Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse. #3
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Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse. #3

Sí, ha llegado, se ha puesto a mi lado sin decir nada, sin mirarme ni hacerme preguntas, con los ojos clavados al frente y la mente en algún lugar al que no he tenido acceso.

Yo tampoco he abierto la boca. No porque no tuviese nada que decir o porque no me atreviese, sino porque su silencio ha sido lo más honesto que alguien me ha ofrecido en horas.

Él, al menos, ha respetado mi decisión y lo valoro. Lo hago hasta que, en un momento dado, me mira de reojo y escucho su voz:

—Va a estar bien —suelta de golpe, como si llevase un rato debatiéndose entre decirlo o no—. Por si te sirve de algo saberlo… Lo conozco desde que teníamos doce años y ese hombre es demasiado terco para morirse sin permiso. No va a hacerlo.

Una pequeña sonrisa asoma a mis labios y lo único que consigo hacer es asentir.

Tengo la impresión de que está intentando convencerse a sí mismo más que tranquilizarme, pero no digo nada.

Simplemente dejo que el silencio vuelva a envolvernos y que mis pensamientos catastróficos sigan desfilando sin control por mi cabeza, hasta que el hombre de pelo largo y castaño, cubierto de tatuajes, aparece corriendo frente a nosotros.

El rubio y yo alzamos la vista al mismo tiempo. Él mantiene el semblante serio; yo siento que el corazón a punto de partírseme dentro del pecho.

—Volkov ya ha salido de reanimación. Lo suben aquí en un momento —informa Misha con un tono formal.

Lo mantiene hasta que me mira y algo en su expresión se suaviza—.

Tu sangre ha ayudado mucho, Liliana. Llegó a tiempo.

Ahora solo tenemos que esperar a que abra los ojos.

¿De acuerdo? Todo va a estar bien. Confía en él, es fuerte.

Asiento y los orbes se me llenan de lágrimas que ya no tengo fuerzas para derramar.

Solo se quedan ahí, acumuladas, esperando.

Esperando a que las noticias sean definitivas.

Buenas de verdad.

Ha pasado otra hora y media silenciosa.

Aleksei todavía no ha despertado y Nikolai continúa a mi izquierda, esperando. Somos las únicas personas a las que se les permite permanecer aquí; los demás aguardan fuera de la habitación, también callados, y eso no hace más que revolverme las entrañas.

¿Y si no despierta?

Esa es la pregunta que más se repite en mi cabeza, pero intento ignorarla mirando a quien ahora sé que es amigo del hombre que quiero.

También parece inquieto. Sin embargo, no se ha movido ni ha dicho nada. Simplemente permanece ahí, con el móvil en la mano, intentando disimular su preocupación sin conseguirlo del todo.

Es bastante transparente para ser alguien de este mundo. Los demás parecen mucho más ajenos a esto, pero él… Es casi como si sintiese lo mismo que yo, como si la posibilidad de que Aleksei no vuelva a abrir los ojos lo aterrase de verdad.

Todo el mundo aquí es tan frío que he llegado a plantearme seriamente si soy yo quien tiene un problema, pero, por lo visto, afortunadamente no es así.

Son los demás, que son jodidamente insensibles.

Inhalo profundamente y el gato, que literalmente ha aparecido de la nada, se estira sobre mi regazo y me observa como si me quisiera, como si me conociese desde hace mucho más de noventa minutos. Le devuelvo la mirada durante un segundo antes de dirigirla de nuevo hacia Aleksei.

Sube y baja. Respira. Bien.

El alivio me golpea brevemente.

—Esa cosa odia a todo el mundo menos a ti —masculla Nikolai, rompiendo el silencio.

—¿El gato o Aleksei? —pregunto, desconcertada.

Sus ojos se desplazan hacia mí con un brillo casi divertido.

—Ambos, al parecer.

Aprieto los labios, un poco avergonzada.

Ni siquiera sé bien cómo es Aleksei con el resto del mundo.

—He asumido que es suyo, ¿sabes? —murmuro mientras acaricio al animal, que se da la vuelta hasta quedar panza arriba, disfrutando de las caricias—. Se le parece.

Nikolai me mira como si acabara de decir una barbaridad. Lo cual me molesta un ápice, teniendo en cuenta que tiene un amigo que habla de fabricar muebles con cuerpos humanos.

—¿Por la cicatriz en el ojo? Joder, Moretti, eso es supercruel por tu parte.

El calor me sube de golpe a las mejillas y niego, escandalizada.

¿Cómo es que se sabe hasta mi apellido?

—¡No, claro que no! ¿Por qué iba a decir algo así?

