Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos. #5
—Dos guantes. Átalos —consigo indicarle, recurriendo a frases cada vez más cortas—. Rodea esa parte con ellos. Después, verás la vena.
No estoy explicándoselo bien. Soy consciente de ello, pero parece comprenderme a pesar de todo. Sigue mis indicaciones como si no necesitásemos palabras para comunicarnos, como si compartiésemos un idioma propio, mucho más complejo que cualquier otro. Uno que solo nosotros dos sabemos hablar.
—La veo… —Las lágrimas caen sobre mi antebrazo, pero no puede secárselas, tiene ambas manos ocupadas.
Paso los dedos hasta su rostro y consigo recoger algunas con la fuerza que todavía conservo.
Odio que sean por mi culpa.
Inhalo con dificultad, luchando por darle las últimas indicaciones:
—El catéter. En ángulo. Despacio. Cuando veas sangre en el tubo, para.
Se hace el silencio, interrumpido únicamente por el sonido de sus manos trabajando y el castañeteo de sus dientes.
No lo consigue a la primera, como es lógico. Veo cómo la frustración empieza a apoderarse de ella mientras lo intenta de nuevo, pero el único dolor que puedo sentir es el de contemplarla tan angustiada por no poder hacer algo para lo que nadie la ha preparado.
Es la primera vez que hace esto.
Y, encima, la persona a la que intenta ayudar se está muriendo.
—Respira, solnyshko .
Ella levanta la mirada hacia mí y le dedico una pequeña sonrisa, intentando tranquilizarla, hacerle entender que, pase lo que pase, estoy bien. Que lo estoy porque estoy con ella y que eso, después de los últimos siete años sin tenerla a mi lado, es prácticamente una utopía.
Mi mueca parece ayudarla porque, tras un instante que se dilata en el tiempo más de lo ideal, habla:
—¡Hay sangre! —exclama, mirándome con unos ojos que vuelven a brillar como ese día, sacándome por un momento de la oscuridad.
Joder, la amo.
Asiento y le acaricio el muslo con la punta de mis dedos, intentando aliviar la tensión de su cuerpo.
Tan bonita. Tan mía.
—Bien. Ahora, para. Empuja solo el plástico. Retira la aguja.
—Vale... —Hace una pausa mientras ejecuta la acción—. Vale, creo que lo he hecho.
—Lo has hecho, cariño —mascullo, porque ahora hasta respirar se ha convertido en una tarea complicada—. Ahora conecta la bolsa. La ruedecilla... Muévela.
El líquido comienza a pasar. Apenas siento nada, salvo un ligero hormigueo en el brazo, pero al menos sé que ahora tenemos alguna posibilidad más de que resista los minutos que faltan para que Misha y, probablemente, Viktor entren en el ático.
Debería decirle que apriete la bolsa un poco, para que el flujo vaya más rápido, pero soy incapaz de convertir esa idea en palabras. He gastado mi energía en que ella no se sienta culpable por no saber hacer algo que jamás tendría que haber aprendido.
Solo soy capaz de mirarla hasta que su imagen empieza a convertirse en un borrón luminoso.
Lo último que distingo es cómo se queda inmóvil durante un segundo, contemplando lo que acaba de hacer, antes de levantar los ojos hacia mí con una expresión que no sé describir, pero que me golpea en algún sitio que creía olvidado.
No quiere que me muera y yo…
Noto mis párpados caer.
La veo en mi cabeza, bailando conmigo, y una sensación de alivio comienza a extenderse por todo mi cuerpo, llenando cada rincón roto de una paz que no recuerdo haber experimentado jamás.
—Aleksei… No —dice, y mi nombre en sus labios suena distinto esta vez. Suena a súplica. A rabia. A frustración.
Lucho contra el agotamiento y consigo separar los párpados. Alejarme de aquella calidez en contra de mi voluntad.
—Estoy aquí, nena.
—Pero te estás yendo…
Me duele oírla.
Me duele que sea verdad.
—Estoy contigo. Siempre voy a estarlo.
—No, no es cierto, Aleksei... —Su voz se quiebra en la última sílaba—. Estás cerrando los ojos y, si los cierras y no los vuelves a abrirlos, yo… Yo voy a morirme contigo.
Aprieto a duras penas su pierna.
—No —siseo entre dientes—. Estás a salvo. Vas a vivir.
Esa idea me arrastra lejos.
Liliana está bien.
—¡No estoy a salvo! ¡Me estás rompiendo el corazón, Volkov! Llevo toda la vida esperándote, queriéndote . No puedes, no…
Sus palabras comienzan a alejarse hasta que dejo de distinguirlas. La cabeza me pesa toneladas y mis pensamientos se deshacen antes de que consiga aferrarme a ellos.
Pierdo la noción del tiempo. Podrían haber sido segundos. También minutos. Lo único que sé es que, justo cuando estoy a punto de sucumbir, escucho que la puerta se abre.
Las voces de Misha y Viktor resuenan en algún lugar de la estancia, aunque me llegan como si estuviesen a kilómetros de distancia.
Están aquí.
La he salvado.
Me quiere.
Esa es la última cosa que puedo pensar antes de que me engulla la sensación contra la que llevo luchando todos estos minutos. La certeza de que voy a dejarla es lo último que me duele antes de que todo se vuelva calma.
Ya no estoy en el salón.
Estamos en mi habitación, hace años. Siento sus manos aferradas a mi espalda mientras bailamos en la oscuridad.
Ese día.
Meses antes de destruir su vida.
Antes de hacerlo de la misma forma en que estoy haciéndolo ahora.