Capítulo 26 Dios se apiade de mi alma impía.
Lili
La puerta del dormitorio cede de un golpe seco. El estruendo y el agujero que el impacto abre en el pladur me arrancan otro grito, completamente involuntario.
¿Acaba de reventar la puerta y la pared de una patada?
Joder, sí… Lo ha hecho y ni siquiera ha vuelto a mirar .
No ha girado la cabeza hacia el destrozo, ni hacia el ruido, ni hacia nada que no sea yo. De hecho, me sonríe complacido, de una forma tan retorcida que provoca que mis bragas, ya de por sí empapadas, se adhieran todavía más a mi intimidad.
Maldita sea.
Me encojo en sus brazos, temblando por algo que no tiene nada que ver con el miedo. Lo nota y eso solo consigue que su sonrisa se vuelva más felina, más salvaje.
No es normal que esto me ponga cachonda, pero…
Que Dios se apiade de mi alma impía .
Que lo haga, porque quiero todo lo que está a punto de suceder. Me lo he ganado. He terminado de ganármelo cuando he saboreado el culmen de su desesperación, cuando he quebrado —a sabiendas— algo que ya estaba hecho pedazos de por sí.
Al recordarlo, el estómago se me precipita hacia algún lugar profundo y caliente que ni siquiera reconozco.
Si lo de antes ya me ha parecido una auténtica locura, no quiero ni imaginar qué se supone que va a ser esto.
Va a partirme como a una ramita, visto lo visto…
¿ Debería preocuparme? No, no tengo derecho.
No después de haber tensado la cuerda hasta reventarla, hasta conseguir lo que quería: que sea él. Que, de una vez por todas, rompa la maldición que me colgó hace siete años.
Es lo justo, ¿no? Siempre he querido que esto sucediera con Aleksei.
Tampoco es que me haya dejado demasiadas opciones entre las que elegir, pero ese no es el tema. El tema es que tiene una deuda conmigo y, después de tanto tiempo, merezco cobrármela bajo mis propios términos.
Hasta la última gota.
Además, si vamos a casarnos, hay algo que tengo clarísimo: no quiero llegar virgen a ningún altar.
Odio esa idea .
Mi cuerpo no es un regalo que deba conservarse puro y casto para una ceremonia. Y ahora que por fin puedo decidir sobre él, no pienso permitir que nadie más tenga voz ni voto al respecto.
No voy a esperar. Lo quiero ahora. Quiero que me lo dé esta noche, con la cordura hecha trizas por mi culpa, tambaleándose por todo lo que le he provocado. Que me demuestre que, de verdad, por primera vez en mi vida, tengo control sobre algo.
Sobre alguien .
Que me haga ver que lo que he conseguido tiene un significado, que poner de rodillas al próximo pakhan de la mafia rusa, utilizando únicamente la boca, no es algo que pueda hacer cualquiera.
Que solo puedo hacerlo yo .
Esa certeza me asciende por la garganta hasta terminar materializándose en palabras:
—¿Vas a mirarme toda la noche, Aleksei? ¿O piensas hacer conmigo eso que no se hace en el suelo?
Cualquiera diría que estoy deseando que me destroce hasta dejarme sin nada.
Y quizá sí, porque no encuentro la manera de detenerme. De cerrar la maldita boca.
—Liliana… —advierte, arrastrando las sílabas con un tono peligrosamente grave.
Sé que puede escuchar cómo mi corazón se desboca contra la piel desnuda de su pecho ante semejante osadía.
Lo sé porque yo también puedo oír el suyo enloquecer cuando reza mi nombre.
Porque siento cómo nuestros latidos compiten, se entremezclan y nos embriagan de algo que no tiene nada que ver con el vodka.
De algo que no se puede definir.
—¿Qué? —lo reto, alzando el rostro hacia el suyo e intentando enmascarar mis nervios sin demasiado éxito—. ¿Vas a hacerlo? ¿O no tienes valor?
No debería seguir provocándolo. Cualquier persona con un mínimo de instinto de supervivencia se quedaría calladita al ver su expresión, pero resulta que esa parte de mí y yo llevamos meses sin dirigirnos la palabra y, precisamente, no vamos a hacer las paces esta noche.
Puede que nunca.
Aleksei aprieta la mandíbula y una vena comienza a marcársele en el cuello, terminando de cargarse lo poco que me queda de sentido común y dignidad.
Que me haga polvo si quiere.
Como si acabara de leerme el pensamiento, sus manos se afianzan sobre mi cuerpo con una ferocidad que me corta la respiración. No sé de dónde sigo sacando las ganas de desafiarlo. Ni yo misma lo entiendo. Solo sé que le sostengo la mirada y que él empieza a comportarse como un maldito animal.
Sin darme tiempo a reaccionar, me arroja sobre la cama, como quien se deshace de algo que le estorba.
O como quien coloca algo exactamente donde lo necesita.
¿Qué demonios…?
No consigo terminar el pensamiento. Salgo despedida del calor de sus brazos y, durante una décima de segundo, el vértigo, el abismo y todas las terribles decisiones que he tomado caen sobre mí como una losa de cemento, haciéndome consciente.
Va a pasar.
Ahora.
Joder.
Mi espalda choca contra el colchón y el pelo me cae sobre la cara, cegándome. No sé si es por el impacto o por haber tomado conciencia de lo que se avecina, pero un pitido agudo se me instala en el fondo de los oídos.
