Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas.
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Capítulo 24 Una cita bajo las estrellas.

Lili

No ha dicho ni veinte palabras desde que salimos.

Las he contado.

No sé si eso me convierte en una loca, en una psicótica o en qué diablos, pero gracias a que lo he hecho he podido confirmar que Aleksei Volkov está inusualmente callado. Sobre todo teniendo en cuenta que, de por sí, es un hombre que no habla demasiado.

Diecinueve palabras. Ni una más ni una menos. En horas. Y eso contando los monosílabos.

Llevo pendiente de todo lo que dice y, especialmente, de lo que no, desde que salimos de Moscú, como si en cada sílaba que escapa de esos labios pudiera esconderse la respuesta definitiva a la pregunta que me está carcomiendo desde anoche.

¿Qué hice mal?

Porque algo hice, eso está claro.

Tengo que haberlo hecho.

Quiero decir… La gente no sale corriendo así como así en un momento como aquel. ¿No?

No es que yo tenga mucha experiencia haciendo lo que hice, pero en las películas y en los libros el hombre no sale huyendo y, si lo hace, por lo menos tiene la decencia de terminar lo que ha empezado.

Aleksei, no.

Él se marchó sin decir nada más que un vaguísimo « mañana madrugamos », precedido de un maravilloso «para, para, para» y, para rematar, puso esa cara suya que no explica una mierda y, puf , se evaporó.

Tan rápido que no me dio tiempo ni a pestañear, mucho menos a asimilar dónde demonios se suponía que había fallado.

Simplemente se fue, dejándome desnuda en un sentido que ojalá hubiese sido solo el literal y haciéndome responsable de esa sensación horrible que se te instala en las entrañas cuando sabes que la has cagado, pero no tienes ni la más remota idea de cómo ni por qué.

Lo único que sé es que anoche, cuando salí del baño diez minutos después que él, su amigo, el rubio debilucho de dos metros, estaba tirado en el suelo, riéndose sin control mientras golpeaba el parqué y mascullaba cosas sin sentido.

Cosas como:

«Dios, Moretti, eres lo mejor que le ha pasado a la maldita Bratva este año».

Y  «Sigue poniéndolo en su sitio, que ese cabrón se merece una cura de humildad».

¿Qué se supone que significa todo eso ?

Probablemente nada. Ayer asumí que estaba demasiado borracho por culpa del alcohol de dudosa procedencia que le había dado Svetlana y me fui a dormir…

Si es que dar vueltas en la cama como Britney Spears en sus vídeos más virales puede considerarse dormir.

La verdad es que apenas pegué ojo.

Pero… ¿Cómo iba a hacerlo sabiendo que Aleksei estaba a veinte metros de distancia?     ¿Cómo demonios iba a conciliar el sueño cuando habría sido tan fácil irrumpir en su habitación y exigirle una explicación?

Eso habría sido lo inteligente. Sí.

Así, ahora no estaría actuando como si no hubiese pasado nada, como si prefiriese inmolarse antes que mencionar lo ocurrido.

Seguro que le encantaría hacer eso.

Resoplo hundiéndome un poco más en el asiento mientras me llevo una galletita salada a la boca con todo el hastío del mundo.

Dios, qué ganas de tirarme del coche en marcha .

De esa forma, al menos, la tensión dejaría de poder cortarse con un cuchillo y, después de cinco horas de vuelo y otras tres de coche, se acabaría de una maldita vez esta tortura.

Joder.

Nada de esto sería tan incómodo si este hombre hubiese permitido que Svet y Niko nos acompañaran, pero no. Según el grandioso futuro pakhan, ellos tenían asuntos importantes que atender y nosotros teníamos que estar solos.

Solos… ¿Para qué? ¿Para que un funeral parezca más divertido en comparación?

Ese ha sido el único pensamiento coherente que he tenido desde que subimos al coche. Bueno, ese y que llevo unas doscientas capas de ropa encima que me convierten en la cosa más antierótica que ha pisado Rusia.

Quizá le decepcionó verme desnuda y por eso me ha obligado a ponerme todo esto. Para no tener que mirarme ni verse obligado a hablar conmigo.

Su asunto  no parecía muy decepcionado ayer, pero ¿qué voy a saber yo de hombres?

Dejo escapar otro suspiro, esta vez mucho más sonoro, mientras apoyo la barbilla en el dorso de la mano y contemplo el paisaje, aburrida e inquieta a partes iguales.

Es el lugar más impresionante que he visto en mi vida, pero hasta las cosas más bonitas pierden parte de su encanto cuando llevas tres horas observándolas en absoluto silencio, mientras asciendes por carreteras estrechas que se vuelven cada vez más blancas.

Después de tanto tiempo, lo único que queda es eso: nieve, árboles… y el perfil de un ruso que conduce con una concentración que podría confundirse con serenidad si no fuese porque tiene los dedos jodidamente apretados alrededor del volante.

¿Puede decir algo de una maldita vez?

Apenas me ha mirado desde que aterrizamos. Lleva horas perdido en algún rincón de su cabeza y estoy empezando a desquiciarme.

Separo los labios, a punto de rendirme, de ser yo quien dé el primer paso, pero entonces se le arruga el ceño por Dios sabe qué y me arrepiento al instante.

Me da un poco de miedo cuando se pone tan serio.

¿ En qué estará pensando? ¿En dejarme aquí y mirar cómo me devora un oso?

Sería muy patriótico por su parte.

