Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #3
—Ni idea. Ese es tu problema. Yo solo los pago.
Le doy un empujón en el hombro y me dejo caer contra el respaldo, vencida, sintiendo el alivio inequívoco de que, aunque seguimos sin hablar de lo ocurrido anoche, todo parece haber recuperado un poco de normalidad.
—Estás fatal de la cabeza, Volkov.
—Puede. —Aparta los ojos de la carretera durante un segundo para mirarme y, antes de que pueda anticiparlo, su mano abandona el volante y se posa sobre mi rodilla, apretándola suavemente—. Pero ahora ese dedo está libre.
El calor de su palma permanece extendido sobre mi piel mucho después de que la haya retirado, despertándome unas ganas absurdas de que repita el gesto. De que vuelva a colocar la mano ahí y no la aparte durante el resto del trayecto.
Resoplo disimuladamente y cierro los ojos, girándome hacia el lado contrario, de cara a la puerta, intentando fingir que esa caricia de apenas medio segundo no acaba de moverme el mundo entero bajo los pies.
Me quedo sumida en esos pensamientos hasta que, poco a poco, el cansancio termina ganándome la batalla.
Lo primero que percibo es el movimiento. Un vaivén suave que no consigo identificar y, después, el frío, que se cuela entre las capas del sueño hasta que me resulta imposible seguir ignorándolo.
Aprieto los párpados y me quejo por lo bajo, sin terminar de comprender qué está ocurriendo.
— Shh .
Noto unos dedos deslizándose por mi mejilla y ese gesto, en lugar de devolverme a lo que fuera que estaba soñando, me arrastra de golpe hacia la realidad.
Me he quedado dormida en algún momento desconocido y ahora unos brazos robustos me sostienen por la espalda y debajo de las rodillas, llevándome a quién sabe dónde.
El frío glacial de las montañas de Altái me recibe congelándome las pestañas y confirmándome lo que ya sospechaba.
No estoy dentro del coche.
Estoy en sus brazos.
Lo noto en la presión contra mis costillas, en ese calor que me invade la piel allí donde su cuerpo se pega al mío.
Mis latidos se revolucionan y, de forma egoísta, lucho por mantener los ojos cerrados un poco más.
Por prolongar este instante, por robarle al momento un poco de tiempo antes de que la cordura termine obligándome a estropearlo.
Me hundo un poco más en su cuello, respirando ese aroma que lleva media vida atormentándome cuando estamos tan cerca, con la diferencia irrevocable de que ahora ambos somos distintos de quienes solíamos ser.
Dos adultos que ni siquiera terminan de reconocerse en sus versiones más recientes, pero que, pese al tiempo, siguen encajando como las dos mitades de un mismo espejo roto.
Dios… ¿Qué estoy pensando?
Seguro que se me ha congelado el lóbulo prefrontal.
Entreabro los ojos apenas una rendija mientras entramos en algún lugar que, desde mi posición, diría que es algo parecido a una cabaña de lujo.
No consigo distinguir mucho más. Mi cabeza cuelga un par de centímetros hacia atrás, así que lo único que puedo apreciar con cierta claridad es la mandíbula tensa de Aleksei, vista desde abajo y recortada contra un techo de madera oscura.
Y entonces, de repente, mis neuronas hacen sinapsis por primera vez en todo el día y recuerdo todos los motivos por los que no debería estar haciendo esto.
Chillo.
—¿¡Tienes esquizofrenia o qué!? —Me sobresalto como si acabaran de devolverme a la vida a base de electrochoques—. ¡Bájame!
No se sobresalta. Ni siquiera reacciona como lo haría una persona normal cuando alguien grita de semejante manera. Se limita a bajar la vista hacia mí, consiguiendo que el estómago se me encoja de golpe.
—Así que estabas despierta… —masculla con una calma que me exaspera, como si lo hubiese sospechado desde el primer segundo—. Qué mentirosa te has vuelto, Liliana.
No me suelta. Al contrario, me estrecha todavía más entre sus brazos, eliminando el insignificante espacio que había conseguido crear al removerme.
El gesto me corta la respiración.
—¿Mentirosa? —Esquivo el tema con toda la gracia que tengo, que, sinceramente, no es demasiada—. Te pegaron un tiro hace nada. ¿Eso también es mentira? Porque, que yo recuerde, te vi en el suelo, desangrándote.
No quiero que vuelva a pasar .
El pensamiento me atraviesa, mortificándome ante la posibilidad de que vuelva a sucederle algo por cargar conmigo. De que le suceda ahora, en mitad de la nada, cuando ni siquiera tenemos cerca a ese loco psicópata que consiguió salvarle la vida.
Joder, voy a tener que estarle agradecida y todo .
Aleksei no parece concederle la menor importancia a mi réplica. De hecho, vuelve a mirarme, divertido, como si no acabara de decirle entre líneas: Haz el favor de dejar de comportarte como un neandertal y preocúpate un poco por tu integridad física.
Pero no. Él no entiende eso, o al menos no parece tener ninguna intención de hacerlo. Me observa a punto de echarse a reír, perfectamente consciente de lo que estoy pensando y de cuánto me preocupa.
—Estoy bien —asegura, y hay algo distinto en su tono, algo que pesa un poco más—. Ahora sí.
