Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #4
—Tú a mí no me pones —respondo, pero el vaho de mi propia respiración me delata.
Demasiado rápida, demasiado entrecortada para alguien que pretende aparentar normalidad.
Rezo para que lo atribuya al frío, aunque sé perfectamente que no va a hacerlo, así que continúo hablando—.
Quizá tanto fingir te ha afectado al cerebro.
—Pues, si así actúas cuando finjo, imagínate cuando nadie esté haciéndolo.
—No entiendo qué quieres decir —replico, haciéndome la tonta otra vez.
—Digo que… —Da otro paso hasta mí y, esta vez, no me muevo—. Uno de los dos miente muy mal y, nena, no soy yo.
El calor me asciende por el cuello de golpe, secándome la garganta.
—No estoy nerviosa. Tampoco mintiendo.
—¿No? —Su mirada me recorre el rostro con la familiaridad de quien está leyendo algo que ya se sabe de memoria—. Pues todo en ti dice otra cosa.
Quiero apartar la vista. Sé que debería hacerlo, pero hay algo en la forma en que me observa, en esa calma depredadora que me mantiene clavada en el sitio, con el corazón golpeándome las costillas hasta hacerme daño y la mentira deshaciéndose poco a poco en el fondo de la boca.
Está cerca. Tanto que el frío de la cabaña desaparece, absorbido por el calor que desprende su cuerpo, y durante un segundo eterno ninguno de los dos se mueve ni respira más de lo necesario.
Nos limitamos a permitir que el aire se vuelva espeso, que queme, que la tensión aumente hasta que parezca imposible romperla sin que alguno incline apenas un poco más la cabeza.
Y yo lo haría.
Dios, claro que lo haría.
Pero ninguno cede y, por eso, termino haciendo lo único que sé hacer cuando una situación empieza a superarme.
—¿Y bien? —Doy un paso atrás, me froto los brazos y desvío la mirada hacia cualquier rincón que no sea su cara—.
¿Me has traído al fin del mundo solo para mirarme o el plan incluía algo más?
Porque empiezo a sospechar que esto es el principio de uno de esos documentales sobre asesinatos y tú tienes tus antecedentes...
Algo cruza su expresión, algo que aparece y desaparece demasiado rápido para que consiga identificarlo. Sin embargo, acepta mi cambio de tema como si supiera perfectamente lo que estoy haciendo y por qué.
—Si quisiera matarte, no te habría traído tan lejos. —Me tiende la mano, sin darme opción a réplica—. Además, tengo mejores ideas contigo.
—¿Qué...?
Sacude la cabeza, restándole importancia.
—Ven. Hemos venido por otra cosa.
Dudo medio segundo, mirando esos dedos que han hecho conmigo cosas que no es sano recordar ahora, pero al final termino colocando mi mano sobre la suya porque, por lo visto, soy absolutamente incapaz de aprender.
Me conduce por la casa sin soltarme y solo entonces levanto la vista de verdad, empezando a ver dónde diablos estamos.
Es enorme. Hay madera por todas partes, una chimenea en la que se podría quemar a una persona y unos ventanales que van del suelo al techo, ofreciendo una vista panorámica de los abetos cargados de nieve y de un cielo que está a punto de volverse completamente oscuro.
Todo parece intacto, simétrico, pero al mismo tiempo olvidado, como si nadie hubiese tocado nada en años.
Mantas dobladas con un cuidado que ya casi nadie tiene, fotografías cubiertas por una fina capa de polvo y un piano gigantesco que ocupa uno de los rincones.
Sin embargo, apenas tengo tiempo de fijarme en los detalles porque la luz empieza a desaparecer a medida que avanzamos. El tono violáceo que se cuela por los cristales se apaga hasta volverse casi negro y la cabaña queda sumida en una penumbra que parece ir devorando los rincones uno a uno.
Aleksei no muestra ninguna intención de encender las luces y, sinceramente, no entiendo por qué.
—Oye… —Bajo la voz sin darme cuenta, porque hay algo en este lugar que parece exigir que se hable en susurros—. ¿Qué hacemos aquí?
No contesta enseguida. Continúa guiándome hasta que llegamos a uno de los ventanales del fondo y solo cuando sigo la dirección de sus ojos hacia el exterior, hacia ese cielo que se oscurece minuto a minuto sobre la nieve, lo escucho hablar casi para sí mismo.
—Espera un momento.
Permanecemos en silencio durante medio minuto. Estoy a punto de abrir la boca para decirle que no entiendo nada, que no sé qué estamos esperando, pero entonces lo veo.
Lo veo antes de que la queja consiga escapar de mis labios, antes incluso de que mi cerebro pueda asimilar lo que empieza a reflejarse en mis retinas.
Es como si alguien hubiese encendido de pronto un árbol de Navidad gigantesco y fuese la primera vez que contemplo algo semejante. Un espectáculo tan increíble que jamás habría conseguido reproducirlo en mi imaginación sin haberlo presenciado antes.
Algo que me comprime el corazón.
Fuera, sobre la negrura de los árboles, cuando el último rastro violáceo del firmamento termina por rendirse y la oscuridad nos envuelve por completo, comienzan a encenderse.
Una a una.
Hasta que ya no soy capaz de contarlas. Hasta que incluso respirar parece requerir un esfuerzo del que no dispongo.
Estrellas.