No oigo nada .
El pánico asciende por mi garganta, ocupando el vacío que han dejado mis sentidos.
Noto una emoción incandescente expandiéndose por el interior de mis costillas, desordenándome la respiración hasta convertirla en un auténtico caos.
Solo dura un instante, provocado por la sorpresa, pero cuando consigo recuperar la noción de lo que me rodea, lo único que escucho son mis propias bocanadas de aire, rápidas y ansiosas.
Es como si Aleksei hubiese desaparecido.
No puedo verlo ni escucharlo, pero lo siento. En esa amenaza que me recorre el cuerpo, en la piel erizándose, en el oxígeno que parece volverse más oscuro y peligroso a mi alrededor.
Me incorporo bruscamente sobre los codos, apartándome los mechones de la cara mientras miro hacia todas partes, buscándolo desesperadamente.
Y entonces lo veo.
Demasiado cerca.
Casi vuelvo a chillar .
Aprieto los labios, reprimiendo el grito.
Y él, cabrón hasta el último momento, se muerde el labio mientras avanza un poco más, con los ojos cargados de una oscuridad que, honestamente, no creo que ni sus peores enemigos hayan llegado a presenciar.
Esa expresión me retuerce por dentro. Me endurece los pezones. Y debería ser más que suficiente para que cualquier persona normal saliese corriendo de allí sin mirar atrás.
Pero no.
No lo hago .
No corro .
No soy normal.
Me limito a retroceder por pura inercia, hasta que mi espalda se estampa contra el cabecero y la madera helada se me clava en los omóplatos.
A pesar de eso, cuando veo su rodilla hundirse en el colchón, casi lo hago. Casi me levanto y huyo por culpa de ese disfrute sádico que se le enmarca.
El terror y el deseo se sacuden en mí como una contradicción.
Mierda.
Hago el amago de incorporarme, pero antes de que consiga moverme siquiera un milímetro, Aleksei niega, pasándose la lengua por los dientes.
—No, nena. —Su voz desciende y se me mete directamente debajo de la piel—. Ya no te escapas de mí.
Trago saliva e intento encontrar algo que decir, cualquier cosa que consiga levantar una barrera entre nosotros y devolverme aunque sea una pizca del control que hace apenas un momento creía tener.
Pero no me da tiempo.
Su mano se cierra alrededor de mi tobillo, rodeándolo por completo sin el menor esfuerzo, y el agarre es tan súbito que cierro los ojos por puro instinto.
Ni siquiera he terminado de procesarlo cuando tira de mí, arrastrándome como si mi cuerpo no pesara nada y recordándome la diferencia de fuerza enorme que existe entre nosotros.
No necesita decir nada más. Ese gesto basta para dejarme claro que no voy a ir a ninguna parte. He agotado su paciencia y la anticipación se vuelve tan dolorosa que ni siquiera la fricción de las sábanas contra mi piel me molesta tanto como el hecho de no tenerlo dentro todavía.
Me sorprendo imaginando cómo se sentirá y tengo que abrir los ojos para recordarme que esta vez es real. Que esta vez lo tengo aquí y ahora.
Alzo la mirada y descubro que la tortura es compartida.
Aleksei tampoco parece dispuesto a esperar. Me separa las piernas y se acomoda entre mis caderas, inclinándose sobre mí hasta que su pecho queda a escasos centímetros del mío y su rostro apenas a un suspiro de distancia.
El jadeo que se me escapa resuena por toda la cabaña, pero esta vez ni siquiera intento contenerlo.
Quiero que lo escuche. Que sepa exactamente lo que ha cazado.
Que sepa que me tiene.
Que ahora soy suya.
Y Dios, lo sabe.
Lo sabe porque empieza a devorarme como si llevase siglos hambriento y yo fuese lo primero que le ponen delante. Desciende por mi cuello sin una pizca de delicadeza, alternando besos y mordiscos que me arrancan gemidos cada vez más difíciles de controlar.
Una risa apenas contenida vibra contra mi piel, recordándome que esos sonidos son precisamente los que quiere escuchar.
Me lo confirma con las manos cuando desciende hasta mis caderas y las aprieta, antes de deslizar los dedos hacia mis muslos para separármelos un poco más, hasta que apenas queda distancia entre nosotros y su erección termina presionando el encaje de mis bragas, justo contra mi clítoris.
Me arqueo y, esta vez, no es solo por el placer. Es por comprender que soy yo quien consigue tenerlo así, duro contra mi cuerpo, otra vez, tan pronto, sin apenas haberle concedido una tregua.
Esa certeza me recorre entera y me vuelve codiciosa.
Lo busco, meciéndome contra él, y responde moviéndose sobre mí por encima de la tela, despacio, permitiéndome sentir cada centímetro sin llegar a darme lo que necesito.
El roce consigue encenderme tanto que, con una valentía que apenas reconozco como mía, le agarro la mano y la conduzco hasta el lateral de mi ropa interior
—Quítamelas —le pido.
De su garganta escapa un gruñido gutural mientras vuelve a presionar su dureza contra mi centro. Estoy tan mojada que resbala entre mis pliegues, empapándose de mí y pasando completamente por alto lo que acabo de pedirle.
—Maldita sea, Liliana. Mírate. Te mueres por tenerme dentro.