Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído. #5
No puede hacerlo, pese a que esa voz dentro de mí grita desesperadamente que esto es una locura. Que no voy a acertar. Que vamos a acabar como mis padres. Que esto está destinado a terminar mal.
Pero no.
No puede importarme cuando, de repente, mis pensamientos desordenados se recolocan con una frialdad que no sabía que poseía y las dudas empiezan a disiparse.
Me resguardo tras el marco y entonces imito lo que Aleksei ha hecho antes. Tiro de la corredera. El mecanismo cruje y lleno mis pulmones de aire, notando cómo, de pronto, mi pulso se serena.
Levanto el arma y miro por encima del cañón.
Entonces lo veo.
La sombra del tirador aparece al final del pasillo.
No pienso. Actúo.
Apoyo el dedo sobre la palanca, sintiéndola contra la yema, elevo el arma todo lo que puedo y entonces, lo hago.
Un segundo. Una decisión.
Aprieto el gatillo. Sin más. Pero algo cambia en el aire. Dentro de mí .
Lo hace al mismo tiempo que el retroceso me sacude los brazos por completo y me lanza contra la pared con una fuerza que me arranca el oxígeno de los pulmones.
No sé si he acertado.
El estruendo es tal que durante un segundo entero me quedo sorda. Un pitido agudo me taladra los oídos e impide que escuche cualquier otra cosa.
No sé si sigue en pie.
No sé si ahora mismo hay otra bala en camino y no puedo oírla.
Busco desesperadamente en el pasillo, pero todo me da vueltas. El humo del disparo me irrita la garganta y las manos me tiemblan con tanta insistencia que el arma repiquetea entre mis dedos, amenazando con caer al suelo. Comprendo que no voy a ser capaz de hacer esto otra vez.
Espero el impacto.
Rezo para que llegue.
Nada .
Entonces el pitido empieza a remitir lo suficiente para que pueda oírlo: un golpe. El que haría algo muy pesado desplomándose contra el suelo.
Abro los ojos y vuelvo a mirar.
Ahora sí lo veo.
Un hombre enorme yace tendido sobre el mármol, con un disparo en el ojo derecho y el cerebro esparcido por el suelo.
Durante un instante, no consigo sentir nada que no sea el silencio calándome hasta los huesos, volviéndose demasiado denso, hasta que la adrenalina de lo que acabo de hacer me golpea.
Me quedo paralizada. Temblando.
He matado a un ser humano.
Lo he hecho.
Está muerto y no me arrepiento.
Lo he matado yo. Con mis propias manos.
Con la pistola del hombre que qui…
Su voz a mi espalda arranca de cuajo el pensamiento y me devuelve a la realidad. A esa en la que su vida pende literalmente de un hilo. A esa en la que todo lo que acabo de hacer ha sido por él, por mí, por mantenernos juntos.
—Buen trabajo, nena …
Me giro.
Aleksei está resbalando por la pared, dejando tras de sí un rastro oscuro sobre el papel tapiz. Mantiene una mano presionada contra la herida y los ojos clavados en mí con una intensidad que hace que cruce la habitación entera en apenas dos segundos.
—No, no…
Mis manos vuelan hacia la suya y presionan sobre ella. No consigo detener la hemorragia y, en cuestión de segundos, mis dedos quedan completamente empapados.
—No, no, no. Aleksei, mírame. Mírame, por favor. No cierres los ojos. Te lo prohíbo.
Como si eso fuese a servir de algo. Como si mis simples palabras pudiesen mantenerlo…
Sus ojos se entornan lentamente, pero lucha contra ello. Me hace caso.
—Estoy mirándote. Siempre estoy haciéndolo, Lili —murmura, y en sus labios aparece algo que, en cualquier otro momento, sería una sonrisa—. ¿Puedo pestañear al menos?
Cierro los ojos un segundo y las lágrimas llegan sin que pueda hacer nada por detenerlas. Una sonrisa amenaza con escapárseme ante la broma, pero soy lo bastante consciente como para saber que, por la cantidad de sangre que está perdiendo, es muy posible que no sobreviva al disparo.
Que me abandone.
Esta vez, para siempre.
No, Dios, no puede estar pasando.
Papá, mamá… Si estáis ahí arriba, no permitáis esto.
Romped la maldición.
Yo… Yo…
Quiero ser feliz. Quiero serlo con él. Quiero…
Por favor.
—No tiene gracia, Aleksei… —Mi voz se rompe en un sollozo mientras intento presionar la herida con más fuerza de la que tengo y miro en todas direcciones, alerta, esperando que aparezca ese amigo suyo o cualquiera que pueda ayudarnos—.
Dios mío, no tiene ninguna gracia. Estás sangrando, vas a… y yo no sé qué hacer y… y estás…
—Liliana… —Su mano libre asciende hasta mi rostro y deja un rastro de sangre sobre mi mejilla antes de caer al suelo, sin fuerzas—. Escúchame.
Niego mientras las lágrimas se precipitan cada vez más deprisa.
Si se despide, voy a coger esta arma y a volarme mi propia cabeza. Si dice alguna tontería, juro por Dios que yo no …
Que no….
