Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #3
Sé que, en el fondo, tiene razón, pero no soy capaz de procesarlo.
Solo puedo estar furiosa, porque, aunque lo haya hecho por mi seguridad, eso no borra que me ha arrebatado la oportunidad de estar con él cuando me necesitaba, ni mucho menos que ha tomado esa decisión a pesar de que, si me hubiese preguntado, habría ido adonde fuera con él.
Sin dudarlo.
¿Acaso es consciente de eso?
Esa es la parte que más me cabrea. Que ni siquiera lo intentó.
—¡Me da igual! ¡Me has secuestrado!
—Si te excita llamarlo así…
El vaso de agua sale volando antes de que pueda pensármelo dos veces, directo hacia su cara.
El impacto resulta satisfactorio de una forma que no me enorgullece, pero tampoco voy a fingir que no lo disfruto. El cristal no se rompe; rueda por la cama hasta detenerse a un lado.
Espero que le haya dolido.
El agua le ha empapado el pelo por completo y ahora le gotea por la mandíbula y el cuello. Permanece inmóvil durante un segundo, con los ojos entornados y esa expresión suya que no sé si es rabia contenida o algo mucho peor. Más peligroso.
—¿Te has quedado a gusto, Liliana?
Se limpia el agua de los ojos con el dorso de la mano, despacio, sin apartar la mirada de mí.
Los mechones oscuros, ahora empapados, le caen sobre la frente, dándole un aspecto salvaje que me acelera el pulso.
El agua continúa descendiendo hasta perderse bajo su camisa, que se adhiere a su piel y deja entrever el contorno firme de su pecho.
Una oleada repentina de calor me golpea el vientre.
Joder. Mis hormonas no están cooperando.
—No mucho, la verdad. ¿Lo hago de nuevo? —le espeto, aunque retrocedo un paso por puro instinto cuando descubro la chispa que acaba de encenderse en el fondo de sus ojos.
—Atrévete, solnyshko . Vamos…
Todavía estoy debatiéndome sobre cuál será mi próximo movimiento cuando Aleksei suelta un bufido ronco, perdiendo por fin esa maldita calma fingida que tanto me desquicia.
Está cabreado, tanto que intenta incorporarse demasiado deprisa para ponerse a mi altura, y el movimiento brusco le pasa factura de inmediato.
Un sonido casi imperceptible escapa de sus labios y, durante un segundo, se dobla ligeramente hacia delante, llevándose una mano al costado mientras maldice entre dientes en ruso.
Es mi oportunidad.
Mis ojos se desvían por puro instinto hacia la mesita junto al cabecero y ahí la veo, brillando como si me estuviese esperando.
La culata oscura de su pistola.
Doy un paso al frente y me hago con el arma de un tirón limpio. El metal pesa más de lo que recordaba, o quizá lo que estoy a punto de hacer es lo que me resulta tan pesado.
No lo tengo claro.
Solo sé que el cálculo y la decisión me llevan décimas de segundo. Si me alejo, me desarmará en cuanto se recupere. Lo he visto moverse.
La única manera de controlar a Aleksei Volkov es inmovilizarlo .
—Liliana…
Me subo a la cama de un salto y me coloco a horcajadas sobre sus muslos, hundiendo las rodillas a ambos lados de sus caderas. Es una decisión táctica. De guerra.
Eso me digo.
Aleksei parpadea, confundido, mientras dejo caer mi peso sobre él y lo obligo a tumbarse de nuevo. Sin embargo, cuando mi cuerpo se acomoda contra el suyo, me percato de algo en lo que no había reparado hasta ahora: ya no llevo la ropa manchada de sangre.
Estoy limpia, vestida con una camisa suya que me queda enorme y unas bragas de encaje fino que dejan mi intimidad en contacto directo con su pantalón. Me muevo para recolocarme y una maldición sale de los labios del hombre que tengo debajo.
Noto perfectamente el instante en que esa parte de él que se esconde tras la ropa reacciona, presionando sin piedad contra mi centro.
Esto no va a ser bueno.
Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve. Solo existe el zumbido grave de los motores, el peso del arma en mi mano y su respiración contenida, midiéndome, esperando a descubrir qué hago con lo que acabo de empezar.
—Liliana… No sabes lo que estás haciendo. Para.
Intenta apartarme hacia un lado, pero no cedo. Levanto la pistola, interponiéndola entre nosotros.
—¿Tú me has desvestido y bañado?
Veo cómo se muerde el labio inferior con fuerza, como si estuviese imaginándose a sí mismo haciéndolo.
—Ojalá… pero ha sido Svetlana.
Debe ver la pregunta en mis ojos porque, antes de que me dé tiempo a verbalizarla , se apresura a decir:
—Va con Nikolai en el otro avión —explica, restándole toda la importancia—. ¿Puedes dejar de apuntarme? Ya sé que sabes utilizarla, pero…
—No —lo interrumpo—. ¿O tienes miedo?
Una sonrisa lenta le cruza la cara.
—¿De ti? —Sus manos ascienden hasta las mías, intentando desarmarme—. Nena, llevas un minuto apuntándome y todavía no he encontrado el momento en que esto haya empezado a no gustarme.
—No te muevas, Aleksei. Te lo advierto —lo amenazo mientras quito el seguro, respirando de forma entrecortada—. Dispararé.
