Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos. #3
—¿No te parece preciosa, Alek? —Sus ojos brillan con una ilusión que no he visto en ningún otro sitio—. Puede ir adonde quiera, volando, y es de mi color favorito. ¿Crees que es un ser mágico?
No soy capaz de mirar lo que me señala.
Estoy absorto en la forma en que sonríe, en cómo se le iluminan las mejillas y en cómo su boca se mueve sin parar, como si el mundo entero mereciese ser comentado en voz alta. Lleva dos coletas y tiene una mancha de hierba en la rodilla derecha de la que todavía no se ha dado cuenta.
Ella es la definición de preciosa. De una manera que aún no comprendo del todo, de una forma que incluso me da un poco de miedo cuando me detengo a pensarlo.
Brilla. Eso es lo que hace. Brilla con una intensidad capaz de alejar todas las cosas malas que ocurren en mi vida cuando no estoy aquí, en este jardín, mirándola.
¿Qué significa que mi mejor amiga me parezca alguien extraordinario? ¿Se supone que es raro?
Sé que papá me pegaría si lo dijese en voz alta. Por eso aprieto los labios y me esfuerzo por sonreírle, aunque la mariposa lleva un buen rato posada sobre la flor y yo todavía no la he mirado ni una sola vez.
—Sí —mascullo cuando mis labios se entreabren—. Es lo más bonito que he visto jamás.
Se gira hacia mí con los ojos más radiantes que nunca, me coge de la mano y mi corazón da un vuelco que no consigo controlar.
—¿¡De verdad!? Todos los niños me han dicho que soy cursi y tonta.
Mi ceño se frunce solo.
—¿Quiénes?
—Robert y Patrick. Patrick me tiró del pelo y dijo que iba a matar a todas las mariposas del mundo.
—En sus labios aparece ese puchero suyo que me hace querer salir corriendo a casa de esos niños para poner en práctica las técnicas que he aprendido esta semana—.
Pero no te preocupes, Alek, le di una patada donde me enseñaste. Lloró mucho. Hasta se cayó al suelo.
Sonrío al imaginármela haciéndolo.
—Si vuelve a molestarte, dímelo. Yo le daré más fuerte, solnyshko .
La palabra se me escapa antes de que pueda evitarlo y siento que el calor me sube por el cuello de una forma que no había experimentado nunca. Me da tanta vergüenza que podría echar a correr, lejos.
Iván dice que ya no soy un niño pequeño.
Que algún día seré el líder de la Bratva y que tengo que comportarme como tal.
Todavía no entiendo muy bien qué significa eso, pero sí sé que acabo de llamar a mi mejor amiga mi pequeño sol y que, si Iván me hubiese escuchado, probablemente me daría una paliza como aquella vez que me puse triste al ver una fotografía de mi madre.
Me preocupa que a ella también le parezca ridículo lo que acabo de decir, tanto que me quedo esperando su reacción hasta que veo cómo sus cejas se arrugan.
Es verdad. Menos mal.
Lili no entiende ni una palabra de ruso.
—¿Qué has dicho?
Me encojo de hombros.
—Nada.
Me observa durante un segundo con esa expresión que pone cuando sabe que estoy mintiendo, pero decide no insistir. Vuelve a girar la cabeza hacia la mariposa, que continúa ahí, como si tuviese todo el tiempo del mundo y pudiera quedarse sobre aquella flor para siempre, dejándose contemplar.
No la miro.
La miro a ella.
Siempre.
Regreso de golpe al coche. Sé que he estado demasiado tiempo callado porque Liliana me está sacudiendo, aterrorizada, pero lo único en lo que consigo pensar es en que nunca lo hice.
Nunca le dije que pensé en ella.
Nunca le he explicado qué significa el apodo.
Tampoco que ese fue mi segundo tatuaje, que me lo hice cuando cumplí quince años y que fue el segundo porque el primero nos lo hacen como rito de iniciación.
Nunca le he contado que necesitaba llevar algo suyo conmigo, algo que me siguiese haciendo humano, a pesar de que, para entonces, ya había asumido que no podríamos estar juntos. Que hacerlo sería imprudente.
Llevar aquel instante tatuado, aunque Liliana no lo sepa, me ha mantenido cuerdo durante todos estos años. Sin necesidad de más.
No puedo permitir que mi cuerpo falle sin que ella llegue a saberlo todo.
—¿Qué? —consigo articular por fin.
Tengo la boca cada vez más seca y el cuello empapado en sudor frío. Mi presión arterial está cayendo.
—Respóndeme —exige, y veo cómo le tiembla el labio inferior, igual que cuando era pequeña—. ¿Recuerdas de qué estábamos hablando?
Asiento.
Sí.
Pero lo que estoy pensando es demasiado para soltarlo así, con la sangre empapando el asiento y los párpados pesándome cada vez más. Así que de mi boca solo consigue salir una versión simplificada.
—A los ocho años estabas obsesionada con esos bichos.
Aparta la mirada de la carretera durante un segundo y la clava en mí, aliviada porque haya dicho más que un monosílabo, aunque la preocupación sigue al no comprender de inmediato a qué me refiero.
Hasta que, sencillamente, lo hace.
Sus ojos me formulan muchas más preguntas de las que finalmente se atreve a pronunciar.
—No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con que lo lleves tatuado? ¿Con que lo lleves en ese sitio?
