Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 25 Amigo mis cojones. #2
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Capítulo 25 Amigo mis cojones. #2

Liliana alza la vista, confundida, porque la ausencia de mi contacto la deja vacilando durante un segundo, buscándome con el rostro como una brújula que ya no sabe orientarse sin mi agarre. La observo un instante desde arriba, disfrutando de la imagen que me ofrece.

Demoledora.

—Quítate la ropa.

No se mueve. Está confundida, y eso me demuestra que a mi chica aún le queda inocencia por corromper. Me lo confirma cuando, temblando, responde:

—Hace frío. —Lo dice casi sin voz, buscando empatía en mí—. Venimos de fuera, Aleksei. Me voy a congelar, a morir de hipotermia y… y…

Sacudo lentamente la cabeza, esbozando una expresión felina que consigue hacerla callar. Liliana se queda sin aire ante mi negativa, consciente de que no pienso aceptar su excusa.

Tiene razón. Fuera estamos a cuarenta grados bajo cero, pero me importa una mierda.

Aquí dentro, la calefacción lleva encendida desde que llegamos y su argumento se desmonta por sí solo.

Para demostrárselo, me sacudo la chaqueta de los hombros y dejo que caiga violentamente al suelo con un golpe sordo.

Parpadea deprisa cuando comprende que la camisa no va a correr mejor suerte, cuando me ve tirar del cuello y los primeros botones saltan hasta perderse.

No tengo paciencia para esto. Me la arranco con una mano y la dejo caer, sintiendo cómo la corriente tibia de la cabaña me golpea de inmediato, seguida del peso lascivo de su mirada, que analiza cada detalle de mi cuerpo hasta detenerse en la herida de bala.

Esa sobre la que lloró mientras me suplicaba que no me muriese. Esa sobre la que me dijo que me quería.

Todo para ahora llamarme amigo.

Amigo mis cojones.

Contiene la respiración, como si supiese lo que estoy pensando y hasta qué punto me enfurece.

—¿Te parece que tengo frío, Liliana?

No responde. Por supuesto que no. Tiene la cara encendida de un rojo que no guarda ninguna relación con la temperatura de este espacio diáfano.

Lo sabe. Lo está sintiendo en la piel igual que yo.

—Ojos arriba.

No obedece. Continúa absorta detallando mi cuerpo, recorriendo cada tatuaje, examinando aquello que antes no se había atrevido a contemplar.

Contengo la arrogancia que amenaza con escapárseme y  vuelvo a agacharme, sujetándola por la barbilla para obligarla, mediante un tirón breve, a mirarme a la cara.

—Desnúdate.

Le tiembla el cuerpo entero, pero esta vez obedece, y verla hacerlo con semejante vacilación nerviosa provoca algo demasiado nocivo para mi ya de por sí escasa salud mental.

Ese mismo temblor es el que la hace pelearse con la cremallera, torpe, tirando de ella dos veces antes de conseguir que ceda. Después, las capas de ropa empiezan a caer a su lado, una tras otra, cada vez más despacio, como si estuviese tomando conciencia del hambre que tengo.

Aun así, continúa desvistiéndose hasta quedarse únicamente con un sujetador de encaje negro que no consigue disimular lo que esta situación está provocándole.

Cuando llega el turno de los pantalones, los dedos le responden peor, pero no me pide ayuda y yo tampoco se la ofrezco, aunque los míos ardan por intervenir, por arrancarle esa última capa.

Aguanto. Lo hago porque quiero que comprenda que lo está haciendo ella, por mí, porque se lo he exigido . Que sea plenamente consciente.

Y creo que termina quedándole claro cuando se los baja junto con las mallas, a duras penas, sin levantarse del suelo, hasta quedar exactamente como yo quería: en ropa interior, de rodillas, en mitad de la penumbra.

La observo sin perderme un solo centímetro, grabándome la imagen a fuego, y juro por lo que sea que exista ahí arriba que no hay altar que merezca más devoción religiosa que lo que tengo delante.

—¿Ves? —Le suelto la barbilla, incapaz de disimular la mueca de satisfacción que se dibuja en mis labios—. Puedes ser muy obediente cuando te lo propones.

—No te estaba obedeciendo.

—¿No?

Ella niega sin vacilar.

Niega , mientras continúa arrodillada por orden mía, y es tan absurdo, tan descaradamente falso, que casi consigue arrancarme una carcajada.

Casi .

Porque lo que me provoca semejante mentira no tiene absolutamente nada de gracioso.

Va a abrir los labios para rematarlo, lo sé. Pero, antes de que pueda hacerlo, decido que ya ha mentido suficiente por hoy.

Le introduzco dos dedos en la boca sin previo aviso, callándola.

Busco su lengua, exigiéndole espacio, y, Dios, el contraste es jodidamente obsceno.

El sabor a cuero y pólvora de mi piel contra el calor húmedo de su dulce boca no produce nada bueno en mi cabeza, mucho menos cuando Liliana abre los ojos, sorprendida por la brusquedad, y profundizo el contacto hasta conseguir que dos lágrimas resbalen por sus mejillas.

No son fruto de ninguna emoción negativa, sino de una reacción física al tamaño de mi índice y mi anular, que se introducen hasta el fondo de su garganta, tanteando la profundidad. Sus lágrimas son consecuencia de ese deleite retorcido que le provoca verse así, por mi culpa, esperando algo más.

