Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos. #2
—Usaré la camisa para mantener la presión y que tengas las manos despejadas. Hará la misma función. ¿Vale? Sé de lo que hablo, Lili. Solo… confía en mí.
No es cierto, pero ella no tiene por qué saberlo.
Solo necesita creérselo.
Con la poca fuerza que me queda en los dedos y bajo el peso de su mirada, comienzo a desabrocharme el pedazo de tela.
Liliana se queda abstraída durante un instante, pero enseguida sus dedos se colocan sobre los míos y toman el relevo.
Me aparta las manos con una delicadeza que no encaja en absoluto con la urgencia de lo que está ocurriendo.
Y eso…
Eso consigue encender una chispa en mi interior.
Es un instante completamente inoportuno, pero no puedo evitar que la imagen de sus dedos desabrochándome la camisa me provoque un pensamiento impuro que no debería estar teniendo.
Maldición.
Estoy jodido. Enfermo, incluso. Pero, si sobrevivo, pienso conseguir que lo repita en circunstancias muy distintas a estas. Que sea lo primero que haga cuando se le pase el susto.
Que lo haga muchas veces.
Joder. Eso sí que sería ir al cielo y no esta mierda.
Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos.
Mi pecho queda al descubierto y, antes de que pueda sentir el frío del invierno, reparo en sus ojos y en la forma en que recorren mi torso con un descaro que no consigue disimular. Su mirada se detiene un segundo más de lo necesario en el lado izquierdo.
Lo ha notado.
Una pequeña sonrisa intenta escapárseme, pero las comisuras de mis labios no llegan a levantarse. Ella, en cambio, abre la boca y vuelve a cerrarla un par de veces, hasta que sus mejillas se tiñen de rojo pese a que las lágrimas no han dejado de caer.
Dios… Sigue siendo igual de mía que siempre.
Aparta la vista de ese tatuaje, cuyo significado sé que ha entendido a medias, y, en silencio, me envuelve el torso con la camisa, intentando contener la sangre que no deja de brotar.
No sirve de gran cosa. Estoy casi seguro de que la bala ha alcanzado una vena próxima al hígado y algo tan insignificante no va a detener una hemorragia de semejante magnitud.
Veinte minutos, con suerte. Quizá menos, si el daño es más grave de lo que calculo.
Ella también comprende que no será suficiente. Lo veo escrito en su cara como si tuviera subtítulos, pero sé que también escucha los disparos, cada vez más cerca, y que es consciente de que debemos irnos o, de verdad, no sobreviviré.
Soy yo quien da el primer paso. Consigo meterme en el coche con dificultad, notando cómo cada movimiento me exige el doble de esfuerzo, pero no flaqueo. Presiono la herida con la fuerza que todavía conservo mientras el mundo da una pequeña vuelta que finjo no notar.
Inhalo con dificultad mientras la observo hacer lo mismo. Se acomoda en el asiento del conductor, arranca el motor con las manos temblorosas y clava la mirada al frente, como si mirarme fuese a romperle el corazón más de lo que puede soportar .
Siente algo por mí.
La conozco. No necesita decir nada para que pueda saberlo, para que lo sienta en lo más profundo de mí.
Está intentando no pensar en ello, en lo que siente y en qué hará con ello si no resisto, pero no consigue evitarlo.
Lo veo en la fuerza con la que aprieta el volante, en sus nudillos blanquecinos y en el sutil movimiento de sus labios sellados, tratando de aprisionar unas palabras que luchan desesperadamente por salir.
Consigue contenerse, pero sé que el olor a pólvora y a sangre la arrastra hacia unos recuerdos que su cerebro todavía no termina de desbloquear. Recuerdos que no le conviene recuperar ahora, mientras conduce.
—Dirección noreste —siseo, y mi voz suena más estable de lo que esperaba.
Confío en que eso consiga tranquilizarla, que durante el trayecto, al menos, pueda creerse que soy capaz de aguantar.
—Sal de aquí primero. Luego te indicaré cómo llegar.
Liliana asiente sin decir nada.
El coche se pone en marcha con una brusquedad que me sacude el costado y aprieto los dientes para impedir que se me escape cualquier sonido que pueda asustarla todavía más.
Respiro, intentando disimularlo mientras noto la presión de la camisa contra la herida.
El líquido ya ha empapado la tela y empieza a extenderse por el asiento de cuero a una velocidad mucho mayor que hace unos minutos.
Tendremos que ir a mi ático .
Es lo que tenemos más cerca. La opción más rápida.
Viktor y Misha se han quedado cerca del rascacielos. Eso nos proporciona algo más de margen, al menos a Liliana. Confío en ellos, en que sabrán ejecutar lo acordado aunque yo no llegue a verlo.
Me llevo una mano al comunicador y hablo en ruso para que ella no entienda lo que digo, para que no perciba la urgencia.
—¿Posición?
Niko responde un instante después:
—Limpiando el desastre. Todo controlado. ¿Vosotros?
—Vamos al ático. Venid todos. Herida de bala en el hígado. Necesito a Belementov. Rápido.
La voz de Nikolai irrumpe antes de que termine, con una seriedad que no le pega en absoluto.
—Volkov. Me estás jodiendo.
No es una pregunta. Es algo parecido al miedo.
—No.
—Joder, hermano.
