Capítulo 23 Fierecilla. #6
Acato. Esta vez no me detengo. Aumento el ritmo justo cuando noto cómo empieza a tensarse, presiono donde sé que consigo hacerla perder el control y la sostengo por completo contra mí mientras siento que comienza a desmoronarse.
—Eso es —siseo, notando cómo se contrae alrededor de mis dedos, temblando y gimiendo tan alto que medio Moscú debe de estar escuchándola—. Buena chica. Déjate llevar, te lo has ganado.
Obedece. Se corre en mis dedos, empapándomelos mientras su cuerpo entero se sacude bajo el agua que continúa cayendo sobre nosotros.
La sujeto durante todo el orgasmo, prolongando el placer cuanto puedo y disfrutando de cada gesto de su rostro, de cada jadeo, hasta que termina desplomándose contra mi pecho, sin fuerzas y respirando como si no hubiese oxígeno suficiente para los dos.
Le beso la mejilla, la comisura de la boca, la sien y el cuello, permitiéndole recuperarse poco a poco, dándole tiempo para volver a ser consciente de su propio cuerpo.
—¿Lo ves? —murmuro, escondiendo el rostro en su cuello—. No era tan difícil pedirlo bien.
—Cállate.
Pero lo dice sin su habitual condescendencia, con una sonrisa que no consigue disimular.
Cierro el grifo.
El silencio se llena del goteo del agua y de nuestras dos respiraciones desacompasadas. La envuelvo en una toalla y empiezo a secarla despacio. Ella se deja hacer, dócil por una vez en la vida, con la cabeza apoyada contra mi pecho empapado.
Hasta que frunce el ceño.
—Espera… —Levanta la cara hacia mí y veo cómo algo se enciende en esa cabecita suya que no para nunca—. Otra vez lo has hecho.
La miro directamente, sin comprender a qué se refiere.
—¿El qué?
—Esto. —Hace un gesto impreciso entre nosotros, señalando mi ropa chorreando y su cuerpo todavía tembloroso—. En el avión, igual. Ahora, igual. Tú… Me complaces a mí y luego no dejas que yo… —Se sonroja, peleándose con las palabras—. Nunca tomas nada para ti. ¿Por qué?
Me quedo callado un segundo más de la cuenta, porque la respuesta es mucho más complicada de lo que que este momento nos ofrece. La única verdad es que llevo años aprendiendo que querer algo es la forma más rápida de perderlo, y darle a ella resulta mucho más sencillo que caer de lleno.
Pero también sé que eso no va a durar mucho más.
No se lo digo.
—Porque puedo. —Le aparto un mechón mojado de la cara—. Porque verte así me gusta más que cualquier otra cosa.
—Eso no es una respuesta.
Cierro los ojos un segundo y dejo escapar un suspiro.
—Es la que vas a tener, Liliana.
—Aleksei, no. —Me sostiene la mirada, terca, sin dejarme escapar—. No es justo. Yo también quiero… darte cosas.
Algo se contrae dentro de mi pecho. Y bastante más abajo también, si soy sincero conmigo mismo.
—Enséñame —añade, bajando la voz—. Quiero aprender, saber qué te gusta a ti. —Se sonroja hasta la raíz del pelo, pero no aparta los ojos de los míos—. Tú sabes exactamente qué hacerme y yo no sabría ni por dónde empezar contigo. Enséñame. Quiero complacerte también.
Y esas dos palabras, complacerte y aprender , provocan algo que no esperaba.
Porque hasta ahora siempre he aguantado.
He sido quien controla, quien dosifica, quien decide cuándo y cómo, pero escucharla decir eso, con esa voz tímida y su cuerpo todavía inestable pegado al mío, manda al carajo toda mi maldita disciplina.
—¿De verdad quieres saberlo? —Mi voz sale baja, peligrosamente grave—. ¿Lo que me gusta?
Asiente, mordiéndose el labio, y entonces pierdo los estribos durante un segundo. La atraigo más contra mí y hablo sobre su boca, castigándonos a ambos con la cercanía.