—Bozhe, kak tesno … [16]  —Niego con la cabeza, follándomela con los dedos un poco más, viendo cómo la saliva empieza a escapársele por la comisura—. Qué desperdicio, Liliana. Tanto tiempo usando esa boca para mentir… pudiendo tenerla así. Llena y mía.

Ella deja escapar un gemido que ahogo de inmediato con el movimiento, disfrutando de ese sonido que muere contra mi piel antes de llegar a nacer del todo, imaginando cómo será hacerlo con otra cosa.

Joder.

Retiro los dedos de golpe, dejándola con las ganas reflejadas en los labios y el aliento roto por la pérdida. Y ver a la mujer que va a casarse conmigo buscándome como si acabara de robarle algo termina por hacerme actuar.

No le doy tiempo a protestar. Con la mano izquierda me desabrocho el cinturón sin preámbulos, el botón cede de un tirón y me libero con una urgencia que apenas reconozco, palpitando por un dolor que lleva toda la noche aumentando por culpa de esa boca malcriada, de cada puto amigo  que ha pronunciado hoy sabiendo perfectamente lo que hacía.

Lo que esas cinco letras provocan en mí.

Liliana baja la mirada por instinto y la veo tragar saliva, con la garganta moviéndose en un gesto ansioso que casi me pone de rodillas a mí.

Consigo controlarlo, pero ella lo nota. Percibe cómo mi autocontrol empieza a resquebrajarse y cree que ha ganado. Que su insolencia ha conseguido exactamente lo que quería y que su pequeño plan para sacarme de mis casillas va a terminar con ella saliéndose con la suya tan fácilmente.

No. Aún no.

Bajo la mano y empiezo a tocarme despacio, a escasos centímetros de sus labios, tan cerca que ambos podemos percibir el calor, pero no el contacto.

Aprieto, subo y bajo, obligándola a contemplar exactamente lo que me provoca sin poder hacer nada al respecto.

Es la misma tortura que ella me regaló esa noche, cuando la descubrí, con la diferencia de que ahora soy yo quien marca el ritmo.

Se le encienden las mejillas y una emoción más oscura que la vergüenza le atraviesa el rostro al tenerme así, moviéndome a centímetros, tan cerca que cada subida de mi puño amenaza con rozarle los labios.

No los cierra.

Tampoco se aparta ni un milímetro.

—Tócate —le ordeno, con la voz arrastrándose desde el fondo de mi garganta—. Conmigo. Quiero verte. Ahora.

Parpadea. Sé que no es la orden que esperaba y esa confusión suya, ese desconcierto casi inocente, consigue endurecerme todavía más.

Va a acabar conmigo.

Tiembla por la adrenalina, pero, a pesar de ello, obedece. Su mano derecha baja hasta su coño y aparta la fina tira del tanga negro, permitiéndome comprobar el brillo de su excitación antes de comenzar a acariciarse.

Cierro los ojos durante una fracción de segundo, apretando el puño con demasiada fuerza cuando escucho el sonido involuntario que escapa de su garganta al complacerse.

No es la primera vez que la veo hacer esto, pero la última no me lo estaba concediendo. Estaba invadiendo su privacidad. Ahora, en cambio, me lo está regalando. Lo hace porque quiero verla, y esa decisión parece extenderse hasta alcanzar sus pezones, que se trasparentan bajo el encaje.

Los gemidos se le escapan y maldición, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no levantarla del suelo, llevarla hasta la encimera de la cocina y follármela sin piedad.

Me torturo conteniendo las ganas, escuchando cómo el sonido húmedo de sus dedos se entremezcla con el ritmo de mis movimientos.

Arquea el cuerpo hacia delante, buscándome, mientras reduce la velocidad de sus caricias.

No necesito tocarla para saber cómo está.

Por mucho que ralentice el ritmo, su coño suena cada vez más a ella deshaciéndose.

Liliana cierra los ojos, convencida de que voy a darle lo que espera en cualquier momento.

Pero se equivoca.

No se trata de concederle lo que quiere por las buenas. Se trata de arrancarle esa maldita palabra de la garganta de una vez por todas, de ganarme mi lugar como me ha pedido.

En lugar de mi erección, levanto la mano derecha hacia su rostro. El acero brilla un segundo en la penumbra antes de que ella registre el movimiento, antes de que comprenda qué es lo que estoy deslizándole por el labio inferior.

Contiene la respiración. Sus ojos se abren de par en par y entonces empieza a hiperventilar. Está aterrorizada. Y, aun así, sus dedos continúan moviéndose por pura inercia, ajenos al pánico que acaba de apoderarse de ella, acelerando entre sus pliegues empapados.

Percibo la contradicción y decido premiarla prolongándola. Le recorro los labios con el cañón de la Glock , despacio, permitiendo que se acostumbre a la temperatura del metal, prácticamente idéntica a la de mi piel.

La observo mientras empieza a comprender qué es lo que tiene rozándole la punta de la lengua, como si aquel objeto fuese una extensión más de mí, y esa comprensión termina dibujando en su rostro la expresión más indecente que mis condenados ojos han visto jamás.