Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse. #2
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Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse. #2

Me quedo mirando a Misha, preguntándome si él también siente este miedo o si, en el mundo al que pertenece, esa posibilidad ni siquiera existe.

—¿Tú confías en él? —pregunto con la voz rota—. De verdad… ¿Confías en que puede salvarlo?

Misha no responde de inmediato. No me dice que sí sin pensárselo, y eso —que no mienta, que no me dé lo que quiero oír solo para conseguir que me calle— es lo único que hace que esté a punto de creerlo cuando finalmente abre la boca.

—Sí.

Una sola palabra. Sin adornos.

—Si se muere… —empiezo, y las palabras salen sin que pueda detenerlas—. Si se muere, pienso mataros a todos.

Lo digo en serio. No sé cómo lo haré, pero no me importa.

—No se va a morir —me interrumpe Misha.

Sin embargo, hay algo en su voz que se parece demasiado a una súplica para ser una certeza, y eso termina de destrozarme. Porque significa que él tampoco lo sabe. Que ninguno de nosotros tiene la menor idea de lo que va a ocurrir.

Descubro que estamos todos aquí, rezando por algo que quizá nunca llegue a suceder. Que la posibilidad de tener que enterrar al único hombre al que he sido capaz de amar es cada vez más real.

Caigo de rodillas sin decir palabra.

Contemplo durante un instante mis manos y después aparto la mirada, incapaz de seguir haciéndolo, de pensar en lo que significa, en todo lo que ha sucedido y en la cantidad de cosas que han cambiado durante las últimas horas para que, a pesar de ello, ahora no sirvan de nada.

Absolutamente de nada.

Nada cambia el hecho de que él me está dejando.

Los observo trasladando a Aleksei hasta la encimera con una eficiencia que me revuelve el estómago.

No parecen seres humanos, no dan la impresión de sentir nada.

Sobre todo Viktor, que empieza a trabajar con una rapidez metódica, arrancando de un solo tirón lo que queda de la camisa que Aleksei llevaba atada alrededor del torso.

El de los ojos claros coge un instrumento afilado y lo hunde en la piel de Aleksei sin esperar, sin vacilar siquiera un segundo. Apenas parpadea. Sonríe mientras la piel se abre y eso me hiela los huesos de una manera que sé que jamás conseguiré olvidar.

¿Qué cojones le pasa?

Tengo que dejar de mirar. Lo sé. Debería apartar los ojos, fijarlos en la pared, en el suelo o en cualquier otro lugar, pero no puedo.

Soy incapaz de dejar de observar las manos de Viktor trabajando sobre el cuerpo de Aleksei, de obligarme a mirar hacia otra parte, hasta que Misha toma la decisión por mí.

Se pone delante y bloquea mi vista.

—Oye… —Se agacha hasta quedar a mi altura y me mira a los ojos—. Si Aleksei se entera de que te he dejado ver esto, da igual que se muera. Me va a arrastrar de los pies hasta el infierno mientras duermo y me matará.

No me río.

No puedo hacerlo, pero hay algo en ese intento torpe y desesperado de bromear que termina de romperme de una forma distinta a todo lo anterior. Porque significa que a él también le importa, que detrás de esa aparente tranquilidad hay algo que tampoco sabe dónde colocar.

Rompo a llorar de nuevo poder contenerme un segundo más.

No es un llanto bonito ni silencioso. Es de esos que duelen en el pecho y en la garganta, que arde en los pulmones. El tipo que lleva demasiado tiempo acumulándose y que ya no tiene sentido intentar reprimir.

Me tiemblan los hombros. Me tiembla todo.

—Eres lo único que le importa a ese hombre —dice Misha, bajito, casi como si estuviese confiándome un secreto—. ¿Lo sabes? Lo único . No va a morirse con todo lo que hay en juego. Lo conozco.

Quiero creerle. Dios, quiero creerle con todas mis fuerzas.

Pero pienso en sus dedos soltándome, en su cabeza cediendo hacia un lado, y no puedo.

—Necesitamos más sangre —anuncia Viktor sin levantar la mirada—. Ha perdido demasiado. Voy a utilizar una técnica para detener la hemorragia mientras llega Belementov, pero necesita más. Una bolsa no es suficiente.

—No hay más… ¿Qué vas a hacer exactamente?

—La maniobra de Pringle  —responde, como si todos supiésemos a qué se refiere, aunque enseguida se apresura a explicarlo—.

Voy a ligar la vena del hígado con el conducto biliar para detener la hemorragia.

Puede darnos algo de tiempo, quizá el suficiente para que llegue el de la cabeza alargada, pero necesito sangre para estabilizarlo o se morirá de todas formas.

Algo de tiempo.

Me aferro a esas palabras, repitiéndolas mentalmente, intentando que signifiquen algo distinto de lo que realmente significan. Intentando convertirlas en esperanza.

Misha mira a su alrededor como si esperase que la sangre apareciera de la nada y yo permanezco inmóvil durante un segundo, con el cerebro trabajando a una velocidad que no reconozco.

Y entonces llega.

