Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #5
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Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #5

La única indefensa aquí soy yo, sentada sobre él con un arma que ya no asusta a nadie, un cuerpo que me traiciona a cada segundo y la cabeza llena de preguntas, a las que ahora se suma una declaración de amor que parece no haber escuchado nadie, excepto mi propio ego.

Decido ignorarlo porque la inmoralidad de mis actos y lo que acaba de suceder me provocan un vértigo que no tiene nada que ver con el vuelo.

Tardo tres respiraciones en recuperar el habla:

—¿Por qué esquivas mis preguntas? —Intento retomar el interrogatorio, recuperar el papel de aquella que se subió aquí decidida a ejecutar un plan suicida.

Sin embargo, el control se me escurre entre los dedos, transformándose en una humedad que ahora sé que él también puede sentir.

Perfecto.

Suspiro y, entonces, él parece apiadarse de mí.

—Te lo he dicho, Liliana… Es demasiada información para que la proceses de golpe. Estoy cuidando de ti.

Sí, haciendo que me corra.

—Esa no es decisión tuya, Aleksei. No te lo he pedido.

—Todo lo que tenga que ver contigo es decisión mía, preciosa . —Levanta la cabeza de mi cuello únicamente para mirarme a los ojos cuando remata—: Siempre.

Lo dice como si nada, sin pestañear, sin un gramo de duda, con esa rotundidad insultante de quien enuncia una ley física irrevocable. L a gravedad existe, el agua moja y Liliana me pertenece . Para Aleksei Volkov, las tres afirmaciones parecen igual de obvias.

El deseo se desdibuja ligeramente, lo justo para que la ira ocupe su lugar y me ascienda por la garganta con tanta rapidez que termino hundiendo el cañón de la pistola un centímetro más contra su pecho. Justo donde lleva ese tatuaje que se hizo por mí.

El detalle no me ablanda.

Me enfurece más.

Maldito gilipollas.

—Si es decisión tuya… ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué estoy prometida con tu hermano, entonces? ¿Eh, genio?

Ataco donde sé que más le duele, buscando sangre, alguna grieta. Pero lo único que consigo es notar cómo su erección se endurece todavía más debajo de mí, si es que semejante cosa resulta humanamente posible.

Jadeo, con la zona aún sensible.

Por supuesto. Hasta sus celos me los cobra el cuerpo como impuesto.

—No estás prometida con Petro. No vuelvas a decir eso —sentencia, endureciendo la mandíbula—. Nunca lo has estado.

El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que ya no sé distinguir el motivo. El enfado y el deseo compiten por controlar mis actos, se pisan, se mezclan y ninguno termina de imponerse, porque con él esas dos cosas nunca han sido incompatibles.

Conviven perfectamente bien. Como nosotros.

—¿Entonces con quién lo estoy, Aleksei?

Una mueca se desliza por sus labios mientras una de sus manos abandona mi cintura y asciende por el centro de mi pecho hasta alcanzar el collar que llevo puesto.

—Conmigo.

No es información nueva. Lo sé desde que Vitale me lo dijo, pero escuchárselo directamente a él, con esa voz, con mis caderas atrapadas entre sus manos y su pulso latiendo contra mi sexo después de un orgasmo, me provoca una necesidad asfixiante de desnudarme, abrir las piernas y dejar que termine de una maldita vez con este tormento.

Con ese lastre que tiene tanto valor.

No .

No voy a rendirme tan fácilmente, aunque soy perfectamente consciente de que mi cuerpo ha firmado la capitulación a mis espaldas hace al menos diez minutos, y nada menos que con el mismísimo diablo.

—¿Sabías que mi padre había acordado eso? —pregunto sin ninguna delicadeza.

No pude preguntárselo antes del disparo.

—Siendo sincero, no exactamente. Iván hizo y deshizo ese acuerdo sin decírmelo, pero yo ya sabía que me casaría contigo.

—¿Desde cuándo? ¿Por qué?

Se encoge de hombros. Es un gesto mínimo, casi imperceptible, pero consigue decir demasiadas cosas a la vez. Porque sí. Porque lo decidí hace años. Porque hay respuestas que todavía no te has ganado .

Estoy tan abrumada que solo consigo presionar un poco más el arma contra su pecho, marcándole el cañón sobre la piel.

No debería gustarle. A ninguna persona coherente y racional le gustaría algo semejante, pero él parece disfrutarlo.

Lo noto en su respiración agitada, en cómo aprieta la mandíbula, como si estuviese conteniéndose para no hacer algo peor de lo que soy capaz de imaginar.

También en la forma en que baja los ojos hacia el punto exacto donde el metal presiona su camisa empapada, justo en el lado contrario a la herida que se ganó por salvarme la vida.

Es cierto. Me salvó .

El recuerdo me encoge el pecho durante un instante y consigue que mi boca traicionera vuelva a abrirse antes de que pueda impedírselo.

—¿De verdad quieres casarte conmigo, Volkov? ¿No te importa mi maldición? —susurro, sonando mucho más frágil de lo que pretendía—. Casi acabas muerto por eso. Todos lo acaban.

Espero que la pregunta consiga frenarlo, que le recuerde, aunque solo sea por un instante, que estar cerca de mí supone una sentencia directa al infierno.

Pero no lo hace.

