Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 27 Las matemáticas también fallan.
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Capítulo 27 Las matemáticas también fallan.

Aleksei

Lleva dormida cuatro horas y media. Con las pestañas largas descansando   sobre las mejillas, los labios entreabiertos y un mechón rebelde sobre la frente que se mueve ligeramente cada vez que exhala.

No me he movido ni un centímetro desde entonces.

Podría hacerlo .

Tengo el brazo entumecido desde el codo y el costado herido me tira por haber permanecido tanto tiempo en la misma posición, pero no me importa.

Nada de eso es mi prioridad. No ahora.

No cuando algo  dentro de mí insiste en que no me mueva. En que no me separe de ella.

Y le hago caso.

Lo hago porque cada maldita célula de mi cuerpo se niega egoístamente a abandonarla.

¿Cómo no iba a hacerlo?

Liliana tiene una pierna enredada con la mía y el rostro hundido contra mi bíceps, como si ya se hubiese acostumbrado a tenerme cerca. Como si llevase toda la vida durmiendo de esta manera.

Y me gusta.

Joder.

Me gusta sentir su respiración lenta, ese aire que parece colarse en mis pulmones como si fuese mío, así que no. No pienso moverme.

Que se joda el brazo.

Que me lo amputen si hace falta. Tampoco sería una pérdida demasiado importante. No cuando la tengo a dos jodidos centímetros de mí, así .

Corrompido por semejantes pensamientos, acerco el índice a su rostro y le aparto delicadamente el mechón de pelo que parece molestarla. Mi chica arruga la nariz sin llegar a despertarse y se acomoda un poco más en el hueco de mi hombro, completamente relajada.

Como si no supiera del todo de lo que soy capaz.

O peor… Sabiéndolo. Ignorándolo por completo.

Confiando en mí.

Esa certeza me parte en dos sin previo aviso, pero me esfuerzo por ignorar las dudas que despierta y concentrarme únicamente en su rostro.

Maldita sea, es preciosa .

Mía .

Con mi anillo en el dedo. Cansada y dolorida por las cosas que solo yo  puedo hacerle. Por esas  en las que he sido el primero.

En las que ella ha querido que lo sea.

Mi cuerpo reacciona de forma inmediata ante el recuerdo, pero me obligo a tranquilizarme mientras continúo observándola, disfrutando un poco más de esa versión vulnerable y serena que no suele mostrarles tan fácilmente a los demás.

Se la ve distinta. Diferente a la chica nerviosa que se ha pasado medio vuelo, hasta caer rendida, haciéndome mil preguntas con esa voz que utiliza desde pequeña cuando no sabe qué decir ni cuándo parar.

Sé perfectamente qué intenciones se escondían detrás de semejante verborrea y, precisamente por eso, la he dejado ser.

Mi prometida  ha creído que estaba haciendo algo bueno por mí . Que hablar sin parar podía ayudarme a sentirme mejor. Ha pensado que sus ocurrencias conseguirían distraerme de algo trágico.

¿Y quién soy yo para contradecirla? Nadie, joder.

Lo que ella diga es ley y, para qué mentir, he disfrutado viéndola intentar reconfortarme. Viendo cómo realmente creía que el motivo de nuestro regreso era el funeral de Iván. Cómo estaba convencida de que aquello podía afectarme.

Como si yo pudiera sentir algo que no fuese rencor hacia él .

Como si yo fuese capaz de hacer otra cosa que no sea alegrarme de que, por fin, esté en el puto infierno.

Sin embargo, a pesar de que esta es mi realidad, la entiendo. Entiendo que, para Liliana, enterrar a un padre significa algo completamente distinto. Para ella sería una experiencia traumática y, de alguna manera jodidamente inocente, cree que para mí también tiene que serlo.

Maldita sea

Piensa que soy lo bastante humano como para llorarle a un muerto.

Y lo piensa porque todavía no está tan jodida por mi culpa.

Porque aún no lo sabe todo de mí. Porque todavía no he tenido ocasión de contárselo.

Hablaré con ella cuando acabe todo esto.

Me hago esa promesa mientras continúo observando la cadencia tranquila con la que su pecho sube y baja, completamente ajena a lo que nos espera cuando aterricemos.

No hace falta que sepa nada todavía.

No necesita saber que en la Bratva nadie  duerme la noche antes de una guerra. que ella es la única persona de este avión que está haciéndolo. Tampoco que llevo horas repasando hasta el más mínimo detalle de su  ruta de escape.

Cada posibilidad.

Cada nombre de los que acabarán en una fosa si se interponen en mi camino hoy.

No necesita saber que, de todos esos nombres, solo hay uno que realmente me importa.

Voy a matarlo.

Y voy a disfrutar haciéndolo.

Voy a disfrutar infligiéndole  el mismo daño que le provocó a ella. Pienso privarlo del aire y, después, arrancarle uno por uno los dedos que utilizó para marcarle el cuello.

Imagino cómo será su expresión de agonía, lo placentero que resultará contemplarla, y termino tan absorto en esos pensamientos que dejo de prestar atención a cuanto me rodea.

Al menos, hasta que noto como Liliana comienza a tiritar.

Le subo la manta y ella, no conforme con eso, me rodea con un brazo, buscando el calor que desprende mi cuerpo. Un gesto tan insignificante que, sin embargo, consigue que todos mis planes bélicos se esfumen de repente, como si jamás hubiesen existido.

Por pura inercia, cierro los ojos.

Un instante. Solo uno.

