Capítulo 20 Si me muero, va a ser una putada en todos los sentidos.
Aleksei
L e he hecho una promesa a Liliana.
Una que no sé si voy a poder cumplir.
Joder.
No es la primera vez que me enfrento a la posibilidad de morir, pero sí la primera en la que me importa. La primera en la que me jode de una manera que no tiene nada que ver con el instinto de supervivencia, ese que nunca parece pertenecerme cuando se trata de ella.
Mi preocupación tiene que ver con mi chica, con esa que está llorando, aterrorizada hasta los huesos.
Por mi culpa. Porque me estoy desangrando. Porque no puede hacer nada para impedirlo.
Así que no. La rabia que me sube por la garganta no nace del miedo, sino de mi maldita incompetencia. Es una consecuencia directa de haber puesto su vida en peligro, de estar haciéndola sufrir y, por supuesto, de haberla arrastrado a un destino que nunca quise que compartiera conmigo.
De haberlo hecho manchándole las manos de sangre.
Dios.
Sea lo que sea que haya ahí arriba sabe que me ha gustado verla disparar. Que, si no estuviese así, habría provocado una reacción mucho más física que el orgullo. Pero también sé que mi sol ya no volverá a ser la misma después de esto.
Debería haberla protegido. Haber hecho más . Haberla detenido.
No. De nada sirve arrepentirme ahora.
Hemos conseguido salir de ahí gracias a lo que ha hecho y, después de presenciarlo, sé que, definitivamente, Liliana Moretti ya no es aquella niña llena de inocencia que conocí, sosteniendo una pelota que acababa de robarles a unos críos.
Algo me dice que ahora es una mujer con grietas que desconozco, que, debido a la bala que tengo alojada en el abdomen, es probable que nunca llegue a descubrir.
Ni a reparar.
Ni siquiera tengo fuerzas para enfurecerme conmigo mismo como debería. Tampoco para procesar que quienes han intentado arrebatármela pertenecen al clan.
Sabían lo que tenían que hacer. Que matarme era la forma más sencilla de girar el tablero y resolver el problema de sucesión. La más fácil para él.
Esa es su forma de jugar.
Sobre todo ahora que empieza a ser consciente de que, una vez Iván muera, nada podrá detenerme. Que seré el líder de la Bratva y que su prometida será mía.
Si no me muero, claro está.
Aprieto los dientes con rabia.
Lo sabía.
Petro sabía dónde atacar. Conoce las debilidades ajenas y sabe utilizarlas.
Como con Iván, cuando lo de mi madre…
Si sobrevivo, juro que no habrá tortura que me parezca suficiente para compensar el sufrimiento que ha causado. Ese que ahora mismo veo desdibujar el rostro de la mujer que va a convertirse en mi esposa .
Voy a hacer que suplique clemencia.
—Si te mueres por mi culpa…
Su voz es débil, pero consigo escucharla.
Lleva un rato mascullando para sí misma mientras corremos, aunque no es hasta ahora, que hemos empezado a reducir el paso, cuando consigo comprender lo que está diciendo.
Observo su rostro compungido mientras aminoramos la marcha hasta detenernos frente a mi Audi. Liliana intenta no mirar el rastro carmesí que he ido dejando sobre el asfalto, pero sus ojos terminan desviándose hacia atrás.
Se lleva a la boca la mano con la que sostiene el arma y se la tapa, horrorizada.
—Dios, no…
Somos fáciles de encontrar. Tenemos que largarnos ya.
—No pienses eso. No es culpa tuya, solnyshko .
—Pero la sangre…
—Estoy bien. Abre el coche.
Me cuesta articular algo que no sean frases concisas, pero por dentro aún me siento lo suficientemente despierto como para tener una certeza: volvería a hacerlo. Sin dudarlo. Volvería a recibir un disparo si eso implicase protegerla.
Prefiero correr ese destino antes que permitir que sea ella quien lo haga.
Soy jodidamente egoísta.
Y ni siquiera puedo arrepentirme de ello.
No lo digo porque sé que, si abro la boca y dejo escapar algo semejante, Lili se pondrá peor de lo que está. Comprenderá que ya he asumido mis posibilidades, que las he calculado.
Que no son buenas.
Voy a destrozarla. Si mi organismo termina de fallar en los próximos minutos, sé que eso la hará trizas. Y, de una forma retorcida, esa certeza me hace sentir más vivo que nunca. No porque disfrute viéndola sufrir, joder, no. Eso me mata más que cualquier herida. Sino porque puedo verlo.
Después de tantos años, sigue sintiendo exactamente lo mismo.
No me odia. Ni una puta pizca.
Llevo años esperando esto y resulta que tiene que suceder justo cuando me meten un balazo.
De puta madre .
La ironía amenaza con dibujar una mueca en mi rostro, pero el gesto ni siquiera llega a completarse. Mi cuerpo empieza a ser incapaz de responder a las órdenes más básicas.
El tiempo se acaba .
Y lo hace mientras sus palabras continúan resonando en mi cabeza, impidiéndome rendirme.
Lo que ha dicho me niega la piedad que mi organismo lleva reclamando desde que la bala ha impactado.
Una misericordia que no pienso concederle por las buenas, no después de escuchar lo mejor que alguien me ha dicho en mis veintisiete años de vida.
Quiere estar conmigo.
No puedo irme de este mundo. No sin tenerla primero.
