Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #4
No digo un carajo y me odio por ello, porque mi cuerpo es sumamente débil y estúpido.
Su tacto se vuelve más firme sin perder aquella lentitud calculada y, cuando sus dedos avanzan un poco más, un gemido se me escapa desde lo más hondo de la garganta.
Maldita sea.
—No por mucho tiempo, si me disparas en el corazón… —responde con la voz ronca, salvaje, sin apartar los ojos de los míos mientras sus pulgares ejercen una presión deliberada en la cara interna de mis muslos, invitándome con una sutileza casi educada a separarlos un poco más.
A hacerlo para él.
Mi cuerpo obedece antes de que consiga razonarlo. Las rodillas se me separan sobre el colchón y mi peso desciende otro centímetro, provocando que el calor me devore entera ante esa sumisión que nadie me ha exigido y que, aun así, acabo de entregarle.
Él sonríe, complacido con lo que está ocurriendo.
—Si te soy sincera, no pareces muy preocupado por eso, Volkov —replico, desafiante, sosteniéndole la mirada a pesar de que el recorrido ascendente de sus manos empieza a nublarme el juicio.
Sus palmas continúan avanzando sin ninguna prisa hasta perderse por fin bajo la camisa, recorriendo mi piel de forma tortuosa hasta alcanzar las caderas.
Allí, donde sus dedos se hunden de golpe en mi carne con una fuerza posesiva que me arranca otro jadeo, uno que intento sofocar mordiéndome el labio inferior.
—Con estas vistas, morirme me parece un precio razonable, nena —suelta con una sonrisa ladeada, bajando los ojos descaradamente hacia el escote que apenas me cubre los pechos y devorándome con la mirada mientras sus manos me empujan un poco más contra su dureza—. Dispárame si quieres.
—¿No es más fácil responder a mis preguntas?
—No lo sé. —Su agarre asciende hasta afianzarse en mi cintura con una precisión que me demuestra que, incluso herido y encañonado, sigue siendo él quien dicta las dichosas reglas del juego—. Prueba suerte y lo vemos.
El contacto de sus palmas bajo mi ropa desata un incendio invisible sobre mi piel desnuda. No llevo sujetador y, si continúa subiendo, tocará mis pechos por primera vez sin nada que se interponga entre nosotros. El simple pensamiento provoca que algo se contraiga en mi bajo vientre.
—Si no respondes, voy a dispararte. No estoy bromeando.
—Yo tampoco, Liliana. Hazlo si te hace feliz.
Que no parezca importarle me enfurece todavía más. Levanto la pistola hasta apuntarle al cuello y la sujeto con ambas manos porque me tiembla el pulso y no quiero que me vea titubear.
Pero lo hago.
Titubeo cuando sus dedos vuelven a acariciarme con esa paciencia imposible, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo, como si llevasen algo grabado en las yemas que trasciende el deseo y todo lo demás.
Maldición .
Me está llevando adonde quiere, caricia a caricia, y yo voy. Voy con el arma en la mano y la dignidad perdida en algún punto recóndito de este maldito avión.
¡No! Céntrate.
No puede ser que solo esto esté llevándome al límite. Que sus manos, su voz y la presión de su erección debajo de mí sean suficientes para hacerme sentir que voy a correrme en cualquier momento.
—Aleksei… Respóndeme.
Estoy enferma hasta la médula. Tengo que estarlo, porque estoy sentada a horcajadas sobre un hombre herido, apuntándole con una pistola cargada, y lo único en lo que consigo pensar es en que su tacto está resultando demasiado para mi pobre cuerpo.
Aleksei lo sabe.
Por eso no aparta las manos. Prefiere tener una pistola apuntándole antes que renunciar a tocarme, y eso… Eso genuinamente está mal.
Está mal que sus dedos continúen subiendo y bajando sin misericordia desde mi cintura hasta los muslos, rozando peligrosamente el borde elástico de mis bragas, acercándose cada vez más a esa humedad que me empeño en ocultarle.
Una reacción que, mucho me temo, ya ha intuido y que sabe que ha provocado con una facilidad absurda.
—Pregunta, entonces —masculla, y su voz suena casi como una queja, como si el interrogatorio fuese lo único de esta situación que le molesta.
Mi cabeza reacciona antes de que consiga ordenar mis prioridades:
—¿Adónde vamos?
—Primero a Moscú y luego a Altái.
Rusia .
Me está llevando al lugar donde nació y ni siquiera puedo procesar lo que eso significa.
Solo puedo pensar en que la respuesta ha llegado demasiado rápido, sin pelea, sin esa media sonrisa que usa para esquivarme y sin el repertorio completo de evasivas que este hombre parece reservar exclusivamente para mí.
—¿Por qué?
—Te hice una promesa y ya te he dicho que las cumplo.
Frunzo el ceño y bajo de nuevo el arma hasta su pecho. No tiene ningún sentido que esté respondiéndome con tanta facilidad.
—¿Cuándo?
—Te lo diré cuando lo veas, ya que no te acuerdas. Será una sorpresa.
—¿Así, sin más? —susurro, mientras mis caderas se deslizan sobre su erección con un ahínco que no he autorizado—. ¿Ahora sí contestas rápido?
