Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía. #2
Repite el movimiento, restregándose con una precisión que parece destinada únicamente a comprobar hasta qué punto estoy deshecha por él. A regodearse en el desastre en el que me ha convertido.
Y justo cuando sus dedos enganchan el borde del tanga y creo que ya no queda nada capaz de detenerlo, cuando estoy convencida de que va a terminar de apartar lo único que nos separa y arrancarme la virginidad de una maldita vez…
Se detiene.
No del todo. Sigo teniéndolo ahí, pero ha dejado de moverse.
Sus labios no abandonan mi cuello, pero todo lo demás se le tensa: los brazos, la mandíbula, cada músculo que alcanzo a percibir bajo mis manos.
Como si acabase de recordar algo y estuviese haciendo un esfuerzo sobrehumano por pensar, cuando ambos sabemos que ninguno quiere que haga eso.
¿Qué puede ser tan importante ahora?
Tiembla, pero no consigo entender qué le ocurre.
—¿Qué pasa? —mascullo, vulnerable.
—Tú, nena. Siempre tú…
Lo pronuncia contra mi cuello, con una voz tan ronca que consigue desarmarme mucho más que cualquier cosa que pudiera hacerme con las manos.
Sin embargo, continúa sin moverse.
En lugar de terminar lo que hemos empezado, inspira. Una vez. Dos. Tres. Como alguien que intenta recuperar a la fuerza un pedazo de cordura.
Le sujeto el rostro con una mano y lo obligo a levantar la cabeza para encontrarme con sus ojos, un poco desesperada, preguntándole esta vez sin necesidad de palabras qué diablos está pasando.
—Necesito saber una cosa —responde, todavía con la respiración descompuesta—. Svetlana me dijo que tomas anticonceptivos. ¿Es verdad?
Parpadeo varias veces.
Estoy semidesnuda, debajo de él… ¿Qué demonios tiene que ver eso ahora?
Tardo un segundo entero en comprender lo que significa su pregunta y, cuando finalmente lo hago, el calor me invade la cara y desciende por mi cuello hasta alcanzarme el escote.
Oh .
Está asegurándose de que puede follarme sin condón.
La respuesta de mi cuerpo llega primero que la de mi cabeza. El bajo vientre se me contrae con una punzada tan intensa que me arranca un gemido antes de tiempo.
Debería hacerle más preguntas.
Joder .
Mi parte coherente sabe que debería hacerlo, que al menos tendría que fingir que necesito pensármelo un poco, pero mi cerebro y mis labios han dejado de trabajar en equipo cuando termino respondiendo:
—Sí, los tomo, pero es por otra cosa. No… No es porque yo haga… No...
Ni siquiera puedo terminar la frase porque Aleksei esboza una sonrisa socarrona que provoca que el calor vuelva a recorrerme con aún más saña.
Hace un rato era mucho más fácil ser valiente.
—Lo sé.
Ah, ya.
Claro que lo sabe.
Es su culpa.
—Entonces, ¿por qué lo…?
No me deja terminar.
Su boca vuelve a moverse. Desciende por mi clavícula hasta el sujetador medio levantado y, cuando habla esta vez, lo hace contra mi pecho, tan bajo que es como una vibración que forma parte de mí.
—No puedo embarazarte todavía .
Sus palabras me caen de una forma que no deberían.
Todavía.
No ha dicho que no quiera. Ha dicho que no puede todavía, y eso debería indignarme. De verdad que debería, pero, en lugar de hacerlo, mi cuerpo, traicionero hasta la médula, termina apretándose contra el suyo.
—¿Todavía? —Consigo que la pregunta suene afilada a pesar de todo lo que me está recorriendo por dentro—. ¿También has decidido cuántos van a ser o qué?
Alza los ojos para mirarme. Tiene las pupilas tan dilatadas que el azul de sus iris prácticamente ha desaparecido en la penumbra.
—Tres.
El corazón se me salta varios latidos.
—¿Tres? ¿Acaso no te importa lo que yo piense?
Presiona su erección contra mí, recordándome lo que estamos negociando.
—No. Si no te gusta, disfrutaré haciéndote cambiar de opinión.
Sus palabras me hacen hervir por dentro. Y respondo buscando, una vez más, mi propia ruina:
—¿Sí? Entonces hazlo, si es que puedes, Volkov. —Alzo la barbilla, aunque la voz se me quiebra a mitad de la provocación—. Llevo toda la noche demostrándote quién hace cambiar de opinión a quién. ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?
Incrementa el ritmo en respuesta. Empuja contra mí como si estuviese follándome de verdad, hundiéndose una y otra vez por encima de la tela, con una insistencia que castiga mi sexo en cada pasada.
Una descarga me recorre la columna y me hace imaginar con una nitidez insoportable cómo se sentirá cuando por fin lo haga. Aprieto los párpados, conteniendo los sonidos que quieren escaparse de mi garganta.
Negándome a darle la razón.
—Tú sigue hablándome así, Liliana...
Sus dientes descienden hasta atrapar uno de mis pezones por encima del sujetador negro. Muerde con la fuerza suficiente para arrancarme un gemido que no consigo contener, uno que me hace retorcerme entera contra su boca.
—Sigue reventándome la cabeza con esa insolencia tuya…
Gruñe contra mi piel magullada mientras succiona el mismo punto que acaba de atacar, dejándomelo latiendo bajo el encaje.
