Capítulo 23 Fierecilla. #5
Clavo los dientes en mi labio inferior con tanta fuerza que juraría percibir el sabor metálico en la lengua.
Resulta demasiado tentador recorrer los pasos que nos separan y arrancarle la ropa, pero sé que, si lo hago, no habrá vuelta atrás, y esa es una idea pésima teniendo en cuenta el grado de desesperación que me recorre las venas.
—No, preciosa. Quiero ver cómo tú te quitas la ropa.
Liliana sostiene mi mirada un segundo más, intentando averiguar si estoy hablando en serio. Cuando comprende que sí, un inesperado ramalazo de valentía parece adueñarse de ella.
—Vale, pero si te acercas o cierras los ojos mientras lo hago, te irás.
Asiento lentamente, aceptando las condiciones, y solo entonces lleva las manos hasta el borde de la prenda empapada.
—Ojos en mí, Volkov —se burla, usando mis propias palabras en mi contra.
Le hago caso. La miro sin perderme un solo detalle, observando cómo se sube la camiseta, dejando al descubierto primero el abdomen, después las costillas y, por último, sus pechos, todavía cubiertos por la tela del sujetador deportivo que lleva puesto.
— Blyaj...— Mi voz es casi inaudible, áspera, rota—. kakaya ty krasivaya... [14]
Ella no aparta los ojos de los míos ni una sola vez. Tampoco pregunta qué diablos acabo de decir; se limita a observar cómo se resquebraja mi cordura, aunque las manos le tiemblen.
La camiseta mojada sale de su piel y cae al suelo, seguida, apenas un instante después, por el sujetador.
Maldita sea .
Necesito respirar, pensar en cualquier otra cosa, porque, si no lo hago, voy a lanzarme sobre ella e incumplir mi palabra de formas muy poco ortodoxas.
Me obligo a contemplar cómo se va quedando desnuda, prenda por prenda, con una lentitud deliberada, perfectamente consciente de lo que me provoca cada centímetro de piel que descubre ante mis ojos.
Aprieto los brazos contra mi pecho como si eso pudiera mantenerme anclado a la puerta. Cada parte de mí clama por cruzar el baño y terminar lo que yo mismo he empezado, pero no me muevo, porque, al parecer, soy un jodido masoquista.
La dejo desvestirse para mí bajo la luz tenue, admirando cada parte de su cuerpo y observando cómo el rubor le asciende desde el cuello hasta el pecho, enrojeciéndole incluso los pezones cuando por fin se queda completamente desnuda.
Joder .
—¿Contento? —pregunta, con la barbilla en alto y una voz mucho menos firme de lo que pretende.
—Es el día más feliz de mi vida.
La recorro entera, sin el menor intento de disimulo. Los pechos, el vientre, la curva de sus caderas, el monte de Venus… Quince lunares conté esta tarde; me he quedado jodidamente corto.
Tengo el resto de mi vida para contarlos uno a uno. Con la boca.
—¿Y ahora?
Por fin me separo de la puerta y paso a su lado, luchando contra mis propios instintos, para abrir el grifo. Compruebo la temperatura con la mano antes de guiarla bajo la lluvia artificial.
—Métete en el agua.
—¿Solo yo?
—Liliana...
Obedece y, en cuanto el agua tibia empieza a caer sobre ella, resbalándole por la piel y me quedo ensimismado apreciando cómo el líquido recorre la curva de su espalda cuando se inclina, cómo se acumula en sus clavículas antes de continuar descendiendo.
Distingo el punto exacto de su cuello donde se le acelera el pulso y rodeo esa zona con la mano, lentamente, provocando que se le escape un grito.
— Shh , no voy a hacerte daño ni a tocarte donde no quieras, ¿vale?
Ella asiente y yo acomodo los dedos sobre su pulso, sintiéndolo desbocarse cuando ejerzo un poco de presión.
Es tan mía que duele.
—Aleksei… —jadea, y en su voz encuentro el permiso que necesito, la confirmación de que esto, conmigo, le gusta.
Bien. Borremos el recuerdo de mierda que le dejó ese desgraciado.
El vapor comienza a elevarse, empañándolo todo. En cuanto baja la guardia, entro detrás de ella sin importarme que todavía llevo la ropa puesta, dejando que el agua me empape al instante y me pegue la tela al cuerpo.
—¿Qué haces? —masculla, nerviosa, girando la cabeza mientras mi mano continúa rodeándole la garganta—. Estás loco, te vas a mojar…
Cojo el bote de jabón con la otra mano y, después de servirme una cantidad generosa, lo dejo caer al suelo con un golpe seco.
—Tú a lo tuyo, nena… —La giro con cuidado hasta colocarla de espaldas contra mi pecho mojado y le aparto el pelo del cuello con la nariz—. Date esa ducha que tanto querías. Yo me encargo del resto.
Deslizo la mano derecha por sus costados, repartiendo el jabón y fingiendo que esto es inocente, que solo estoy ayudándola a lavarse como le he prometido.
Sin embargo, mis dedos parecen tener otros planes.
Ascienden con vehemencia por sus costillas, dándole tiempo a reaccionar, y, cuando lo único que hace es removerse de anticipación, le rodeo el pecho y lo aprieto despacio, haciendo rodar el pezón endurecido entre mis dedos hasta arrancarle un gemido que rebota contra los azulejos.
—Eso no es ducharse… —jadea.
En respuesta, aumento ligeramente la presión sobre su garganta, acallando sus protestas.
