Capítulo 23 Fierecilla. #3
Quince, por ahora. Seguro tiene más.
Ya los contaré cuando la vea desnuda.
Maldita sea. No puedo pensar en eso.
—Venga, habla.
—Te decía que, con Arkady fuera de juego, todo está siendo más complicado...
—Baja la voz a pesar de que estamos hablando en ruso y ellas siguen demasiado ocupadas partiéndose la cara como para escucharnos—.
Yuri está teniendo el doble de trabajo. Va a tener que cerrar el túnel él solo y no tenemos cubierta la parte del escape como la tendríamos si tu tío no hubiera caído.
—Me he encargado de eso. Lo cerrará. Me llamó, lo hará.
—Va con retraso, Aleksei.
—Lo sé. —No aparto los ojos de la pelea—. Le he dado de plazo hasta que aterricemos. Si el túnel no está listo cuando el avión toque tierra, tendrá que vérselas conmigo, y no creo que una bala en el entrecejo sea algo que le apetezca experimentar, si te soy sincero.
Niko suelta una carcajada que consigue disipar parte de la tensión que acaba de instalarse en mis hombros al pensar en eso.
—Ese hombre te tiene un pánico que da gusto para ser el mejor amigo de Arkady.
—Bien. —Asiento—. Debe de tenerlo.
Depende de él que podamos sacar a Liliana y que yo consiga acabar de una vez por todas con mi hermano.
—¿Has decidido al fin con quién evacuarla? —Señala a Liliana con la barbilla.
Ha vuelto a vencer.
—Con Svetlana —siseo, demasiado perdido como para hablar en este jodido momento de trabajo—. El avión aterriza y, mientras Petro tiene los ojos puestos en mí, ellas dos salen por el otro lado.
—¿Y tú?
—Por arriba.
Niko frunce el ceño y deja de masticar.
—¿De cebo?
—De objetivo. —Me encojo de hombros y el costado me castiga por el gesto—. Petro me quiere a mí. Mientras crea que tiene alguna posibilidad de alcanzarme, va a mirar donde yo esté, no donde esté ella.
Y podré matarlo. Por fin.
—Estás herido, Aleksei… —replica el rubio, con una preocupación que me irrita—. Iré contigo. No voy a dejar que te pongas solo de carnaza con un agujero en el hígado. Eso no es precisamente…
—Es exactamente eso —lo interrumpo—. Si me ven cojear, me ven débil y se confiarán. Y mientras se relamen pensando en lo fácil que va a resultar derrotarme, pienso matarlos. Liliana ya estará a salvo cuando eso suceda.
Niko me observa. Sé lo que está pensando, porque cualquiera con dos dedos de frente llegaría a la misma conclusión.
Pero es la jugada correcta.
Lo he calculado mil veces, de mil formas distintas, y siempre llego al mismo resultado.
Lo he comprobado con mis propios ojos: el lugar más peligroso para Liliana es a mi lado.
Mantenerla lejos de mí, acompañada por Svetlana y utilizando una ruta que solo nosotros conocemos, es lo más seguro que puedo ofrecerle.
Nuestra única oportunidad.
El instinto puede irse a la mierda. Las matemáticas no fallan.
No van a hacerlo.
—¿Podemos descansar? ¡Empiezo a estar harta de que me peguen! —grita Svet, mientras Liliana la inmoviliza por enésima vez—. Creo que es hora de que vosotros, parejita , compartáis tiempo de calidad y yo caiga en coma durante al menos diez horas seguidas.
Liliana se aparta el pelo empapado de la cara de un manotazo y se planta las manos en las caderas, mirando a su contrincante como si acabara de traicionarla.
Tiene los nudillos enrojecidos, una marca de tapiz cruzándole la mejilla y los ojos encendidos por esa adrenalina que todavía no parece dispuesta a abandonar.
Definitivamente, tiene que parar.
—¿¡Cómo que descansar!? —protesta, poniendo un puchero— ¡Si ya casi lo tenías! Una más, Svet. Una y ya paramos, lo prometo. Por favor.
—Ni una más, fierecilla .
Svetlana se deja caer de espaldas sobre el tapiz, con los brazos abiertos en cruz. Seguramente está reflexionando sobre en qué maldito momento le pareció una buena idea ofrecerse para esto.
Casi me echo a reír también.
—Pero…
—Pero nada, liliya . Me has dejado hecha un trapo. Necesito hielo, vodka extrafuerte y olvidar que existes durante al menos doce o trece horas. Quizá más.
—Svet, amiga…
—No. —La señala con el dedo índice, acusándola—. No intentes manipularme emocionalmente, Liliana. Soy de la Bratva. Eso no funciona conmigo.
Liliana pone su mejor expresión de inocencia, batiendo las pestañas de una forma que aterriza directa en mis pantalones.
— Por fi … Me estoy divirtiendo.
—Hace una hora que dejó de ser divertido para mí.
—¡Svet!
—No, Liliana.
Mi sol resopla. Sé que está a punto de abrir la boca para seguir insistiendo, porque es incapaz de dejar algo a medias, porque le ha cogido el gusto a ganar y ahora es como una droga, pero no le doy la oportunidad.
Ha tenido suficiente por hoy.
Cruzo el tapiz, le rodeo la cintura con el brazo bueno y tiro de ella hacia atrás, pegándola contra mi pecho antes de que pueda protestar.
Suelta un gritito de sorpresa, sus pies se despegan del suelo y todo su cuerpo se tensa contra el mío durante un segundo, hasta que me reconoce.
