Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #3
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Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #3

Me castiga.

Me deja a mí, tal y como ha dicho.

—Aleksei… —susurro, y mi voz me suena diferente, pequeña.

No responde. Sus dedos ascienden por mi columna, delineando cada curva, deslizándose con una delicadeza casi reverencial mientras él intenta, sin éxito, acompasar su respiración.

Sé que está obligándose a esperarme, que lo hace incluso cuando esa contención le está costando el último gramo de cordura.

Y algo se me comprime por dentro cuando su mano alcanza mi nuca y permanece ahí, sujetándome.

Sería muy fácil tirar de mí, terminar con esta espera de una vez por todas.

No protestaría, y lo sabe. Sin embargo, a pesar de eso, no lo hace.

Permanece inmóvil, permitiendo que sea yo quien decida cuándo, aunque tiene la crueldad suficiente para obligarme a sentirlo.

Para hacerme consciente de su desesperación y de la punta de su polla presionando en mi entrada, sin nada que se interponga.

Se me corta el aire y comprendo que esto ya es demasiado, que lo que llevamos haciendo toda la noche ha dejado de ser suficiente. Lo necesito dentro. Toda la espera se me concentra en un único punto… y arde.

Desciendo un poco más, buscándolo, intentando romper la distancia de golpe, pero sus dedos abandonan mi pelo y se afianzan sobre mis caderas, deteniéndome en seco.

—Despacio, nena —sisea, y esta vez no suena como una orden, sino como una advertencia.

—¿Por qué? —murmuro, balanceándome—. ¿Por qué así? Tú nunca dejas nada en manos de otros.

Algo se le enturbia en los ojos, dejándome indefensa.

—Tú no eres otros , Liliana. —Levanta la otra mano y me sujeta la mandíbula, sin apretar, únicamente para impedir que aparte la mirada—. Tú eres mía .

Me pasa el pulgar por el labio.

—Y te lo advertí. La próxima vez no iba a ser mi cuchillo. Iba a ser yo.

Se me seca la boca porque lo recuerdo. Recuerdo aquella conversación en el avión, antes de aterrizar, cuando me hizo exactamente esa promesa. Pero, aunque no lo diga, veo algo más.

Algo que se refleja en cómo actúa. Comprendo que todo este tiempo ha sabido lo que necesito. Que entiende que, después de una vida entera en la que otros han decidido por mí, necesito tomar esta decisión con mis propias manos.

Que necesito que sea mía.

Deslizo  las manos por su torso hasta apoyar las palmas sobre su pecho, allí donde puedo sentir los latidos descontrolados de su corazón, tan desbocados como los míos. Entonces elevo ligeramente las caderas, acomodándome hasta que su erección vuelve a presionar exactamente donde la quiero.

—Entonces, mírame hacerlo, Volkov.

Nuestras miradas colisionan y comienzo a bajar.

Solo un poco. Despacio.

Lo justo para sentirlo empujar contra mí, para notar cómo mi cuerpo empieza a abrirse a su alrededor sin apenas oponer resistencia, tan excitada que resbala hacia dentro como si esa parte de mí llevara toda la vida esperando esto.

Como si nunca hubiese querido ninguna otra opción.

Aleksei expulsa el aire de golpe. Sus dedos se hunden con más fuerza en mis caderas mientras un gemido ronco le quiebra la garganta.

Siento cómo todo se estira dentro de mí, hasta que el peso es más de lo que puedo sostener y cedo, permitiendo que se hunda un par de centímetros más.

La sensación me atraviesa con una ferocidad desconocida, extendiéndose desde el vientre hacia el resto del cuerpo.

Es un ardor que no llega a ser dolor, pero se le parece lo suficiente como para que me descubra descendiendo otro poco, únicamente para volver a experimentarlo.

Él maldice de nuevo y el sonido me alcanza justo donde lo siento, vibrando en esa parte de mí que acaba de descubrir cómo se siente tenerlo dentro.

Veo el cambio en él.

Aleksei cierra los ojos, sus facciones se tensan y los dedos que hasta hace un momento se aferraban a mis caderas me abandonan para clavarse en las sábanas, a ambos lados de nuestros cuerpos. Se agarra al algodón con una desesperación que consigue dejarme sin respiración.

Los nudillos se le vuelven blancos por la fuerza y entiendo que está intentando no moverse. Que se aferra a las sábanas como si fueran lo único que le impide arquear la pelvis y hacerme pedazos.

Clavo las uñas en sus pectorales y desciendo un poco más, provocando que abra la boca con desesperación.

—Joder, Liliana… —maldice, dejando escapar otro gemido que consigue que me contraiga a su alrededor—. Ty ubivaesh menya … [17]  ¹

Esa vulnerabilidad me atraviesa.

Tengo el control .

Sobre el próximo pakhan  de la Bratva.

Sobre el hombre con el que estoy perdiendo la virginidad .

Sobre el amor de mi vida .

Y esa certeza me proporciona la fuerza necesaria para ignorar la punzada, para dejar de dudar y empezar a disfrutar del momento. De lo que significa.

Dejo caer mi peso, obligando a mi cuerpo a recibir más de la mitad. Siento cómo su tamaño me estira por dentro y trago saliva, abrumada por la intensidad. Me muevo despacio, intentando acostumbrarme, pero la sensación consigue que cierre los ojos, entreabra los labios y maldiga en voz alta.

