Capítulo 25 Amigo mis cojones. #4
Se queda paralizada, con una palma apoyada contra el pecho. Su otra mano se detiene por primera vez en toda la noche y se me escapa una carcajada siniestra que consigue hacerla estremecer.
—Ya no eres tan valiente, ¿verdad, nena? —Doy un paso hacia ella y la madera cruje bajo mi peso, provocando que retroceda por instinto hasta quedar con la espalda completamente pegada a la pared—. Ya has conseguido lo que querías… Felicidades .
Mi mano izquierda continúa cerrada alrededor de mi polla, apretándola sin moverme, con cada gramo de disciplina que me queda concentrado en contenerme, en no continuar, en guardármelo. Porque lo que viene ahora no pienso dármelo yo mismo.
Ella traga saliva. Me busca la cara, intentando encontrar al hombre de hace cinco minutos, o quizá al de mucho antes, pero no lo consigue. Porque ya no está. Porque esta noche lo ha desmontado pieza a pieza con su insolencia y esto es lo que siempre ha existido debajo.
—Aleksei…
Me inclino sobre ella, afianzando el agarre en su pelo y echándole la cabeza hacia atrás para obligarla a mirarme desde abajo.
—Abre la boca, Liliana.
No lo hace inmediatamente. Se queda observándome con esos ojos enormes, todavía cristalizados por el placer, comprendiendo que estoy a punto de darle lo que quería, aunque no de la manera que esperaba. Que ha ganado, sí, pero que el precio de su victoria es que ya no soy capaz de medir una mierda.
Era lo que ella quería.
—¿Qué…? —pregunta y, esta vez, a diferencia de la primera vez que lo ha hecho esta noche, está verdaderamente confundida.
No respondo. Me limito a apoyar el glande contra sus labios cerrados, humedeciéndoselos con el líquido que se me escapa por su culpa.
—No me hagas repetirlo.
Vuelvo a presionar y ella suelta un gemido contra mi piel, con las comisuras todavía medio selladas, testaruda hasta el último puto segundo. Su rebeldía me recorre la columna como una descarga.
—Liliana… —advierto.
Y escuchar su nombre pronunciado de esa manera termina por hacer que separe los labios.
No puedo aguantarlo.
Me hundo en su calor sin la paciencia que habría tenido hace media hora. Solo la punta. Únicamente eso, porque incluso ahora, incluso así, alguna parte de mí continúa midiendo por ella aquello que ya soy incapaz de medir por mí mismo.
Intento respirar, controlar el hormigueo frenético que me recorre cada extremidad al sentir esa humedad con la que llevo fantaseando media vida.
Mil veces mejor que en mis sueños.
Aprieto los puños ante lo que solo ella consigue hacerme sentir.
Es imposible no cerrar los ojos durante un instante cuando noto sus labios sellándose alrededor de mi miembro y su lengua, completamente inexperta, deslizándose por mi longitud con la intención de complacerme.
Aprende de cada una de mis reacciones, como si jamás hubiese necesitado que nadie le enseñara absolutamente nada.
Como si con mis dedos y mi pistola ya hubiese memorizado exactamente cómo me gusta.
Y quizá lo ha hecho. Quizá mi chica lleva toda la noche estudiándome, guardándose cada una de mis reacciones en esa cabeza suya que no descansa nunca, esperando el momento oportuno para utilizarlas todas contra mí.
Le está saliendo de puta madre.
Succiona mientras mueve la cabeza, encontrando un vaivén propio que nadie le ha marcado, y juro por Dios que tengo que estampar la palma contra la pared, por encima de su cabeza, para evitar que las piernas terminen cediéndome.
La madera cruje bajo mi palma. Ella lo escucha y yo percibo su reacción en la garganta, en cómo se envalentona, en cómo el ritmo se vuelve más seguro, más necesitado.
Acaba de descubrir qué sonido emito cuando me rindo.
—Querías que te enseñara a complacerme… Querías verme fuera de mí. —Le recojo el pelo con una mano para verle bien la cara—. Lo tienes, nena. Me tienes .
Veo cómo mis palabras hacen mella en ella, cómo se le oscurecen los ojos y una expresión triunfal le cruza la cara incluso en esa postura.
Su respuesta no llega en forma de palabras, sino de un intento de profundizar más, de abarcar más centímetros de los que puede, porque mi chica es ambiciosa hasta para esto.
Y la arcada que le provoca esa decisión me sacude el cuerpo entero, emborronándome la vista y arrancándome un gemido ronco.
Ya ni siquiera intento contenerlo.
Joder, no .
¿Cómo coño voy a hacerlo? Se está atragantando con mi polla y, en lugar de retroceder, vuelve a intentarlo, más despacio, con los ojos llorosos clavados en los míos, descubriendo sus propios límites solo para volver a desafiarlos.
Y ese detalle, esa cabezonería suya, me vuelve loco de una forma que no tiene arreglo.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas y la saliva le desborda las comisuras.
Es tan erótico verla así, tan lejos de la chica intocable e inocente que durante años me obligué a creer que era, que la cadera se adelanta sin mi permiso, buscando su garganta y robándole otro sonido que vibra alrededor de mi longitud de forma demoledora.
— Blyad … —Se me escapa entre dientes, sin traducción y sin pensarlo—. Así, diétka . No pares.
