Capítulo 23 Fierecilla.
Aleksei
—¿No te preocupa un poco lo deprisa que está aprendiendo? —pregunta Nikolai sin apartar la vista de la pelea—. Cuando menos te lo esperes, te parte la cara y a la mierda el futuro pakhan .
Una media sonrisa se me escapa sin que sea capaz de controlarla. Cómo no, el que está a mi lado se da cuenta y me golpea el hombro de forma juguetona.
—No me digas que te gusta la idea.
No le hago caso.
Está apoyado contra la pared del gimnasio, masticando un chicle y luciendo esa expresión burlona que siempre consigue sacarme de quicio, esperando que ceda a su habitual tira y afloja. Pero no lo hago.
Estoy demasiado concentrado en lo que sucede delante de mis ojos, en la forma en que ella se mueve con agilidad.
Estamos en un sótano a las afueras de Moscú, dentro de una de las fincas que pertenecen a mi familia desde hace generaciones, entrenando a mi chica.
El lugar es sombrío y todavía conserva las huellas de lo que se hacía aquí dentro. Sin embargo, ella consigue llenarlo de luz, pese a que aún puede sentirse, impregnado en las paredes, el propósito para el que fue construido.
Huele a sangre, sudor y a ese frío metálico que se cuela por las cañerías. Ese que ni la calefacción consigue espantar del todo en esta época del año.
Estamos en diciembre y, el termómetro marca ocho grados bajo cero.
Fuera, la nieve lleva cayendo desde el amanecer sin ninguna intención de detenerse.
Hace frío de cojones, pero juro que lo que tengo delante es tan caliente que ni siquiera una herida reciente en el hígado consigue que la temperatura me afecte.
Ni un poco.
Nikolai continúa esperando una respuesta, pero no le contesto ni me molesto en prestarle atención. Estoy demasiado ocupado observando a Liliana y pensando en lo satisfactorio que resulta todo esto.
Lo estoy haciendo .
Estoy cumpliendo aquello que me prometí la noche del tiroteo.
Me dije que, si sobrevivía, lo primero que haría sería enseñarle a Lili a pelear, a no tener que depender nunca más de que alguien llegase a tiempo para salvarla.
Que me encargaría de que no volviese a encontrarse con un arma temblándole entre las manos, sin saber si el retroceso iba a partirle la muñeca o el cuerpo entero.
Pero, antes de eso, necesito que adquiera al menos unas nociones básicas de combate cuerpo a cuerpo.
Personalmente, no he podido hacer gran cosa. Llevamos dos días aquí y mi organismo todavía no termina de perdonarme el plomo que me sacaron, así que, teniendo en cuenta que levantar el brazo por encima del hombro me provoca un tirón que prefiero disimular, no soy yo quien se encarga de instruirla.
Me jode, pero no es una posibilidad.
Y ahí es donde entra Svetlana.
Traerla ha sido una de las mejores ideas que he tenido. Su propósito inicial nunca fue este, pero se ofreció y yo, que antes me arranco la garganta con las manos que permitir que otro hombre toque a mi mujer, acepté encantado.
Lo hice a pesar de que eso significa que ahora lo único que puedo hacer es corregirla desde la distancia, como un entrenador o alguna mierda por el estilo.
Al menos, desde aquí puedo mirarla sin que ella lo note tanto.
Aunque, si soy sincero, pensé que disfrutaría más de la experiencia. Pero no, he sufrido un poco viendo a Liliana caer una y otra vez, levantándose con esa terquedad suya y soltando palabrotas tan bruscas que harían sonrojar a algunos de mis hombres, solo para terminar besando el tapiz de nuevo.
Ayer estuve a punto de detenerlo todo cuando vi a la prima de Niko derribarla por quinta vez sin siquiera despeinarse. Me faltaron dos segundos para convertirme en un puto blando, pero al final respiré hondo y decidí darle el beneficio de la duda.
Enseñarle un par de trucos.
Cosas simples. Cómo distribuir el peso de su cuerpo, cuándo dejar de empujar y empezar a tirar… Lo básico, nada demasiado relevante, pero algo en la cabeza de Lili hizo clic inquietamente rápido.
Después de mis indicaciones, Svet no ha conseguido volver a tumbarla.
Mi sol tiene algo que no se entrena, algo que no aparece escrito en ningún manual de la Bratva. Una rabia que solo nace y echa raíces en tus venas cuando llevas demasiados años sin poder defenderte y, por fin, descubres cómo hacerlo.
Siete años con su tío le metieron esa ira dentro a base de golpes. Golpes que, por culpa de mi maldito desconocimiento, no pude evitar.
Alejarla de mí ha costado mucho más caro de lo que creía.
El pensamiento me asciende por la garganta como ácido sulfúrico.
Imaginar las manos de ese hijo de puta golpeándola me provoca unas ganas irrefrenables de coger el primer avión a Saint Virell y torturarlo como se merece, de terminar lo que descubrí en aquella fiesta.
Sin embargo, el impulso se evapora casi tan deprisa como aparece cuando veo cómo le rebotan las tetas a Liliana bajo la camiseta de tirantes mientras descarga todo el rencor que lleva dentro contra la prima del imbécil que tengo a mi lado.
Joder, sí.
Esa imagen provoca en mí algo bastante más urgente que la furia.
No estoy orgulloso de admitirlo. Ni de lo que dice de mí que sea así.
