Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #5
88%

Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #5

Debería incomodarme, pero no lo hace. No, porque es la primera vez en mi vida que el dolor me parece la prueba irrefutable e inequívoca de algo que ha sido jodidamente placentero.

Y, para qué mentir, me ha quitado un peso de encima.

Cuando volvimos a encontrarnos, era precisamente esto lo que buscaba: quitarme de encima ese maldito lastre. Y ahora ha sucedido. Ya nadie puede venderme por mi pureza. Ya no existe, me la ha arrancado el hombre al que siempre he querido, porque yo se lo he pedido.

Por fin.

Una sonrisa se escurre en mis labios.

—¿Estás feliz, nena?

Asiento, sin tener demasiado claro si comprende todo lo que significa esto para mí, y él me estrecha un poco más contra su pecho. Siento cómo sus dedos ascienden hasta mi nuca y se deslizan entre mi pelo, deshaciendo despacio los nudos que él mismo ha provocado.

Me desenreda los mechones como si tuviese todo el tiempo del mundo, con el cuidado de quien manipula algo que podría romperse.

Algo que quiere . Y lo hace a pesar de que hace apenas un rato casi me parte por la mitad sin ninguna clase de compasión, de que hemos terminado rompiendo la cama y de que la puerta del dormitorio lleva toda la noche tirada en el suelo.

La verdad es que no sé cuál de sus dos versiones me gusta más.

Ni cual me da más miedo.

Me muevo un poco, intentando acomodarme mejor, pero un pequeño alarido se me escapa al hacerlo.

Creo que tengo agujetas hasta en los pezones.

Aleksei se incorpora, mirándome con una seriedad absoluta.

—¿Te he hecho daño?

La preocupación que percibo en su rostro es tan genuina que me entran ganas de echarme a reír. Sin embargo, consigo contenerme.

Seguro que reírse también duele.

—¿No? —respondo, sin demasiada convicción, y él frunce el ceño ante lo vago de mi mentira—. Bueno, a ver… Quizá un poco, sí.

Se pasa una mano por el pelo, ligeramente arrepentido, y se muerde el interior de la mejilla con una inquietud que parece auténtica. Está tan sensato de repente que no consigo contenerme más y suelto una carcajada que, efectivamente, duele como el mismísimo infierno.

—No es gracioso, Liliana. No deberías haberme hecho perder el control de esa manera.

La risa vuelve a escapárseme y tengo que encogerme contra él para soportar los pinchazos.

Dios, creo que nunca había hecho tanto ejercicio.

—No me estoy quejando —replico—. Además, tú tienes una herida de bala. ¿Seguro que no estás desangrándote otra vez?

—No sé. ¿Repetimos para averiguarlo?

Sacudo la cabeza con frenesí, temiendo por la integridad física de ambos.

—¡Dios, no! ¿Estás loco?

—Por ti, nena. Ya lo sabes.

Es verdad.

Me ama.

Me lo ha dicho antes, después de ponerme el anillo.

Y no he podido responderle por culpa del orgasmo. Pero ahora que puedo hacerlo, no sé si voy a ser capaz, si me corresponde decirlo, si puedo permitírmelo. Ahora que estamos en silencio, con su corazón latiendo contra mi mejilla, no sé cómo hacerlo, la verdad.

Porque tampoco sé dimensionar del todo lo que significa que él haya dicho algo semejante.

No es una simple frase. No cuando sale de su boca.

En la Bratva es una infracción.

Y, pese a todo, ha sido él quien le ha puesto nombre a lo que sentimos. Quien se ha atrevido a reconocerlo en voz alta.

Primero.

Trago saliva, encontrando esa chispa de valentía.

—Aleksei…

Su nombre me sale áspero, arañado por los gritos, por el esfuerzo y por todo lo que ha tenido que soportar mi garganta esta noche. Sus dedos se detienen entre mis mechones y espera.

No me presiona, no me busca la cara, no busca mi mirada ni me exige absolutamente nada. Y eso es todavía peor, porque, tratándose de él,  significa que está dispuesto a esperar el tiempo que haga falta.

Eso termina de abrir mis labios.

—Yo… Yo también te amo.

Lo suelto contra su piel, tan bajito que casi parece que las palabras no han llegado a existir, y, en cuanto salen de mi boca, las mejillas comienzan a arderme de una forma que no tiene nada que ver con la calefacción de la cabaña.

El corazón, que por fin había conseguido tranquilizarse, vuelve a abalanzárseme contra las costillas como si pretendiera escapar de mi pecho para desmentirme, para asegurar que todo es una broma. Pero consigo controlarlo, mordiéndome la lengua.

Lo hago porque probablemente sea lo más cierto que he dicho jamás.

Hundo un poco más la cara contra su pecho, justo encima de una de las innumerables cicatrices que lo decoran, y permanezco allí, escondida como una cobarde, hasta que sus dedos vuelven a buscarme y me obligan suavemente a levantar la cabeza.

Quiero huir, cerrar los ojos e ignorar cómo los latidos amenazan con reventarme el pecho, pero no lo hago. Le sostengo la mirada y noto cómo los ojos se me humedecen un poco cuando me sonríe.

—Lo sé, cariño .

—¿Qué?

—Cuando estábamos en el ático, te escuché.

—¿Me escuchaste? —repito, incrédula.

—Sí —responde sin rodeos—. Es lo que me hizo sobrevivir… Bueno, eso y la sangre que me donaste, claro.

Las mejillas se me ponen rojas y, a modo de defensa, le propino un golpe flojo en el pecho.

Ay, no.

Ha dicho que sigue vivo porque se aferró a que le quiero.

—Eres un idiota.

—Al que amas.

Pongo los ojos en blanco, con unas ganas tremendas de golpearlo otra vez, pero termino quedándome quieta al comprender algo que hasta ahora no había tenido ocasión de plantearme.

Lo sabía.

Sabía que lo amaba y no ha utilizado esa información

Ni una sola vez en mi contra.

No lo ha hecho.

Ni siquiera esta noche, cuando tenía la pistola en mi boca y le habría bastado recordármelo para ganar aquella estúpida guerra que habíamos empezado. Ha preferido esperar a que volviera a decírselo, que esta vez lo hiciera con sinceridad, sin que él estuviera muriéndose.

Cuando yo he querido.

Y ese pensamiento me hace creer que esto podría salir bien. Que quizá el mundo, por una vez, ha dejado de girar en nuestra contra.

Pero entonces su teléfono vibra sobre la mesilla y la pequeña utopía en la que llevamos horas encerrados se termina.

La burbuja explota.

Su expresión cambia antes incluso de que la pantalla termine de iluminarse. Lo noto debajo de mí, en la forma en que su pecho se detiene a mitad de una inhalación.

Gira la cabeza y lee la notificación sin desbloquear el teléfono. Sin siquiera tocarlo.

La mandíbula se le tensa y yo termino incorporándome por completo, sujetándome la sábana contra el pecho.

—¿Qué pasa?

No responde. Continúa observando la pantalla durante unos segundos, hasta que las palabras terminan escapándosele.

—Tenemos que volver a Saint Virell . Ya.

El corazón comienza a martillearme los oídos con tanta fuerza que durante un instante dejo de escuchar cualquier otra cosa. Incluso respirar se vuelve complicado.

—¿Por qué?

Aleksei aparta los ojos del dispositivo y me mira.

—El pakhan   ha muerto.