Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse.
60%

Capítulo 21 Hay promesas que no pueden cumplirse.

Lili

S us dedos se aflojan, despacio.

No de golpe, no como en las películas. Simplemente me suelta, como si su cuerpo hubiese tomado una decisión sin consultarle, sin pedirle permiso, como si después de estos treinta y cinco minutos luchando por mantenerse consciente se hubiese rendido y a nadie le hubiese parecido necesario avisarme de que eso podía ocurrir.

Me abandona .

Veo cómo su cabeza cae hacia un lado y el movimiento me parte por la mitad. Lo hace antes de que consiga procesarlo, antes de que pueda darle un nombre a lo que está sucediendo y convertirlo en algo real.

No. Me estaba hablando. Hace un segundo, él…

Estaba haciéndolo.

—Aleksei.

Nada .

Espero que alguien me corrija. Que alguien entre por esa maldita puerta y me grite que me he equivocado, que soy estúpida, que estoy malinterpretándolo todo y que va a abrir los ojos para mirarme con esa expresión suya que siempre me ha molestado. Esa por la que ahora mismo daría cualquier cosa.

Pero no lo hace.

Nadie lo hace.

¿Por qué no? ¿Por qué nadie me dice que es una broma?

El silencio es absoluto, tanto que parece ocupar cada rincón del enorme salón.

No lo oigo respirar. No lo oigo hacer nada.

Solo me escucho a mí misma, sollozando, y es el sonido más horrible que he oído en mi vida.

Siento ganas de vomitar.

El dolor llega sin avisar, de la misma manera en que él acaba de soltarme. Se me mete dentro y se queda ahí, sin dejarme ninguna posibilidad de escapar. Me ahogo en él, incapaz de pensar en otra cosas que no sea esto.

Le he dicho que lo quiero… Que llevo toda la vida esperándolo.

Se lo he dicho. Maldita sea.

Se lo he dicho y ni siquiera sé si ha podido escucharme. Y ahora… Ahora su mano está fría entre la mía y yo continúo apretándola como si eso fuese a cambiar algo, como si el calor de mis dedos pudiera devolverle algo que ya no está.

No puede haberse ido.

No así.

No sin cumplir lo que me ha prometido.

—Aleksei. —Lo sacudo con ambas manos, primero despacio y después con una fuerza que nace de la desesperación—. ¡No, por favor! Abre los ojos. ¡Ábrelos ahora mismo! Me has prometido que no ibas a hacer esto, me lo has prometido, así que…

Comprendo mucho antes de lo que me gustaría que hay promesas que no pueden cumplirse.

No. No, él no puede… No.

La puerta se abre de golpe con un estruendo que me hace sobresaltarme.

Entran dos hombres corriendo. Uno parece preocupado; el otro muestra una indiferencia tan absoluta que temo que sea un enemigo.

Reconozco a uno de ellos: estaba al lado del rubio durante la reunión.

Misha, creo. Es quien me ha explicado por teléfono cómo ponerle la vía a Aleksei, aunque después haya tenido que ser él mismo quien volviera a indicarme cómo hacerlo.

¿Y si todo es mi culpa? ¿Y si no la he puesto bien?

¿Y si por eso está…?

No puedo ni pensarlo.

Solo consigo fijarme en que no me gusta la expresión del hombre que acompaña al del pelo largo. Su semblante permanece tan serio, tan inexpresivo, que casi parece estar contemplando un objeto inerte en lugar de a un amigo desangrándose.

¿Es que solo yo entiendo que está pasando?

Se acercan hasta Aleksei sin decir nada. El de la cicatriz lo examina durante un segundo y después hace algo que me paraliza: coloca dos dedos sobre su cuello y permanece inmóvil.

No dice nada.

Y yo dejo de respirar.

Misha tampoco habla. Ambos intercambian una mirada que apenas dura un segundo, aunque a mí me parece una eternidad. Intento encontrar algo en sus rostros, cualquier cosa que me permita comprender qué está ocurriendo. Una señal, un gesto, lo que sea.

Pero no encuentro nada.

No tienen nada dentro.

—¿Qué? —consigo preguntar, porque el silencio me está destruyendo—. ¿Qué pasa? ¿Está…? ¡Decid algo!

El de la cicatriz no me mira. Mantiene los dedos en el cuello de Aleksei, con los ojos entornados, concentrado en algo que no puedo ver ni comprender.

Yo apenas consigo permanecer de pie, con las manos cubiertas de su sangre y el corazón golpeándome las costillas como si quisiera abrirse paso a través de ellas.

Dios, por favor.

Por favor, no.

Retira los dedos despacio. Los observa durante un segundo y después levanta la mirada hacia Misha.

Estoy a punto de desmayarme por la angustia y esa sensación tan insoportable que se ha gestado en mi cuerpo cuando su voz, inesperadamente, me ofrece una esperanza que se desvanece casi tan rápido como aparece.

—El jefe está casi muerto. No sé si podemos hacer algo. El pulso es débil e irregular —informa con la misma entonación con la que alguien comentaría un partido.

Algo en mí se rompe de una forma que no tiene nombre. Sus palabras me llenan de alivio durante un instante, solo para arrebatármelo en el siguiente suspiro.

Está vivo .

Pero apenas, y no sé cuál de las dos cosas me hace más daño.

No sé si aferrarme a lo primero o derrumbarme por lo segundo. No sé nada, salvo que mis piernas amenazan con dejar de sostenerme y que tengo que respirar,porque, si no lo hago, terminaré desplomándome en el suelo. No puedo hacer eso.

