Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse. #4
—Bienvenido al mundo de los vivos, hermano… ¿Hacía calor en el infierno o se está bien? Digo, para cuando me toque —pregunta, y su voz tiene algo que pretende ser sarcasmo, pero no termina de conseguirlo. Se queda a medio camino entre una broma y un sentimiento al que no quiere ponerle nombre.
Aleksei no lo mira. No aparta los ojos de mí ni un segundo, apenas parpadea, como si estuviese analizándome, viendo a través de mí. Como si pudiera saber todo lo que he sentido mientras ha estado inconsciente.
—Nikolai… Quiero que prepares todo para lo que hablamos antes de la fiesta. Rápido. No quiero que él la encuentre mientras estoy en este estado.
El rubio pestañea varias veces, demasiado deprisa, observándolo como si acabase de decir algo en otro idioma.
Una auténtica locura. Después se vuelve hacia mí en busca de apoyo, como si esperase que yo también le dijese que es ridículo y que entre los dos pudiésemos hacer algo para detener lo que sea que pretende.
Pero lo cierto es que no entiendo un carajo. No comprendo nada de lo que está hablando y tampoco tengo espacio para intentarlo. Solo puedo pensar que está aquí, ahora, conmigo. Vivo.
—¿Te has vuelto loco, Volkov? —sisea, volviéndose hacia él—. Tienes puntos internos y una vía en el brazo. Llevas casi ocho horas inconsciente. Tienes que recuperarte o nada de esto servirá de una mierda.
—Lo haré allí. Ya estoy mejor. —Su voz suena débil, pero su tono no. Ese sigue siendo propio de alguien que ni siquiera contempla la posibilidad de que puedan llevarle la contraria—. Nos vamos en cuanto ella haya descansado lo necesario. Le prometí compensarla. No quiero que espere.
¿Qué?
—¿Compensarla? Aleksei, casi te mueres. No puedes compensar una mierda, no…
—Dragunov, cállate.
—¿Te ha afectado la hemorragia a las neuronas, tío? No estás bien.
—Dragunov… Estoy perfectamente.
—Volkov… No, no lo estás. Se te ha terminado de ir el cacahuete. Tiene que ser eso, que no te llega la sangre al cerebro.
Veo cómo Aleksei aprieta la mandíbula y el enfado comienza a reflejarse en su rostro.
—Sigue mis órdenes, Nikolai.
—Aleksei…
—Obedece o te disparo en los malditos huevos. Te lo sigo debiendo. Hazlo.
Nikolai abre la boca. La cierra. Vuelve a mirarme, como si yo pudiese hacer algo, como si en algún momento de esta noche me hubiese convertido en la persona razonable de este grupo disfuncional.
Técnicamente, no es un logro del que sentirse orgullosa.
El rubio deja caer los hombros, derrotado.
—Eres un desastre de ser humano, hermano —murmura, aunque ya está cogiendo el teléfono—. Te lo juro por todo lo que existe… No sabes hasta qué punto me tienes hasta los cojones. No hace falta que me los vueles, que ya me los tienes jodidos, ¿eh?
Marca un número y se marcha hacia el pasillo sin cerrar del todo la puerta. Lo escucho hablar en ruso, en voz baja, con esa clase de tono que uno emplea cuando está haciendo algo que no quiere, pero que tiene que hacer de todas formas.
Me quedo mirando a Aleksei. Él me devuelve la mirada y su expresión irascible cambia por completo, suavizándose como si el enfado de hace apenas unos segundos nunca hubiese existido. Me sonríe y consigue que parte de la tensión que llevo acumulando durante horas empiece a desaparecer.
Está vivo.
Está sonriéndome.
— Solnyshko…
Siento cómo el peso de las últimas horas cae de golpe sobre mis hombros, cómo los nervios, ahora que la adrenalina empieza a desaparecer, amenazan con hacerme colapsar.
Intento respirar mientras tomo su mano entre las mías y le acaricio los dedos, comprobando que ya no están tan fríos como hace unas horas.
Es real. Menos mal.
—Me has dado un susto de muerte, Volkov.
—Te había hecho una promesa, nena. Siempre las cumplo…
Lo ha cumplido. Es verdad.
Noto cómo las lágrimas caen por mis mejillas, cómo mi pecho sube y baja cada vez más deprisa y cómo, sin darme cuenta, comienzo a hiperventilar. Él se percata, pero no dice nada. Simplemente frunce el ceño con preocupación y hace un gesto con la cabeza que no consigo interpretar.
—Vale, cariño … tienes que prometerme que no te enfadarás.
—¿Qué? ¿Por qué?
Frunzo el ceño, demasiado abrumada por mis propios sentimientos como para comprender lo que está pasando, demasiado agotada para que me importe del todo. Solo me importa que está hablando. Que me ha dicho cariño . Que no me ha abandonado.
—No me odies, solnyshko …
Abro la boca, cada vez más confundida, incapaz de recuperar el ritmo normal de mi respiración.
¿A qué se refiere?
Tengo tantísimas cosas que decirle que me duele el pecho y me arden los pulmones, pero las palabras no consiguen salir de mi garganta. No lo hacen porque noto algo hundirse en mi brazo sin avisar.
Vuelvo la cabeza hacia un lado.
Una aguja.
Y ese tipo...
Viktor .
Con la expresión más sádica del mundo, como si clavarme algo en el brazo fuese el paso más lógico.
Lo normal.
Como si fuese lo que ha estado deseando hacerme durante toda la noche.
—Qué diab…
Los ojos de Aleksei, que ahora parecen casi aliviados, son lo último que veo antes de que todo se vuelva oscuro.
Y de que el pecho deje de dolerme.