—Cállate y deja que te lave, Liliana... —Le muerdo el lóbulo de la oreja y ella apoya la cabeza en mi pecho, rindiéndose a la sensación—. Llevas toda la tarde sudando. Hay que ser meticuloso, atender cada rincón...
Aparto los dedos de su pecho y desciendo lentamente, recorriéndole el esternón hasta alcanzar la parte baja del abdomen, mientras con la otra mano sostengo el peso de su cuerpo contra el mío.
Mi chica es jodidamente sensible al tacto y ya ha empezado a temblar para mí. Necesita que la sujete, así que afianzo un poco más la mano alrededor de su cuello y siento cómo se estremece, cerrando los ojos.
Continúo descendiendo por su cuerpo hasta alcanzar el lugar que quiero.
Le separo las piernas con la rodilla y deslizo los dedos entre sus pliegues, descubriendo una humedad que no tiene absolutamente nada que ver con el agua de la ducha.
Dios.
Mi polla lucha por escapar de mis pantalones, pero intento ignorarla mientras inclino la cabeza para esconder el rostro en el hueco de su clavícula.
—Mírate… —gruño contra su cuello—. Toda mojada para mí y ni siquiera he empezado...
Su espalda se arquea en respuesta y eso me basta para empezar a acariciarla, trazando círculos justo donde sé que la vuelvo loca. Presto atención a cada espasmo de su cuerpo, a la forma en que sus caderas empiezan a moverse por sí solas, persiguiendo mi mano.
Suelto su cuello y deslizo un dedo en su interior cuando noto que más lo necesita. Lo muevo despacio antes de añadir otro, sintiendo cómo se contrae a mi alrededor mientras mi pulgar continúa acariciándole el clítoris con un ritmo cada vez más rápido.
Acelero el ritmo de mis estocadas hasta que noto cómo se tensa por completo, hasta que su respiración se convierte en una sucesión de jadeos entrecortados y sé que está a un segundo de correrse.
Entonces me detengo.
Retiro los dedos despacio y me los llevo a la boca, saboreándola.
Deliciosa. como siempre.
—¡No! —Casi grita al girarse hacia mí. sus ojos están cargados de un odio que, por una vez, es genuino, y eso me encanta—. Aleksei, no te atrevas a…
—¿A qué? —Sonrío contra su mejilla, sosteniéndola mientras recupera el aliento que acabo de robarle—. Solo te estoy lavando, cariño . No te emociones tanto.
—Eres un hijo de…
Aprovecho que está frente a mí y, antes de que consiga terminar el insulto, bajo el rostro hasta sus pechos para hacer eso en lo que llevo pensando toda la tarde.
Tomo uno con la mano y me lo llevo a la boca, escuchando cómo el contacto le arranca un gemido. Rozo el pezón con los dientes y lo rodeo con la lengua mientras mi otra mano vuelve a deslizarse entre sus muslos.
—¿Me decías algo, Liliana?
—Yo… Yo…—Las palabras se le deshacen en un gemido tan alto que estoy convencido de que cualquiera que pase cerca del baño podrá escucharlo.
No me importa en absoluto.
Mis dedos vuelven a moverse en su interior mientras mi boca se ocupa de sus pechos, concediéndoles toda la atención que se merecen. La llevo de nuevo al límite, esta vez mucho más deprisa, porque su cuerpo todavía está al borde y me suplica lo que su boca se empeña en negarme entre maldiciones.
Acelero el ritmo mientras imagino cómo será sustituir mis dedos por mi polla, y eso casi me hace ver oscuro también. Pero justo cuando siento sus paredes apretarse, cuando sus muslos empiezan a temblar y se aferra a mi antebrazo, clavándome las uñas…
Me detengo otra vez.
—Te odio —solloza, dejando caer la cabeza hacia atrás, contra mi hombro—. Te odio muchísimo, Aleksei Volkov.
—Lo sé.
Le beso la sien, conteniéndome con cada gramo de voluntad que todavía conservo, porque la tengo desnuda y temblando entre mis brazos y mi propio cuerpo me grita que termine de una vez con esta tortura autoimpuesta, que la tome aquí mismo, contra los azulejos.
—¿Te da igual?
—Sí. Puedes odiarme todo lo que quieras, no me importa, diétka … Estás preciosa así, al borde, deshaciéndote para mí, deseándome.
—Por favor… Aleksei…
Niego con la cabeza y ella lloriquea, frustrada. En respuesta, le doy la vuelta para colocarla nuevamente de espaldas contra mi pecho, permitiendo que sienta también todo lo que me está provocando.
—Si no terminas con esto —jadea, extasiada—, te juro que luego lo haré yo misma y no podrás verlo…
—¿De verdad, Liliana?
—Te lo juro. No puedo… No…
No la dejo terminar de hablar. Vuelvo a hundir los dedos en ella y la última palabra se le rompe en un gemido.
Retomo las caricias, despacio al principio, dejando que la frustración se acumule y que cada terminación nerviosa le reclame a gritos lo que llevo varios minutos negándole, mientras el placer se concentra de una forma cada vez más difícil de soportar.
—Aleksei… —Mi nombre se le escapa entre súplicas que ya no conservan ni una pizca de aquel orgullo suyo.
—Dime lo que quieres, Liliana.
Vuelvo a rodearle el clítoris con el pulgar, provocando que arquee la espalda y me clave las uñas con tanta fuerza que siento cómo me araña el antebrazo.
—Déjame terminar, por favor —suplica.
Y ante su petición, soy débil.