Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #2
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Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando? #2

—Bueno, en realidad… —medita durante un instante, como si estuviese haciendo cálculos—. Son veintitrés horas y treinta y dos minutos, si nos ponemos quisquillosos. Puede que treinta y tres.

Abro la boca sin poder evitarlo.

—¿Lo has contado? —cuestiono, atónita.

Aleksei se encoge de hombros.

—Sí. ¿Qué pasa? —responde con naturalidad, como fuese algo que hace todos los domingos—. La espera se me ha hecho un poco larga. No tenía mucho más que hacer mientras te miraba.

He perdido un día entero de mi vida.

Un día.

Entero.

Espera un momento… ¿Ha dicho «mientras me miraba»?

Me llevo las manos a la cabeza. ¿Este hombre ha estado observándome dormir durante horas?

¿Por qué nadie me ha despertado? ¿Por qué no lo ha hecho él?

—¿Me he desmayado o qué…? —insisto, pero la voz se me apaga cuando empiezo a inspeccionar la estancia y descubro que las ventanas son pequeños óvalos—. ¿Aleksei?

—No es exactamente eso… —responde, bajando el tono de voz.

Parpadeo, esperando que continúe, pero no lo hace.

—¿Entonces? —cuestiono.

Aprieta los labios en una expresión que no me gusta en absoluto. Sus cejas se contraen durante un segundo y descubro en su rostro que está ocultándome algo.

—A ver, es difícil de explicar… —admite, sin borrar lo que casi parece una mueca de inquietud—. ¿Quieres agua primero? Debes de tener sed.

Esquiva el interrogante con una maestría casi legendaria. Quiero replicar, exigirle una explicación, pero estoy demasiado desorientada como para hacer otra cosa que no sea asimilar que, aunque me está ocultando algo, me siento aliviada.

Estoy lo bastante despierta para saber que esto es real, para comprender que, al menos, ha sobrevivido de verdad a aquel balazo.

Algo es algo.

Apoyo la espalda contra el cabecero de lo que ahora sé que es una cama y asiento despacio. Sí que tengo la boca seca, como si hubiese tragado toneladas de arena.

Claro que, obviamente, llevo veintitrés horas y treinta y tres minutos sin beber agua, si los cálculos de Aleksei Volkov no fallan.

¿ Qué clase de persona cuenta hasta los minutos?  Y, sobre todo… ¿Por qué eso me calienta las mejillas y otras partes del cuerpo?

Joder, eso da igual.

Está aquí, respirando. Ha estado  observándome durante horas. No es producto de mi imaginación perturbada.

—Estás vivo… —se me escapa en voz alta.

Estoy a punto de llevarme los dedos a la boca, para callarme, pero es demasiado tarde.

—Sí, eso me temo, nena. —Una especie de mueca se esboza en sus labios.

Hay algo jocoso en su voz, pero yo sigo tan absorta en el consuelo de tenerlo delante que lo siguiente vuelve a escapárseme, como si mi boca y mi cerebro todavía no hubiesen recuperado la conexión.

—No estoy soñando, entonces. Menos mal…

Una sonrisa se extiende por sus comisuras de una forma que no le veía desde hace años. Le transforma el rostro entero y provoca que algo  en mi pecho haga una cosa horrible que reconozco a la perfección, algo que ya hacía esa zona de mí cuando era adolescente.

Lo quiero. Ay no. Es cierto.

—¿Has estado soñando conmigo, preciosa? —sisea mientras se estira para ofrecerme un vaso de cristal—. ¿Y qué? ¿Te ha gustado el sueño? ¿He estado a la altura?

Estoy bebiendo, pero, cuando proceso lo que acaba de decir, el líquido se me va por otro lado.

¿¡QUÉ!?

Toso con fuerza, intentando recuperar algo parecido a la dignidad, o al menos el aire, mientras el calor me sube a las mejillas a una velocidad incandescente.

Él no hace absolutamente nada por disimular que le parece jodidamente gracioso. Es más, suelta una carcajada que consigue que desee que el suelo me trague y escupa en otro continente.

O mejor, en otro planeta.

Sí. Esa sería la única solución ahora .

—¿Perdón? —mascullo—. ¿Yo… yo he…?

No puedo terminar la pregunta. Noto los latidos golpeándome en la garganta y un calor insoportable abrasándome cada centímetro disponible del cuerpo.

¿Es que he dicho algo mientras dormía?

He estado inconsciente mucho tiempo y tengo antecedentes. Malos antecedentes. Si he soñado algo que no debería, estoy convencida de que lo he soltado todo en voz alta y él, con lo cerca que estaba, habrá podido escucharlo con lujo de detalles.

Dios mío, esto es mil veces peor que aquella vez que me pilló gimiendo su nombre .

Mis sueños son mucho más sombríos que eso… Y al menos aquella vez estaba un poco borracha. Tenía una excusa.

¿Ahora qué digo? « Perdona, Aleksei, es que me desmayé un día entero y mi subconsciente aprovechó, justo mientras decidías si te morías o no, para airear mis fantasías contigo sin pedirme permiso. Lo siento mucho ».

Lo miro de reojo, buscando en su expresión algo que me confirme o desmienta mis sospechas. Lo que sea. Pero simplemente espera que empiece a hablar sin que nadie pueda pararme.

No pienso darle esa satisfacción.

Necesito pensar en algo sensato que decir, alguna excusa, o, quizá, salir corriendo.

La última opción parece la más viable, así que me levanto de la cama de un salto. Sin embargo, en cuanto mis pies descalzos tocan el suelo, lo noto. Una vibración que asciende por el frío parqué.

