Capítulo 25 Amigo mis cojones. #3
No sé qué cara debo de tener, pero es lo que termina de hacerle añicos la respiración, que se vuelve frenética por culpa de sus propias caricias y del peligro.
Me obligo a esperar un segundo más, únicamente para verla desesperarse, y, cuando toca fondo, empujo un par de centímetros, forzándola a separar los labios.
Su lengua cede de forma involuntaria, reconociendo el sabor a cuero y pólvora que hace apenas un minuto le he dejado con los dedos.
El mismo.
Mis manos y mi arma saben igual, y ella acaba de descubrirlo.
Intenta tensarse cuando avanzo otro milímetro, pero no se aparta.
Su orgullo no se lo permite. En lugar de eso, permanece completamente inmóvil, sosteniéndome la mirada por encima del cañón, y juro que puedo sentirle el pulso vibrando a través del acero, latiéndome en la muñeca como si el arma fuese una extensión de los dos.
—Como ves, no eres la única que sabe jugar a esto , cariño .
Sé que se acuerda de lo que me hizo. Que le pareció divertido creer que tenía el control, que disfrutó de la posibilidad de acabar conmigo en cualquier momento y que lo imprudente no fue eso.
Lo verdaderamente imprudente fue que a mí no me asustara ni un poco.
Porque, joder, si tengo que morir, ojalá sea con ella encima, haciéndolo de nuevo.
Sin embargo, yo no estoy tan loco como ella. Yo no la pondría en peligro ni un segundo.
Pero eso no tiene por qué saberlo.
—¿Sigues pensando que solo somos amigos, Liliana? —vuelvo a preguntarle, obligándola a sostenerme la mirada mientras saborea el acero.
No responde y yo niego con la cabeza, reconociendo la decepción que comienza a instalarse en sus facciones. Mi puño izquierdo sigue moviéndose… y no es mi erección lo que la abre.
—No te voy a dar mi polla. Aún no te la has ganado. No mientras sigas considerándome algo que no soy. Responde a mi pregunta. ¿Sigues pensándolo?
Liliana asiente. Despacio, con un movimiento tan medido que apenas existe, evitando clavarse el punto de mira en el paladar.
Acaba de mentirme con mi maldita pistola en la boca.
Hombres con crímenes imperdonables a sus espaldas me han confesado cosas que ni siquiera les había preguntado con este mismo cañón a un metro de distancia.
Han llorado, han suplicado; más de uno ha preferido volarse la cabeza él mismo antes que esperar que lo hiciera yo.
Y esta mujer, medio desnuda, de rodillas en mitad de Siberia, me miente como si nada, sonriéndome con los ojos.
Cualquier otro estaría muerto.
Ella va a acabar con un anillo mío en el dedo.
Porque los dos sabemos que, desde que volvimos a encontrarnos, ni una sola vez lo que ha sentido por mí ha sido amistad .
Puede que odio, deseo, rencor… pero ¿ amistad ?
Ni una jodida vez .
Joder . ¿Cómo va a sentir eso si literalmente llevo su sangre corriendo por mis venas? ¿Si prefirió dármela a dejar que el destino decidiese?
Eso no se hace por un amigo .
Eso se hace por otra cosa que ella todavía no se atreve a nombrar. Algo que pienso arrancarle de la garganta como sea necesario.
—¿Te gusta que te apunten cuando más vulnerable te sientes, nena? —Mi voz sale rota, desquiciada, sin apenas forma de pregunta, porque puedo escucharla.
No ha parado. Ni con el arma ni con la amenaza. Mi chica ha sido obediente y ha seguido tocándose con una nueve milímetros en la boca, y eso está friéndome lo poco que me queda de cordura.
Sus ojos descienden hacia el movimiento que no he dejado de repetir por ella, pero esta vez no se lo permito. Presiono el cañón un grado más contra su lengua.
—A los ojos, Liliana. —La voz me sale una octava más grave, porque no existe nombre para lo que me provoca verla así—. Mírame a mí mientras te tocas con mi pistola llenándote. Demuéstrame cuántas ganas tienes de que te folle esa boca de mentirosa.
Me obedece. Sus dedos aceleran, provocando que su respiración se convierta en un desastre que ya no consigue controlar.
—Más rápido. Eso es.
Le tiemblan los muslos y tiene los ojos vidriosos, clavados en los míos como le he exigido, pero ni siquiera así encuentro una súplica en ellos.
Hay ganas y un poder mayor del que debería experimentar alguien en semejante posición.
Porque ella lo sabe. Sabe que me tiene, que estoy a nada de perder los estribos.
Bajo la vista hacia su coño, hacia el ritmo de sus movimientos, y ajusto los míos a los de ella sin proponérmelo, como si mi cuerpo hubiese dejado de pedirme opinión.
Ya no soy capaz de controlar aquello en lo que me ha convertido.
No cuando los dos respiramos el mismo aire viciado y empiezo a comprender que quizá no le estoy enseñando una mierda.
Que quizá, aunque nadie haya estado dentro de ella, aunque vaya a ser yo el primero que la vea con los ojos llorosos y las bragas empapadas mientras chupa una polla, esto ya lo sabía.
Que esta versión de sí misma —la que gotea y aprieta los muslos por tener un arma contra la lengua, la que se toca cada vez más rápido cuanto más hondo se la meto— llevaba mucho tiempo escondida dentro de ella y lo único que necesitaba era encontrar a alguien capaz de comprenderla.