La observo detenidamente, sintiendo cómo los pulmones me arden con cada respiración. Los párpados me pesan y el corazón late demasiado deprisa. Reconozco los síntomas del shock hipovolémico y, a estas alturas, sé que estoy peligrosamente cerca de perder el conocimiento.
No .
Me niego a dejar de mirarla. Todavía no. La necesito un poco más.
Sus dedos tiemblan mientras intenta abrir la puerta del coche y yo permanezco inmóvil, memorizando cada detalle como si pudiera guardarlo en algún rincón al que la hemorragia aún no pueda llegar.
Su larga melena castaña se le pega a la cara, las mejillas le brillan por las lágrimas y el maquillaje se ha desvanecido lo suficiente para permitirme contemplar su rostro.
Ese rostro que me tiene completamente perdido desde hace diecisiete años.
Ese que, por desgracia, quizá estos ojos no ven más.
Maldita sea.
Pensar en abandonarla de nuevo me desintegra. Imaginar que esta vez podría hacerlo sin posibilidad de regresar, me duele más que cualquier cosa.
Todavía no le he contado nada. No sabe que Marco me pidió que la cuidase sin importar el coste, que llevo años cumpliendo aquella promesa, que por eso me marché. Que todo lo que he hecho en esta vida ha llevado su nombre grabado en el mismo torrente sanguíneo que ahora se escapa de mi cuerpo.
Ella.
Siempre ha sido ella y ahora me ha dicho que quiere estar conmigo.
Y no puedo concedérselo.
Joder.
Esa mierda me hace temblar con violencia, porque soy incapaz de detener lo que ya está en marcha. La frustración asciende por mi pecho y exhalo despacio, obligándome a aparentar calma. Si ve algo en mi cara, entrará en pánico y no saldrá de aquí.
Conozco a Liliana. No puedo protegerla si me dejo llevar, y no pienso permitir que eso suceda.
Necesito que Lili crea que todo va a salir bien.
Necesito que así sea. Por ella.
Por desgracia, sé que eso ya no depende de mí ni de mi fuerza de voluntad. Estoy sudando frío, apenas siento dolor y mi cabeza ha dejado de funcionar a la velocidad a la que estoy acostumbrado. Son señales.
La hemorragia es considerable.
He ejecutado a innumerables hombres de esta forma y reconozco demasiado bien los síntomas. Ni siquiera comprendo cómo consigo mantenerme en pie a estas alturas.
Debería haber perdido el conocimiento hace rato.
Supongo que me niego a hacerlo, que la adrenalina y mi propia falta de cordura me obligan a aferrarme a esto.
Voy a aguantar. Al menos hasta que consiga sacarla de aquí y esté a salvo del tiroteo.
Eso es lo único que me repito mientras siento cómo las extremidades me tiemblan cada vez con más fuerza.
Todavía escucho disparos desde aquí. Sé que siguen buscándonos y que contamos con la ventaja de que desconocen en qué estado me encuentro.
Si lo supieran, no tendríamos ninguna oportunidad.
Pero también soy consciente de que no estoy en condiciones de luchar y ella, por muy valiente que haya demostrado ser, no sabe cómo hacerlo.
Le enseñaré si todo sale bien…
Tengo que darle la vida que merece.
Mierda. ¿Por qué tengo que estar muriéndome?
Es jodidamente inoportuno.
Si algo le hubiese pasado a Liliana… Si le ocurre algo ahora porque yo no…
No termino el pensamiento porque sé que, si lo hago, perderé los estribos por completo y la sistólica caerá en picado.
—¿Necesitas que te ayude a caminar hasta la puerta? —Su voz suave me devuelve a la realidad.
Está tan cerca que puedo oler mi sangre mezclada con su perfume de vainilla. Tengo que reprimir el impulso de besarla con cada maldita célula.
No es el momento, pero, honestamente, ojalá lo fuera.
Necesito sus labios. Sus manos. Todo. Ahora.
—No. Lo que necesito es que sueltes la herida y conduzcas —respondo con una voz que ni siquiera reconozco como mía.
Sus ojos castaños se abren como si acabara de pedirle algo imposible. Como si separarse de mí ahora mismo le provocase un dolor tanto físico como emocional.
Nena, créeme. A mí también me duele.
—¿¡Has perdido la cabeza!? Si lo hago, te desangrarás. Si lo hago…
Es una posibilidad.
Pero no puedo permitir que su cabeza siga dando vueltas alrededor de esa idea. Así que, reuniendo la poca fuerza que conservo, le sujeto las mejillas entre las manos sin importarme volver a mancharla de sangre e intento mantener los dedos firmes sobre su rostro.
Eso no mejora mis ganas de besarla.
—Escúchame, Liliana…
—No puedes, Aleksei. No de nuevo… —me reprocha, y sus palabras me golpean tan bajo que el dolor resulta mucho más certero que el que nace en mi abdomen—. No puedes hacerme esto. Es injusto, es…
Un pinchazo se acopla en el lado izquierdo de mi pecho.
— Solnyshko … —Aprieto la mandíbula, intentando apartar esa sensación—. Tienes que soltar la herida. No voy a dejar que conduzcas con una sola mano. Olvídate de eso.
No pienso dejar que se mate intentando salvarme la vida. Tiene que salir de aquí, independientemente de lo que me ocurra a mí. Eso es lo único que importa.
—No. Si lo hago, te…
Niego despacio, sintiendo que incluso ese pequeño movimiento me exige más esfuerzo del que debería.