Débil e irregular.

No.

Eso no es bueno.

¿Cuánto es débil?       ¿Cuánto tiempo?

Sus palabras me golpean en lugares que ni siquiera sabía que podían doler.

—No, no puede… Él me ha dicho que iba a… Él…

El hombre que acaba de anunciar que Aleksei está prácticamente muerto se vuelve hacia mí y me examina durante un segundo, como si fuese un dato que necesita procesar y no una persona que está sollozando a dos metros de él,  con las manos todavía cubiertas de sangre.

—¿Ella es por quien el jefe está así? —pregunta, ignorándome por completo—. Interesante persona por la que morir, supongo.

El golpe llega antes de que pueda anticiparlo. Y lo peor es que no lo dice con crueldad.

Lo dice como si yo fuese una simple variable dentro de una ecuación que no le despierta el menor sentimiento.

Me duele. Me duele mucho más que si me hubiese gritado o golpeado, porque no encuentro nada que rebatirle, porque, de alguna manera retorcida, tiene razón y los dos lo sabemos.

—Viktor… No puedes decir eso —susurra el otro, aunque lo oigo—. Es insensible.

—¿Ah? ¿En serio? Pues lo siento.

Pero es cierto.

Sollozo sin importarme lo vulnerable que estoy mostrándome, porque tiene razón. Es culpa mía. Si ese disparo me hubiese alcanzado a mí, si no existiese la maldición, si yo no…

Si yo no existiese, Aleksei estaría de pie ahora mismo.

—Apártate —me ordena Misha, apoyando ambas manos sobre mis hombros, empujándome hacia atrás con una firmeza que no admite negociación.

Una chispa se enciende en mi interior.

No. No pueden quitármelo .

Me niego.

—¡No me voy a apartar! —Me zafo con un movimiento brusco y lo empujo, preparándome por si tengo que pelear con ellos.

No parece importarles Aleksei y no consigo comprenderlo. No entiendo cómo pueden moverse con semejante calma, como si el tiempo no se estuviese agotando, como si no se estuviese muriendo de verdad.

—¿Le disparo  en la pierna?

—Quieto. Déjamelo  a mí.

Misha aparta al de la cicatriz y vuelve a sujetarme, obligándome a retroceder con una fuerza de la que soy incapaz de escapar. Eso me desespera todavía más: que sea más fuerte que yo, que no pueda hacer nada para impedirlo y que lo único que me quede sea gritar.

—¡No puedes hacerme esto! ¡Es Aleksei, está…!

Las palabras se me atascan en la garganta porque, de pronto, no consigo respirar. Por encima del hombro de Misha alcanzo a ver el rostro de Aleksei, tan pálido, tan inmóvil, tan distinto de todo lo que conozco de él que algo en mi interior termina por rendirse.

Aleksei nunca está quieto.

Aleksei llena los lugares, incluso cuando no habla, cuando está enfadado o cuando decide ignorarme. Hay algo en él que siempre se hace notar, una presencia que parece adueñarse de todo el espacio a su alrededor sin necesidad de que haga absolutamente nada.

Ahora no queda ni rastro de eso y es lo más aterrador que mis ojos han presenciado jamás.

No. No puedo soportarlo.

—Liliana. —La voz de Misha baja una octava, casi compasiva—. Si no te apartas, Viktor no puede trabajar. Tenemos que moverlo para intentar salvarlo. ¿Lo entiendes? Queremos ayudarlo.

Lo dice como si yo no quisiera exactamente lo mismo. Como si fuese yo el problema.

¿Lo soy?

—¿Es médico? —pregunto, porque, honestamente, no lo creo.

Ambos intercambian una mirada, como si estuviesen debatiendo qué responderme, hasta que finalmente escucho sus voces al unísono.

—No.

—¿Entonces?

—No quieres saberlo.

Mi cuerpo tiembla de una forma que ya no puedo controlar. La ira y el miedo se fusionan en algo que no sé cómo llamar, algo irracional y desesperado que no tiene ninguna salida.

Empujo a Misha de nuevo, una vez, dos, tres.

Él se deja, sin oponer resistencia, como si comprendiese que necesito sacar todo esto de alguna manera y que, si no lo hago, voy a explotar.

Como si supiera que, si intenta detenerme, terminaré convirtiéndome en otro problema que ahora mismo no tienen tiempo de solucionar.

—¡Necesita un médico de verdad! ¡Necesita un hospital, necesita que alguien le ayude de verdad y no un hombre que parece salido de Psicosis… !

—Nosotros no vamos al hospital, Liliana. —Misha me sujeta para detenerme, pero me suelta casi de inmediato—. Escúchame. Reznik no es médico, pero ha abierto más cuerpos que muchos cirujanos. Confía en él. Por favor. Es lo único que tenemos.

Lo único que tenemos.

Esas cuatro palabras caen sobre mí y me aplastan el pecho de una forma inequívoca. De una forma que no tiene nada que ver con el miedo que he sentido hasta ahora.

No puedo confiar.

No sé cómo se confía en un momento como este. No cuando Aleksei permanece con los ojos cerrados y ese hombre que me da tanto miedo está sacando instrumentos de una bolsa y limpiando la encimera de mármol con alcohol, con una tranquilidad que me mortifica.

¿ Cómo puede estar alguien tan sereno ahora mismo? ¿Cómo puede el mundo seguir siendo el mismo sitio que hace una hora?

No lo es. No puede serlo.

Ahora es mucho peor.