Y, Dios, la comprendo con cada maldita célula de mi cuerpo, porque llevo años esperándola. Porque no soy una buena persona y esta obsesión despiadada es lo más limpio que puedo ofrecerle.
Es lo que soy.
Lo que somos juntos.
—¿Le confiarías tu vida así a alguno de tus amigos , Liliana? —Le recojo con el pulgar una lágrima que no es de miedo y me la llevo a la lengua, saboreándola—. ¿Alguno de ellos te pondría así de cachonda? ¿Alguno sabría darte esto sin que tuvieras que pedirlo?
Retiro la pistola de su boca únicamente para permitirle hablar, dejando el rastro de su saliva sobre el metal oscuro. Mi chica parpadea, buscando aire, temblando sobre la madera porque todo esto ha sido demasiado y está a punto de terminar.
—No tengo más amigos —consigue articular, con la voz ronca por la fricción.
Más.
La palabra se me clava exactamente donde ella pretendía y eso termina de enloquecerme, porque sabe lo que he hecho y, en lugar de utilizarlo para condenarme, lo emplea para esto. Para decirme sin palabras que el puesto sigue siendo mío .
Solo mío .
Es terriblemente irónico y debería hacerme perder la puta cabeza, pero consigue ponérmela más dura que cualquier otra cosa que haya hecho esta noche.
—Cierto. —Le levanto la barbilla con el cañón, despacio, sonriéndole sin una pizca de remordimiento—. Los he matado a todos.
Volvería a hacerlo. Uno por uno, en el mismo orden y sin pestañear.
Porque este momento siempre ha llevado escritos mi nombre y mis apellidos, no los de ningún otro que creyera tener derecho a él. A ocupar mi lugar.
Es mío.
Ella es mía.
—A todos menos a uno, Volkov.
Habla de mí.
Mientras me mira directamente desde el suelo, con el pelo revuelto pegándosele a las mejillas encendidas y las yemas todavía moviéndose despacio entre sus muslos. Sin ninguna vergüenza ya. Como si esto fuese algo que lleva haciendo toda la vida delante de mí.
Y no aguanto más.
No cuando bajo la mirada y descubro mi pistola colgando, derrotada de una forma que jamás habría imaginado, con el cañón apuntando hacia el parqué, inútil y todavía manchado por su saliva.
Es la primera vez en mi vida que apunto a alguien y no consigo una confesión. La primera vez que alguien se niega a decir lo que quiero.
—¿Qué mierda quieres de mí, solnyshko ? —La voz me sale ronca, desgastada.
Ella lo nota. La muy cabrona ladea la cabeza, disfrutando de mi incipiente pérdida de control, y el movimiento provoca que un mechón de pelo se deslice por su hombro casi desnudo.
Lo sigo con los ojos sin poder evitarlo y Liliana se da cuenta.
Ve el estrago que causa y, pese al riesgo que supone, esboza una sonrisa socarrona antes de responder:
—Quiero que te rindas. ¿Es tan difícil, Volkov?
—Yo no me rindo, Liliana.
—¿Y crees que así vas a ganar? Porque yo no me he rendido y, si uno de los dos no lo hace…
—masculla, deslizando los dedos entre sus pliegues, más despacio ahora, de manera deliberada, obligándome a escuchar lo que hace y a contemplar cómo se le entornan los ojos de una forma que me destroza—.
Vas a seguir siendo lo que eres. Un amigo.
Exhalo por la nariz, notando cómo la mandíbula se me tensa por sí sola. Los dos sabemos que podría continuar. Buscar otro ángulo, otra presión, otra manera.
Pero es que ya no merece la pena seguir aguantando.
Tengo la polla tan dura que me duele, a esta mujer goteando delante de mí desde hace veinte minutos y el sonido de cómo se masturba incrustado en el cráneo como un puto parásito.
Mi cabeza ha dejado de elaborar estrategias hace rato.
Ahora solo produce imágenes, todas relacionadas con las cosas que quiero hacerle a esa parte de ella que se empeña en seguir mintiéndome.
Y, aunque el descontrol me araña las entrañas, sé que quiere verme estallar de golpe.
Y no pienso darle también eso.
Voy a darle algo mejor.
—¿Sabes, solnyshko ? Tienes razón en algo… —Arrastro las palabras como alguien que lleva tres copas de más, aunque estoy completamente sobrio en ese sentido—. Te gusta demasiado el peligro como para que esto no funcione contigo.
Bajo la mirada hacia la pistola, que cuelga de mi mano derecha como un objeto que, de repente, apenas reconozco.
—Estás tan jodida que esto… —Hago girar lentamente el arma entre los dedos, contemplándola— contigo no me sirve de una mierda, porque, como siempre, tú eres mi maldita excepción. Para todo.
No lo pienso.
Lanzo la Glock lejos de nosotros sin siquiera molestarme en mirar dónde cae, como quien se deshace de algo que estorba. El golpe del metal contra el parqué restalla por la cabaña, mezclándose con el grito que escapa de su garganta.
Se encoge contra la pared, con las manos subiendo por puro instinto, a medio camino de cubrirse, mientras la pistola rebota una vez antes de perderse entre las sombras, dejando tras de sí únicamente su eco.