Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #5
78%

Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #5

Hay una especie de estufa de hierro encendida en el centro. A su alrededor, un sofá cubierto de mantas gruesas y un montón de faroles con velas repartidos por el suelo. Todo tan impecable y bonito que siento ganas de hiperventilar.

No le pega nada ser tan detallista y eso despierta en el fondo de mi estómago una sensación que no sé muy bien cómo gestionar. Me quedo inmóvil, contemplándolo todo, hasta que lo escucho.

—Siéntate —ordena mientras se deja caer sobre el sofá.

Pero ni siquiera tiene paciencia para esperar a que supere mi shock . Tira de mí y consigue que aterrice a su lado, tan cerca que su costado termina pegado al mío.

Me hundo entre las mantas y él coloca otra sobre mis hombros, tapándome hasta la barbilla. Solo cuando se asegura de que no voy a morir congelada, sirve un poco de alcohol en cada vaso.

Me tiende uno y yo me lo llevo a los labios sin pensármelo, demasiado escandalizada por el tono íntimo que está adquiriendo la situación, demasiado abstraída como para recordar mi pésima tolerancia al alcohol y plantearme si es buena idea beber algo que, básicamente, es colonia.

Pero ya no hay vuelta atrás.

Antes de que pueda avisarme, el líquido baja raudo por mi garganta, raspándome hasta las cuerdas vocales.

—Diablos... —Toso un poco, apretando los ojos con fuerza—. Está fuerte.

Él asiente, orgulloso.

—Te dije que era bueno.

—He dicho fuerte , no bueno . No es lo mismo. —Le doy otro trago de todas formas, únicamente porque no pienso darle el gusto de ver que me rindo como esa  noche—. Joder, sabe a gasolina.

Algo parecido a una carcajada le nace en la garganta mientras vuelve a rellenar los vasos.

—¿Cómo se dice «salud»" en ruso? Ya sabes, para brindar —pregunto, genuinamente interesada.

— Za zdaróvie.

Analizo la pronunciación e intento repetirlo mentalmente un par de veces, pero enseguida comprendo que voy a ser incapaz de hacerlo sin destrozar el idioma, así que levanto el vaso hacia él.

—Pues lo que has dicho.

Chocamos los vasos y me tomo el chupito de un trago, como si estuviese acostumbrada a beber semejante barbaridad.

Después de eso, nos quedamos un rato así, pasándonos la botella y contemplando ese cielo que no parece real, igual que hacíamos cuando éramos más jóvenes.

Simplemente disfrutando de haber encontrado un nuevo rincón del mundo que, durante un instante, parece pertenecernos únicamente a nosotros.

El aire helado me pellizca la nariz, pero el resto de mí ya no siente frío. Quién sabe si es por el fuego, las mantas o por él, pero, de alguna manera, el vodka comienza a deshacer los nudos que llevo arrastrando desde ayer. Quizás incluso algunos que llevan mucho más tiempo apretándome por dentro.

—¿De verdad esto lo hacía tu madre? —pregunto, consciente de que ya llevo encima medio vaso más de lo que soy capaz de tolerar sin emborracharme.

Noto cómo se tensa ante lo repentino de la pregunta, pero no se cierra. Se lleva el vaso a los labios, bebe un poco y contempla el valle hasta que, finalmente, decide responderme.

—Sí, creo que cada invierno. —Hace girar el líquido en el vaso—. Decía que el que se compraba no sabe igual.

Me inclino un poco hacia él.

—¿Cómo era?

—No me acuerdo mucho. —Lo dice sin aparente tristeza, como una constatación—.

Tenía siete años cuando la enterramos. Iván no hablaba de ella, así que solo me quedan algunos recuerdos sueltos.

—Entrecierra un poco los ojos, como si estuviese intentando recuperar imágenes—.

Recuerdo sus manos sobre las teclas del piano que hay ahí dentro.

El olor de esto cuando lo preparaba, su voz desafinada por las mañanas…

—Hace una pausa y algo se le suaviza ligeramente en el tono—. Poco más.

Algo se me encoge por dentro, porque es la primera vez en toda mi vida que me habla de una parte de sí mismo que existía antes de conocernos.

—Suena a que era buena —murmuro con honestidad.

—Lo era. —Bebe un trago largo—. Era lo único bueno de mi familia. Por eso no duró.

No sé qué responder, así que no digo nada. Simplemente me acurruco un poco más contra su costado mientras la estufa crepita a nuestro lado y el efecto del alcohol comienza a calentarme hasta las puntas de los dedos.

Entonces, su mano asciende por mi espalda hasta enredarse en mi pelo.

Empieza a acariciármelo casi de forma inconsciente, deslizando los dedos entre los mechones con suavidad, y durante un rato lo único que consigo hacer es quedarme quieta, con la mejilla apoyada contra su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

Es raro .

Llevo todo el día queriendo tirarme de un coche en marcha por culpa de su falta de conversación y ahora resulta que podría quedarme así durante días y esa certeza me asusta bastante más que cualquier otra cosa que haya ocurrido hoy.

Precisamente por eso, termino levantando la cabeza para mirarlo.

—¿Sabes que sigo sin creerme que te hayas acordado de lo del cielo? —murmuro, con la lengua ya suelta del todo por culpa del vodka—. Era una tontería, una frase de esas que dices sin pensar.

Él niega ligeramente.