Me doy cuenta de lo que estoy pensando. La certeza cae sobre mí por su propio peso.
Sigo enamorada de este hombre.
Sigo estándolo de la misma forma irrevocable que hace años. Incluso peor. Quiero estar con él y va a morirse sin que pueda decírselo.
Sin que pueda cumplirlo.
Sin que pueda hacer nada por impedirlo.
—No quiero escucharte. Quiero que dejes de sangrar. Quiero que vivas. Quiero qué…
Me quieras.
No puedo decirlo. Me escuece el pecho. Duele demasiado y, si lo pronuncio, sonará como algo que quizá ya nunca pueda ocurrir.
—Liliana, voy a sobrevivir a esto. No es la primera vez. —Su tono adquiere algo de firmeza, aunque su voz conserva esa cadencia extraña que me hiela los huesos—. Soy un Volkov. Una bala no va a separarme de lo que anhelo.
—¿Me lo juras?
Asiente.
—Sí, pero tenemos que irnos si quieres que pueda cumplirlo. Las llaves están en mi bolsillo izquierdo. El coche está en el aparcamiento norte, el Audi negro. Tú vas a conducir. Sé que sabes hacerlo. ¿De acuerdo?
¿Qué?
—Yo no puedo conducir ahora mismo. Yo no…
—Sí puedes, solnyshko .
—¡Aleksei, te han disparado! ¡No puedo!
Me muero por dentro…
—Lo sé, pero confío en ti, Liliana... —Sus ojos permanecen clavados en los míos, aunque amenazan con cerrarse si no me doy prisa—.
Acabas de matar al hombre que me ha disparado.
Le has plantado cara y me has salvado la vida.
Así que ahora necesito que hagas una cosa más, nena.
Solo una. Prometo compensártelo, de verdad.
Las lágrimas siguen cayéndome por el rostro sin control y soy incapaz de secarlas porque mis manos continúan presionando su herida, como si eso pudiera bastar. Como si la presión de mis débiles dedos fuese capaz de retenerlo aquí.
Ahora.
Conmigo.
Como si eso pudiera impedir que muriese en mis brazos de todas formas.
Tengo que decírselo… Si se va y no lo hago, ni siquiera tendrá sentido morirme también.
Ni siquiera tendrá sentido ponerle punto final a la tortura que es mi vida.
—No te mueras… por favor —susurro.
Las palabras salen tan pequeñas que apenas existen, quebradas por los sollozos.
—Por favor, Aleksei. No te mueras ahora. Ahora que sé que todo esto estaba escrito. Ahora que…
Sé que te sigo queriendo.
Quiero decirlo, pero no puedo.
Sus ojos parecen leerlo sin necesidad de que mis labios se atrevan a pronunciarlo.
—No me voy a morir. —Sus dedos se enredan en mi pelo durante un segundo—. Pero necesito que te muevas ya, solnyshko . ¿Puedes hacerlo?
Trago saliva y asiento, temblando más que en toda mi vida, con un dolor dentro del pecho que no me veo capaz de soportar durante toda la eternidad si esto se acaba.
Si esto se rompe por completo.
Sus llaves aterrizan en mi mano temblorosa y las aprieto con tanta fuerza que el metal se me clava en la palma, anclándome a lo que está ocurriendo.
—Quiero estar contigo. Quiero que vivas y que estemos juntos… —suelto por impulso.
No sé si lo he pensado o lo he dicho en voz alta hasta que veo algo cambiar en su rostro. Algo que me insta a continuar.
—Ni siquiera sé desde cuándo sé exactamente que lo quiero, pero lo hago. Y no puedes morirte sin saberlo, sin que podamos cumplirlo. No puedes hacerme eso… No puedes, Volkov. No. También está prohibido.
Aleksei me observa durante un largo segundo con esa expresión que no sé descifrar, pero que me atraviesa el pecho. Una sonrisa se dibuja lentamente en sus labios, como si eso fuese todo lo que necesitara escuchar ahora mismo.
—Ya lo sabía, cariño —murmura mientras intenta incorporarse con demasiado esfuerzo—. No voy a decirte lo mismo porque no quiero que pienses que me estoy despidiendo. No estoy haciéndolo.
Sollozo porque sé que no puede saberlo, que no puede asegurármelo. Aun así, se lo ruego como si dependiese de él y no de toda la sangre que ya ha perdido.
—Ni se te ocurra hacerlo, Aleksei Volkov… Mi padre quería que nos casáramos y todavía no lo has cumplido. Tienes que hacerlo.
— Voy a hacerlo.
Una parte de mí quiere creerlo.
Pero está pálido. Apenas puede moverse y, cuando me tiende la mano, sus dedos todavía tiemblan.
Las lágrimas vuelven a nublarme la vista.
—¿Vamos, solnyshko ?
Acepto su mano y, con las llaves atrapadas entre los dedos y el arma manchada con su sangre, aprieto nuestras manos entrelazadas contra su estómago.
Y mientras intento que no se muera, hago lo único que puedo hacer.
Corro.
Lejos de aquí. Lejos de todo.
Esperando que esta noche no sea la noche en la que pierdo al amor de mi vida por culpa de un tiroteo.