Capítulo 23 Fierecilla. #4
Su pulso se acelera. Lo siento latir contra mi antebrazo y su cuerpo, sin que ella le dé permiso, se relaja contra el mío apenas un centímetro. Y eso la condena, porque ahora ya no tengo ninguna intención de soltarla.
Es solo un instante, pero me basta para comprender que, por mucho que Liliana quiera seguir peleando, una parte enterrada en su inconsciente ya ha decidido hace rato lo que va a suceder.
Y yo también.
Me muerdo el labio inferior sin poder evitarlo y bajo la cabeza despacio, disfrutando de cada centímetro que recorro hasta que mis labios quedan a un suspiro de su oreja.
Tan cerca que, cuando hable, sé que va a sentir el roce de mi aliento antes que las palabras, que se le erizará la piel y que contendrá la respiración sin querer.
Las tres cosas suceden y eso me complace como si no llevase media vida sabiendo cómo responde su cuerpo a mí.
Como si fuese nuevo.
—¿Te he dicho ya lo mucho que me gusta cuando peleas? —murmuro contra su piel—. ¿Lo jodidamente sexy que se te ve cuando lo haces?
Pretendo desarmarla y sé exactamente cómo hacerlo. Conozco cada zona que debo tocar para que se le doblen las rodillas y se rinda a mis caricias, pero esta noche quien toca las teclas y me pilla con la guardia baja es ella.
Liliana se gira entre mis brazos, despacio, sin separarse, hasta quedar frente a mí, sin perderse ni un solo segundo de mi expresión.
Una expresión que sé que debe de ser un puto cuadro, porque el autocontrol se me resquebraja antes de que pueda atraparlo e intentar recomponerlo.
¿ Pero cómo coño no iba a pasarme?
De pronto tengo su preciosa cara a un palmo de la mía, con los labios entreabiertos, suplicantes por Dios sabe qué, todavía jadeante por el esfuerzo y las mejillas encendidas por sensaciones que ya no tienen nada que ver con el entrenamiento.
Sus ojos dulces se alzan hacia los míos con esa mezcla de descaro e inocencia que nunca sé si utiliza deliberadamente para ponerme la polla dura o si le nace de forma natural.
Lo único que tengo claro es que llevo dos jodidos días comportándome como un caballero y que esa mierda no me pega en absoluto.
No cuando ni siquiera he vuelto a probar su boca ni una puta vez desde que me dispararon. No cuando llevo cuarenta y ocho horas teniéndola cerca, durmiendo en la habitación contigua, observándola entrenar con esa camiseta que se le pega al cuerpo sin permitirme tocarla como realmente necesito.
Y no lo he hecho porque sé que, si empiezo, no voy a saber parar. Porque tengo mejores planes para ella o, al menos, eso es lo que llevo repitiéndome durante los últimos dos días.
Demasiadas horas y minutos desperdiciados tragándome las ganas como un puto santo, sin ser yo nada de eso.
Por eso, ahora que la tengo así, con los ojos clavados en mi boca, lo sé.
No voy a aguantar mucho más.
—¿Sexy? —Arquea una ceja, aunque el rubor la delata y su mirada continúa en mis labios—. Ahora ya sé cómo patearte el culo, Volkov. Si eso es lo que te parece sexy, deberías hacértelo mirar.
—Me lo estoy mirando ahora mismo. —Dejo que mis ojos recorran su cuerpo despacio, sin ningún intento de disimulo. Me detengo en su cuello, en su escote y, finalmente, vuelvo a subir hasta su boca—. Detenidamente.
—No me refería a… —Las palabras se le atascan cuando descubre cómo la estoy observando. Su descaro flaquea durante un segundo, pero consigue recuperarlo—. Vale, creo que lo acabo de pillar... ¿Cuántas horas llevas mirando en vez de corregir posturas, entrenador?
Ahí está. La muy lista siempre lo entiende todo.
—Ni idea… ¿Desde la primera ronda? —Ni siquiera me molesto en negarlo mientras inclino la cabeza y rozo apenas su boca con la mía.
Es más, si soy sincero, no han sido horas…
Han sido días.
—Aleksei… —Se queja, aunque permite que su labio ceda un poco contra el mío—. Se supone que esto es importante.
—Claro que lo es… ¿O te he enseñado mal?
Niega lentamente con la cabeza.
—Pero no te creas que no te he visto mirándome el culo.
—Por supuesto, Liliana. Tenía que asegurarme de que apoyases bien la cadera y esa preciosa parte de ti está justo en medio. ¿Qué quieres que haga? —Justifico mi comportamiento de la forma más ruin que se me ocurre.
—¿Y qué excusa tienes para la forma en que me mirabas las tetas?
Liliana se acerca un poco más, hasta que el aire que respiramos se mezcla y apenas queda un suspiro separándonos.
—Estaba averiguando si me cabrían en la boca.
Su rostro no tarda en adquirir el mismo color que la sangre. Está tan avergonzada que lucho contra mis impulsos más primitivos unos segundos más, únicamente porque quiero escuchar qué tiene que decir al respecto.
—¿Llevas toda la tarde pensando eso? ¿En serio, Aleksei?
—Sí —admito, deslizando las manos más abajo por su cintura—. Llevo dos horas con la polla dura, deseando que te aburrieses de pelear y vinieses conmigo para poder comprobar mi teoría.