Doy un par de pasos, frunciendo el ceño, y mi cabeza conecta de golpe todos los puntos. Las paredes, las ventanillas, la presión en los oídos…

No es una habitación rara. No me estoy volviendo loca.

Estamos volando.

Corro hasta uno de los óvalos y descubro un mar de nubes que se extiende bajo nosotros sin un solo punto de referencia que me permita averiguar dónde demonios estamos.

Me vuelvo hacia él muy despacio.

—¿Por qué estamos en un avión, Aleksei?

Pronuncio cada sílaba con una claridad que no admite evasivas, observándolo con una fijeza que espero que le transmita exactamente lo que todavía no estoy diciendo en voz alta. Él no aparta la mirada. Ni siquiera parpadea.

Permanece inmóvil, como si supiese que en cualquier momento voy a explotar y que no habrá nada que pueda calmarme.

Y tiene razón. Nada  va a tranquilizarme si está pasando lo que creo.

—Teníamos que salir de ahí.

Cinco. Malditas. Palabras.

—Teníamos… —Repito la palabra como si fuese un concepto abstracto, notando cómo la rabia empieza a ascender por mi cuerpo—. ¿Los dos?

Él asiente sin mostrar el menor resquicio de arrepentimiento.

—Tú y yo, sí.

¿Me está vacilando?

Tiene que estar haciéndolo, porque esa rotundidad no puede ser su estado normal. No puede ser que esto sea en lo que se ha convertido.

—¿Disculpa? Y eso lo hemos decidido… ¿cuándo? —insisto, dándole la oportunidad de explicarse—. ¿En algún momento que yo recuerde?

Silencio.

Sus ojos se entrecierran, como si empezase a comprender la gravedad del asunto.

—Estabas inconsciente, preciosa  —responde con una calma que me resulta insultante—. No podía preguntarte.

Inconsciente. No dormida, no.

Inconsciente .

—¿Y por qué estaba inconsciente, Aleksei?

Otra pausa, más corta, esta vez más breve, como si estuviese mordiéndose la lengua para no soltarlo todo de golpe. Pero, para su desgracia, los recuerdos llegan antes de que pueda responder.

Lo veo abriendo los ojos, el gato, la sonrisa de aquel psicópata, la aguja hundiéndose en mi brazo…

Todo.

Si se atreve a mentirme, voy a matarlo.

Juro por Dios que me da igual lo mucho que me alivie saber que todavía respira.

¡Voy a acabar con él!

—Liliana, llevabas muchas horas despierta, con la adrenalina disparada.

Ibas a colapsar y a morirte tú si no descansabas —se justifica con una suavidad que no admite réplicas—.

Viktor te puso un sedante porque se lo ordené, pero, al parecer, usó uno demasiado fuerte…

Ya le he dado una paliza por eso, no te preocupes.

¿Una paliza? ¿No te preocupes?

Me río.

No porque me haga gracia, sino porque esto es una puta locura.

Ordenó que me drogaran, no me dejó disfrutar ni un minuto de la tranquilidad de saber que había sobrevivido y, para colmo, me declaré antes de que perdiera el conocimiento y todavía no sé si llegó a escucharme porque, obviamente, ni siquiera me dio tiempo de averiguarlo.

Me ha arrebatado veinticuatro horas de mi vida, dejándome sin respuestas, simplemente porque a él le ha dado la maldita gana.

Perfecto. Así se hacen las cosas, sí. Totalmente lógico y racional. Como las personas civilizadas.

Me ha subido a un avión sin poder decidir. Sin saber qué piensa de lo que dije.

Pero, al parecer… Qué importa eso ¿no?

Es lo que debía hacerse según el puto gran futuro jefe de la mafia rusa.

—¿Me has secuestrado? —Mi voz sale extrañamente tranquila, demasiado para lo que siento por dentro y para todas las formas en las que estoy imaginando matarlo.

Debería preocuparse. Debería ser él quien saliese huyendo.

—A ver… ¿No? Técnicamente, al menos.

—¿Técnicamente? ¡Me has secuestrado! ¿Es eso?

—Esa es una palabra muy fuerte, Liliana. —Casi suena indignado, como si le lo estuviese acusando de algo horrible—. Te he sustraído de un ambiente peligroso . En contra de tu voluntad, sí, pero es muy distinto.

—¿¡Distinto!? —La calma se me rompe en mil pedazos. Doy un paso hacia la cama con la cólera quemándome la garganta—. ¿Me estás vacilando, Volkov?

—No, nena, te juro que no.

—¿¡Cómo que no!? ¡Me has drogado! ¡Me has metido en un maldito avión sin mi consentimiento y me has quitado un día entero de mi vida! ¿Te parece normal? ¿Cómo llamas tú a eso?

Aleksei se limita a observarme, ladeando la cabeza como si la situación casi le hiciese gracia. Y eso es lo que más me desespera, lo que hace que quiera volver a cruzarle la cara como aquella noche.

—Sustracción, te lo he dicho.

Respiro, pero el aire ya no parece llegarme a los pulmones.

—Aleksei…

—Es una distinción importante, Liliana. Te estoy poniendo a salvo.

Saint Virell no es seguro ahora mismo. Si te hubiera dejado en el condado, Petro o sus hombres te habrían encontrado —explica con tranquilidad, pese a que estoy a punto de cometer un homicidio y él va a ser el cadáver—.

¿Eso es lo que querías? ¿Te parece una decisión mejor?