Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #7
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Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #7

Una de sus manos desciende hasta mi cintura y me atrae contra él con una fuerza posesiva que termina de deshacerme.

Le agarro la chaqueta con los puños y tiro de él, necesitándolo más cerca, deseando que esto vaya mucho más allá y con una impaciencia tan desesperada que debería abochornarme.

—Liliana... —gruñe contra mi boca, obligándome a echar la cabeza hacia atrás—. Si seguimos así, no voy a poder parar.

—¿Y quién te ha pedido que pares?

Es lo único que necesita.

Me levanta del suelo sin esfuerzo y, esta vez, no protesto. Le rodeo la cintura con las piernas y nos movemos hasta que entramos en la cabaña y mi espalda termina chocando contra la pared.

Su boca desciende sin ningún tipo de contención a devorarme el cuello mientras sus manos pelean con las capas de ropa que llevo encima, buscando mi piel. Instintivamente, mis dedos lo imitan, recorren su pecho hasta alcanzar el cinturón, pero entonces, de repente, lo recuerdo.

Lo de anoche.

Cómo se fue.

El pánico se apodera de mí.

—Espera. —Apoyo una mano contra su pecho, jadeando, nerviosa por lo que sea que está a punto de suceder—. Espera, Aleksei.

Se detiene al instante, aparta la cara de mi cuello y me mira fijamente, examinando mi expresión con las pupilas dilatadas y la respiración completamente descompuesta.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Sacudo la cabeza nerviosa.

—Sí. Es solo que… —Trago saliva, ardiendo por culpa de la vergüenza y algo más—. No quiero cagarla como anoche. No sé qué hice mal en el baño, pero te fuiste y llevo desde ayer pensando que, a lo mejor, lo hago fatal, que a lo mejor no te gustó, que a lo mejor yo soy...

—Lili… —Me interrumpe, sujetándome la barbilla y obligándome a levantar la mirada—. ¿De verdad crees que hiciste algo mal?

Parpadeo, un poco confundida.

—¿No lo hice?

Se ríe. Es un sonido bajo, ronco e incrédulo, que no termino de comprender hasta que se inclina hacia mí y me roza la oreja con los labios.

—Paré porque iba a correrme en tu mano si seguías —confiesa—. Y, como comprenderás, esa no es la forma en la que quiero darte eso  por primera vez.

El calor me trepa por la cara hasta alcanzarme las orejas.

Darme eso.

Joder. Esa era la explicación.

Llevo todo el día torturándome por esta mierda.

—Dios, eres lo peor… —Le doy un golpe flojo en el pecho—. ¿Sabes el infierno que me has hecho pasar?

Sus dedos regresan a mi cuerpo, deslizándose por debajo de la ropa hasta encontrar mi piel.

—¿Yo? —Baja la voz hasta convertirla en algo tan grave que me raspa por dentro—. ¿Tienes idea de cómo me dejaste, nena? Tuve que arreglármelas solo, pensando en esa boca de mentirosa.

El calor me desciende desde la cara directamente al estómago.

Y más abajo. Se me seca la garganta y la vergüenza empieza a desprenderse de mí, dejando sitio a otra cosa, a lo de siempre, a esa vocecita interna que no sabe callarse cuando debería y que disfruta jugando con fuego aun sabiendo perfectamente que va a terminar quemándose.

—¿En mi boca de mentirosa?

—Sí. En esa que se empeña en llamarme amigo .

Él me observa derretirme, disfrutándolo, perfectamente consciente del efecto que tienen sus palabras sobre mí.

Pero con lo que no cuenta es con que el vodka me ha vuelto valiente, o estúpida, o quizá ambas cosas a la vez, porque, en lugar de morirme de bochorno como debería, ladeo la cabeza y le sostengo la mirada con toda la inocencia fingida que consigo reunir.

—¿Y por qué pensarías en mi boca? —Parpadeo, como si de verdad no entendiera nada—. ¿Qué pasa con ella, Aleksei? No te sigo.

Veo cómo aprieta la mandíbula y eso solo consigue animarme a continuar.

—Vas a tener que explicármelo o… —Subo los ojos hasta los suyos, retándolo—. Enseñarme cómo.

La palabra queda flotando entre nosotros …

Y entonces algo termina de quebrarse dentro de él.

La paciencia, el cuidado, esa contención con la que me ha tratado durante toda la noche…

Todo desaparece de sus ojos y, en su lugar, surge algo distinto.

Algo que reconozco porque ya se lo he visto antes —cuando le golpeé la cara y eché a correr, cuando le clavé el cañón de su propia pistola en el pecho—.

Esa oscuridad que no me asusta tanto como debería.

Que no me asusta en absoluto. Que me provoca algo completamente distinto.

Su mano comienza a ascender despacio, saliendo de debajo de mi ropa hasta alcanzar mi cuello, donde sus dedos terminan cerrándose alrededor de mi garganta.

No aprieta. Se limita a sentir mi pulso, desbocado contra su palma, delatando hasta qué punto me gusta esto.

Dándole permiso para que esto se vuelva algo más retorcido.

—¿Quieres que te enseñe? —Su voz cae una octava, completamente oscura.

Asiento y su pulgar me acaricia la mandíbula con una delicadeza que no encaja en absoluto con lo que está ardiendo en sus ojos.

—Dijiste que me ganara el dejar de ser tu amigo, ¿no?

Vuelvo a asentir y él se inclina hasta que sus labios apenas rozan los míos y lo poco que me queda de cordura termina haciéndose pedazos.

—Vale, empecemos por aquí.

Hace una pausa y entonces lo dice:

—Ponte de rodillas, Liliana.