Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando?
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Capítulo 22 ¿Qué diablos está pasando?

Lili

N o sé cuándo sucede.

No sé en qué momento dejo de soñar con lo que sea que estoy soñando y mi mente empieza a despejarse. Solo sé que ocurre despacio, sin permiso, como una sensación que se extiende en forma de hormigueo por cada rincón de mi cuerpo, hasta alcanzar las extremidades.

Creo que necesito dormir un poco más. Noto la cabeza pesada, como si me hubiese caído encima un ladrillo de doscientos kilos.

Una sensación casi idéntica a la del día de mi cumpleaños…

pero esta vez la confusión es peor. Como si el peso se hubiese instalado detrás de mis párpados y me impidiese razonar.

Dios, cómo me duelen las sienes.

Muevo los dedos y palpo una superficie robusta. Inconscientes, quieren sumergirse más en ese tacto, hasta que, de repente, algo aparece en mi cabeza.

Aleksei .

Su nombre hace que mis neuronas conecten de golpe y que el estómago me dé un vuelco violento.

Él se estaba muriendo. Le habían disparado .

El recuerdo me recorre como un mal augurio, erizándome el vello y helándome los huesos.

Estaba con él en la fiesta de compromiso.

Se estaba desangrando…

Me salvó .

Las imágenes llegan de golpe, como una avalancha empeñada en destrozarme la vida. Mi memoria lo reproduce todo como una película de terror rodada en primera persona, una que no puedo detener. Veo la sangre en mis manos, sus dedos soltándose de los míos, la desesperación...

A él, abandonándome de nuevo .

Veo al tal Viktor allí, sonriendo mientras hunde las manos en el cuerpo de alguien que todavía está vivo, disfrutando de ello, deslizando el bisturí sobre su piel…

Quiero vomitar .

No puede existir alguien tan mal de la cabeza. Nadie decente habría permitido que un tipo así se acercase al futuro pakhan de la mafia rusa…

¿Verdad?

Empiezo a dudar. Los recuerdos llegan fragmentados y todavía no consigo distinguir si Aleksei ha sobrevivido realmente a aquel disparo o si todo es una invención macabra de mi inconsciente.

¿Y si mi cerebro ha construido todo eso para protegerme del trauma?  Esas cosas pasan a veces, ¿no?

No sería la primera vez que mi cabeza hace algo parecido. No recuerdo prácticamente nada del accidente de mis padres, solo el olor, la sangre y la pólvora. Elementos que ahora también parecen situarlo a él  en aquel momento.

No… ¿Qué diablos iba a hacer Aleksei allí, aquella noche?

Durante un segundo, la imagen se parece menos a una invención y más a algo que siempre ha estado ahí, esperando.

La aparto.

Estoy mezclando acontecimientos traumáticos que no tienen nada que ver.

Es todo demasiado extraño.

¿Por qué estoy durmiendo si está vivo?

El miedo me atenaza las entrañas con tanta intensidad que casi prefiero continuar así antes que enfrentarme a lo que realmente ha sucedido.

Sin embargo, antes incluso de que consiga abrir los ojos, lo siento: la vibración ronca de su acento me llega desde algún lugar cercano a la mejilla y el cuello.

Como si estuviésemos conectados de una manera que trasciende cualquier explicación coherente.

Como si una parte de él supiera que oír su voz es precisamente lo que necesito.

Estoy despierta.

Intento convencerme de ello, pero las dudas se disuelven antes de que pueda formularlas porque lo escucho hablar… pero no entiendo una sola palabra.

Deduzco que está hablando en ruso o que he sufrido un accidente cerebrovascular y por eso soy incapaz de abrir los ojos.

No. No estaría pensando con tanta coherencia si fuese lo segundo.

— Da. Cherez nedelyu budem obratno, na sovet. Razbirayus' s portami i kontrabandoy … —masculla con seriedad, empleando una rudeza que no suelo escuchar en su voz—. Kogda vernёmsya — vypolnyu operatsiyu, kak dogovorilis' . [11]

No soy capaz de procesar por qué lo escucho tan cerca.

Solo sé que es Aleksei, que no puede ser nadie más.

Tiene esa cadencia tan suya que reconocería en cualquier parte, en medio de una multitud, dormida, muerta o donde fuese.

Aunque mi cabeza todavía no sepa muy bien dónde termino yo y dónde empieza todo lo demás.

Es él .

En el fondo, siempre lo ha sido.

Diablos, eso no es lo que debería estar pensando…

¿Dónde estamos?

Esa es la verdadera pregunta. Lo es porque no consigo calcular cuánto tiempo ha transcurrido desde el último recuerdo que puedo ubicar, ni en qué momento me he quedado dormida.

Solo sé que noto una presión extraña en los oídos, como si los tuviese taponados y estuviese atravesando un túnel.

¿Me estoy volviendo loca? ¿Estoy borracha? ¿Las dos cosas?

Pero si es así…

¿En qué momento he bebido?

Con toda la fuerza que consigo reunir, entreabro los ojos. La estancia no me da vueltas, así que deduzco que no estoy borracha, lo cual supone un alivio.

¡Gracias, Dios!

Porque tener problemas de alcoholemia involuntarios era lo último que me faltaba ahora mismo.

Bajo la mirada mientras mis párpados luchan por cerrarse de nuevo, pero consigo resistirme. Estoy tumbada, tapada y con la cabeza recostada sobre algo  que no reconozco. Recorro el espacio con los ojos y la garganta se me cierra.