—No sé, tú dime. —Se encoge de hombros, lanzando su teléfono al aire y atrapándolo al vuelo—. Razona tu respuesta o pensaré que eres despiadada.

¿¡Qué!?

—¡Dios, no! Es solo… ¿El carácter? No sé. —Sacudo la cabeza, notando cómo me tiemblan un poco las piernas—. Es… esa forma de instalarse en sitios a los que nadie lo ha invitado como si fuesen suyos. Es una tontería, lo sé. Estoy nerviosa. No me hagas caso.

Dios, qué maldita vergüenza.

Me dan ganas de pegarle un puñetazo por hacerme pasar este mal rato cuando estoy tan preocupada.

¿Y si Aleksei lo ha oído y piensa que no me gusta su cicatriz? Me parece muy sexy, pero claro… No puedo decírselo así como así.

El rubio suelta un sonido que no llega a convertirse en carcajada, como si estuviese escuchando mis pensamientos, y vuelve la mirada hacia el animal blanco y negro con algo que se parece al cariño, aunque claramente no tiene intención de demostrarlo.

Creo que él sí sabe de dónde ha salido el felino y la historia detrás, pero no me lo cuenta.

—Tienes razón. Es como si el jodido Aleksei Volkov pudiera convertirse en un gato mientras está inconsciente. Lo que me faltaba por ver hoy. Su obsesión alcanza límites sobrenaturales...

Obsesión .

El corazón se me acelera.

Sonrío un poco mientras Nikolai acerca la mano al gato con cautela, pero este resulta ser más rápido.

Mucho más. Le suelta un zarpazo y le bufa antes de que tenga tiempo de reaccionar, acurrucándose más entre mi regazo y mi brazo con una posesividad que, en otro momento, me habría hecho reír a carcajadas.

—¿Lo ves? —Nikolai señala al animal con las manos, genuinamente ofendido—.

Eres malo, Scar . Te voy a vender a los del kebab de la esquina y te van a meter en un pan pita.

—Su voz suena casi infantil mientras le habla—.

Sí, sí… Sí que lo van a hacer. Te van a comer… Vas a ser un rollo de carne giratorio…

Lo miro horrorizada y abrazo al gato por puro instinto, protegiéndolo de esta persona que claramente está mal de la cabeza.

Joder. ¿Es que no hay ni uno normal entre los amigos de Aleksei?

Al pobre animal le falta un ojo. Bastante habrá sufrido ya en su vida para ser una criatura tan pequeña, para…

—Te mato si tocas al bicho, Dragunov  —escucho una voz débil procedente de la cama.

Doy un respingo .

Mi cuerpo reacciona por inercia, mis ojos se llenan de lágrimas y el gato sale disparado de mi regazo, protestando por el movimiento brusco, mientras yo dejo de respirar.

Dejo de hacerlo porque lo estoy oyendo, porque está… Está…

Está vivo .

Me vuelvo hacia Aleksei con el corazón golpeándome las costillas de una forma que no tiene nada de relajada, que no se parece en absoluto a la calma que me han prometido que sentiría.

Creo que la que va a morirse ahora soy yo. Voy a hacerlo porque tiene los ojos entreabiertos. Está pálido, con el brazo conectado a las vías y fingiendo que se encuentra mejor de lo que está.

Pero me está mirando.

Me está mirando. A mí. Tiene los ojos abiertos.

No se ha ido. No de nuevo. No para siempre.

Me quedo paralizada un instante, solo uno, intentando asimilar ese hecho.

Es una sensación que ocupa todo el espacio disponible dentro de mí, que no deja sitio para nada más y me oprime los pulmones hasta hacerme querer sollozar, aunque llevo tantas horas haciéndolo que ya ni siquiera sé si me quedan fuerzas.

Doy un paso hacia la cama, después otro y finalmente me detengo porque no sé qué hacer con las manos ni con mi cuerpo.

No sé qué decirle, cómo convertir en palabras todo lo que lleva horas acumulándose en mi interior.

No sé cómo aparentar despreocupación y, al mismo tiempo, hacerle entender que casi me da un infarto cerebral de tanto esperar, de tanto no saber, de tanto pensar.

De imaginarme una vida que solo ha existido en mi cabeza.

No digo nada. Los labios me tiemblan mientras lo observo con los ojos llenos de todo aquello que soy incapaz de expresar, y él me devuelve la mirada con esa expresión suya que nunca he sabido leer del todo, pero que ahora, después de esta noche, creo que empiezo a comprender un poco mejor.

Él también me quiere. Casi se muere por salvarme.

¿Es eso? Significa eso, ¿cierto?

Nikolai carraspea desde su sitio, interrumpiendo mis pensamientos.