Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas. #2
Sería menos violento que soportar un minuto más dentro de este coche.
El papel le rebota en la mejilla y cae sobre su regazo, pero Aleksei ni siquiera se inmuta. No lo mira, no protesta, no hace absolutamente nada. Simplemente vuelve a quedarse callado, y eso consigue exasperarme todavía más.
—¿Otra vez callado? —insisto, dándole un pequeño empujón con el pie—. ¿Por qué?
—No he dormido bien y no suelo hablar mucho cuando eso pasa —responde sin girarse hacia mí.
La decepción vuelve a atacarme, pero entonces desliza una mano hasta mi tobillo y comienza a dibujar círculos con el pulgar sobre mi piel.
—¿Me perdonas?
Me quedo muy quieta, sin saber si es por su contacto o por lo que acaba de decir.
Puede que por ambas cosas .
—No. —Me anclo a mi orgullo, aunque tampoco estoy dispuesta a dejar morir la conversación—. ¿No has dormido?
—No mucho.
—¿Y lo dices ahora, Volkov? ¿Después de llevar horas conduciendo? —mascullo, intentando parecer escandalizada, aunque lo cierto es que confío demasiado en él como para que mi indignación resulte convincente—. ¿Por qué no has podido dormir bien? Si se puede saber…
Se encoge de hombros, restándole importancia.
—Tenía muchas cosas en la cabeza.
Oh. ¿Como que soy pésima tocándote?
Un enfado ácido e irracional asciende por mi garganta, mezclándose con la vergüenza.
—¿Sí? Pues yo tampoco he podido descansar.
Por tu culpa, de hecho.
Su mirada regresa a mí, como si acabara de leerme el pensamiento y supiera que mi insomnio lleva su nombre escrito en letras mayúsculas.
Quizá el tono que he empleado le ha dado alguna pista.
—¿Tú? —Sopesa la pregunta antes de formular la siguiente, tan rígido que, de pronto, parece que es él quien me está interrogando a mí—. ¿Por qué?
—No sé. —Me encojo de hombros, sosteniéndole la mirada con toda la dureza de la que soy capaz—. Dímelo tú, amigo …
El silencio que sigue dura exactamente un segundo, pero es uno largo, cargado de una electricidad oscura que ni siquiera se disipa cuando vuelve a hablar.
—¿Amigo? —repite despacio, como si estuviese probando la palabra y le hubiese dejado un sabor desagradable en la boca—. Amigo …
Asiente como quien acaba de recibir un puñetazo y está intentando encajarlo sin conseguirlo, mordiéndose el interior de la mejilla de una forma que casi me hace estallar en carcajadas.
Consigo contenerme y decido devolverle el golpe directamente al orgullo.
—Sí. —Inclino la cabeza hacia un lado, fingiendo la inocencia más absoluta que puedo encontrar—. Eso es lo que eres, ¿no? Mi amigo .
Algo cambia en el aire del coche. No en su rostro, porque continúa con los ojos fijos en la carretera y la mandíbula aparentemente relajada, pero los nudillos se le tensan un poco más alrededor del volante y su pulgar deja de dibujar círculos sobre mi tobillo de golpe, como si alguien acabara de darle un machetazo en la muñeca.
Ojalá ahora sea él quien se raye y no pueda dejar de darle vueltas…
Sin embargo, enseguida comprendo que no somos iguales, porque, en lugar de eso, Aleksei detiene el coche a un lado de la carretera y apaga el motor.
Se me eriza la piel de todo el cuerpo cuando el silencio vuelve a caer sobre nosotros, con la diferencia de que esta vez no resulta incómodo. Ahora es denso, peligroso de una forma que no sabría explicarle a nadie más.
Porque no me siento insegura. Lo que experimento es mucho más ambiguo y complicado, una sensación que nadie entendería al verlo girarse hacia mí, con un brazo todavía apoyado sobre el volante y una mirada que consigue que me arrepienta de haber abierto la boca, pero que, al mismo tiempo, despierta mi instinto de supervivencia.
Solo que el mío debe de estar viciado o roto por dentro, porque, en lugar de gritarme que corra, me susurra justo lo contrario: que siga, que tiente a la suerte, que le reviente la paciencia hasta dejarlo sin nada.
—Repite eso.
—¿El qué? —Me hago la tonta, jugando deliberadamente con su escasa entereza—. ¿Qué repito, Aleksei?
Veo cómo aprieta los dientes y cómo su pecho comienza a subir y bajar con una cadencia más errática que hace apenas un momento, visiblemente crispado por mi culpa.
Qué se joda.
—Lo de que soy tu amigo . —Su voz desciende, adquiriendo un tono casi desafiante—. Dilo otra vez, solnyshko .
Entrecierro los párpados y pestañeo con fingida confusión, como si no terminara de comprender a qué viene su reacción.
—A ver, es que eres mi amigo . ¿No? —insisto, desafiante, porque tantas horas de aburrimiento han quebrado algo dentro de mí.
Quizá ya estaba roto de antes.
No le doy oportunidad de responder. Prefiero seguir metiendo el dedo en la llaga.
—¿He dicho algo malo? Te noto tenso, Volkov. —Llevo una mano hasta su hombro y lo aprieto con descaro—. Uy, sí, lo estás. Pero no logro entender por qué… ¿Te molesta? Al fin y al cabo, es lo que llevamos siendo toda la vida. ¿Cuál es el problema con eso ahora?