El movimiento de mi pelvis sobre su dureza le arranca un quejido que nace en lo más profundo de su pecho. Es un sonido ronco, casi animal. El primero que no consigue tragarse.
Ahora soy yo quien sonríe.
Me muevo con más fuerza al escucharlo, buscando el roce exacto, la presión perfecta que hace que una sensación se extienda por mi piel y me obligue a apretar los dientes.
Echo la cabeza hacia atrás durante un segundo, el tiempo justo para no deshacerme ahora que, por fin, está empezando a responderme.
Aguanta .
—Tienes una pistola apuntándome entre el pecho y el cuello, Lili. —La comisura de su boca se curva apenas—. Me parece el momento adecuado para la transparencia.
Casi carcajeo.
—Dios, eres un gilipollas, Aleksei.
Mis palabras encienden algo en él. Sus manos toman el control de mis caderas sin consultármelo, con una familiaridad que resulta insultante. Las balancea hacia delante y hacia atrás, imponiendo un ritmo que no es mío, que no he aprobado y que, para mi desgracia, tampoco consigo detener.
Un gemido me araña las cuerdas vocales antes de que pueda tragármelo y el placer escala demasiado deprisa, haciendo que las lágrimas se acumulen tras mis pestañas por una mezcla insoportable de frustración y deseo.
—¿Sí? Venga, dime por qué.
Cierro los ojos un segundo, sintiéndome a punto de estallar.
Me obligo a recordar qué demonios estoy haciendo aquí arriba, con un arma entre los dos, porque la sensación deliciosa de su erección frotándose contra mi intimidad está borrándome el guion entero.
Él lo nota y me atrae un poco más hacia él, manteniendo un ritmo tortuoso que amenaza con derribar las pocas barreras mentales que todavía conservo.
—Llevas esquivando mis preguntas desde que desperté.
¿Te parece poco motivo para pensar que eres un…
? —consigo articular con la voz temblorosa, pero sus dedos se afianzan en mi piel de forma exquisita, inclinándome hacia delante, acercándome a su boca hasta que la frase termina deshaciéndose por el camino.
—¿Un qué, Liliana? —pregunta despacio, degustando mi nombre y disfrutando descaradamente de verme pelear por terminar una frase mientras continúa meciéndome sobre su erección.
El placer sube desbocado por mi cuerpo, erizándome la piel y haciendo que los muslos me tiemblen de una forma vergonzosa.
—Un gilipollas que casi se muere, que me ha drogado y que, para colmo, no me ha contado un carajo.
Pretendía que sonase como una acusación, pero acaba pareciéndose demasiado a una súplica retorcida, una que le ruega que no pare de hacer lo que está haciendo.
—Llevabas despierta diez minutos y acababas de salir de un sedante que, por cierto, no es lo mismo que una droga —matiza con esa sorna que dispara mis ganas de meterle un tiro—. No iba a soltártelo todo de golpe, como comprenderás… Sería un tanto imprudente por mi parte.
Me mece sobre su polla más deprisa y siento que estoy perdiendo la batalla mucho antes de lo que esperaba.
—Imprudente… —me esfuerzo por repetir—. Imprudente es secuestrarme.
—¿Sí? —Sus pulgares trazan círculos lentos sobre mis caderas mientras vuelve a atraerme hacia él—. Pues a mí me parece que estás muy satisfecha con esa imprudencia.
Voy a replicar. Tengo la respuesta preparada, justo en la punta de la lengua, pero...
No llega a salir.
Sus manos descienden hasta mi trasero, apretándolo con fuerza por encima de la tela fina, aplastándome contra su miembro y profundizando el vaivén. El roce me golpea justo donde no debe y la réplica se me muere en la garganta, convertida en un sonido que me niego a reconocer como mío.
No. No, no, no.
No puede pasarme esto. No así. No con la ropa puesta, no mientras le apunto con un arma y se supone que aquí la que manda soy yo.
Aprieto los dientes e intento frenar mis caderas, retenerlo, pero él marca el ritmo con las manos y mi cuerpo lo sigue como si le perteneciera; el placer se enrosca, se aprieta y ya no hay manera de pararlo.
Me corro, vestida, encima de él, frotándome contra su polla a través de la ropa como si estuviese desesperada, con la pistola temblándome en la mano y su nombre deshaciéndose en mi garganta.
Es un instante breve, intenso y humillante. Él lo observa todo sin perderse un segundo, con esa expresión de quien acaba de ganar una guerra sin disparar una sola bala.
—¿Lo ves? —jadea, hundiendo la cabeza en mi cuello.
Su respiración me quema la piel; su nariz traza mi yugular en un camino ascendente, lento, como si estuviera memorizando mi pulso y mi olor—.
Me estás empapando por encima de la ropa.
¿Te gusta aprovecharte de mí mientras estoy indefenso, solnyshko ?
Indefenso .
Está herido, tiene una pistola apuntándole y se encuentra debajo de mí, sin posibilidad de escapar. Y, aun así, la palabra le queda tan grande que casi me echo a reír a carcajadas. No hay absolutamente nada de indefenso en el hombre que acaba de hacer que me corra.