Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #4
Ni siquiera he conseguido recuperar la respiración cuando sus manos regresan a mi cintura y me levanta en vilo, dándonos la vuelta mediante un movimiento tan rápido que apenas tengo tiempo de comprender lo que está haciendo.
Separo los labios para protestar, pero mi rostro termina hundiéndose contra el colchón antes de que consiga averiguar qué demonios quería decirle.
—No he terminado contigo, Liliana. Ahora me toca a mí.
No es una amenaza.
Es una promesa.
Una que vuelve a despertar cada terminación nerviosa de mi cuerpo, sobre todo cuando comprendo que en su voz ya no queda absolutamente nada del hombre que hace apenas unos segundos estaba estremeciéndose debajo de mí.
Giro la cabeza y lo veo. Respira como una bestia, con el pecho agitado perlado por una fina capa de sudor, y el pelo oscuro cayéndole sobre la frente.
Joder.
Esa imagen se me va a quedar grabada para siempre…
Pero, una vez más , no me da tiempo a disfrutarla.
Sus manos se adelantan, recorriéndome el cuerpo hasta afianzarse sobre mis caderas y tirar de ellas hacia arriba, obligándome a ponerme de rodillas.
Aleksei hunde las suyas entre mis piernas, separándomelas sin ninguna delicadeza, y mi mejilla termina pegada a la sábana, haciéndome consciente de lo completamente expuesta que estoy ahora.
A su merced.
Su mano desciende hasta mi culo y lo golpea con una fuerza que me arranca un grito. La otra se enreda en mi pelo y tira de mi cabeza hacia atrás.
Un jadeo se rompe en la garganta.
—Nadie más te va a tener así nunca, Liliana —sisea contra mi nuca, con la voz desgarrada—. Empapada. Abierta. Mía . Solo yo. ¿Entendido?
Aprieto la cara contra el colchón, intentando tragarme las palabras, pero terminan escapándoseme de todas formas.
—Todavía no soy tuya, Volkov —escupo, aunque me estoy muriendo de necesidad y apenas he conseguido recuperarme—. No del todo.
Es mentira.
Lo es tanto que casi me avergüenza pronunciarlo. Pero es la única manera que encuentro de pedirle lo que quiero sin tener que ceder.
Se queda completamente inmóvil.
No puedo verle la cara, pero me la imagino: el ceño fruncido, los dientes apretados y la mandíbula marcada.
—¿No? —sisea, como quien acepta un reto—. Vale.
Se aparta y su calor me abandona. Durante un segundo, el vacío que deja su cuerpo consigue que me entren unas ganas insoportables de protestar, de preguntarle qué está haciendo, de exigirle que vuelva.
Pero ya es tarde.
Me sujeta las caderas con una firmeza brutal y su boca desciende hasta mi intimidad, justo hasta el punto que hace escasos minutos se ha hecho pedazos por él.
Chillo cuando su lengua me recorre de abajo arriba, lamiéndome con una avidez que me roba el aire, saboreando los restos de mi orgasmo y esa excitación que ya no consigo.
Chupa, lame y me roza el clítoris con los dientes mientras el placer vuelve a arrastrarme lejos de cualquier pensamiento coherente.
No me concede ni un instante para recuperarme.
Cada vez que creo que voy a conseguirlo, cambia el movimiento, desciende un poco más y vuelve a subir para succionar con fuerza, castigándome.
Las rodillas me tiemblan y ni siquiera el colchón contra mi boca consigue amortiguar mis gemidos.
—Aleksei...
Intento alejarme un poco, pero sus dedos se afianzan en mis caderas para mantenerme en el sitio.
—No.
Sigue devorándome sin importarle que estoy a punto de colapsar.
—Por favor… —suplico, sin saber muy bien qué estoy pidiendo, mientras empujo mi cuerpo contra su rostro.
Siento su sonrisa antes de que me dé una última lamida, lenta y cruel, negándome el orgasmo. Lloriqueo, frustrada, pero parece importarle una mierda.
Se incorpora de golpe y percibo cómo su polla ocupa el espacio que su lengua acaba de abandonar.
—No del todo, ¿eh? —murmura, fuera de sí—. ¿Eso crees?
No sé de dónde saco la audacia, pero asiento, provocando que, de una sola estocada, se hunda en mi interior, tan profundamente que por enésima vez se me escapa un grito contra las sábanas.
Me contraigo a su alrededor y lo escucho sisear entre dientes por la presión, pero no tarda en empezar a moverse.
Primero con fuerza, después de una manera mucho más salvaje, completamente descontrolado.
Veo destellos blancos detrás de los párpados y el calor empieza a extenderse por cada rincón de mi cuerpo, volviéndose más intenso con cada movimiento.
No queda ni rastro de la paciencia de antes.
Sus caderas golpean contra las mías y el sonido húmedo de nuestros cuerpos inunda la habitación, mientras el somier cruje, incapaz de soportar semejante movimiento, hasta que termina hundiéndose.
Creo que acabamos de romper la cama .
Pero ni siquiera tengo tiempo de comprobarlo, porque siento sus manos por todas partes y el sonido del cabecero golpeando contra la pared termina de taladrarme la conciencia.
El placer vuelve a acumularse demasiado deprisa. Se me escapan sonidos que ni siquiera reconozco como humanos mientras él continúa embistiéndome sin detenerse, consiguiendo que pensar resulte cada vez más complicado.