Se inclina hacia mí sin previo aviso, tan repentinamente que su rostro queda a un palmo del mío, tan cerca que puedo distinguir las motas más claras de su iris y sentir el contraste entre su respiración caliente y el frío.
—¿Que cuál es el problema? ¿Que si me molesta? —sisea; sus dedos vuelan a mi rostro, afianzándose con brutalidad en mi mentón—. Yo no soy eso. No vuelvas a decirlo.
—¿Que no diga qué?
—Lili…
—¿Que eres mi amigo? —Levanto la barbilla y su expresión se contrae como si le provocase dolor físico—. No es tan difícil de entender… ¿Quieres que te lo deletree? Ya sabes, como cuando éramos pequeños.
Cierra los ojos durante un segundo y deja escapar el aire lentamente, conteniéndose con un esfuerzo que casi puedo palpar.
—Cuidado, diétka …
—¿O qué? —Me inclino un poco más hacia él, sintiendo cómo el escaso aire que todavía nos separa se mezcla hasta volverse prácticamente irrespirable—.
Es lo que eres, Aleksei… Mi vecino de toda la vida, que un día desapareció y regresó siete años después convertido en algo salido de una película de Martin Scorsese .
Es más, dadas las circunstancias actuales, la palabra amigo me parece hasta generosa.
—¿Generosa? —Suelta una carcajada ronca, desprovista de cualquier rastro de diversión, mientras me sujeta el rostro por la barbilla y me obliga a sostenerle la mirada—. Vas a casarte conmigo, Liliana.
—¿Según quién? —Pongo los ojos en blanco, aunque el corazón empieza a revolucionárseme—. Que yo sepa, tú y yo no hemos tenido ni una sola cita. Además, sigo llevando el anillo que me puso tu hermano y no…
No termino la frase.
Aleksei suelta el volante y mi barbilla, me agarra la mano izquierda con ambas manos y, mediante un movimiento rápido y brusco, me arranca el anillo del dedo.
—¡Eh! —Doy un respingo—. ¿¡Qué haces!?
No me contesta.
Contempla la joya un segundo, examinándola con detenimiento, y acto seguido baja la ventanilla del coche, permitiendo que una ráfaga de aire helado irrumpa en el interior con tanta violencia que casi me corta la cara.
Pero eso no importa. No cuando el gesto que hace a continuación consigue hacerme entrar en calor más deprisa que cualquier calefacción, a pesar de que nos encontramos en mitad de la nada más congelada del planeta.
Sin apenas mirarme y con el rostro endurecido por una expresión letal, lo hace.
Arroja el anillo por la ventanilla.
Así, sin más.
Lo lanza con tanta fuerza que pierdo de vista su trayectoria casi al instante, hasta que termina desapareciendo en algún punto de la inmensidad nevada de Siberia, donde probablemente nadie vaya a encontrarlo jamás.
—¿¡Te has vuelto loco!? —grito, incapaz de creer lo que acaba de hacer—. ¡Eso costaba más que la casa en la que crecí!
No protesto porque quiera recuperarlo.
Dios, no .
Debería habérmelo arrancado yo misma hace muchísimo tiempo. Protesto por la forma salvaje, casi rabiosa, con la que lo ha hecho, como si no soportara que yo conserve un solo recuerdo que no le pertenezca. Que lleve algo de otro hombre sobre la piel.
Podría haberlo vendido, haberle sacado algún beneficio, pero no. Lo ha tirado como quien escupe una pipa por la ventanilla, como si fuese calderilla.
Después de eso no hay más palabras. Aleksei gira la llave del coche, dando por finalizada nuestra pequeña discusión, y reanuda la marcha, incorporándose de nuevo a la carretera. Cuando compruebo que no tiene ninguna intención de responderme, vuelvo a preguntar:
—¿Por qué lo has hecho? —Mi voz suena algo más pequeña de lo que me gustaría.
Al menos hasta que lo escucho:
—Has planteado un problema y yo lo he resuelto. Nada más.
—¿¡Un problema!? —Me inclino hacia él, indignada por semejante indiferencia—. ¡Te estaba explicando algo y no me has dejado terminar!
—¿Sí? Yo solo he entendido que llevabas algo de Petro en el dedo y que no lo querías. —Me mira directamente, con los ojos cargados de algo que no consigo descifrar del todo, aunque se parece sospechosamente a los celos—. De nada, preciosa.
Me hundo en el asiento, ignorándolo mientras me froto la marca pálida que ha quedado donde el metal llevaba meses apretándome, como un grillete que nunca pedí.
Y, por mucho que me indigne el numerito, me alegro.
Me alegro de que ya no esté, de que se lo haya tragado la nieve junto con todo lo que me recordaba a unas manos que prefiero no volver a sentir jamás.
Pero eso, por supuesto, no pienso decírselo.
—Podrías al menos haberlo vendido… Era un pastón —mascullo, recogiendo las piernas sobre el asiento y abrazándomelas contra el pecho.
—¿Te preocupa que fuera caro?
—Obviamente —respondo, como si fuese la cosa más evidente del mundo—. Quiero decir, era de oro y diamantes. Cosas que la gente de a pie respeta, Aleksei.
Él se encoge de hombros, como si el valor de la joya no tuviese absolutamente ninguna importancia. Acto seguido, estira el brazo para subir la calefacción y solo entonces me percato de que me están castañeteando los dientes.
—Cuando quieras te compro quinientos —sisea, mirándome de reojo—. Del color y tamaño que tú quieras, pero ninguno suyo.
Una sonrisa involuntaria se abre paso por mis labios.
—¿Y qué hago yo con quinientos anillos?