Se queda sin palabras durante un instante. Lo veo en cómo sus labios se entreabren sin conseguir pronunciar la réplica que tenía preparada y en cómo, por mucho que intente disimularlo, mi nivel de descaro consigue perturbarla.
Mejor .
Liliana se ha quedado sin nada que decir y pienso aprovechar ese momento inaudito.
A la mierda.
Le sujeto el rostro con ambas manos y tiro de ella hacia mí, haciéndolo por fin.
Sin la contención que llevo días intentando imponerme, acortando la distancia que nos separa hasta adueñarme por completo de su boca y del gemido que se le escapa cuando comprende lo que estoy haciendo.
La beso como llevo días muriéndome por hacerlo, inclinándole la cabeza para conseguir más, hundiendo los dedos en su pelo alborotado y devorando sus labios como si fueran lo único capaz de hacerme sentirme vivo.
Ella vuelve a jadear contra mi boca y ese sonido me atraviesa entero, incendiando todo lo que he conseguido amantener a raya a base de pura voluntad desde lo que ocurrió en el avión.
El inoportuno pensamiento me arranca un gruñido y Liliana aprovecha el momento para aferrarse a mi camisa con ambos puños y tirar de mí, exigiendo más. Siento cómo se derrite entre mis brazos, cómo sus rodillas empiezan a flaquear al ritmo de mi lengua bailando en su boca.
No lo aguanto.
La empujo contra la pared más cercana y el golpe le arranca un sonido que me bebo.
Ella responde arqueándose, ofreciéndome la garganta y aferrándose a mí como si también estuviese deseando arrancarme la ropa ahí mismo.
Y eso acaba conmigo. Le muerdo el labio inferior, tiro de él y el sonido que hace en respuesta debería estar prohibido, porque me convierte en algo que no parece humano, en alguien perfectamente consciente de que, si seguimos por este camino, va a ser jodidamente difícil esperar hasta que lleguemos a Altái mañana.
He esperado siete años. Puedo esperar un día más. Puedo esperar todo el tiempo que ella decida…
Me separo lo justo para mirarla y la imagen me parte por la mitad.
Dios… ¿y si no puedo?
Tiene los labios hinchados, los ojos vidriosos y el pecho subiéndole y bajándole a toda velocidad. Está despeinada, agitada… mía .
—Espera, Aleksei... —Apoya una mano en mi pecho sin ejercer presión, jadeando—. Estoy... Estoy hecha un asco. Estoy sudada y asquerosa, y tú aquí besándome como si… como si… Necesito una ducha antes de que sigamos con lo que sea qué es esto. No voy a…
Se da cuenta de lo que acaba de decir medio segundo después que yo. Lo noto en cómo abre los ojos y entreabre la boca, para añadir cualquier disparate que consiga deshacer ese sigamos implícito que se le ha escapado.
Ese es todo el permiso que necesito.
—No quería decir que…
Demasiado tarde, nena.
—Tienes razón. —Le aparto un mechón húmedo de la cara, despacio, con una calma que no siento ni una puta pizca—. Estás hecha un desastre.
La vergüenza se la come por dentro. Me propina un pequeño golpe en el pecho y baja la mirada hacia el suelo.
—Oye, no hace falta que lo confir—
—Deberías ducharte. Urgentemente. —Bajo la voz mientras mi pulgar le acaricia el labio inferior, todavía húmedo por mis besos—. Y como soy un caballero, voy a asegurarme personalmente de que lo haces bien. Ya sabes, no vaya a ser que te dejes alguna parte sin frotar…
El rubor termina de estallarle en las mejillas y una expresión de auténtico pánico se adueña de cada pequeño rincón de su rostro.
—Yo no he dicho que vinieras conmigo.
—¿No puedo?
Le concedo unos segundos para responder, pero no lo niega. Se queda inmóvil, respirando con dificultad, imaginándose lo que va a pasar.
Y eso me termina de desarmar.
Le cojo de la mano y tiro de ella hacia las escaleras antes de que su cabeza encuentre alguna excusa para echarse atrás.
—¡Aleksei...!
—Llevo dos días portándome bien, Liliana. Dos . Y acabas de cometer el error de recordarme que se me ha acabado la paciencia. Sube.
Para mi sorpresa, obedece sin rechistar y empieza a subir las escaleras.
Me apoyo contra la puerta cerrada, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Me limito a mirarla, a permitir que el silencio se espese entre nosotros y a que ella sienta el peso de encontrarse aquí, encerrada conmigo.
Sé que le gusta sentirse acorralada. Que lo disfruta.
Y no voy a negarlo: yo lo disfruto el doble.
Está plantada en mitad del baño, descalza, con la camiseta empapada pegada a su cuerpo y el pelo cayéndole sobre los hombros hasta casi la cadera.
Me mira fijamente, espera, traga saliva, pero no hago nada.
Quiero que sea ella quien tome las riendas, y por eso permanezco inmóvil mientras observo cómo su respiración adquiere una cadencia cada vez más errática.
Cómo lucha contra el impulso de cubrirse, pese a seguir completamente vestida, y contra otro mucho más peligroso.
Desvestirse y dejarme mirar.
—¿Piensas quedarte ahí parado, desvestirme o…?