En su lugar, sus dedos se hunden con más fuerza en mis caderas, posesivos al extremo.

Veo el instante exacto en que algo se enciende en el fondo de sus ojos y le dilata las pupilas.

Algo que ya no se parece a la diversión de antes ni a la provocación con la que lleva jugando desde que me he sentado sobre él.

—Tu maldición…

Se detiene, saboreando la pausa. El silencio que sigue se me mete debajo de la piel y avanza por mis entrañas hasta alcanzar los huesos.

—¿Sí? —pregunto con cautela, porque hay algo en su tono que no consigo reconocer.

Un suspiro pesado escapa de sus labios.

—Dios, nena…

—¿Qué pasa?

Su mirada devora mi rostro. Se detiene en mis ojos, en la forma en que mis labios se entreabren por la agitación y en el temblor que todavía recorre mi cuerpo, suspendido sobre el suyo.

—Liliana. Tu maldición soy yo.

El tiempo cambia de forma. De unidad de medida. Un escalofrío me deja completamente paralizada. Incluso en medio de la confusión, un pinchazo certero vuelve a atravesarme el bajo vientre.

Mi cerebro intenta reorganizar las palabras, buscarles otro orden, otro significado. Cualquier interpretación que no sea la que estoy empezando a comprender.

Eso es imposible.

No puedo estar entendiéndolo bien.

—¿Qué? Creo que no…

No puedo terminar. Su voz se impone a la mía, obligándome a callar.

—Crees bien. Es mi culpa.

Dejo de respirar.

—Todos esos hombres que han muerto por acercarse a ti, por tocarte, por escribirte, por incluirte en una estúpida lista o por intentar besarte…

—continúa, y cada verbo cae sobre mí con una precisión devastadora, concediéndome el tiempo justo para ponerle rostro a cada cadáver—.

Todos ellos, sin excepción, Liliana. Todos esos…

Su mano derecha abandona el collar y desciende hasta mi pecho izquierdo.

Lo aprieta levemente, piel con piel, por primera vez, atrapando los latidos desbocados de mi corazón contra sus dedos, midiendo el pánico y la excitación, intentando determinar cuál de las dos es más intenso, hasta que me arranca un gemido y, por fin, lo dice:

—Los he matado yo.

El mundo debería detenerse.

Debería bajarme de encima de él, gritar, sentir náuseas, terror, asco.

Debería pensar en los rumores que hasta mis primos han escuchado, en cómo nadie se atrevía a invitarme a salir, en cómo terminé convirtiéndome en la chica maldita a la que nadie quería acercarse.

Debería experimentar alguna de esas cosas.

Y sí, siento algo, pero no es ninguna de ellas.

Es un calor lento que nace en mi vientre y desciende, traicionero, hasta instalarse exactamente donde nuestros cuerpos se encuentran.

Es mi pulso desbocándose por motivos que no tienen nada que ver con el miedo.

Es la certeza, repugnante y embriagadora a partes iguales, de saber que este hombre ha matado por mí, igual que yo lo he hecho por él.

Con la clara diferencia de que, en su caso, ha ocurrido una y otra vez.

Durante años.

Sin que yo lo supiera, sin pedirme nada a cambio, sin arrepentirse.

—¿No te fuiste?

Niega con la cabeza, demasiado despacio, mientras mantiene la mano sobre mi pecho, atrapando los latidos de mi corazón bajo sus dedos.

—Siempre he estado cerca, Liliana.

Dios, esto es perturbador.

Durante todos estos años he creído que había algo oscuro rodeándome… y resulta que tenía razón. Aquella oscuridad tenía nombre y apellidos.

—¿Por qué?

Es una pregunta estúpida. Conozco la respuesta, pero necesito escuchársela decir. Comprobar si, al pronunciarla, se vuelve más real y empieza a importarme un poco más de lo que parece hacerlo ahora.

—¿No es obvio, Liliana? —Su pulgar izquierdo dibuja círculos sobre mi muslo mientras su mano derecha continúa aferrada donde nace mi pulso. Su tacto es lento, hipnótico, indecentemente tierno para lo que acaba de confesar—. ¿De verdad necesitas que lo diga?

—Sí. Dilo.

Una carcajada ronca escapa de sus labios.

—Nadie toca lo que es mío, solnyshko  —responde, bajando la voz hasta convertirla en algo áspero—.

Yo no comparto, no presto y no tolero que nadie ponga las manos en lo que me pertenece.

Cada uno de ellos lo sabía. Les advertí por las buenas, nena.

—Hace una pausa y sus ojos brillan con algo que no se parece al remordimiento ni por asomo—. Todos decidieron acercarse igualmente.

—Estás enfermo.

—Sí.

No lo niega. Ni siquiera intenta adornarlo con alguna de sus justificaciones retorcidas y lo peor de todo es que eso no es lo verdaderamente imperdonable.

Joder no.

Lo imperdonable es lo que esas palabras hacen conmigo.

Mis muslos se cierran sobre los suyos sin mi permiso, en un movimiento mínimo e involuntario que él registra de inmediato.

—Y a ti te gusta que lo esté —añade en un murmullo apenas audible.

Ni siquiera es una pregunta.

Es una maldita afirmación.

—No —lo contradigo en un susurro desesperado.

La mentira es tan evidente que ninguno de los dos se molesta en fingir que se la cree.