No le doy importancia. Me remuevo entre sus brazos y sus dedos se afianzan inmediatamente sobre mi cuerpo, impidiéndome escapar.
Sé con absoluta certeza que no está tan bien como pretende hacerme creer. Escuché a Nikolai cuando llegamos, diciendo que los médicos calculaban un mínimo de seis semanas para que pudiera recuperarse por completo.
Y no ha pasado ni una.
—¡Lo digo en serio! —Le empujo el hombro, con la preocupación carcomiéndome por dentro—. Suéltame ahora mismo. Vas a abrirte los puntos.
—No voy a abrirme nada.
—Déjame en el suelo o me bajo por las malas, si hace falta.
Lo fulmino con toda la severidad que consigo reunir y, en respuesta, se muerde el labio inferior de una forma que, una vez más, no sé cómo interpretar.
Desde ayer, nada de lo que hace o dice tiene sentido para mí.
—Puede que así sí me hagas un poco de daño.
Suelto el aire, exasperada.
—¡Claro que no! No te haré daño si no te resistes.
—Preciosa, estás intentando separarte de mí... —Ladea la cabeza para poder mirarme de lleno—. Claramente, voy a resistirme.
Me está manipulando con esa cara. Juro por Dios que lo está haciendo.
—¡Bájame!
—No.
—¿¡Cómo que no!?
—No, porque si te dejo andar… —sisea con un deje grave que me eriza la piel de la nuca—, luego me confundes con tu amigo .
Trago saliva, con los latidos resonándome en los tímpanos y el pecho comprimiéndose con la fuerza de un huracán.
—No te confundo —respondo con una entereza que estoy muy lejos de poseer, esforzándome por mantener mi posición—. Ese es tu estatus actual.
—¿Sí? —inquiere, acercando su rostro al mío—. ¿Y cómo lo cambio?
El pánico se me dispara. Tiemblo porque ni siquiera sé qué contestarle, porque vuelve a estar demasiado cerca y eso nunca trae nada bueno cuando se trata de nosotros.
A pesar de todo, termino soltando lo primero que me atraviesa la cabeza.
—Gánatelo.
Algo oscuro se instala en el fondo de sus ojos, como si acabara de archivar una orden que piensa cumplir más adelante.
No dice nada. Tampoco le hace falta.
Siento la amenaza.
Los nervios se agolpan en mí, sacudiéndome, y Aleksei, ante mi evidente agitación, decide tener un poco de piedad. Por fin me deja en el suelo, otra vez con ese cuidado que no le pega absolutamente nada a un hombre que se gana la vida matando y torturando gente.
Mis pies entran en contacto con la madera, pero sus manos permanecen sobre mi cintura un segundo más de lo necesario.
Lo justo para que me dé cuenta.
Y, sobre todo, lo suficiente para que él sepa que lo he hecho.
—A ver, enséñame la herida. —Cambio de tema como buenamente puedo, intentando disipar la incomodidad y comprobar que no le he provocado ningún daño irreparable—. Ayer apenas podías moverte. Tienes que haberte hecho daño.
Parpadea dos veces, como si la petición lo hubiese pillado desprevenido, pero obedece sin poner ninguna pega. Lleva los dedos hasta el borde de la camisa y empieza a levantarla, descubriendo su abdomen.
Y es precisamente cuando ya tiene un palmo de piel al descubierto cuando caigo en la cuenta de lo que acabo de pedirle.
De que estoy a punto de verlo semidesnudo.
Esta vez, sin sangre estropeando el paisaje.
Una parte de mí quiere verlo, fijarme mejor en sus tatuajes. Sin embargo, mi mano se posa involuntariamente sobre la suya, frenándolo en seco, y una sonrisa socarrona no tarda en adueñarse de sus facciones.
—Pero, nena… ¿No querías verla?
Niego con tanta fuerza que podría haberme dislocado el cuello.
—He cambiado de idea. —Aparto la mano de su piel como si quemara—. No te duele, ¿verdad? Eso es lo importante.
—De hecho…
Aleksei hace una mueca de dolor exageradísima, tan descaradamente fingida que ni siquiera él debe de creérsela, y se lleva la otra mano al costado con todo el dramatismo que puede tener un hombre tan serio como él.
No puedo evitarlo. Suelto una carcajada que resuena por toda la cabaña, tan fuerte que durante un instante ni siquiera puedo respirar.
—No te rías… Puede que me esté desangrando otra vez aquí mismo.
Vuelvo a reírme, notando que las lágrimas empiezan a humedecerme las pestañas.
—Dios, eres un actor de mierda —mascullo, intentando recomponerme, aunque no consigo evitar que se me escape alguna que otra risita—. Patético, de verdad.
—Pero he cumplido mi propósito.
Mi respiración se estabiliza y entonces frunzo el ceño, confundida.
—¿Cuál?
—Hacerte reír.
El rubor me invade las mejillas al instante, traicionero hasta decir basta, y maldigo en silencio lo poco que tarda siempre en aparecer cuando se trata de él.
—Es que con esas dotes actorales… —intento sonar mordaz, camuflando lo que sus palabras acaban de provocarme—. Tienes futuro en la comedia.
Da un paso largo hacia mí, borrando buena parte de la distancia que nos separa, pero yo retrocedo de inmediato, notando cómo el ambiente cambia de un momento a otro.
—Te crees muy valiente para lo nerviosa que te pongo, Liliana.