La orden no se refiere únicamente a lo que está haciéndome con la boca, sino también a esos dedos que continúan moviéndose entre sus muslos, provocando que sus gemidos desesperados vibren alrededor de mi erección.
Reconozco la cadencia porque me la he aprendido.
Sé perfectamente cómo suena cuando está a punto de correrse y ahora vuelve a encontrarse al borde, llena hasta la garganta, sin que yo haya tenido que tocarla ni una sola vez.
Y entonces, en mitad del caos, una idea me atraviesa.
Cruel y perfecta.
Tiro de su pelo, deteniéndola en seco mientras permanezco enterrado a medias en su boca. Gime en señal de protesta e intenta moverse contra mí, pero no se lo permito. Sus dedos aceleran para compensar la falta de movimiento y también decido impedírselo.
—La mano quieta, Liliana.
Me mira con incredulidad, las mejillas ardiéndole, y yo solo puedo negar, saboreando cada segundo de su desesperación como se merece.
—Retíralo. Ahora.
Parpadea. No entiende o no quiere entenderlo, que en este momento viene a ser exactamente lo mismo. Sin embargo, necesito demasiado esa respuesta como para no aclarárselo.
—Lo de amigos, Liliana. Retíralo.
Veo cómo la guerra se dibuja en su rostro. Está a menos de un minuto de correrse, le tiemblan las piernas por la necesidad, pero la única salida exige pagar el precio que lleva toda la noche negándose a aceptar.
Podría apartarse si realmente no lo sintiese. No la estoy sujetando con tanta fuerza. Podría escupirme, levantarse y mandarme a la mierda, pero no. En lugar de eso, mueve la lengua contra mí.
Desafiante.
Intentando ganar por las malas.
Y casi lo consigue. El mundo desaparece medio segundo bajo mis pies y el apoyo de la pared es lo único que me mantiene en pie, pero no cedo. Llevo años esperando esto.
Voy a aguantar mejor que ella.
—Puedo quedarme así toda la noche, solnyshko —miento, con una alteración en la voz tan evidente que resulta imposible disimularla.
Ella lo nota, pero parece importarle una mierda, porque su cuerpo está traicionándola exactamente de la misma manera.
Un sonido desesperado le asciende por la garganta.
Asiente, pero eso ya no me basta y lo sabe. Me retiro de su boca, dejándola vacía, con un hilo de saliva suspendido entre sus labios.
—Dilo. Deja de ser tan orgullosa.
—No eres… —Traga saliva. Le cuesta hasta hablar, aunque no sé si por la soberbia o por lo que hace apenas un segundo le llenaba la boca—. No eres mi amigo. Lo retiro. Nunca lo fuiste. ¿Contento? Aleksei, por favor…
Ese por favor me atraviesa, pero no me muevo. Le suelto el pelo para sujetarle el rostro y deslizo el pulgar entre los labios, separándoselos de nuevo.
—¿Qué soy, entonces, Liliana?
Se le escapa un sollozo de pura frustración. Sabe lo que le estoy pidiendo y, cuando comprende que no pienso aceptar nada que no sea una respuesta, deja de pelear. Puedo verlo suceder en su expresión, en el instante exacto en que toma la decisión, sin apartar los ojos de los míos.
Lo dice con la voz destrozada, temblando por algo que va mucho más allá de lo que lo que estamos haciendo.
—El hombre con el que me voy a casar.
Una sacudida me atraviesa el pecho y termina instalándose dentro como un peso sólido, imposible de mover. Algo jodidamente satisfactorio que llevo toda la vida deseando escuchar de su boca.
Le libero el labio y, sin pensármelo dos veces, vuelvo a enredar los dedos en su pelo.
Guiándola con ellos, me hundo de nuevo en su boca, concediéndole aquello que acaba de ganarse, y el jadeo de alivio que suelta alrededor de mí es lo más parecido a un gracias que le he oído en toda la noche a esta mujer.
—Sigue.
No necesito repetírselo. Su mano regresa inmediatamente al clítoris, acompasándose con el vaivén y provocando que empiece a moverme contra su lengua siguiendo un ritmo que ya no decido yo, sino sus gemidos, cada vez más rotos, más descompasados y frecuentes.
Veo cómo se le encogen los hombros, cómo sus muslos se tensan alrededor de su propia mano. Está ahí, otra vez al límite, a segundos de deshacerse.
Y vuelvo a detenerme.
Abandono su boca y le atrapo la muñeca, interrumpiendo de golpe el placer.
Un grito de protesta se le escapa de la garganta mientras me mira con los ojos anegados en lágrimas, como si acabara de cometer un crimen imperdonable contra ella.
Puede que lo haya hecho.
—¡Aleksei! —Mi nombre se le quiebra en la garganta y me encanta cómo suena—. ¿Qué…? ¿Por qué…? ¡Lo he dicho!
—Otra vez.
Parpadea, perdida, con el pecho subiendo y bajando sin control.
—¿Qué?
—Lo que has dicho. —Le mantengo la muñeca cautiva contra mi muslo, sintiendo su pulso desbocado bajo el pulgar—. Quiero oírlo otra vez. Sin tener que arrancártelo. Sin mi polla cerca de tu boca ni tu mano entre las piernas. Repítelo.
Me dedica una mirada asesina, con la frustración acumulada haciéndola polvo.
—Te odio —masculla, temblando de pies a cabeza.