estupideces de la cabeza y devolverlo a la puta realidad.
Esa en la que es mi segundo al mando y tiene los cinco sentidos puestos en lo que estamos haciendo.
—¿Desde cuándo nos guiamos por augurios de mierda, Nikolai? ¿Ahora consultamos el tarot antes de ir a la guerra? ¿O creemos en brujas como los irlandeses?
El cuello se le tiñe de rojo.
—¡No es solo un jodido augurio, Volkov! ¡Son matemáticas!—espeta, inclinándose hacia delante con los ojos encendidos de rabia—. Le he llamado seiscientas veces. Y seiscientas ha saltado el buzón. Los números no mienten. O es una rata o un cadáver. No hay más.
Apoyo los nudillos sobre la mesa y me acerco hacia él.
—Las matemáticas también fallan —sentencio—. ¿Sabes cuándo?
Frunce el ceño y niega.
—Cuando el que las calcula es un puto gilipollas.
Aprieta los dientes y la indignación no tarda en apoderarse de sus facciones.
—¡Se supone que soy tu maldita mano derecha!
—¿¡Entonces por qué coño no piensas como tal, eh!
? —rujo, harto de su actitud—. Si el dispositivo sigue dando señal, no hay ningún cadáver en el río.
Si Petro lo hubiese matado, habría destruido el teléfono.
Y, si Misha nos hubiese vendido, habría quemado la SIM.
No es un novato. ¡Maldición, Nikolai! ¡Usa la puta cabeza!
El de los tatuajes parpadea y ese pequeño gesto consigue que una duda espantosa se abra paso por mi mente.
No puede ser tan tonto… ¿No?
—Has mandado a Dimitri a triangular la puta señal, ¿verdad?
Su fachada cargada de paranoia se agrieta durante un instante, delatando el fallo.
No me jodas.
Quiero reventarle los sesos con la Glock.
Quiero hacerlo porque el muy imbécil ha pasado por alto lo más básico, algo que nuestro mejor hacker tardaría tres malditos segundos en comprobar.
Se muerde el labio, inquieto, buscando alguna manera de salvar el orgullo, mientras yo cuento hasta tres intentando contener las ganas de estamparle el cráneo contra la ventanilla como si fuese una nuez.
—Su ubicación en tiempo real lleva congelada desde entonces. No creo que vayamos a sacar nada de ahí.
Vuelvo a pensarlo: alguien tendría que darle un puñetazo.
Fuerte .
Sí, porque esto no es normal.
No lo es que mi mejor hombre haya dejado de razonar con la sangre fría que lo caracteriza.
¿ Por qué?
Esa es la maldita pregunta del millón.
—Dragunov…—Inspiro profundamente, intentando no partirle la cara—. Dimitri rastrea señales utilizando satélites y mierdas bastante más complejas que el Buscar del iPhone. ¡Claro que va a sacar algo, maldito subnormal!
Nadie dice nada y, durante unos segundos, lo veo asimilar mis palabras. Intentar encontrarles la lógica hasta que, finalmente, lo consigue y toda la paranoia que llevaba encima comienza a disiparse, gramo a gramo, devolviéndole algo de color al rostro.
Se frota la nuca y expulsa el aire por la nariz, dejando escapar una carcajada sin gracia.
—Pues es verdad. Soy subnormal. ¿Qué coño me pasa?
Le doy un trago a la copa, preguntándome exactamente lo mismo y haciendo un esfuerzo sobrehumano por no gritárselo.
Parpadea un par de veces y juro que es casi como si estuviese presenciando cómo su cerebro vuelve a ponerse en funcionamiento.
—Supongo que asumí que Belov estaría ocupado poniendo a punto el localizador del anillo de tu chica . Que esa era la prioridad.
Me llevo la mano al puente de la nariz y vuelvo a respirar profundamente.
No tengo tanta paciencia a las puertas de la guerra.
No la tengo, maldición.
—¿Y no se te ha ocurrido dejar de asumir cosas antes de joderme la cabeza?
Podría seguir con Liliana. Podría...
—¿Qué cosas hay más importantes que esto?