—Lo sé.
—Si te mueres, pienso buscarte en el infierno y darle tus huesos a Viktor para que se haga un puto caldo. Tú verás qué haces.
Usa ese tono que reserva para las pocas ocasiones en las que algo le importa de verdad, aunque sus palabras suenen a broma.
Es nuestra forma de afrontar las cosas dentro del clan y, por algún motivo, eso casi consigue arrancarme una carcajada.
Casi . No tengo fuerzas ni para reírme, así que me limito a insistir:
—Dragunov. El médico.
Escucho cómo consulta algo, después un golpe seco y, finalmente, su voz cargada de frustración:
—El GPS lo sitúa a las afueras del condado. Aguanta hasta que llegue ese cabronazo, ¿me oyes?
—¿Minutos?
—Depende del medio de transporte. Está lejos.
—Recibido .
Se hace el silencio. Luego, entre el sonido lejano de los disparos, su voz llega distinta. Sin su escudo habitual, ligeramente quebrada. Algo que no soporto escuchar en ninguno de los míos y mucho menos cuando es por mi culpa.
—Hermano, sobrevive, por favor . Sé que puedes hacerlo.
No sé si será posible.
Desconecto el aparato con la garganta apretada, asumiendo que quizá lo único que puedo hacer a estas alturas es conseguir ponerla a salvo.
Eso es lo único que importa , me repito.
Permanezco absorto en el silencio del coche, que empieza a pesarme más de lo que puedo soportar. La boca se me seca y reconozco el síntoma sin necesidad de más.
El tiempo no está jugando a nuestro favor.
La pesadez ocular no es nueva, pero esta vez resulta distinta. Más letal. Me advierte de que, en esta ocasión, estoy alcanzando un límite tangible, real. De que, si cierro los ojos, nadie puede garantizarme que vuelva a abrirlos. Así que hago lo único que todavía está en mi mano.
—Habla conmigo, solnyshko .
—¿Qué?
—Necesito escuchar tu voz. Habla. De cualquier cosa.
Rápido.
La veo de reojo. Mantiene la mirada fija en la carretera, pero sus ojos se han vuelto cristalinos, cargados de unas lágrimas que se niega a derramar porque contenerlas parece ser lo único que le separa de la realidad.
No es ninguna ingenua. Sabe lo que significa que le pida algo así.
Es consciente de que estoy luchando por mantenerme a su lado con cada músculo de mi cuerpo, de que cada frase me exige más esfuerzo que la anterior y de que el único hilo que me mantiene anclado a tierra es ella.
Pero también sabe que soy humano, que hay cosas a las que no se les gana con fuerza de voluntad.
Ojalá.
Aun así, mi chica es jodidamente fuerte y consigue contenerlo todo.
Las lágrimas, el miedo y esa desesperación que amenaza con desbordarla.
Lo hace porque piensa que ahora mismo lo importante soy yo, porque piensa que, si consigue mantenerse entera, no tendré que preocuparme por ella.
Sin saber que, para mí, lo único importante es que lleguemos a nuestro destino y que ella no esté en peligro.
Que mi propia vida no sirve de nada si ella no está a salvo.
—¿Qué significa ese tatuaje?
La pregunta me sorprende y consigue sacarme de la niebla que empieza a instalarse en mi cabeza con la rapidez que necesito. Me alivia comprenderla, saber exactamente a cuál se refiere.
Tengo muchos tatuajes que no se ven a simple vista, cada uno con su propio peso y significado, pero no esperaba que se atreviese a preguntarme directamente por ese .
Ay, solnyshko…
—¿Cuál de ellos? —pregunto, intento alargar la conversación.
Necesito que siga hablando, que su voz consiga retenerme en este lado un poco más de tiempo.
Estamos a un par de kilómetros. Ya casi hemos llegado.
Las luces de la ciudad empiezan a aparecer ante nosotros y reconozco cada curva, aunque las letras de la señal que indica el camino se han convertido en una mancha borrosa.
Ya ni siquiera puedo leerlas .
Es un golpe a mi falta de modestia, pero respiro hondo, intentando que la frustración no termine de apoderarse de mí.
No puedo perder los nervios.
—Sabes a cuál me refiero, Aleksei.
—Dímelo —murmuro, y mi voz suena casi como una súplica.
Toso una vez, incapaz de evitarlo, y veo cómo la sangre vuelve a mancharme la mano. Lo ignoro, cierro el puño para ocultarla y continúo hablando como si no hubiese ocurrido nada:
—Sigue recto y, en la próxima salida, gira a la derecha.
Veo cómo su garganta se mueve al tragar saliva con dificultad. No obstante, asiente a mi indicación y entreabre los labios para cumplir con lo que le he pedido.
—El que tienes encima del corazón —murmura con una voz tan baja y quebrada que apenas consigo escucharla por encima del ruido del motor—. El de la mariposa.
El recuerdo me golpea como un puñetazo.
Durante ese segundo, dejo de ver la carretera. Dejo de verlo todo.
La veo a ella, con ocho años, los coleteros adornados con el dije del insecto morado, agachada sobre la hierba, contemplando una mariposa posada en una flor como si fuese lo más extraordinario que hubiera visto jamás. Queriendo ser como ella, completamente fascinada.
Saint Virell, 2011