Sí, viendo los amigos que tiene, seguro que es eso.

Con esos pensamientos turbios bailándome en la cabeza, decido que ya no aguanto más. Que prefiero arriesgarme a enfrentarme a un animal salvaje antes que soportar otro minuto de este silencio.

Estiro la mano hacia el salpicadero y enciendo la radio. Giro el dial, pasando de una emisora a otra entre interferencias, hasta que una melodía extraña consigue abrirse paso con claridad. Subo el volumen y empiezo a mover la cabeza al ritmo, más por fastidiar que por otra cosa.

Después de veinte segundos, noto la mirada de Aleksei sobre mí.

Y, diez segundos más tarde, descubro que ha arqueado ligeramente una ceja y me está juzgando.

No puedo evitarlo.

Exploto.

—¿Qué? ¿Qué pasa ahora? —Me cruzo de brazos, preparada para discutir—. Ah, ya, a que lo adivino. « Liliana, quita esa puta mierda ahora mismo».  —Imito su voz grave, su acento, todo, y veo cómo le tiemblan las comisuras, luchando por no echarse a reír.

Quiero golpearlo por hacerlo, pero entonces, por primera vez en todo el día, me sostiene la mirada de verdad durante más de un segundo y algo cálido me invade el pecho.

No, no, no.

El corazón se me salta un par de latidos, traicionero, pero me esfuerzo por ignorarlo.

—No iba a decir nada —responde, sin más.

Algo se me comprime por dentro al escucharlo.

—Claro que no… —Desvío la vista hacia la ventana, avergonzada por la decepción que siento, aunque sigo observándolo de reojo—. Llevas el día entero sin decir nada. ¿Por qué ibas a empezar ahora?

Él también devuelve la atención al asfalto mientras gira el volante con una sola mano para tomar una curva cerrada, provocando que los músculos de su antebrazo se tensen bajo la manga de una forma que me desestabiliza.

Maldición.

Concentro la mirada en la nieve antes de que se me note demasiado, con las mejillas ardiéndome a pesar del frío siberiano que se cuela por las rendijas del coche.

—¿Estás enfadada conmigo, Liliana?

La pregunta me pilla tan desprevenida que giro la cabeza hacia él. En su rostro leo un ápice de desconcierto, como si de verdad creyera que ocho horas de silencio constituyen el plan con el que cualquier chica sueña alguna vez en su vida.

No puede ser tan imbécil. ¿No?

—¿Me lo preguntas en serio, Aleksei?

—Sí.

Y la forma en que lo dice me confirma que no está fingiendo y que, efectivamente, es idiota.

Parpadeo, incrédula.

Tengo ganas de pegarle un puñetazo en el hígado.

No, mentira, ahí no… Pero casi .

—¿Enfadada? —Abro la boca con todo el sarcasmo del que soy capaz, acompañando mis palabras con unos aspavientos que ni siquiera intento controlar—. ¿Cómo podría estarlo? ¡Has sido el mejor compañero de viaje del mundo!

—Liliana… —advierte, reconociendo la ironía.

Pero yo ya soy incapaz de cerrar la boca.

—Es más… ¡Top diez mejores aventuras jamás contadas! De esas experiencias que le contaremos a nuestros hijos.

Sus párpados se entornan y entonces me doy cuenta de la barbaridad que acabo de soltar.

— ¿Nuestros?  —pregunta con una emoción en la voz que no consigo interpretar.

La sangre me sube de golpe a la cara, invadiendo cada rincón en mi rostro.

—Quiero decir, tú a los tuyos y yo a los míos —me apresuro a aclarar mientras cierro los puños para disimular el temblor de mis manos—. Por separado, obviamente.

Me analiza durante un segundo y una mueca socarrona tira de sus labios, curvándolos un poco.

—Claro —me sigue el juego mientras mueve la palanca de cambios—. Porque soy un mal compañero de viaje.

—¡No! —ironizo todavía más, nerviosa hasta la médula—. ¿Cómo puedes pensar eso? Solo habría preferido pelearme con un oso que estar contigo pero… Para nada, Volkov.

—Nena… —Su voz desciende hasta adquirir un tono casi burlón—. ¿Esa eres tú intentando ser mala y cruel conmigo?

—Crueles y malas han sido las ocho horas que me has hecho pasar.

Más, si empezamos a contar desde que anoche te largaste sin decir nada.

Pero eso, por lo que sea, no lo digo en voz alta. Aunque tampoco soy capaz de quedarme callada.

—De hecho, creo firmemente que los fantasmas de la cárcel de Alcatraz  deben de tener conversaciones más interesantes que tú. Visto lo visto.

—¿Me estás diciendo que estás aburrida, Liliana? —Vuelve a cambiar de marcha y el motor ruge mientras acomete la pendiente nevada.

Me tiene que estar vacilando.

Me giro en el asiento hasta quedar de lado, con la espalda apoyada contra la puerta y las rodillas ligeramente dobladas hacia él, observándolo.

—Hombre, pues sí —reconozco—. Pensé que te habías muerto otra vez y, honestamente, en esa ocasión hablaste más.

Otra sonrisa se le escapa y algo en el fondo de mi pecho responde con demasiada intensidad como para ignorarlo. Me quema, me hace sentir cosas que no son sanas.

De forma impulsiva, arranco un trozo del envoltorio de las galletas que llevo comiendo desde hace una hora y se lo tiro a la cara, sin importarme que eso podría distraerlo y mandarnos a ambos directos al infierno por un barranco.