Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #6
—En Saint Virell —repite en voz baja, casi como una promesa.
El ambiente se tensa. Nos quedamos mirándonos a la luz del fuego, sin saber muy bien qué decir, hasta que decido que no pienso permitir que esta conversación termine estropeándonos la noche.
Ni de coña.
Me pongo de pie sobre la madera helada, un poco mareada por el vodka, y, mientras noto cómo un par de copos de nieve aterrizan sobre mi cabeza, le arrebato el teléfono del bolsillo antes de que pueda impedírmelo.
—¿Qué haces? —pregunta, aunque no parece importarle demasiado.
Ni siquiera intenta recuperarlo.
—Tranquilo. No soy como esas novias tóxicas...
La palabra se escapa de mis labios, pero, gracias a la valentía que me otorga el alcohol, me hago la loca por completo, rezando para que no lo mencione. Afortunadamente, no lo hace, aunque sonríe como si acabara de tocarle la lotería.
—¿Entonces?
—Voy a honrar la ocasión. —Rebusco en la pantalla hasta encontrar lo que quiero.
Pulso y, apenas un instante después, los primeros acordes lentos, casi hipnóticos, de una guitarra empiezan a derramarse por la terraza, mezclándose con el crepitar de la estufa y el silencio inmenso de la montaña.
—La última vez elegiste tú lo que bailábamos… —susurro, bajando un poco la cabeza—. Ahora estamos en igualdad de condiciones.
—¿Quieres bailar?
Asiento, convencida durante un segundo de que va a negarse, pero se levanta, me tiende la mano y dice:
—No me pises esta vez, solnyshko .
Se me escapa una sonrisa que no puedo controlar. Una que no tiene nada que ver con su broma, sino con todo esto, con que está a punto de sonar una de mis canciones favoritas y con lo increíblemente fácil que ha resultado conseguirlo.
Aleksei ha aceptado.
Lo ha hecho de una forma que me obliga a reparar en algo que, hasta ahora, no había terminado de comprender: no es la primera vez que cedeconmigo. Siempre acepta, da igual que le pida algo insignificante o una auténtica barbaridad.
Él siempre me dice que sí .
La idea me llena el pecho de una sensación peligrosa, una a la que todavía no sé ponerle nombre.
—No prometo nada —respondo.
Coloco la mano sobre la suya y él tira de mí, pegándome a su cuerpo de un solo movimiento mientras empieza a sonar Say Yes to Heaven de Lana del Rey.
Sus dedos descienden hasta mi cintura y, con la otra mano, recorre lentamente mi espalda hasta enredarse en mi pelo, provocando que se me erice la piel de todo el cuerpo.
Cierro los ojos, escuchando la melodía, y entonces empezamos a movernos. Despacio, apenas balanceándonos sobre la madera congelada, mientras la nieve empieza a caer sobre nuestras cabezas.
No sé bailar bien. Nunca he sabido hacerlo del todo cuando se trata de música lenta, pero él, que parece conocer a la perfección hasta las cosas que intento esconder dentro de mí, me guía con esa seguridad que tiene para todo.
Marca el ritmo que la chispa no me permite imponer y consigue que lo único que tenga que hacer sea dejarme llevar, apoyar la mejilla en su pecho y escuchar cómo su corazón late firme bajo mi oído, mucho más deprisa de lo que su expresión sería capaz de admitir jamás.
Y, con las pestañas todavía haciéndome cosquillas en las mejillas, lo recuerdo.
La otra vez, en su habitación, con esa canción que ahora parece amoldarse a esta, yo tenía diecisiete años y el corazón en la garganta, mientras él me enseñaba dónde colocar los pies para no pisarlo.
Los dos fingíamos que aquello no significaba nada, sin imaginar que sería uno de nuestros últimos recuerdos juntos antes de pasar siete años separados.