—Definitivamente, no es bueno para mi salud mental —siseo, incapaz de despegar los ojos de sus movimientos, hipnotizado.
Niko ladea la cabeza. No necesito mirarlo para saber que ha levantado una ceja; puedo percibirlo en esa quietud burlona que siempre precede a alguna de sus estupideces.
—Sé serio. Tú ya no tienes de eso, Volkov.
Ni siquiera parpadeo.
—Cierto. Hace siete años que no.
—Diría que hace mucho más que…
La voz del rubio se interrumpe cuando, sobre el tapiz, Liliana finta hacia la izquierda. Es un amago torpe que cualquier soldado leería a kilómetros de distancia, pero Svetlana comete el grave error de seguirle el juego un segundo de más, y eso le basta a mi chica para hacerse con el control.
Le pasa el antebrazo por delante de la garganta, encuentra el punto de apoyo con la cadera —ese que le marqué ayer hasta la saciedad— y deja caer su peso hacia atrás.
Svet cede de forma limpia, permitiendo que Lili la inmovilice contra el suelo, con una rodilla clavada en el costado mientras le sujeta ambos brazos.
Debería ser ilegal lo que me provoca verla hacer esto.
—¡Chúpate esa, Svetlana! ¡Gané! —grita, y su voz rebota por todo el sótano cargada de una alegría tan pura que algo se me reblandece en el pecho en contra de mi voluntad—. ¿Quieres que lo volvamos a intentar? Prometo que esta vez no seré tan mala.
Dios, me encanta.
Se lo está pasando bien con todo esto de una forma que debería perturbarme. Está aprendiendo a partir cuellos y sonríe como si Svet acabara de proponerle ir de compras.
Maldita sea, adoro verla así, tan viva, tan dueña de algo, sin esa tensión constante que parecía a punto de quebrarla cuando estaba encerrada con mi hermano. Me gusta tanto que, por un momento, hasta se me olvida la razón exacta por la que estamos enseñándola a matar.
Si va a casarse conmigo, su vida nunca volverá a ser segura.
Svetlana rueda hasta quedar sentada, con una mano apoyada en las costillas y el pecho subiéndole y bajándole con dificultad.
—Mierda, Lili. Se nota que vas a ser la esposa del pakhan —jadea, apartándose de la cara un mechón rubio empapado en sudor—. No es normal. Llevo entrenando desde los doce años y me estás humillando delante de mi jefe, tu futuro marido .
Mi esposa.
La palabra me cae dentro y se queda ahí, ocupando espacio, como cada vez que alguien la pronuncia en voz alta.
Mía. Jodidamente mía. Eso es.
Mía de una forma que ningún consejo, ninguna orden de Iván ni ninguna bala van a cambiar a estas alturas.
—¿Te he hecho daño, Svet? —La sonrisa de Liliana desaparece de golpe, sustituida por una preocupación tan genuina que casi resulta cómica viniendo de alguien que acaba de estrangularla—. Dios, creo que me he emocionado demasiado. Lo siento mucho. ¿Te traigo hielo? ¿Agua?
Ella se muerde el labio, preocupada, pero Svet se apresura a tranquilizarla.
—Estoy bien, fierecilla . —Le da una palmada en la pierna y una media sonrisa se le escapa—. Es la primera vez en meses que te veo disfrutar de algo. No voy a quejarme porque me hayas dejado el orgullo, literalmente, por los suelos.
Hay algo en cómo lo dice, algo compartido, que no me incluye a mí.
Algo que me enfada, porque sé que han tenido que vivir un infierno por mi culpa.
Las dos se sostienen la mirada un segundo de más, casi al borde de las lágrimas.
Svetlana lleva cubriéndole las espaldas a Liliana desde que Petro la metió en casa de Iván.
Nos ha sacado de líos inventándose criadas y pellizcos de collares que nunca existieron, fiebres que no tenían nada que ver con una enfermedad…
Se ha interpuesto entre ella y manos que no tenían derecho a tocarla, poniendo su propia vida en peligro en más de una ocasión.
Le debo mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer en voz alta.
—No me llames fierecilla —protesta, aunque se le escapa una sonrisilla que consigue desestabilizarme—. Suena a animal pequeño.
¿Y si los echo a todos y la obligo a sonreírme así a mí? ¿Y si la obligo a hacerlo mientras…?
Sacudo la cabeza, intentando espantar el pensamiento.
No. Esto es prioridad.
—Eres pequeña. Te saco al menos ocho centímetros y, además, te llamaré como me dé la gana… —replica Svet, mientras intenta incorporarse—. Me has fracturado una costilla. Me he ganado el derecho.
Los ojos color avellana de Liliana se abren con tal estupefacción que Nikolai tiene que contener una carcajada.
— ¿¡ Te he fracturado una costilla, Svet ¡? ¿¡Cómo es posible!?
—No, no lo has hecho. Estaba bromeando… —Svet echa a reír, pero la risa se le corta en seco, sustituida por una mueca de dolor—.
Bueno, puede que no fuese tan broma como pensaba.
—Sacude la cabeza, restándole importancia—.
Cállate y ayúdame a levantarme antes de que tu prometido me eche la culpa a mí de esto.
Inteligente decisión.
—Ay, Svet, no me acostumbro a que lo llames así…—susurra, intentando que no la escuchemos—. Deja de hacerlo.