Y, durante ese efímero momento, esto es todo cuanto existe.

Por un segundo, no hay una ninguna guerra esperándonos ahí abajo.

No hay sucesión. No hay venganza.

No .

Solo estamos ella y yo.

Ahora.

En esta cama, a diez mil metros de altura.

Juntos.

Me permito permanecer un rato sumido en esa fantasía, pero, como todo lo bueno, no dura demasiado.

Escucho tres golpes en la puerta.

Mi cuerpo se tensa y abro los ojos.

Tres golpes rápidos significan problemas.

Ha sucedido algo. Ni siquiera me ha dado tiempo a incorporarme cuando vuelven a llamar.

Esta vez con más fuerza. Con mayor desesperación.

Como la despierte… Juro que lo lanzo al vacío.

Observo a Liliana una última vez antes de intentar moverme.

No quiero soltarla. Todavía no. Pero, en esta ocasión, no puedo permitirme actuar únicamente en función de lo que deseo. Muy a mi pesar, deslizo el brazo por debajo de su nuca y lo retiro con cuidado, colocando una almohada en el hueco que dejo.

Mi chica frunce el ceño, confundida por mi ausencia, y yo me muerdo el labio, tentado de mandar a la mierda a Nikolai y lo que sea que necesite de mí. Sin embargo, la veo encontrar la manta y acomodarse contra ella, conforme con semejante sustituto.

Sustituido por un trozo de tela…

Siento     una punzada de envidia absurda, pero, por una vez en mi vida, me esfuerzo por comportarme como un hombre coherente. Por recordarme que nadie a bordo de este avión se atrevería a molestarme si no se tratase de algo de vital importancia.

Si no lo es, ya lo mataré después.

Por ahora, consigo convencerme de que tengo responsabilidades que atender. De que será mejor ocuparme de todo mientras ella descansa.

De que eso es lo más conveniente para que las cosas salgan bien.

Sin embargo, ni siquiera así soy capaz de marcharme sin más.

Soy un egoísta y necesito decírselo otra vez, aunque no pueda escucharme.

—Ya tebya lyublyu, solnyshko [18]       — susurro mientras deposito un beso suave sobre su frente.

Me quedo ahí un momento más de lo necesario.

No sé muy bien por qué lo hago, pero la memorizo.

Me grabo en la retina la forma en que se mueve contra la almohada, cómo sus dedos se cierran alrededor de la manta, apretándola hasta convertir la seda en una bola arrugada.

Y solo entonces, cuando me aseguro de que tengo cada detalle grabado con nitidez en la cabeza, cruzo el umbral.

Cierro la puerta y, al escuchar el clic  tras mi espalda, algo cambia dentro de mí.

Se me endereza la columna, se me tensan los músculos del cuello y el recuerdo de su peso tibio sobre mi cuerpo empieza a desvanecerse. De repente, dejo de ser el hombre que lleva cuatro horas y media sin moverse para no molestarla y vuelvo a convertirme en lo que soy cuando ella no está mirando.

En el monstruo que lleva meses planeando con sus hombres cada detalle de esto .

Avanzo un par de pasos por el estrecho pasillo de la aeronave, con el zumbido de los motores metido en los sesos, hasta que lo veo.

Frunzo el ceño.

—¿Dragunov?

No se inmuta. Es como si no me hubiese oído.

Examino rápidamente su postura, intentando comprender qué demonios está ocurriendo.

Tiene la camisa remangada, el pelo revuelto de tanto pasarse las manos por él y la mandíbula tensa, mascando un chicle mientras mantiene una expresión que no le pega una mierda.

Está preocupado.

¿Por quién?

Esa es la verdadera pregunta.

Intento concederle unos segundos para que reaccione por sí solo, pero la paciencia no es precisamente algo que abunde en mi cuerpo cuando estamos a una hora y cuarto de un conflicto de semejante magnitud.

Además, hace ruido…

Uno tan irritante que consigue crisparme los nervios y despertar unas ganas casi irresistibles de perforarle la mandíbula de un disparo para que deje de una maldita vez de mascar.

No lo hago .

Cierro los ojos y permito que el aire filtrado de la cabina me enfríe el temperamento. Nikolai es el único al que le tolero perder el pulso de esta manera, pero ahora… Ahora no es el maldito momento.

Le clavo los dedos en el hombro hasta sentir la rigidez del músculo, pero nada.

Su     pierna continúa moviéndose contra el suelo a una velocidad que amenaza con abrir un agujero en él.

—Nikolai…

Frunce el ceño, pero no levanta la cabeza.

Le zarandeo con más fuerza, intentando que espabile, y entonces mi mirada cae sobre la mesa.

Dos vasos de vodka.

La confirmación de que algo va terriblemente mal.

Me cago en la puta.

Es su manera de amortiguar el golpe cuando algo falla. Lo preparó cuando ejecutó por error a uno de nuestros infiltrados y también cuando él y Viktor volaron con C-4 un cargamento perteneciente a los turcos con los que estábamos a punto de aliarnos.

Nunca le ha servido de una mierda.

Pero no es el truco lo que me alerta.

Lo que consigue tensarme la mandíbula es que jamás lo había visto tan jodidamente desencajado.

¿Qué coño ha hecho?

—¡Dragunov! —gruño, crispado por su actitud—. ¿¡Estás sordo, maldición!?

Levanta la cabeza de golpe. Las pupilas se le dilatan como si acabara de ver un fantasma.

— Pakhan .