Esto no se parece en nada al ático ni a ninguna habitación de aquel lujoso edificio. Las paredes son extrañas, la luz es distinta y todo resulta demasiado estrecho…

¿Qué diablos está pasando?

Sigo el sonido de su voz. Mis ojos se desvían hacia arriba casi por instinto, como si supiesen exactamente dónde buscar, y entonces lo veo.

El corazón parece detenerse durante un segundo. Está cerca, tan cerca   que lo primero que consigo distinguir es el azul frío de su mirada.

Oscuro. Profundo.

Vivo .

¿Es de verdad?

—¿Aleksei…? —Pronuncio su nombre, pero la voz me sale demasiado ronca, como si llevase días sin hablar, como si hubiese olvidado cómo se hace.

Baja el rostro hacia mí de inmediato y sus ojos se iluminan de golpe en cuanto se encuentran con los míos.

La expresión apenas le dura un segundo antes de que consiga dominarla, pero la veo.

Mierda, claro que la veo.

Le dije que lo quería… ¿Recordará eso? ¿Habrá llegado a escucharme?

El corazón, que hace un instante parecía haberse detenido, empieza a latirme de forma rápida y desordenada.

El alivio me recorre el cuerpo entero, mezclándose con algo a lo que todavía no sé ponerle nombre.

Una sensación que nace en el lado izquierdo de su pecho y se extiende como una oleada de calor hasta mi mejilla, haciéndome comprender dónde  estoy durmiendo exactamente.

Oh .

Esa cosa  robusta es él .

El pánico se apodera de mí cuando lo asimilo.

¡Estoy durmiendo sobre su pecho!

Intento moverme, incorporarme y separarme, pero su brazo izquierdo se cierra alrededor de mi cintura, impidiéndome escapar. Me mantiene pegada a él mientras me observa con una intensidad que podría partir este sitio por la mitad.

No dice nada. Simplemente me mira y, en ese silencio, parece haber mucha más información de la que soy capaz de procesar.

Maldita sea. ¿Qué ha pasado?

Es como si estuviese comprobando con sus propios ojos que estoy bien, mientras continúa hablando por teléfono en ese idioma que, por desgracia, no he aprendido por arte de magia mientras dormia.

— Ona prosnulas'. Yura, mne neinteresno chto ty khochesh' skazat'.  —Suena hastiado, como si le hubiesen interrumpido en el peor momento—. Ne meshay mne, poka ya sam ne pozvonyu . [12]

Cuelga y el teléfono vuela de su mano hasta caer sobre el colchón, justo a mi lado. Observo el aparato durante un segundo antes de volver a mirarlo a él, sin entender nada.

—¿Te he despertado, nena?

Sacudo la cabeza, intentando apartarme un poco, pero él no me lo permite. Me atrae todavía más hacia su cuerpo, como si el escasísimo espacio entre nosotros fuese un problema que necesitase resolver con urgencia, como si cualquier distancia, por mínima que fuera, le pareciera inadmisible.

Ni siquiera he conseguido asimilar lo que está sucediendo, mucho menos la intimidad de nuestra postura, cuando sus dedos ascienden y se enredan en mi cabello, acariciándolo despacio.

Escucho de nuevo su voz grave mientras deposita un beso suave sobre mi frente. Tan suave que casi podría convencerme de que lo he imaginado.

Tengo que haberlo hecho, porque, si no… Creo que voy a morirme.

El corazón me va a mil, golpeándome las costillas con tanta fuerza que me sorprende que él no lo note, porque juro por Dios que puedo escucharlo martilleándome los oídos.

—Perdóname. Puedo callarme si quieres seguir durmiendo… —Su voz resuena contra mi piel, provocándome un escalofrío—. Pero no te quites de aquí. Estoy cómodo. Quédate a mi lado.

¿Cómodo? ¿El hombre que hace un par de horas, o cuando demonios haya sido, se estaba desangrando en mis manos?

Niego con la cabeza.

Creo que me he despertado en una dimensión paralela.

—¿Dónde estamos, Aleksei? ¿Cuánto tiempo llevo dormida? —Las preguntas me raspan la garganta. Apenas consigo hablar de lo seca que tengo la boca.

Su tacto desciende hasta mi mejilla y el pulgar recorre la curva de mi pómulo, como si fuese lo más natural del mundo, como si llevase haciéndolo toda la vida.

—Casi veinticuatro horas, solnyshko .

No responde a mi otra pregunta. Sin embargo, ni siquiera consigo darle importancia, porque lo que sí dice me impacta de tal manera que el dolor de cabeza parece evaporarse ante la descarga de adrenalina que me recorre de arriba abajo.

Me incorporo de un salto, esta vez sin que pueda impedírmelo.

Creo que acabo de despertarme por completo y de descubrir, accidentalmente, que el pánico es un gran sustituto del café.

—¿Qué quieres decir con veinticuatro horas, Volkov? —le espeto, cruzándome de brazos para marcar una distancia que mi propio cuerpo ya empieza a echar de menos.

Me siento vulnerable… Dije demasiadas cosas, estaba durmiendo encima de él y ahora…

Él me observa desde abajo con esa calma desesperante, como si nada de esto fuese anómalo, mientras se acomoda contra el respaldo de… lo que sea en lo que estamos tumbados.

Estamos. Joder. ¿Y si me tiro por la ventana?