Su polla vuelve a golpearme el clítoris, manteniendo ese compás insoportable que me impide pensar con claridad. Aprieto los muslos alrededor de sus caderas, desesperada por conseguir más de lo que está dándome, y entonces Aleksei desliza una mano entre nuestros cuerpos y se recoloca.
Se toma a sí mismo entre los dedos y se guía de forma más deliberada por mi centro, todavía por encima de las bragas, provocando que el placer me recorra en oleadas hasta que alcanza mi entrada.
Me contraigo por pura inercia, aferrándome a sus brazos, nerviosa por lo que está a punto de hacer conmigo.
Él detalla mis facciones, mis impaciencia, cada gesto que consigue arrancarme, como si quisiera bebérselos todos mientras se muerde el labio inferior con una fuerza que amenaza con hacerlo sangrar.
—Aleksei…
Empuja como si pretendiera entrar, como si el encaje no existiese, con una fuerza que podría desgarrarlo y destrozarme de un solo movimiento. Pero no lo hace, porque, por lo visto, torturarme de esta manera le proporciona más satisfacción que cualquier cosa.
Lloriqueo al escuchar cómo cruje el tejido, descubriéndome a mí misma rezando para que termine rompiéndose, para que la distancia entre nosotros desaparezca de una maldita vez.
Presiona un poco más, contenido y frustrado, y termina hundiendo el rostro en mi cuello cuando la tela cede lo suficiente para que ambos sintamos lo cerca que está de entrar en mí.
Lo absurdo que resulta que es que un centímetro maltrecho de encaje sea ahora la única frontera que le queda por cruzar conmigo.
El sonido que escapa de su garganta no parece humano.
Y ese gemido termina de condenarme.
Mi cuerpo se contrae en un espasmo que no consigo controlar y él me muerde justo donde nace el pulso, siseando contra la marca que acaba de dejar:
—Sigue, y mañana, cuando te sientes, vas a acordarte de todos los putos motivos por los que no era buena idea hacerme perder el control.
Lo peor es que sé que no está exagerando.
Pero no he aprendido la lección. Continúo provocándolo, empeñada en forzar el desastre.
—¿Y quién ha dicho que mañana voy a querer sentarme?
Se ríe y toda la piel de mi cuerpo reacciona al sonido.
Es una carcajada breve, desprovista de cualquier rastro de diversión, que me confirma que he sobrepasado todos sus límites.
Lo comprendo cuando cierra los ojos, apretando los párpados como alguien que no quiere presenciar lo que está a punto de hacer, y yo dejo de respirar.
Pero no me da tiempo a asustarme.
—Está bien, Liliana.
Sus manos se clavan en mí, agarrándome con una fuerza que me arranca otro jadeo y, antes de que pueda anticiparlo, nos da la vuelta mediante un movimiento rápido.
De repente, paso de estar debajo de él a quedar a horcajadas sobre su erección. De ser quien está sometida a sus movimientos a tener, al menos en apariencia, las riendas de la situación.
No lo entiendo.
No hasta que vuelve a hablar.
—Iba a ser cuidadoso contigo a pesar de todo… —Sus manos me mantienen las caderas ancladas contra las suyas y puedo distinguir lo tenso que está, el esfuerzo que le cuesta pronunciar cada palabra—. Pero tú no quieres mi puto cuidado. Quieres otra cosa.
Trago saliva y sus dedos presionan inconscientemente el hueso de mi pelvis.
—Querías joderme la maldita cabeza, Liliana Moretti. Y lo has hecho.
Lo he conseguido.
Está fuera de sí, temblando, como he querido verlo durante toda la noche, con el rostro consumido por la agonía.
Y, aun así, no me permite disfrutar de la victoria.
No, porque ha encontrado la manera de darle la vuelta. De conseguir que sea yo quien accione la bomba, que este momento me pertenezca por completo.
Que sea culpa mía .
—Esto es lo que querías, ¿no? —masculla, elevando la pelvis contra mí en una embestida—. Lo que me has pedido.
—¿Qué? ¿Yo? No es… —Me sale sin voz, embotada por el placer y el poder .
Gruñe ante mi mentira y tira de mis caderas hacia abajo con brusquedad, aplastándome contra él, obligándome a sentir cada centímetro de su grosor.
—Tómalo, nena. —Su voz cae rasposa, como algo letal—. Destrózate tú sola.
Me quedo paralizada, intentando procesar lo que acaba de pedirme, pero ni siquiera tengo tiempo de asimilar la orden, porque, antes de que consiga salir de mi estupor, sus dedos encuentran el lateral de mis bragas.
Tira.
Escucho cómo el material se desgarra contra mi piel con un chasquido que siento vibrar por dentro y que me provoca un ardor repentino en la cadera. Antes de que consiga siquiera parpadear, desaparece de mi cuerpo, eliminando la última frontera que se interponía entre nosotros.
La último que nos separaba.
Destruido. Hecho jirones. Apretado en su puño como si acabara de conquistar algo.
Maldita sea.
Me tenso encima de él, sintiendo el aire de la habitación golpearme de una manera casi obscena.
Ninguno se mueve.
Su pecho sube y baja demasiado deprisa y la mano que tiene clavada en mi cadera tiembla, delatando todo aquello que su aparente inmovilidad pretende ocultar.
Sin embargo, aunque se muere de ganas, aunque llevo toda la noche reventando cada pedazo de su paciencia, no hace nada.