Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #6
—Lili… —Su mano baja hábil hasta el espacio entre mis piernas y me palpa por encima de la tela. Cierra los ojos durante medio segundo, como quien acaba de confirmar algo que ya sabía y cuyo resultado le complace.
Mi humedad me delata.
—Estás temblando encima de mí. Empapada, después de haberte corrido.
Con mi pistola en la mano. Acabas de descubrir lo que soy…
—Acerca su boca a la mía hasta que apenas nos separa un suspiro—, y no te has movido ni un centímetro.
O no te importa o te pone jodidamente cachonda, nena. No hay otra opción.
A Aleksei le importa una maldita mierda lo inmoral o perturbador que me resulta todo esto, lo que creo que semejante reacción dice de mí.
Lo sé porque, sin perder detalle de mi expresión, desliza de pronto la mano izquierda hacia un lado y, con una rapidez felina, la introduce debajo del colchón, haciéndola desaparecer de mi campo de visión.
Apenas tarda un segundo en recuperarla, pero, cuando lo hace, el brillo apagado del acero oscuro me corta la respiración.
Un cuchillo táctico.
Ha estado todo este tiempo, debajo de nosotros, esperando a que su dueño decidiera que ya había tenido suficiente valentía femenina por hoy.
No puede ser.
Toda esta escena, la pistola, el poder, el interrogatorio… me lo ha concedido por las buenas. Ha permitido que creyese que tenía el control cuando, en realidad, podría habérmelo arrebatado en cualquier momento.
¿Por qué?
No tengo tiempo ni de parpadear antes de que Aleksei baje la mano e introduzca el arma entre mis muslos. Desliza el metal justo contra la zona ya sensible, sin importarle que pueda cortarme, que lo único que me separa del peligro sea el maldito encaje empapado.
El contraste entre el calor de mi cuerpo y el frío del arma me arranca un sonido violento de lo más profundo de la garganta.
Casi un grito.
¿Acaba de ponerme un cuchillo en…?
Oh, Dios mío. Sí. Lo ha hecho.
—¿Me tienes miedo? —pregunta, devolviéndome mis propias palabras con una burla descarada.
Mi pecho sube y baja deprisa, pero no creo que lo que estoy sintiendo pueda considerarse miedo, así que niego con la cabeza.
—Bien. Entonces sigamos con el interrogatorio —sisea con una calma que me eriza la piel entera, mientras la punta del cuchillo engancha con precisión el encaje fino.
Un tirón. Solo necesita un tirón.
—Aleksei…
No sé si estoy suplicándole que pare, que vuelva a hacerme correr o qué demonios quiero exactamente. Pero su nombre suena a eso. A suplica, a redención.
—Pregunta —concede, haciendo girar la hoja contra el encaje hasta empezar a desgarrarlo—. Pero, a partir de ahora, cada respuesta mía tiene un precio, Liliana.
Tira una vez más y la tela termina cediendo. El aire frío del avión me golpea justo donde acaba de tocarme y el jadeo que se me escapa es tan obsceno que siento arder las mejillas.
Me acaba de cortar las bragas con un cuchillo mientras le apunto al corazón con su pistola.
Todo esto está muy mal.
Que me guste lo está todavía más.
Espero que suelte el arma blanca, que la deje caer sobre el colchón y use las manos, como haría cualquier hombre normal.
Que haga conmigo lo que desee, pero desprenderse del cuchillo no parece entrar en sus planes.
Lo comprendo cuando lo veo hacerlo girar entre los dedos con una destreza hipnótica, hasta dejar el filo lejos de mi cuerpo.
—Tranquila —murmura, interpretando el temblor de mis muslos, que, sinceramente, no tiene nada que ver con el pavor—. Esta parte no corta… Al menos, no si te portas bien. —Sus ojos suben a los míos, totalmente turbados.
—¿Y si no lo hago?
—Reza por no descubrirlo.
Con un movimiento rápido, acomoda la hoja entre los dedos, orientándola hacia su propia muñeca. Lo que asciende hasta mí es el mango, grueso, duro y rugoso, todavía frío por el acero que lleva dentro.