—No es que me haya acordado. Es que, durante un tiempo, eso era todo en lo que podía pensar.

—Lo dice tranquilo, como si no acabara de soltar algo peligrosamente parecido a una declaración—.

Me acuerdo hasta de la cara que pusiste al probar la cerveza.

Parecía que te habías tragado un limón. Ahora lo disimulas  mejor.

Me incorporo un poco, mirándolo con un atisbo de indignación.

—¡No puse ninguna cara!

Acabo soltando una risita, porque sé perfectamente que sí.

—Y luego me obligaste a bailar contigo. —Una sonrisa pequeña le tira de la boca—. Me pisaste tres veces.

—Eso fue culpa tuya. —Le doy un manotazo flojo en el brazo, sintiendo cómo vuelve a subirme el calor a las mejillas—. Me ponías nerviosa, idiota. Estábamos ahí, los dos solos, y yo todo el rato pensando que ibas a…

Me callo.

Pero es demasiado tarde.

—¿Pensabas que iba a besarte, Liliana?

Me muerdo la lengua, intentando contener la respuesta, pero el alcohol parece haberme concedido una valentía de la que carecería por completo en circunstancias normales.

—Toda la noche. Y, sinceramente, no solo aquella noche. Muchas veces. Pensaba que no era mutuo.

Él frunce el ceño, como si acabara de decir una tontería.

— Es  mutuo —afirma sin un gramo de burla.

El corazón se me desboca.

—¿Entonces por qué nunca lo hiciste?

Tarda un instante en responder. Contempla el cielo y yo termino siguiendo su mirada, hasta que su voz vuelve a alcanzarme, ligeramente amarga:

—Porque tú tenías una vida. Una de verdad.

—Hay algo en su tono que suena distinto, cargado de una emoción que no comprendo—.

Una casa con las luces encendidas, padres que te esperaban despiertos, amigas en el instituto...

Para mí, eras lo único limpio de esa ciudad.

Besarte habría significado arrastrarte a mi lado del mundo.

Prefería morirme con las ganas antes que mancharte.

Se me cierra la garganta.

Porque de pronto empiezo a comprender por qué él jamás me habría vendido a alguien como su hermano.

Aleksei no quería esto para mí.

Y, sin embargo, si me hubiese preguntado, si me hubiese dado la oportunidad de elegir, creo que mi respuesta habría sido siempre la misma.

En todas las realidades. A cualquier edad.

Habría elegido esta vida.

Esta, con él …

No sé en qué momento subo la mano hasta su rostro, pero ahora está ahí, apoyada contra su mejilla, sintiendo lo fría que tiene la piel. Helada por el aire, áspera por la barba de un par de días.

No se aparta cuando lo toco. Todo lo contrario. Cierra los ojos y ladea ligeramente la cabeza para apoyarse un poco más en mi palma, y yo dejo que el pulgar se deslice por sí solo hasta esa línea pálida que le cruza de la ceja a la mejilla.

—No la tenías antes —murmuro, recorriéndola.

Abre los ojos y comprende al instante a qué me refiero.

—No. —Su voz sale baja, enronquecida por el frío—. Esta me la hicieron después.

—¿Me cuentas cómo?

Se toma un instante para considerar su respuesta, pero no aparta el rostro de mi mano.

—Me la hizo el pakhan .

No dice mi padre . Nunca lo dice. Y esa sola palabra, pronunciada así, me hiela la sangre más que el aire de la montaña.

Desgraciado de mierda. Ojalá se muera pronto. Ojalá haberle puesto yo fin a su vida mientras vivía bajo el mismo techo.

—¿Por qué? —pregunto casi sin voz.

—Pedí algo y le dejé ver que realmente lo quería —confiesa en apenas un susurro—. Y eso es una debilidad, solnyshko . En la Bratva, las debilidades se pagan caro.

Lo dice tan tranquilo, tan acostumbrado, que siento cómo algo se me rompe por dentro.

Continúo acariciándole la cara, como si pudiera borrar con el pulgar lo que le hicieron, y, de repente, aquella marca que hasta hace unos minutos me parecía sexy adquiere un significado completamente distinto.

—¿Qué pediste? —La voz me sale diminuta.

Lo veo dudar. Veo cómo entreabre los labios, cómo algo lucha por salir, y durante un segundo el aire entre nosotros se vuelve demasiado pesado.

Como si estuviésemos al borde de un precipicio que ninguno había visto venir, conscientes de que la caída podría ser mucho más dura de lo que somos capaces de soportar ahora mismo.

—Liliana… Hay algo que tengo que contarte. Algo sobre por qué desaparecí de tu vida.

Y no sé cómo, pero lo sé.

Sé que, sea lo que sea, pertenece a esa clase de verdades que no tienen vuelta atrás. Puedo leerlo en su rostro, en la forma en que toda la calidez de hace unos segundos acaba de desaparecer.

Y no quiero.

No esta noche. No cuando por fin estoy siendo feliz por primera vez en siete años y lo único que deseo es quedarme exactamente donde estoy.

—No. —Apoyo dos dedos sobre sus labios, callándolo—. Sea lo que sea… Puede esperar a que lleguemos a Saint Virell. ¿Verdad?

Me sostiene la mirada   y algo se debate detrás de sus ojos, algo que no parece estar tan convencido como las palabras que finalmente pronuncia.

—Puede esperar.

—¿En Saint Virell? —Aparto los dedos.