Sin saber que, tanto tiempo después, acabaríamos así, bailando en el fin del mundo, con media mafia rusa queriendo nuestras cabezas, con todo en contra y, sin embargo, sosteniéndonos exactamente igual.
Como si nada hubiese cambiado nunca, como si realmente el destino estuviese escrito en ese firmamento que ahora mismo tenemos encima.
La canción continúa y resulta inevitable sentir que su letra nos refleja. Habla de rendirse, de decir que sí a un sentimiento que podría destruirnos, de hacerlo a pesar de las consecuencias. Y eso es precisamente lo que llevo años necesitando.
Decir que sí a esto.
A él. A lo que venga . A todo.
No hablamos. No hace falta. Simplemente continuamos moviéndonos hasta que su frente desciende para apoyarse contra la mía y nuestras respiraciones se mezclan, formando una única nube de vaho entre los dos.
Se me escapa una carcajada sin venir a cuento, una que le arranca una sonrisa contra mi sien.
Y ese gesto vuelve a revolucionarme los latidos.
—¿De qué te ríes?
—De que esto es ridículo... —Niego un poco, sin separar la frente de la suya—.
De que hace un frío horrible, de que estoy bailando contigo en mitad de Siberia, achispada, bajo el cielo más impresionante que he visto en mi vida y…
—Trago saliva, indecisa, hasta que finalmente lo digo, porque el alcohol me ha quitado el filtro y porque, por una vez, quiero que lo sepa—.
De que soy feliz, Aleksei. Soy feliz y no sé muy bien qué se hace con eso.
Aleksei se detiene y a mí los ojos se me cristalizan un poco por el sentimiento.
Se aparta lo justo para mirarme y me toma el rostro entre ambas manos, sosteniéndome como si tuviera miedo de que pudiera desaparecer.
—Liliana…
No dice nada más. Solo mi nombre, en voz baja, como si estuviese rezándolo, como si fuera la única oración que conoce.
Y a mí se me encoge todo por dentro porque lo conozco, porque sé cuánto le cuesta esto y porque quizás él también esté pensando que este momento no es más que un espejismo que nunca volverá a repetirse.
Nuestra vida no es sencilla, pero tengo claro que quiero luchar a su lado. Que ambos llevamos toda la vida esperando a que alguno de los dos se atreva a dar el primer paso y que, por una vez, estoy dispuesta a ser yo quien lo haga.
Me echo hacia delante, eliminando la distancia que nos separa, el miedo y todo aquello que estos años me ha impedido ser yo misma.
Lo beso.
No como la primera vez, con rabia, odio y ganas de hacerle daño. No. Esta vez lo hago con algo distinto, algo que nace del mismo lugar que esas emociones pero que resulta mucho más cálido y sincero.
Es apenas un roce de labios, tentativo, una pregunta que permanece suspendida entre nosotros durante el medio segundo que tarda en reaccionar.
Y ese medio segundo es lo más real que he sentido en la vida, porque, por primera vez, nuestros labios se encuentran sin que haya una guerra de por medio ni ninguna otra emoción que enturbie el momento.
Por un instante, solo somos dos personas escuchando una canción de Lana Del Rey, muriéndose de frío mientras se besan.
Su boca cede bajo la mía, dejándome marcar el ritmo, sosteniéndome el rostro como si fuese algo demasiado preciado para arriesgarse a perderlo. Se contiene tanto que incluso noto cómo le tiembla el pulgar contra mi mejilla, como si estuviese luchando contra la necesidad de conseguir más.
Aguanto todo lo que puedo. De verdad que lo intento, pero entonces su lengua me roza el labio inferior y pierdo el control, dejando escapar un gemido pesado contra su boca sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Y eso lo cambia todo.
Lo percibo en el instante exacto en que sucede. En cómo sus dedos se tensan en mi mandíbula, en cómo el beso deja de ser una pregunta para convertirse en una maldita afirmación. Aleksei profundiza el contacto, me ladea la cabeza para conseguir más y su lengua se cuela dentro de mi boca.