Capítulo 25 Amigo mis cojones.
Aleksei
Mi orden resuena por la cabaña y queda suspendida entre nosotros, sin terminar de asentarse, cargando el ambiente de tensión que casi puede respirarse cada vez que alguno de los dos exhala el aire que compartimos, separados apenas por unos centímetros.
Que, por ínfimos que sean, ahora mismo me parecen una puta tortura.
Fuera ha empezado a nevar sin clemencia y una ventisca ha cerrado la puerta de golpe, provocando que el calor empiece a acumularse entre las paredes de madera.
Los ventanales se empañan por el contraste térmico y, desde mi posición, puedo apreciar cómo la estufa del exterior termina apagándose y, con ella, todas las velas.
De una forma poéticamente retorcida que tiene mucho más que ver con nuestra dinámica de lo que ninguno de los dos va a admitir en voz alta.
Eso me hace comprender una cosa: da igual lo delicado que haya intentado ser, lo ajena que resulte semejante actitud a mi verdadera naturaleza.
Ella no quiere eso de mí. No lo ha querido nunca, al menos no desde que volvimos a encontrarnos.
Lo que Liliana ha hecho esta noche es pulsar un botón que no tiene vuelta atrás, sabiendo perfectamente lo que iba a despertar.
Ha pedido mi oscuridad como quien pide un milagro.
Y yo, que no creo en Dios —pero soy fiel devoto de cada uno de sus deseos—, pienso concedérselo .
Todo . Siempre .
Y voy a empezar ahora mismo, porque lo único que me importa en este instante es la forma en que a mi chica se le dilatan las pupilas mientras finge no entenderme, como si no hubiese sido ella la que me lo ha pedido.
Como si no llevase desde ayer persiguiendo la idea de que le enseñe cómo doblegar mi voluntad y hacerme perder la cabeza, completamente ajena a que le basta con existir para conseguirlo.
A que, con el simple hecho de respirar, es capaz de convertirme en un maldito animal.
Quiero entregárselo todo. Darle el control absoluto de mi cabeza y de mi cuerpo.
Dejar que me lo arranque a la fuerza si eso es lo que desea.
Porque no existe nada que esta mujer pueda anhelar que yo no esté dispuesto a poner en sus manos.
Así de jodido y enfermo me tiene. Tanto que podría pedirme las llaves de la maldita Bratva o exigirme que redujera el mundo a cenizas y lo haría sin rechistar.
Sin dudarlo ni un puto segundo.
No sé en qué me convierte, pero no me la puede sudar más.
No. Porque, pese a todo, ella todavía no comprende hasta qué punto me tiene sometido. O, si lo sabe, parece darle exactamente igual.
Me lo confirma esa insolencia suya que no desaparece de su rostro ni siquiera después de lo que acabo de ordenarle. No, mi sol no sabe rendirse cuando el peligro la acecha. Quiere sumergirse en él sin medir las consecuencias.
Y eso es precisamente lo que me hace cerrar la mano que tengo libre hasta que los nudillos se me vuelven blancos. Eso y que, a pesar de todo, sus labios obstinados vuelven a separarse, llevando mi paciencia hasta el límite
—¿Cómo has dicho? No te he entendido… —Lo pronuncia tan bajito que, más que una pregunta, parece un ruego. Una jodida súplica que me implora que vuelva a repetirlo.
El agarre se me tensa ligeramente alrededor de su cuello.
Maldita sea.
Quiere volver a oírlo.
Esa declaración implícita es todo lo que necesito para terminar de perder la cabeza, para que el hombre que ha intentado ser cauteloso y bueno durante toda la noche se evapore sin contemplaciones .
No soy nada de eso.
Liliana lo ve, lo sabe y no le asusta. No. Lo que le brilla en los ojos al descubrir el cambio no es miedo, sino algo mucho más incorrecto en lo que me veo reflejado. Algo que yo también disfruto.
Quiere ver hasta dónde soy capaz de llegar, medir cuánto poder tiene sobre mí y averiguar de qué forma exacta y retorcida le pertenezco.
Voy a enseñárselo.
Sin apartar la mano de su garganta, percibo los latidos que se agolpan bajo mis dedos. Y en ese instante lo decido: yo también quiero verla rogar, que pierda esa entereza suya y que suplique por verme deshecho.
Quiero ser yo quien juegue con eso que tan cachonda la pone, eso que ella usó contra mí en el avión.
—Me has oído perfectamente, Liliana —siseo contra su rostro, con la voz hecha trizas—. ¿O también tengo que enseñarte cómo se hace eso?
Cierra los ojos y aprieta los labios, intentando contener un jadeo que termina escapándosele de todas formas, provocando que mis dedos se afirmen un poco más sobre su piel.
—Quizá sí. Quizá también tengas que enseñármelo.
Esa última provocación, pronunciada con la voz quebrada, es lo que termina de reafirmarme en mi decisión.
Vamos a ver quién cede primero.
No le suelto el cuello. Mantengo la mano en su sitio, ejerciendo la presión justa para que sea consciente de que ahora soy yo quien dirige el juego, y comienzo a guiarla hacia abajo.