Nuestros rostros están separados por apenas unos centímetros.
Tan cerca que su respiración empieza a volverse errática al compás de la mía, que puedo percibir cada una de las reacciones físicas de su cuerpo.
No está asustado. Ni un poco. Lo lógico sería que lo estuviese, incluso tratándose de alguien con su posición dentro de la mafia.
Un arma cargada apuntándote al pecho debería asustar a cualquiera.
A cualquiera menos a él.
Lo suyo es algo mucho más anómalo.
Está duro. Duro porque le estoy apuntando con una pistola que es suya. Por el roce de nuestros cuerpos a través de la ropa. Por mi furia asesina. Excitado como un animal, como si todo esto respondiese a un instinto primitivo.
Yo tampoco estoy mucho mejor. La presión de su polla contra mi clítoris provoca una descarga eléctrica que me humedece más deprisa de lo que es sano reconocer, especialmente si tenemos en cuenta que, en este espacio reducido, a miles de metros de altura, no hay ningún sitio adonde escapar.
Ni de él ni de mí.
—¿En serio? —pregunta con un tono que casi parece desafiarme—. ¿Lo harás?
Puedo distinguir el tic de su mandíbula tensa, oler el agua que le he tirado encima, su perfume y, debajo de todo eso, el rastro químico de los medicamentos para el dolor.
Debería ser suficiente para hacerme entrar en razón.
Para recordarme que bajo esa camisa empapada hay una herida cerrada con hilo y milagros, que ha estado a punto de morirse de verdad y que debería comportarme como una persona mínimamente cuerda, capaz de comprender que esto podría hacerle daño.
Pero no lo consigo.
No cuando el calor sofocante que desprende su piel parece decirme exactamente lo contrario.
Que siga. Que no pare ahora.
—Totalmente en serio, Volkov. Lo haré.
—Joder, Liliana…
Exhala pesadamente contra mi boca y eso no hace más que incitarme a acortar la distancia, despertando un ansia salvaje que se instala en mis venas y se mezcla con el cabreo y las ganas desquiciadas de permitir que haga conmigo lo que le dé la gana.
De hacer yo lo mismo.
Pero no cedo al impulso. Mi mente perturbada todavía conserva un ápice de coherencia y se empeña en recordarme que necesito respuestas, que esta es la única forma de conseguirlas y que Aleksei solo va a hablar mientras sea yo tenga el poder.
Que el poder, con él, nunca dura mucho.
Sin embargo, mis ojos rebeldes deciden desacatar las órdenes de mi cerebro. Abandonan su mirada oscurecida y descienden hasta sus labios húmedos, donde permanecen medio segundo más de lo necesario antes de volver a subir.
Error. Error garrafal.
Porque él lo ha visto. Lo ha registrado con esa precisión depredadora con la que parece analizar cualquier cosa que tenga que ver conmigo y ahora hay algo nuevo en su expresión.
Algo que se parece demasiado a una victoria.
Quiero rendirme.
¡Ni de coña!
—¿Vas a dispararme, cariño ? —pregunta, casi como si la posibilidad le hiciese gracia, aunque su voz suena más grave de lo habitual—. ¿Después de todo lo que pasamos para que no me muriera? Joder, pues va a ser verdad eso de que eres despiadada.
Lo escuchó.
Oyó a su amigo llamarme despiadada.
—¿Te incomoda, pequeño pakhan de la mafia? —me burlo en un intento patético de defensa, tratando de hacerlo enfadar mientras lucho por no ruborizarme.
No funciona.
—Ya te he dicho que no puedo decir que no me guste… —reconoce, consiguiendo que las mejillas terminen de arderme—. Pero con todo lo que lloraste, sería una pena que me muriese ahora. ¿No crees?
No puede ser tan capullo y cruel.
Sabe exactamente dónde golpear. Busca quebrar mi voluntad utilizando en mi contra la vergüenza y aquellas horas de pánico que pasé con las manos manchadas, rezándole a un Dios en el que ni siquiera creo.
Lo normal sería que la culpabilidad me consumiera, pero estoy tan cabreada que no siento ni una gota de empatía por su situación actual.
No cuando está empalmado mientras le apunto cerca del corazón.
No cuando puedo ver cómo se traga los gemidos y su pecho sube y baja intentando contener algo que no es dolor ni se le parece.
Y mucho menos cuando a mí también me excita, de una manera que prefiero no examinar demasiado, porque no puede ser sano que me ponga tanto tener el control sobre un hombre que, aparentemente, no puede defenderse.
¿Estamos mal de la cabeza? ¿Existe algún diagnóstico para dos personas que solo parecen entenderse con un arma de por medio?
Porque, de una forma u otra, las únicas veces que hemos conseguido hablar han sido así, por culpa de una pistola o de su contenido.
—Bueno, estás vivo. Tú mismo lo has dicho —le espeto en un susurro que intento hacer sonar firme, aunque la agitación de mi pecho me lo pone bastante difícil.
Aprieto el arma contra su camisa, pero él está tan confiado que tiene la audacia de deslizar las manos por mi piel, desde la parte exterior de las piernas hasta el interior de mis muslos desprotegidos.
Sus palmas, todavía húmedas por el agua, ascienden con una lentitud agónica, milímetro a milímetro, concediéndome todo el tiempo del mundo para detenerlas, para decirle que no quiero.
No lo hago.