A veces es tan ingenua cuando se trata de entender lo que siento…
Inhalo y exhalo despacio. No porque no quiera responderle, sino porque la cabeza me pesa y cada palabra me cuesta. Tengo que elegirlas bien, pensarlas más de lo necesario.
No creo que aguante si no llegamos ya.
No se lo digo.
Me limito a responder, sin estar seguro de que tenga algún sentido. Mi voz resuena grave en el habitáculo, más débil de la cuenta:
—Tú estabas obsesionada con ellas y yo estoy obsesionado contigo, solnyshko .
Es mucho más directo de lo que pretendía.
Qué desastre.
Escucho el eco de mis propias palabras mezclarse con el llanto que empieza a escapársele de los labios y el sonido me agrieta el pecho de una forma que no había experimentado en mi vida.
El infierno tiene que ser jodidamente parecido a verla llorar.
Es lo único que tengo claro: estoy pagando todos mis pecados mientras todavía soy capaz de respirar y comprender... mientras mis ojos aún son capaces de verla temblando, intentando conducir y mantenerse serena.
—No llores, por favor, nena… Conduce.
—Aleksei, yo no…
—No digas nada. Hablaremos después. —Cierro los ojos durante un segundo, solo uno, y tengo que obligarme a abrirlos reuniendo toda la fuerza que conservo.
He vuelto a decir algo que no sé si voy a poder cumplir.
Presiono con más fuerza la herida, como si eso, por sí solo, fuese a solucionar un carajo.
No va a hacerlo.
—Solo conduce, Liliana.
Sacudo la cabeza, intentando recuperar el control sobre mi cuerpo. Me incorporo despacio, sintiendo las extremidades cada vez más entumecidas, y lucho contra la necesidad de dejarme vencer por el sueño.
Una tentación que se vuelve más intensa a cada segundo porque, cada vez que cierro los ojos, la veo a ella. Feliz. Pidiéndome que me quede un rato más en aquel instante.
Sé lo que eso significa, pero me niego. No cuando aún no hemos llegado.
Conduce un par de minutos más, totalmente callada, mientras yo intento mantener la mirada fija en ella para no perder el conocimiento. Para que, si resulta inevitable y termino haciéndolo, ella sea lo último que contemplen mis ojos.
Belementov no va a llegar a tiempo.
Y no hay ningún otro médico en quien podamos confiar, no con la situación política que estamos atravesando. Acudir a cualquiera sería acabar muerto de todos modos.
Esta es la única salida.
Aunque a Belementov todavía le queden al menos veinticinco minutos para llegar y a mí probablemente menos de diez, suponiendo que se alineen los putos planetas o alguna mierda.
Tengo que pensar en otra cosa que pueda ayudarnos, pero a mi cerebro le cuesta cada vez más funcionar. Las ideas llegan con lentitud y se deshacen antes de que consiga darles forma.
—Gira a la izquierda y detente frente a ese rascacielos —logro decir.
—¿Aquí? Aleksei, esto es…
—El portero sabe quién soy. El edificio es mío. Que llame a Misha.
Mi chica obedece. El coche frena con una sacudida y, antes de que pueda decir nada, ella ya está fuera, abriendo mi puerta con esa determinación suya que ahora mismo me revienta.
Tendría que ser yo quien hiciese eso.
—No puedes caminar solo.
Mi orgullo se resiente. No debería verme así, no debería pensar que soy frágil.
No lo soy. Maldición.
—Puedo. —Aprieto los dientes mientras me incorporo, sintiendo cómo mi organismo, cada vez más debilitado, se resiste a obedecerme.
Todo empieza a dar vueltas a mi alrededor y, durante un instante, tengo la certeza de que voy a desplomarme.
Ignoro el mareo.
—Aleksei, te vas a hacer daño, no… —Sus dedos intentan alcanzarme, pero los atrapo.
La calidez de su piel me reconforta, me da las fuerzas necesarias para terminar de ponerme en pie. Tengo la visión borrosa, pero me esfuerzo por impedir que lo note.
—Puedo, Liliana. ¿Lo ves?
No es del todo cierto, pero tampoco estoy mintiendo.
He conseguido levantarme por mi cuenta, pero es probable que, para caminar, necesite que no me suelte el brazo.
No porque pueda sostener mi cuerpo, que pesa el doble que el suyo, sino porque que sus dedos me acaricien, que me toquen, me hace tener los motivos muy presentes.
Me devuelve una fuerza que mi sistema se empeña en arrebatarme.
Sin embargo, no puedo evitar que me joda la forma en la que me observa, como si fuese un inválido.
Necesito que deje de mirarme así.
Si sigue haciéndolo, juro que casi preferiría terminar el trabajo yo mismo antes que soportar semejante compasión. Si me muriese en el acto, tendría más dignidad.
Ni siquiera sé muy bien qué carajo estoy pensando.
Entre esas ideas inconexas, conseguimos llegar al recibidor. Rostov, el portero, nos observa, pero tiene el sentido común de no abrir la boca.
Bien.
Me conoce lo suficiente como para saber que las preguntas no son bienvenidas, que no es la primera vez que llego herido y que, quizá, es la última.
Entramos en el ascensor. Pulso el número, introduzco la clave y la cabina comienza a ascender despacio, como si pretendiera volver aún más agónica la espera.