Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #7
69%

Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #7

Lo sabe. Por eso espera, por eso me observa, disfrutando del temblor que me recorre los muslos mientras mi cuerpo se aprieta alrededor de la empuñadura, buscando una fricción que él me está racionando deliberadamente.

—Aleksei…

— Shh .

Y entonces empieza a dibujar círculos, sincronizados con cada embestida, como si supiera qué tiene que hacer en cada momento para llevarme al límite.

La empuñadura entra y su pulgar presiona mi centro; cuando la retira, afloja la presión, dejándome con las ganas y robándome el aire, la cordura y todo aquello de lo que todavía dispongo.

Una y otra vez, a un ritmo despiadado que me obliga a participar, a moverme de nuevo contra su mano, buscando mi propia perdición.

El placer ya no asciende en oleadas, sino que se enrosca en mi bajo vientre, contrayéndose cada vez más. Noto mi propia humedad deslizándose por el mango y sus dedos, empapándolo todo. El sonido obsceno que produce el arma al moverse dentro de mí debería avergonzarme, pero no lo hace.

Me enciende más.

Mis caderas han dejado de obedecerme. Se mueven solas, marcando un ritmo desesperado que él corrige cada vez que intento acelerar. Me sujeta con la otra mano y me devuelve a su compás.

—Eso es —murmura con la voz hecha pedazos, los ojos clavados en el punto donde su puño desaparece entre mis piernas—. Así,     nena. Mírate, joder. Montando mi cuchillo, con mi pistola en la mano, apuntándome. La mejor imagen que he tenido el placer de presenciar.

Un gemido me arranca la réplica de la garganta.

—Cállate…

—Estás apretándolo como si no quisieras devolvérmelo nunca. ¿Vas a hacer lo mismo con mi polla, Liliana?

Estoy temblando, con las rodillas hundidas en el colchón, la espalda arqueada y la pistola cada vez más torcida entre mis dedos, porque ya no me quedan fuerzas para sostener nada que no sea el placer que amenaza con desbordarme. Sin embargo, recuerdo que no ha terminado de contarme el motivo.

—Aleksei… No me has….

Ni siquiera consigo terminar la frase. Los pinchazos de éxtasis son demasiado intensos.

—Ahora mismo solo quiero una cosa de ti. —Su pulgar aumenta el ritmo, esta vez sin concederme tregua, mientras su voz me alcanza directamente en el oído—: Deja de pelear y deshazte en mi jodida mano.

—Yo…

—Ahora, Liliana. Hazlo. Córrete para mí.

Sus palabras son el catalizador del desastre, del caos que me hace añicos.

—No…

Es mi última mentira y ni siquiera llego a terminarla, porque el orgasmo me parte por la mitad.

Me arranca su nombre en un grito que intento ahogar contra su hombro sin conseguirlo, provocando que mi cuerpo se contraiga alrededor de sus dedos y del cuchillo en espasmos que no puedo controlar mientras el placer se extiende hasta mis muslos.

La electricidad me recorre con mucha más intensidad que hace un rato.

Cada músculo se tensa y mi cuerpo entero se sacude mientras una sensación indescriptible me atraviesa la columna vertebral, dejándome completamente fuera de mí.

Haciendo que nada de esto tenga sentido, que sea una jodida locura de la que disfruto hasta el último segundo.

La pistola se me escurre de la mano y cae sobre el colchón.

A ninguno de los dos parece importarnos.

Aleksei me sostiene contra su cuerpo herido con un brazo, prolongando el placer con los dedos mientras murmura cosas en ruso contra mi pelo. Palabras que suenan a posesión, a algo que ni siquiera necesito traducir para comprender.

Cuando por fin regreso a mi cuerpo, tengo las mejillas empapadas de lágrimas y estoy prácticamente desplomada sobre él. Su corazón late desbocado bajo mi mejilla, justo al lado del tatuaje, exactamente donde hace un minuto estaba apuntándole un cañón.

El cuchillo descansa sobre las sábanas y él continúa durísimo debajo de mí.

Entonces me percato de algo.

No me ha pedido nada.

No se ha movido para reclamar absolutamente nada a cambio.

Y eso, por algún motivo que no consigo comprender, es lo que más me asusta de todo esto.

—Liliana…

El altavoz cruje sobre nuestras cabezas, interrumpiéndolo.

— Señor Volkov, iniciamos el descenso. Aterrizamos en Moscú dentro de quince minutos.

La voz del piloto cae sobre la cabina como un cubo de agua helada.

Me incorporo de golpe, con las mejillas ardiendo y la certeza repentina de qué acabo de hacer.

De lo que le he permitido hacerme.

Busco el arma con la mirada, pero él la alcanza primero. La hace girar entre los dedos con una familiaridad insultante, le pone el seguro y la deja sobre la mesilla, fuera de mi alcance. Después recoge el cuchillo, lo limpia contra las sábanas y vuelve a esconderlo debajo del colchón.

—Qué oportuno tu piloto… —mascullo, rebuscando entre los restos de mi dignidad mientras intento dejar de temblar—. Aunque tranquilo, Aleksei, con quince minutos no te daba ni para quitarte la camisa sin abrirte los puntos. Deberías subirle el sueldo por ahorrarte la humillación.

Algo peligroso se enciende en sus ojos y una mueca felina se abre paso por sus labios.

—He sido generoso, nena ... —Su voz desciende hasta adquirir un tono íntimo, casi como si estuviese advirtiéndome de algo—. Pero ve haciéndote a la idea: la próxima vez que te tenga encima, lo que vas a follarte no  va a ser mi cuchillo.