Mis movimientos pierden la delicadeza y mis dedos se afianzan con más firmeza sobre su piel, arrancándole otro jadeo, reclamando sonidos que llevo años convenciéndome de que jamás podrían pertenecerme y que, sin embargo, parecen haber sido míos desde el primer día.
Porque ahora que sus piernas se desenredan de mi cintura y sus pies entran en contacto con el suelo, tengo la certeza absoluta de que nunca ha habido otro hombre que no sea yo para Liliana.
Lo comprendo con una claridad aplastante mientras la guío hacia el parqué, dejando que se deslice lentamente por la pared sin que ninguno de los dos oponga resistencia.
Mi chica se entrega por voluntad propia, aunque finja que soy yo quien está decidiendo por ella, permitiendo que su cuerpo exprese lo que realmente desea mucho antes de que su orgullo tenga oportunidad de intervenir.
Sus rodillas terminan apoyándose sobre el suelo de la cabaña, dejándola literalmente a mis pies, con mi tacto todavía alrededor de su garganta y la respiración descompasada palpitando bajo mi palma. El calor que irradia su cuerpo parece metérseme directamente en las venas.
No deja de mirarme ni un instante. Lo hace con esos ojos que parecen debatirse entre pedir clemencia o continuar jodiéndome la cabeza un poco más.
Sin embargo, no necesita hacer ni decir absolutamente nada, porque la imagen termina quebrando algo dentro de mí.
— Posmotri na sebya, diétka. Na kolenyah, i vsyo eshchyo derzhish yobany kontrol… [15] —Le acaricio el labio inferior con el pulgar de la mano libre, negando lentamente con la cabeza.
Ella parpadea, perdida, porque no ha entendido una sola palabra. Y esa es precisamente la mejor parte: que no tiene ni puta idea de lo que hace conmigo, de todo lo que me provoca tenerla así.
Deslizo la mano libre por mi cadera, disfrutando del silencio tenso que se instala entre nosotros y del peso de su mirada, que sigue el recorrido de mis dedos hasta la cinturilla del pantalón.
Se estremece por la anticipación y cierra los ojos durante un par de segundos, como si nunca me hubiese visto de esta forma, como si hasta imaginar lo que estoy a punto de hacer le diese vergüenza.
Es inevitable que una sonrisa socarrona me tuerza los labios cuando vuelve a abrirlos, unos segundos después, y descubre que ni siquiera me he tocado el cinturón. Que, en lugar de hacer lo que esperaba, lo que he agarrado ha sido la culata de mi pistola.
—Vamos a arreglar esa boca de embustera.
Desenfundo el arma y el sonido corta el aire de una forma que ella registra a la perfección. Lo veo en cómo se le tensan los hombros, en cómo su respiración pierde cualquier atisbo de regularidad ante la incertidumbre de no saber qué diablos voy a hacer con ella.
Mejor. Sé que le gusta estar asustada.
Me agacho sin prisa, hincando una rodilla en la madera para ponerme a su altura.
El costado protesta por el gesto, pero hay dolores que valen la pena, sobre todo cuando eso significa tener su preciosa cara frente a la mía.
Todavía no quiero observarla desde arriba.
Quiero ver cada cosa que cree estar escondiéndome detrás de ese descaro suyo y hacer pedazos sus defensas una a una, conseguir que reconozca lo que siente sin necesidad de que esta vez me esté desangrando.
Que lo haga mirándome .
Me lo debe.
Deslizo la mano desde su garganta hasta su nuca, hundiendo los dedos en la base de esas ondas castañas que tanto me gustan.
Tiro de ellas hacia atrás, obligándola a levantar el rostro, ese mismo que lleva escrito por todas partes lo mojada que está por mí ahora mismo, sin necesidad de que haya hecho prácticamente nada.
Todavía.
Escondo la pistola detrás de mi pierna, manteniéndola fuera de su campo de visión.
—¿Sigues pensando que solo somos amigos, Liliana? —pregunto en voz baja, arrastrando cada palabra.
Mi sol continúa sosteniéndome la mirada, ajena a todas las cosas que quiero hacerle, como si no fuera ella quien está de rodillas, como si supiese perfectamente que todo lo que tiene de mí es entrega.
No puedo ocultarlo.
Ladea apenas la cabeza, con esos labios descarados entreabiertos, y responde con absoluta impunidad:
—Sí. Ya te dije que te ganaras lo contrario. —Intenta sonar valiente, pero su voz se vuelve cada vez más frágil mientras sus ojos buscan lo que escondo detrás del muslo—. ¿No se supone que estabas a punto de hacer eso, Aleksei?
Me río. Una carcajada ronca que me nace en el pecho y parece erizarle cada centímetro de piel.
—Te estaba dando la oportunidad de rectificar, preciosa. De ser delicado contigo.
Niega, clavándose los dientes en el labio inferior en un gesto que casi consigue hacerme temblar el pulso.
—Nadie te ha pedido eso, Volkov. —Su tono suena turbado cuando añade, en un susurro—: Quiero que seas tú mismo.
Algo cruje dentro de mi pecho, resquebrajándose, y esas cinco palabras consiguen ponerme la polla mil veces más dura que hace un segundo, lo cual resulta físicamente complicado y, sinceramente, bastante doloroso.
No respondo con palabras. Le suelto el pelo y me incorporo de golpe.