—Aleksei…
No sé si es un no o un por favor, y esa duda me define, porque una parte de mí lo desea mientras la otra no deja de gritarme que esto es una maldita locura.
—Pregunta —ordena.
El extremo del mango se desliza por mi humedad, recorriendo de arriba abajo la zona sensible de mi clítoris, todavía resentida por el roce de nuestros cuerpos. Lo mueve con una lentitud casi delicada que me sacude en un espasmo violento.
El placer de lo prohibido me atraviesa sin misericordia y apenas consigo reunir el aire suficiente para hablar, pero me obligo a hacerlo. A formular esa pregunta que lleva siete años esperando una respuesta.
—Antes no lo has dicho… —Trago saliva, peleando por hilar las palabras—. ¿Por qué te fuiste, Aleksei? Hace siete años desapareciste. Sin despedirte, sin nada. Me… Me rompiste el corazón.
Es la primera vez desde que empezó todo esto que algo consigue frenarlo.
Ni la pistola, ni la herida, ni mis amenazas, ni que me corriese.
Esta pregunta.
La declaración implícita.
Su mandíbula se tensa y sus ojos se detienen en algún punto de mi cuello, como si pronunciar la respuesta fuese a costarle más que soportar la bala que casi acaba con su vida.
—El pakhan lo ordenó.
El mango desciende hasta mi entrada y, con la otra mano, me obliga a elevar ligeramente las caderas, sin preguntar ni pedir permiso, consiguiendo que obedezca sin cuestionármelo.
—Mírame a los ojos.
Espera a que lo haga, a que mis pupilas se encuentren con las suyas, y solo entonces empuja.
Despacio, permitiendo apenas la entrada de unos centímetros de la empuñadura, procurando no hacerme daño.
Mi cuerpo entero se contrae alrededor del objeto en un espasmo que me arranca un gemido tan alto que probablemente se escuche hasta en la cabina.
—Eso es tómalo, solnyshko . Acostúmbrate al tamaño. Vot umnitsa . [13]
Mis mejillas se encienden ante sus palabras, ante lo que entiendo que significan y ante el hecho de que tengo dentro el mango de un cuchillo que seguramente ha usado para matar a muchos hombres.
Mi cuerpo, enfermo y traidor, lo recibe apretándose, empapándolo, empujando las caderas para introducirlo todavía más.
Se siente bien.
Demasiado bien.
Cierro los ojos y me dejo llevar por el vaivén que yo misma provoco hasta que lo escucho.
—Descubrió lo que yo sentía por ti —continúa con su explicación, controlando el tono de su voz, que se ha vuelto mucho más profundo—. Me dio a elegir.
—¿Elegir…? —La empuñadura sale y vuelve a introducirse, esta vez guiada por él, y el jadeo que se me escapa me corta la pregunta por la mitad— ¿… qué?
—No volver a acercarme a ti. —Vuelve a moverlo—. O quedarme en tu vida… —El movimiento se vuelve más lento, más cruel— y asistir a tu funeral.
El mundo se inclina y no sé si es por sus palabras o por el ritmo implacable con el que me está follando con la empuñadura mientras las pronuncia.
Probablemente por las dos cosas.
No puedo evitar gemir, quedarme durante un instante sin saber qué decir mientras el placer asciende hasta ocupar cada espacio disponible de mi cuerpo y mi cabeza.
—Espera… —Mi cerebro pelea contra la niebla, contra el placer, contra todo—. El pakhan . Tu… ¿tu padre? ¿Quería matarme?
—Sí. Yo era su mejor arma. No podía permitirme tener una debilidad. Está prohibido.
Debilidad.
—¿Y ahora?
—¿Acaso ves que me importe su opinión, Liliana?
Su pulgar desciende desde mi pecho, arrastrándose por el esternón y el vientre, dejando a su paso un rastro de calor que me contrae los músculos, hasta detenerse exactamente sobre mi clítoris.
Ni siquiera puedo pensar en lo que ha dicho.
Solo en que no se mueve. Mantiene el dedo inmóvil mientras el mango continúa entrando y saliendo de mi interior sin clemencia, sin concederme un respiro, provocando que el calor se geste por cada resquicio de mi cuerpo hasta dejarme a al borde de suplicar.