Vuelve a agarrarme del pelo y tira hacia atrás hasta pegarme completamente a su cuerpo, obligándome a tener todo lo que me cabe de él dentro.
—¿Todavía crees que no eres mía?
Me da otra embestida profunda, esta vez deliberadamente lenta, permitiéndome escucharlo, concediéndome el tiempo justo para pensar.
—Te tengo, nena. Sé que te tengo.
No me quedan fuerzas para mentir. No las tengo porque continúa entrando y saliendo de mí con movimientos que me arrancan un grito tras otro, obligándome a rendirme al placer que este hombre consigue proporcionarme y al descontrol que yo misma he provocado en él.
—Voy a follarte hasta que se te borre el puto cerebro, Liliana. Hasta que lo único que sepas decir sea mi nombre y entiendas que vas a llevar para siempre mi maldito apellido.
Sale completamente de mí, dejándome vacía, únicamente para restregar su grosor contra ese punto al que hace apenas unos instantes atendía con la lengua.
Me arqueo, intentando reprimir los gemidos y, en respuesta a mi contención, vuelve a hundirse de una sola embestida que me empuja hacia delante, provocando que la fricción de las sábanas me irrite la mejilla.
Estoy al límite, pero no se detiene. Lo repite una y otra vez, consiguiendo que cada movimiento sea más profundo que el anterior, borrando pedazo a pedazo lo poco que queda de mi cordura hasta que dejo de pelear, de pensar, de ser cualquier cosa que no sea este desastre que está a punto de alcanzar su punto final.
—Aleksei… —Su nombre me sale roto, sin que lo decida, arrancado del lado izquierdo del pecho.
—Joder, nena. Sí. —Gime contra mí mientras vuelve a hundirse—. Justo así.
Su mano izquierda busca la mía sobre el colchón y ni siquiera consigo comprender qué está haciendo. Tengo la sábana estrujada en el puño, húmeda por mi propio sudor, y él comienza a separarme los dedos uno a uno, despacio, sin dejar de moverse.
Su respiración me alcanza, abrasándome la nuca. Nuestros olores, tabaco y vainilla, se entremezclan en el aire que compartimos hasta volverse imposibles de distinguir.
¿Qué hace?
Algo se desliza por mi anular.
No lo proceso. No puedo. Estoy suspendida sobre un filo peligroso, en ese punto donde el placer se vuelve tan agudo que casi duele, donde el aire se me atasca en los pulmones y cada músculo de mi cuerpo comienza a contraerse una y otra vez, anticipándose a lo inevitable.
Aleksei lo nota. Se inclina sobre mi espalda, cubriéndome por completo, y esta vez es él quien me muerde el hombro, sin ningún cuidado, justo encima del hueso, mientras se hunde todavía más, buscando nuestra perdición y arrancándome una súplica en la que ni yo entiendo qué carajo digo.
—Córrete, Liliana. —Su voz sale desgarrada contra mi pelo—. Otra vez. Conmigo . Con mi anillo puesto.
¿Anillo?
Intento levantar la mano izquierda del colchón, pero ni siquiera consigo enfocarla. Aun así lo noto.
El peso.
Ahí .
Y ese instante de comprensión es lo que termina de arrastrarme al infierno.
Me deshago por eso. Con aquella palabra resonándome en la cabeza y el metal adquiriendo ya el calor de mi propia piel, mientras sus dedos se entrelazan con los míos y me mantienen la mano contra el colchón, para que no me lo quite.
Un anillo de compromiso.
Lo escucho gruñir contra mi hombro, complacido, mientras termino de romperme debajo de él. Es como si supiera que acabo de aceptarlo. Como si comprendiera que ya no puedo protestar, que tampoco puedo fingir que no he sido yo quien le ha dicho que quiero esto.
Que lo he querido desde siempre.
Tenía mi respuesta desde hace horas. Sabe perfectamente que no voy a decirle que no y, aun así, ha decidido hacerlo de esta manera, porque es él y Aleksei Volkov no pide las cosas.
Las toma. Las arranca.
Y acaba de arrancarme esto también.
Escondo el rostro contra el colchón porque ya no consigo sostenerme. Él lo percibe, empuja hasta el fondo y permanece ahí, mientras mi cuerpo se deshace a su alrededor en oleadas que no puedo controlar, sin aire, sin voz, sin una sola parte de mí que parezca seguir siendo solo mía.
Pronuncia mi nombre una vez, roto contra mi espalda, y termina derramándose en mi interior, temblando, cayendo conmigo.
Cierro el puño debajo de su mano. Aprieto hasta que el anillo se me clava contra el dedo y entonces lo escucho:
—Te amo, Liliana… Joder, te amo tanto que me vas a destruir.
Llevo un buen rato tumbada encima de él, sin fuerzas ni la menor intención de moverme, escuchando cómo su respiración va acompasándose con la mía hasta que llega un momento en que ya no sé distinguir cuál pertenece a cada uno.
Hemos vuelto a hacerlo un par de veces después de la primera y, si no estuviésemos en un país donde apenas hay siete horas de luz al día, apostaría a que ya estaría empezando a amanecer.
Creo que voy a desfallecer del cansancio.
Me duele todo, joder.
Los muslos, las caderas, partes de mi cuerpo que hasta hace unas horas ni siquiera sabía nombrar y que ahora laten con una insistencia agradable, recordándome lo que ha pasado cada vez que respiro.