—Se acabó el entrenamiento por hoy, solnyshko —sentencio contra su pelo.
—Ese apodo es demasiado dulce para tu pequeña psicópata —interviene Niko, pero ambos lo ignoramos.
—Literal… —concuerda Svetlana.
Liliana se remueve entre mis brazos, intentando encontrar mis ojos.
—¡Aleksei, no! Solo era una ronda más, no seas…
—Una ronda más y mañana no podrás ni levantar los brazos, Liliana... —La estrecho un poco más, sintiendo cómo encaja contra mí—. Y los necesito. Tengo planes para esos brazos.
Se queda muy quieta.
Noto el instante exacto en que el rubor empieza a subirle por el cuello. Svetlana, todavía en el suelo, suelta un grito teatral.
—¡Por dios, sacadme de aquí antes de que sigan! —implora, mirando al techo como si estuviese dirigiéndose a algún ente superior—. No quiero ver porno en directo. He experimentado muchas torturas, pero me niego a esta. ¡Niko, ayúdame!
El rubio —que se había acercado de nuevo con esa cara de quien pretende retomar nuestra conversación— le tiende la mano para ayudarla a levantarse, aunque lo hace a regañadientes mientras me señala con la barbilla.
—Estábamos hablando de trabajo —reclama, endureciendo las facciones en mi dirección—. Hay asuntos que cerrar, un túnel que no se cava solo, un par de detalles sobre…
—Tu trabajo puede esperar a mañana o pasado, primito . —Svetlana se cuelga de su brazo y empieza a arrastrarlo hacia la puerta sin contemplaciones, impidiéndole terminar la frase.
—Svet, esto es importante…
—¿Importante? —Casi carcajea—. ¿Sabes qué es importante?
Que mi amiga, que lleva toda su vida sin poder pasar cinco minutos a solas con su hombre, pueda hacerlo de una maldita vez.
—Zanja con un tono que no admite réplicas—.
Que esté con él en un momento en el que no haya sangre, secuestros, armas de fuego ni muertos. ¿Lo entiendes?
Las mejillas de Liliana adquieren un tono todavía más intenso mientras observa cómo la rubia tira sin clemencia del tatuado, alejándolo de nosotros.
—Aleksei… Dile algo —casi suplica.
Me señalo con el dedo índice y sacudo la cabeza lentamente. Estoy muy de acuerdo con la decisión de Svetlana. Es más, me atrevería a decir que acaba de tomar la mejor jodida decisión del día.
—Niko… —Svet lo mira con dulzura fingida—. ¿Puedes hacernos el enorme favor de dejar de monopolizar a Aleksei Volkov por una sola noche en tu insufrible y miserable vida? ¿Tan difícil es?
Nikolai parpadea varias veces, tratando de asimilar lo que acaba de escuchar.
—¿Por qué hablas de mi jefe como si fuese mi novia? ¿Me ves cara de querer tirármelo?
Qué puto asco.
—Pues a veces lo parece, por cómo lo acaparas.
—Eso no es verdad. Tenemos planes, tenemos…
—Eres un tóxico, Nikolai. Déjalos en paz.
El rubio abre la boca, ofendido, y vuelve a cerrarla sin encontrar una réplica. Liliana se ríe contra mi brazo y el sonido me vibra en el pecho, consiguiendo que, de forma inevitable, yo también sonría.
Está tan preciosa cuando hace eso.
—¡Os odio! A todos… —Niko termina dejándose arrastrar, dedicándome una última mirada cargada de traición—. Que conste que hablaremos de esto mañana, Volkov. Y tú… —Señala a Svetlana—. Eres una bruja. De las malas.
—La peor. Sí, lo sé. Camina.
—¡Volveré!
La puerta se cierra tras ellos. El eco de las protestas de mi amigo se va apagando por el pasillo hasta que el sótano queda sumido en un silencio cargado de algo que ninguno dice en voz alta.
Liliana continúa contra mi pecho, pegada a mí.
No se ha movido ni un centímetro.
Podría haberse apartado en cuanto se ha cerrado la puerta.
No la estoy sujetando con fuerza, pero ha decidido quedarse; con la espalda apoyada contra mi abdomen y la nuca a la altura de mi pecho, tan cerca que puedo sentir cada centímetro de ella a través de la tela fina y empapada de la camiseta que lleva puesta.
Necesito quitársela. Sentir su piel sin nada que se interponga.
Ese pensamiento me azota, sobre todo cuando percibo lo agitada que está, a pesar de que hace rato que el esfuerzo debería haberse calmado. Sus músculos tendrían que estar relajándose, pero no. Continúa tensa, como si estuviese en peligro.
Siento el calor que desprende su cuerpo, la curva de su culo presionando contra mí y esa temperatura que se filtra a través de mi camisa e incendia en mí algo que no debería encenderse en un lugar donde se han hecho cosas mucho más sanas que las que yo quiero hacer ahora mismo hacer con ella.
Es coherente que sienta el peligro.
Joder, no soy un buen hombre .
No después de haber pasado horas observando sus movimientos.
No cuando puedo ver el esfuerzo reflejado en el sudor de su nuca y percibir ese olor a vainilla enturbiado que me vuelve irracional, que me hace desear haber sido yo quien la ha dejado así, después de algo mucho más placentero que un combate.
Sí, soy malditamente irracional, sobre todo en el instante en que su respiración cambia por mí. Por mi cercanía.
Su cuerpo responde al contacto, como si llevase mil vidas anhelando tenerme así.