Capítulo 23 Fierecilla. #2
—Pues, moya liliya , es lo que es. Tu verdadero prometido y pakhan … ¿Prefieres que lo llame inútil de mierda?
Liliana sonríe mientras tira de ella con cuidado.
—Sí, eso suena mucho más lógico y racional.
Otra mueca se me escapa sin que pueda evitarlo. Las observo y, por un instante absurdo, pienso que esto es lo más parecido a la paz que he tenido en toda mi vida.
No durará. Lo tengo claro.
—Creo que empiezo a entender por qué has mandado todo a la mierda por una mujer… —murmura Nikolai a mi lado, casi para sí mismo, aunque lo bastante vacilón como para asegurarse de que lo escuche.
Me giro hacia él muy despacio. Noto cómo empieza a latirme la vena del cuello con esa agresividad que reconozco demasiado bien, mientras una negrura espesa me asciende por los brazos, amenazando con cegarme.
—Dragunov… Preferiría no tener que volarte el cráneo.
Nikolai levanta ambas manos en señal de rendición.
—No me malinterpretes, hermano —se apresura a decir, aunque sus ojos suicidas brillan de pura emoción—.
Solo digo que, si yo tuviera una mujer que estrangula gente sonriendo, también dejaría que el Consejo y el pakhan se pudrieran en el infierno.
Es comprensible. Incluso romántico, tratándose de ti…
—Me analiza un segundo antes de negar con la cabeza—.
No, ¿qué coño digo? Seguramente te pone cachondo. Sí, debe de ser eso.
Inhalo una gran bocanada de aire, intentando no perder los nervios.
—Cierra la puta boca, Nikolai.
—Si no fueses mi mejor amigo, juro que…
No le doy oportunidad de terminar.
Lo agarro de la nuca y tiro hacia abajo con toda la fuerza que los puntos del costado me permiten reunir.
Duele, pero el resultado compensa con creces las molestias.
Nikolai se dobla y cae de rodillas sobre el tapiz con un golpe sordo, demasiado sorprendido para resistirse o decir algo.
Apoyo el pie en su espalda y empujo hasta conseguir que su mejilla se estrelle contra el suelo.
Si aprieto un poco más, podría reventarle la mandíbula. Si aumento lapresión…
—¿¡Qué diablos haces, Aleksei!? —exclama Liliana, soltando a Svetlana, desconcertada—. ¿¡No se supone que es tu amigo!?
Levanto la mirada hacia ella, que me observa genuinamente impactada.
Ups. ¿Me estoy pasando?
—Claro, preciosa —respondo como si nada—. Solo te estaba enseñando con un ejemplo cómo se hace la siguiente llave. ¿Lo has visto bien?
Aprieto un poco más la base del cuello de Niko, justo donde el nervio se rinde antes que el músculo, y él suelta un gruñido entre dientes que me arranca una sonrisa sádica.
Eso te pasa por gilipollas.
—Así son, amiga, ve acostumbrándote… —masculla Svetlana, poniendo los ojos en blanco—. Es la dinámica que llevan teniendo desde que se conocieron. No van a parar nunca.
—Bueno… —Lili apenas presta atención a la rubia, demasiado concentrada en lo que estoy haciendo—. ¿Entonces cómo dices que funciona?
—Es fácil. Si encuentras el punto correcto, el cuerpo cede solo. Da igual lo fuerte que sea el otro, Lili, lo importante es la precisión. ¿Ves cómo tiene la cara contra el suelo? Si aprietas más, puedes partirle algún hueso. ¿Te sirve así o prefieres que te lo enseñe?
Ella parpadea, todavía un poco confundida, y levanta las manos mientras niega con la cabeza.
—Creo que me sirve así…
—¿Segura? Yo te lo enseño. Nikolai se presta sin problemas.
—¡Eso no es…!
Aumento la presión de mi pie, consiguiendo que sus palabras mueran contra el tapiz.
Cuando aflojo un poco, Nikolai toma aire como si estuviese a punto de morirse.
Exagerado .
—Veo que vas a abrirte los puntos por presumir delante de tu chica. Qué responsable eres, Volkov. Digno del putísimo futuro jefe de la mafia rusa, di que sí —sisea contra el suelo.
—¿Qué dices? Desde ahí no te oigo, Dragunov.
—Eres un…
Vuelvo a apretar, esta vez con más fuerza, y Liliana se acerca, ladeando la cabeza para estudiar la posición de mis dedos sobre la nuca de Niko y el lugar donde tengo apoyado el pie, con esa atención que siempre tiene.
—¿Ese es el punto exacto? —pregunta, inclinándose un poco más.
El escote de su camiseta cede ante mis ojos, recordándome por qué no puedo ser yo quien se encargue personalmente de entrenarla.
Eso… y un trozo de plomo en el hígado.
Detalles .
—Ese mismo.
—Interesante. —Se vuelve hacia Svetlana con una sonrisa que de pronto me resulta peligrosamente familiar, porque es idéntica a una de las mías—. ¿Lo probamos con él la próxima vez? Por la ciencia.
Nikolai gime desde el suelo, pero yo solo puedo pensar en lo mucho que la estoy corrompiendo.
Por fin.
—Liliana… —La voz de Niko suena casi suplicante—. ¿No deberías decirle que me suelte?
— Nah . Aleksei está herido. Si no puedes librarte de él… —Lo examina con una especie de desprecio socarrón que me hace sentir jodidamente orgulloso—, entonces supongo que te lo mereces.
—Joder, os odio a los dos.