Era pequeña y papá me llevó al médico. Me explicó mi grupo sanguíneo con esa forma suya de contarme las cosas importantes, como si fuesen aventuras, como si todo lo que necesitase saber en la vida pudiera convertirse en algo que no diese miedo

—Si algún día hay una emergencia, recuerda esto, Lili. Cero negativo. Puedes ayudar a casi cualquier persona del mundo con tu sangre. Como una superheroína.

Papá...

No sé si es un recuerdo, una señal o simplemente mi cabeza buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse, pero me pongo de pie despacio, con las rodillas todavía temblorosas, el llanto atascado en la garganta y un agradecimiento en la punta de la lengua dedicado a un hombre que lleva siete años enterrado.

—Mi grupo sanguíneo es compatible con el suyo. —Mi voz suena firme, de una forma que no esperaba—. Soy cero negativo.

El silencio dura exactamente un segundo.

Misha me observa, intentando procesar lo que acabo de decir. Viktor levanta los ojos por primera vez desde que ha empezado a trabajar y me examina de arriba abajo con una expresión que no sé descifrar. No sé si está evaluándome, si lo he sorprendido o qué mierda se le está pasando por la cabeza.

No me importa.

—¡De puta madre! —Es la primera vez que su voz muestra algo parecido a una emoción—. Ven aquí, señorita donante universal . Vamos a hacer que sirvas para algo más que llorar.

Me acerco sin dudarlo.

Si mi sangre puede salvarlo, que la tome. Toda. La que haga falta.

No me importa cuánto.

No me importa lo que pueda pasarme a mí mientras él siga aquí, conmigo.

No me importa nada mientras Aleksei Volkov no se permita el lujo de romperme el corazón y morirse antes de cumplir todo lo que me ha prometido.

Extiendo el brazo y, por primera vez desde que sus dedos se han soltado de los míos, siento que estoy haciendo algo.

Que no me limito a esperar a que el mundo decida por mí.

Que estoy peleando de nuevo.

Por nosotros. Como él lleva haciendo toda la noche.

Han pasado siete horas.

Hace seis horas y cuarenta y cinco minutos que llegó el médico de verdad, que se llevaron a Aleksei una planta más abajo y lo sometieron a una operación en condiciones.

Desde entonces, nadie me ha dicho nada concreto, nada a lo que pueda aferrarme con las manos y convertir en una certeza.

Nada.

Solo respuestas vacías como «están trabajando»  o «todavía     es pronto para saber algo»,  seguido de miradas que esquivan la mía con una habilidad que me pone enferma.

Al menos, por lo visto, la técnica de ese psicópata funcionó. Consiguió controlar la hemorragia y darle más tiempo. Eso sí me lo han confirmado.

Aunque, a decir verdad, el tal Viktor no ha parado de decir cosas que preferiría no haber escuchado y que ahora soy incapaz de sacarme de la cabeza.

Es como si hubiese decidido mostrar su verdadera personalidad después de que, a su parecer, la tensión disminuyese un poco.

Es una persona de lo más bizarra y he tenido que alejarme físicamente de él para no seguir escuchándolo, porque existe un límite de lo que una persona normal puede procesar en una noche y yo lo he superado hace horas. Con creces.

¿Qué es eso de que quiere sus huesos? ¿Qué es eso de qué si quiero una lámpara en caso de que las cosas salgan mal? ¿Quién dice algo así? ¿Quién lo piensa siquiera?

Me da asco y miedo a partes iguales.

No entiendo cómo Aleksei puede querer a alguien así en su equipo, pero, en fin, estuvo presente durante la operación porque necesitaban ayuda extra y ese ser era lo único que tenían disponible.

Y se lo agradezco… De verdad. Con cada parte de mí que todavía es capaz de sentir gratitud, pero preferiría que no hubiese tenido que estar hurgando en el cuerpo de la única persona que me importa.

Preferiría no tener que estar agradecida a alguien que sonríe mientras abre la piel del hombre que ha sido la única constante en mi vida.

A mí no me dejaron estar. Y yo no estoy tan pirada.

Aunque pensándolo bien… debería de haberme vuelto loca.

Es más, no sé cómo no he empezado a romper cosas hasta perder completamente el control.

No sé cómo he sido capaz de quedarme quieta mientras veía cómo se lo llevaban por aquel pasillo, sin poder hacer nada más que permanecer allí, de pie, con el brazo vendado y el estómago revuelto, contemplando cómo una puerta volvía a cerrarse entre nosotros.

Otra vez.

Como siempre. Como durante toda nuestra existencia maldita.

Desde entonces, el tiempo ha transcurrido de una forma que no reconozco, como si las horas hubiesen dejado de tener el mismo peso de siempre y cada minuto durase lo que le diese la gana.

No he podido hacer mucho más. Me han pedido que coma, que duerma, pero me he negado.

A pesar de que llevo casi veinticuatro horas despierta, no he sido capaz de hacer ninguna de las dos cosas.

Solo he conseguido permanecer sentada en el pasillo, con la espalda apoyada contra la pared y los latidos retumbándome en la garganta, hasta que ha llegado Nikolai.

Venía cubierto de sangre, con la ropa sucia y desgarrada a causa de un disparo en el brazo al que nadie ha prestado atención, ni siquiera él mismo.

Creo que ni siquiera lo he visto mirar la herida. Solo la pared.