No sé ni siquiera qué estoy diciendo. Solo sé que el dolor empieza a desdibujarse, cediéndole el paso a algo mucho más eléctrico que me asciende por la columna vertebral. Esa nueva sensación me anima a continuar, a descender otro poco, hasta que no lo aguanto.

Hasta que termino de hundirme por completo y el contacto de nuestros cuerpos al unirse se convierte en lo único que soy capaz de escuchar.

Me desplomo contra su pecho, intentando asimilar el impacto, lo que significa, todo lo que acabo de dejar atrás.

Es real.

Tengo la respiración hecha trizas y siento cómo un par de lágrimas me resbalan por las mejillas sin pedir permiso.

No son fruto de ninguna emoción negativa. Lloro porque, por fin, estoy tomando las riendas de mi propio cuerpo. De aquello que, para la mafia, siempre ha sido lo único valioso de mí. La importancia de este segundo exacto.

Aleksei abre los ojos y sus manos abandonan las sábanas para regresar a mi cuerpo.

No me empuja, como una parte de mí había imaginado que haría. Se limita a sostenerme entre sus brazos, leyéndome sin necesidad de que pronuncie una sola palabra.

Nos incorpora lo justo para poder acercarse a mi oído.

—Me tienes. —Su voz enronquecida tiembla en una contradicción que me desmonta—. Me tienes entero. Joder, Liliana. ¿Lo entiendes?

Asiento y una de sus manos vuela hasta mi nuca, enredándose en mi pelo para mantenerme cerca, mientras que con la otra agarra el cierre de mi sujetador y lo rompe de un tirón, dejando mis pechos al descubierto contra su piel.

Esa misma mano se arrastra por mi espalda y se adelanta hasta mi abdomen, recorriendo la distancia que nos separa hasta encontrar el punto exacto donde nuestros cuerpos se unen.

Siente la rigidez de mis muslos, sabe que todavía me duele y, por eso, hace algo para aliviarlo. Comienza a acariciarme con cuidado, trazando círculos lentos hasta que la tensión empieza a desaparecer, sustituida poco a poco por el placer.

Hasta que el contraste entre su miembro llenándome por completo y la presión de su dedo consigue que se me quiebre la garganta en un gemido que termino enterrando contra su cuello.

—Haz conmigo lo que te dé la maldita gana, nena. —La orden apaga cualquier rastro de duda que pudiera quedarme—. Soy tuyo.

Incrementa la presión del pulgar y yo le clavo las uñas en los hombros mientras mi cuerpo comienza a contraerse en espasmos involuntarios a su alrededor. Respondo a sus caricias, meciéndome sobre él, arriba y abajo, marcando el ritmo por primera vez.

—Eso es —ruge, acelerando la velocidad de sus dedos.

Y lo hago. Cada vez con menos miedo, con mayor profundidad, olvidándome por completo del dolor, que a estas alturas ya se ha transformado en algo distinto.

Me muevo sobre su polla, dejando de pensar, mientras su mano izquierda se clava en mi pelvis y empieza a guiarme, volviendo mis movimientos más rápidos, más intensos, empujándome a perseguir algo que todavía no sé cómo nombrar.

La imagen que proyecta me desarma.

Bajo la vista y casi me corro por lo que veo: Aleksei debajo de mí, con la mandíbula apretada, el cuello tenso y los ojos clavados en el punto donde nuestros cuerpos se encuentran.

Me embriaga más que cualquier droga. Lo hace porque continúa acariciándome el clítoris con cada descenso y, entre una cosa y otra, empiezo a perder el control de mis propios músculos. El placer se acumula en mi vientre, advirtiéndome de que no voy a poder aguantar mucho más.

Aleksei lo nota y, en lugar de detenerse, comienza a guiar mis caderas con una brusquedad que deja completamente atrás la contención de hace apenas unos minutos, movido por algo mucho más animal que el deseo.

—Sigue.

Los dedos que mantiene aferrados a mi cadera se aprietan con fuerza, magullándome la piel, obligándome a descender más, a recibirlo con una intensidad que consigue que todo lo que está gestándose dentro de mí aumente hasta volverse imposible de contener.

—Joder… así, nena. No pares.

Cierro los ojos, sumida en el éxtasis, pero la mano con la que estaba guiándome me abandona de golpe y se cierra alrededor de mi mandíbula con fuerza.

—No —ordena—. Mírame cuando lo hagas. Quiero ver cómo te corres encima de mi polla por primera vez.

Nuestras miradas se encuentran y, con sus ojos clavados en los míos, dejo que el orgasmo me parta en dos, arrancándome un grito que muere contra su boca cuando me besa, devorando mi placer como si nadie más tuviese derecho a escucharlo.

Me contraigo alrededor de su erección en espasmos que no puedo controlar, apretándolo con tanta fuerza que un rugido ronco le desgarra la garganta y sus dientes terminan arañándome el labio inferior.

Todo su cuerpo se tensa por la presión, pero aguanta, permitiéndome permanecer encima de él hasta que acabo desplomándome contra su hombro, temblando, sin aire, con su corazón golpeándome bajo de las palmas al mismo ritmo enloquecido que el mío.

Ya no soy virgen .

Por una vez, he ganado.

O eso pienso, al menos, antes de recordar que con Aleksei Volkov las treguas nunca duran demasiado.