Svet y Liliana estallan en carcajadas y, después de unos segundos que disfruto bastante más de lo que debería, suelto a Nikolai. Este se desploma de costado, maldiciendo en ruso a tres generaciones de mi familia.
Mi chica aplaude como si acabara de presenciar el mejor truco del mundo y ese simple gesto vuelve a despertar en mí unas ganas irrefrenables de ordenarles a todos que se marchen y me dejen a solas con ella para entrenarla en otras cosas más productivas.
La prima del rubio nos ignora, como si supiera qué estoy pensando. Se recoloca y le hace un gesto a Liliana para que regrese al centro del tapiz.
Niko vuelve a observarlas, con esa media sonrisa que parece habérsele quedado pegada. Sin embargo, ahora hay algo distinto en su expresión, una nostalgia que reconozco demasiado bien y que me hace sospechar que todo esto le ha traído recuerdos de cuando el viejo nos entrenaba.
Una vez nos hizo esta misma llave a los dos. Se pasó un mes entero riéndose de lo patéticos que habíamos sido.
—A Arkady le haría ilusión ver esto —comenta, casi para sí mismo—.
¿Te acuerdas? El cabrón siempre decía que las mujeres eran lo más peligroso del clan, que nunca había que confiarse.
Seguro se reiría como un loco viéndolas pelear, sobre todo si viera a tu chica tumbar a Svet.
Diría algo como que es demasiado vodka para tu vasito.
Aprieto los labios hasta convertirlos en una línea, intentando contener lo que pienso, pero al final las palabras terminan escapándoseme.
—No hables de él como si estuviese muerto, Niko.
Suena bastante más cortante de lo que pretendía. El rubio gira la cabeza hacia mí, sorprendido, mientras yo mantengo los ojos clavados en la pelea porque sé que, si lo miro, va a leerme la cara.
No hemos hablado demasiado del tema desde el incendio, pero que mi tío continúe en coma me preocupa más de lo que estoy dispuesto a reconocer.
Tampoco puedo permitirme demostrarlo.
Maldita sea. El viejo me daría una colleja si me pillara compadeciéndome de él, aunque solo fuese durante un segundo.
—No lo hacía, Volkov —murmura, casi con cuidado, como si supiera que también es un tema delicado para mí—. Solo digo que le gustaría, porque a ese cabrón le encanta ver a dos mujeres peleando.
Una sonrisa nostálgica amenaza con escapárseme, pero consigo contenerla.
—Lo sé. Ya se lo contaremos cuando despierte.
—Tienes razón.
El silencio se asienta entre nosotros, denso e incómodo para ser nuestro.
Ninguno quiere pensar demasiado en que el hombre que nos entrenó ahora mismo está muriéndose a miles de kilómetros de distancia, pero esa es la realidad y, por mucho que nos empeñemos en esquivarla, sigue ahí, esperando a que dejemos de fingir que no existe.
—Sigue estable ¿no? —pregunto, porque he estado demasiado ocupado sobreviviendo y planeando una sustracción como para que nadie se haya molestado en mantenerme informado.
Nikolai frunce un poco el ceño, sorprendido por mi pregunta.
—Misha dice que ha aguantado otra noche.
El rubio vuelve a meterse un chicle en la boca. Está intentando dejar de fumar y lleva muy mal la abstinencia, sobre todo cuando hablamos de estas cosas.
Asiento, asimilando la información.
—Entonces aguantará la siguiente.
Por un momento, ambos nos quedamos contemplando la pelea, intentando restarle importancia a la situación.
Al parecer, Svetlana ha cambiado de táctica. Ya no ataca de frente, sino que rodea a Lili, buscándole la espalda. Mi chica gira con ella, sin perderla de vista, y hay algo en su manera de hacerlo, paciente y calculadora, que me recuerda qué clase de sangre corre por sus venas.
Lleva la mafia en su ADN.
Me jode reconocerlo, pero se nota de quién es familia.
Se nota que su madre era la hermana de Vitale Lombardy, el capo, y aunque Liliana no lo supiera hasta hace unos días —y yo tampoco— ahora me resulta imposible no verlo.
Es jodidamente obvio. Está grabado en su manera de moverse, en cómo lee a su adversaria antes de que ataque.
Es innato.
—Oye, tierra llamando al futuro pakhan ¿Me recibes ? —La voz de Nikolai me arranca de mis pensamientos con la sutileza de un ladrillo—. Tío, llevas cinco minutos de reloj callado, mirándola como un perro a un filete. Da vergüenza ajena. Para un poco.
Parpadeo, ignorando el ataque.
—Estaba pensando en cosas importantes.
—Sí, seguro que sí. A que lo adivino... ¿En anatomía? ¿En la aerodinámica del cuerpo femenino y la gravedad de un par de tetas? Cuando quieras, me presentas tu tesis, reputado Dr. Volkov
Se mete otro chicle en la boca, el tercero desde que bajamos al sótano.
—Nikolai, soy tu maldito superior… —le recuerdo, aunque a estas alturas sé que no sirve de un carajo.
—Bueno, jefe, pues mientras tú meditabas sobre esos asuntos tan cruciales , yo intentaba decirte algo de trabajo . ¿Te acuerdas del trabajo, hermano? Esa cosa por la que estamos aquí y no en una zanja.
Suelto un suspiro de puro hastío. El cabrón tiene razón. Hemos venido a Rusia para ocuparnos de la situación mientras que me recupero y, en lugar de hacer algo productivo, lo único que estoy haciendo es contar cuántos lunares tiene Liliana repartidos por el cuerpo.