Capítulo 25 Amigo mis cojones. #5
—Ya. —Le acaricio el interior de la muñeca con el pulgar, sintiendo cómo se estremece—. Otra vez, Liliana.
El silencio se prolonga entre nosotros mientras intenta una última negociación sin palabras.
Me busca los ojos con esa mirada que le ha funcionado toda la vida, casi suplicándome que me conforme con lo que ya tengo, que no la obligue desnudarse también por dentro.
Pero no puedo. Lo necesito, y ella parece comprenderlo porque termina llenándose los pulmones de aire y habla con sinceridad por primera vez:
—El hombre con el que me quiero casar. Con el que he querido casarme siempre.
Tardo un segundo en registrarlo.
Ha cambiado el verbo. No ha dicho que va a hacerlo , sino que quiere .
Que ha querido hacerlo siempre .
Maldita sea.
Lo poco que queda de mi autocontrol revienta.
No la hago esperar. Vuelvo a hundirme en su boca como llevo años deseando hacerlo y ella me recibe entero, gimiendo, tragando, aferrándose a mi muslo para sostenerse, porque el mundo parece haber empezado a darle vueltas y está a punto de correrse sin necesidad de volver a tocarse.
Sin embargo, lo hace. Esta vez, introduce dos dedos en su interior.
—Quiero sentir cómo te corres con mi polla en la garganta, Liliana —gruño, sin parar de moverme—. Quiero que, cuando digas esa frase delante de un altar, te acuerdes de cómo la dijiste aquí.
Levanta los ojos hacia mí al escucharme, con las pestañas empapadas. Me busca y sostiene mi mirada, provocando que se me tense la mandíbula y los dientes me rechinen ante algo que ya no soy capaz de contener.
No puedo hacerlo cuando veo que acepta que va a acordarse de ello.
Que me lo promete con los ojos.
—¿Sientes lo que me haces? —Me muevo bruscamente, porque ya no queda compostura que rascar—.
Ningún interrogatorio me ha costado tanto como tú .
Ninguna guerra, ninguna tortura. Mírame…
—La voz se me quiebra a mitad de la frase y ni siquiera intento disimularlo—.
Temblando por una boca que hace una hora me llamaba amigo. Por la mujer con la que voy a casarme.
Siento cómo mis palabras terminan de romperla en mil pedazos.
No necesita decírmelo, puedo verlo en cada parte de su cuerpo, en el temblor que se apodera de sus piernas y asciende hasta erizarle la piel, en la forma en que su garganta —ya de por sí apretada— se contrae alrededor de mí mientras un grito de éxtasis le roba todo el aire de los pulmones.
Se corre sin apartarse, aferrándose a mí como si fuera lo único estable de la habitación.
Y sentir su placer así, latiéndome directamente en la polla, acaba conmigo también.
—Cierra los ojos.
Le sujeto el pelo y me retiro de su boca, moviendo la mano sobre mi erección, todavía empapada de ella.
Ella obedece. Cierra los ojos, aún llenos de lágrimas, expectante, todavía extasiada por su propio orgasmo y esa pizca de inocencia que parece empeñada en conservar incluso después de todo lo que acabamos de hacer. Y es precisamente esa expresión la que termina de llevarme al límite.
Todo lo que llevo conteniendo acaba por liberarse, manchándole el rostro, los labios y parte del escote.
Cuando termino, noto el pulso golpeándome hasta en los dientes. Tardo varios segundos en recuperar la noción de lo que me rodea, porque juro que esta es la experiencia más satisfactoria que he vivido jamás.
Ella tampoco se mueve. Nos quedamos así, mirándonos, respirando con dificultad en mitad de la penumbra.
Durante un rato no existe nada más. Solo la ventisca golpeando los cristales y nuestras respiraciones buscándose sin encontrar un ritmo común.
Haciéndonos ver que, quizá, necesitamos mucho más que esto.
Después de un instante, decido que ha llegado el momento de arreglar el desastre que he dejado en mi chica.
Recojo mi camisa del suelo y me agacho frente a ella. Le sujeto la barbilla y empiezo a limpiarle el rostro con la tela, despacio, recorriendo la mejilla, la comisura y el rastro que desciende por su cuello, con un cuidado que no le he ofrecido desde que estábamos fuera.
—Parece que, después de todo, puedes ser las dos cosas —murmura, casi para sí misma—. Un monstruo y un caballero.
—Solo por ti, nena.
Termino de limpiarle el cuello y le paso el pulgar por la comisura de los labios, recogiendo lo que la tela ha conseguido alcanzar.
Entonces es ella quien me atrapa la muñeca y, sosteniéndome la mirada, se lleva mi dedo a la boca.
Su lengua recoge lo que queda de mí, saboreándolo como si se tratase de una deuda pendiente.
Una que necesitase cobrarse con urgencia.
Y se me desconecta el cerebro.
Lo juro. Casi puedo escuchar el chasquido.
Acabo de correrme hace apenas unos minutos y el cuerpo entero vuelve a tensárseme como si no hubiese sucedido nada, porque esta mujer está tragándose lo que quedaba de mí por voluntad propia, mirándome mientras lo hace, y no existe acción que me haya provocado jamás lo que acaba de conseguir con este gesto.
Caigo de rodillas frente a ella.
Porque me sonríe.
Me sonríe .
Con los labios hinchados por mi culpa y esa es la insolencia suya que solo puede pertenecer a alguien que sabe perfectamente que acaba de ganar.
No aguanto más.
La agarro y la levanto en brazos de un solo movimiento, incorporándome con ella. Liliana suelta un gritito ahogado mientras me rodea el cuello por puro reflejo, con el corazón latiéndole tan fuerte que puedo sentirlo contra mi pecho como si fuese mío.
Lo es.
Todo en ella es mío.
Está a punto de serlo.
Echo a andar y su piel desnuda se pega a mi cuerpo, tibia contra mis cicatrices. Y eso, después de todo lo que ha ocurrido esta noche, es lo que termina de trastornarme.
—Aleksei, ¿adónde…?
—A la cama. Lo que viene ahora no se hace en el suelo.