Pero no esas estrellas desganadas que veíamos desde los suburbios, subidos al tejado de su casa. No. Esto es algo completamente distinto, algo tan extraordinario que ni siquiera sé cómo describirlo con palabras.
Algo ante lo que no tengo ni la más remota idea de cómo reaccionar.
La emoción me revuelve las entrañas al contemplarlas con semejante claridad por primera vez en mi vida, tan bonitas y aparentemente tangibles desde este rincón del planeta.
Hay tantas, y son tan impresionantes, que se me olvida que estoy enfadada, que llevo más de ocho horas dándole vueltas a lo mismo y que se supone que odio un poco a Aleksei Volkov por ello.
Nada de eso importa ahora, porque lo único que puedo hacer es mirar al cielo, completamente maravillada.
—Joder… —se me escapa en un hilo de voz.
—Lo sé… —Aleksei no está viendo lo mismo que yo. Lo descubro de reojo, observándome a mí, contemplando mi expresión mientras miro las estrellas, como si esa fuese la parte del espectáculo que realmente le interesa—. He tardado un poco en traerte.
Desvío la mirada hacia él.
—¿A qué te refieres?
—¿No te acuerdas?
Inclino un poco la cabeza, intentando rebuscar entre mis recuerdos, pero estoy tan emocionada que termino negando.
—Una vez me preguntaste si las estrellas se veían bien desde Rusia. Me dijiste que te gustaría venir. —Entrecierro los ojos, y él decide darme alguna pista más—. Cuando nos subimos a mi tejado y bailamos en mi habitación.
Me quedo paralizada, porque de repente todo regresa a mi cabeza y los ojos empiezan a llenárseme de lágrimas al comprender a qué se refiere.
—Es imposible que te acuerdes de eso, Aleksei.
Él sacude la cabeza antes de responder:
—Lo he tenido presente todos los días de mi vida desde entonces, Liliana.
Me trago las ganas de decirle alguna tontería, de llorar, de explicarle que cargar durante siete años con una frase idiota que solté en un tejado mientras bebíamos cerveza es la cosa más bonita y cruel que me ha hecho nadie jamás.
Porque no sé qué hacer con semejante confesión, dónde encajarla ni si tengo derecho a sentir lo que estoy sintiendo.
No sé si tiene sentido hacerlo. Si puedo permitírmelo.
—¿Y por eso me has tenido callada ocho horas? —suelto mientras las lágrimas amenazan con desbordarse, incapaces de obedecerme—. Podrías haberme avisado. Habría fingido sorpresa igual.
—No, cariño. —Lo dice con una seguridad que me desarma—. Tenía que ver tu expresión de verdad.
Abro la boca, pero no encuentro absolutamente nada que decir. Y él, antes de que el silencio adquiera un significado demasiado peligroso, se aparta del ventanal y camina hasta un mueble bajo. Lo escucho mover algo de cristal y, cuando regresa, trae dos vasos de chupito y una botella sin etiqueta.
—Vamos fuera. —Inclina la cabeza hacia la puerta acristalada que da a la terraza—. Desde ahí se ven mejor.
—¿Fuera? —Lo miro como si hubiese perdido la cabeza, con la emoción todavía desbordándoseme por la cara—. Aleksei, hace cuarenta grados bajo cero. Tú serás ruso, pero yo voy a morirme de hipotermia.
—Que no... —Y, por primera vez en todo el día, sonríe de verdad, con una sinceridad que no le veía desde que éramos pequeños—. Para eso está esto.
Levanta la botella.
—Oh.
Es lo único que consigo articular, porque mi cerebro se ha quedado atascado intentando procesar lo que sostiene entre los dedos.
¿Es esto nuestra primera cita?
Ay, no. Voy a morirme de la vergüenza.
—¿No te gusta?
—Sí, claro, pero… ¿eso? —Arqueo una ceja, intentando espantar el rubor y recuperar un poco de mi habitual mordacidad—. Un ruso con vodka. Jamás lo habría imaginado.
—Este es bueno. —Lo dice con una calma casi orgullosa, ignorando por completo mi sarcasmo—. Lo destilaba mi madre. Lleva aquí más años que nosotros.
Eso me hace parpadear un par de veces. No porque me moleste, sino porque me ha pillado tan desprevenida que soy incapaz de disimular mi reacción.
Desde que lo conozco, nunca me ha hablado de ella, y ahora hay algo en su manera de mencionarla que parece explicarme de golpe a quién pertenecen todas esas cosas que he estado observando desde que llegamos.
¿Este lugar era de su madre?
No me da tiempo a preguntárselo ni a pensar nada coherente. Aleksei alarga la mano libre, atrapa la mía y tira suavemente de mí, con esa naturalidad de quien da por hecho que voy a seguirlo adondequiera que vaya.
Y lo peor es que lo hago.
Dejo que me conduzca hasta la puerta y salgo tras él sin soltarle la mano. Miro a mi alrededor y descubro que la terraza es una plataforma de madera que sobresale sobre un vacío vertiginoso, pero no es eso lo que me arranca una palabrota, sino el frío que me golpea.
Sin embargo, levanto la vista y se me olvida hasta maldecir.
Tiene razón. No hay ni punto de comparación. Desde aquí es aún más bonito.
Aparto los ojos de la inmensidad del firmamento para prestar un poco más de atención al lugar y siento que algo se me encoge dentro del pecho.