Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos. #4
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Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos. #4

El ático está en la planta setenta y cinco. No espero que suba a la velocidad de la luz, pero cada segundo que permanezco de pie me resulta más difícil continuar resistiendo.

Al final, cedo y apoyo la espalda contra la pared metálica, descargando sobre ella buena parte de mi peso y dejando un rastro carmesí. Liliana se aferra con fuerza a mi brazo, notando mi piel cada vez más fría y pálida.

Está asustada, pero no dice nada.

Yo tampoco.

No porque no quiera. Hay tantas cosas que quiero decirle, infinitas… pero empiezo a aceptar que ya no voy a tener la oportunidad de hacerlo. Así que me limito a levantar una mano hasta su rostro y acariciarle las facciones con detenimiento, recorriendo la curva de su nariz, los pómulos, los labios.

Joder .

Ya no sé si su precioso rostro es real o si forma parte de mi imaginación. El raciocinio empieza a abandonarme y soy consciente de ello.

No me gusta .

Sé que la adrenalina está empezando a desaparecer.

Un poco más , me repito. Solo un poco más.

Los números cambian sobre la puerta y ambos los observamos como si eso pudiera hacer que suban más rápido. Los párpados comienzan a pesarme.

Sucumbo a la oscuridad. Solo un segundo .

—No cierres los ojos.

Su me llega como un eco lejano, pero me esfuerzo por abrirlos.

—No lo estoy haciendo, Lili.

Sus dedos se clavan un poco más en mi brazo. Noto sus uñas hundiéndose en mi piel y eso me devuelve, por un instante, al interior del ascensor. A la angustia que se escapa de sus labios.

—Sí lo estás haciendo, Aleksei, y me estás asustando… Me estás… No los cierres, por favor.

Noto un pinchazo entre las costillas, pero el cansancio es demasiado intenso como para prestarle atención.

—Nena… —Las puertas se abren antes de que pueda terminar de hablar.

Sea lo que sea lo que pretendía decirle, al final no lo hago.

Liliana me sostiene con ambas manos y cruzamos despacio el umbral.

Me cuesta caminar. El suelo parece moverse bajo mis pies y el ático está a oscuras, lo que hace todavía más tentadora la idea de cerrar los ojos. Sin embargo, Liliana encuentra el interruptor sin dificultad, moviéndose casi por instinto.

La luz me golpea con intensidad y entrecierro los párpados, apretando los dientes.

—Siéntate —ordena con una autoridad que oculta muchas capas.

Me dejo caer en el sofá y el impacto me arranca un sonido que no consigo contener del todo. Creo que se gira hacia mí, pero no puedo verla. Ya no . Todo empieza a dar vueltas, a emborronarse y desfigurarse, y yo apenas consigo agarrarme al borde del cojín hasta que remite un poco.

Está pasando.

—¿Qué tengo que buscar? —pregunta, y su voz me llega amortiguada, como si estuviese debajo del agua.

Me cuesta darle sentido a la pregunta, pero, después de un instante, respondo:

—El armario del pasillo. La caja negra.

Desaparece de mi campo de visión y me duele no poder verla. Quiero que vuelva, que sea ella lo último que vea, así que resisto, luchando contra el impulso de rendirme más de lo que es humano. A lo lejos escucho cajones abriéndose y otros ruidos que están demasiado distorsionadas para ser reales.

Regresa con lo que he pedido y se dedica a abrir la caja sobre la mesa.

Su pie golpea el parqué, desesperado.

—¿Qué hago?

—Misha —digo con una voz que ni siquiera reconozco—. Espéralo.

—No sé quién es, pero no creo que tengamos tiempo. Estás… muy pálido, sigues sangrando y...

—Llámalo —murmuro, señalando vagamente con mi barbilla el bolsillo de mi pantalón.

Veo cómo vuelve a temblarle el labio inferior. Mi respiración se vuelve cada vez más lenta, noto el sudor frío empapándome el cuello, la vista cada vez más cansada.

Estoy colapsando.

Noto cómo sus dedos se apoyan en mi muslo antes de volver a dejarme con un vacío que duele más que el cosquilleo molesto que se ha apoderado de mis sentidos.

Escucho cómo teclea en mi teléfono y se lo lleva a la oreja.

Grita algo que no entiendo y, un instante después, sale corriendo hacia la nevera.

Regresa casi enseguida con dos bolsas entre las manos.

Suero y sangre.

—No he hecho esto nunca. Es posible que…

Niego lentamente.

Podría funcionar.

—Lo harás bien.

—Tú amigo me ha colgado. Ha dicho que viene con otra persona lo más rápido posible. Me ha explicado cómo hacerlo, pero no… No puedo recordar el orden.

Está nerviosa y sé que, si no hace todo lo que esté en su mano, jamás se lo perdonará. Por eso intento recuperar de algún rincón de mi cabeza lo que necesita.

—Yo te indicaré.

Sus ojos me detallan. Me mira como si yo fuese lo único a lo que todavía pudiera aferrarse en este mundo.

No quiero dejarla. Pero voy a hacerlo de todos modos.

Maldita sea.

Disipo ese pensamiento y empiezo a hablar:

—La vía primero. Brazo interior. Donde se dobla el codo.

—¿Aquí? —Su voz sale pequeña.

—Sí. Limpia con algodón y alcohol.

Sus manos se mueven. El frío del algodón sobre mi piel resulta casi imperceptible. La escucho respirar de forma entrecortada, intentando controlarse, procurando no ser ella quien pierda el conocimiento ahora y esforzándose por seguir mis órdenes con diligencia.

—Hecho —susurra, y en esa sola palabra se concentra todo el esfuerzo del mundo.

Me siento jodidamente orgulloso.