—Me gusta verte así, Liliana. Me gusta tu voz cuando se rompe y te corres.
Me gusta saber que ese cuerpo que llevas toda la vida defendiendo se abre solo para mí.
Me gusta que me odies, me ames y me desees, y que nunca sepas cuál de esas tres cosas va a ganar.
Hagas lo que hagas, ten la certeza de que va a volverme loco.
La oigo tragar saliva y, como si de verdad le hubiese dado instrucciones, sus manos empiezan a descender con esa valentía que la caracteriza.
Sus delicados dedos recorren mi pecho empapado, bajan por el abdomen y terminan deteniéndose sobre mi erección, todavía aprisionada bajo la tela mojada del pantalón.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que creo que van a reventarme.
Es la primera vez que ella me toca.
—¿Aquí? —susurra, insegura, palpando el bulto endurecido a través de la ropa—. ¿Así te gusta?
—Joder... —Se me escapa un jadeo ronco mientras su mano empieza a moverse, tanteando, aprendiendo—. Sí. Así, Lili.
La dejo hacer.
Que el diablo me ayude, porque claro que la dejo. Su mano se desliza sobre la tela con una torpeza curiosa, estudiándome, y yo cierro los ojos y dejo caer la frente contra los azulejos, por encima de su hombro, porque por primera vez en toda la noche soy yo el que no aguanta más.
—Más fuerte —me escucho decir, rendido a ella por un instante—. Así. Maldita sea, Liliana.
Obedece, fascinada por lo que está consiguiendo, y un gruñido grave me nace en el pecho antes de que pueda contenerlo. Mis caderas se mueven solas contra su mano, buscándola, mientras noto cómo ese autocontrol que llevo sosteniendo años se me escurre entre los dedos, más volátil que el agua.
La tengo completamente desnuda, empapada después de haberse corrido por mi culpa, tocándome con esa inexperiencia de quien no sabe muy bien lo que hace, pero está decidida a aprender. Y resulta mucho más de lo que cualquier hombre debería estar obligado a soportar.
Yo no puedo soportarlo.
—Te gusta… —murmura, maravillada por el poder que acaba de descubrir, mientras vuelve a apretar—. Mírate. ¿Quién se deshace por quién ahora, Aleksei?
—No tientes a la suerte, Liliana… —gruño, aunque mi pelvis me traiciona al buscar nuevamente su contacto.
—¿Y qué pasa sí eso es exactamente lo que quiero?
Un segundo más. Me concedo un maldito segundo más, permitiéndome disfrutar, dejándola ganar esta pequeña guerra mientras siento que me acerco peligrosamente a un punto sin retorno con la ropa todavía puesta, como si fuese un jodido adolescente.
Y justo entonces, cuando estoy a nada de mandarlo todo a la mierda, le sujeto la muñeca.
—Para. —La palabra me sale tan áspera que casi duele pronunciarla—. Para, para, para.
—¿Por qué? —Sus dedos se resisten bajo los míos—. Si te gustaba…
—Por eso mismo. Mañana madrugamos. Hay muchas cosas que hacer.
—¿Qué?
—Te dejo que te vistas.
No le doy oportunidad de responder. Salgo del baño como si el lugar estuviese en llamas y, para mi jodida mala suerte, me encuentro con el rubio, que empieza a descojonarse como si supiera exactamente lo que acaba de suceder.
Como si fuese capaz de detectar la frustración sexual a kilómetros de distancia.
Ni siquiera le doy tiempo a reaccionar. Le propino un empujón que lo manda al suelo, pero el muy cabrón continúa riéndose, golpeando el suelo con la mano como si acabaran de contarle el mejor chiste de la historia.
Llego a la habitación y cierro la puerta, preguntándome cómo coño es posible que una mujer diminuta haya estado a punto de hacer que me corra en los pantalones con unas caricias tan inocentes.
Estoy jodido.
Completamente jodido.
Y enamorado de esa mujer.