Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído. #4
Las manos empiezan a temblarme. Mis latidos se descompasan y, pese a que estamos jodidamente lejos de la fiesta, la música llega hasta nosotros con una claridad imposible, como si estuviera sonando otra vez en su habitación.
Como si esto fuese un recordatorio macabro de todo lo que no hemos tenido en esta vida.
From Eden.
La puse en la lista.
Pero no esperaba esto.
No ahora.
—Yo…
Vuelvo a mirarle los labios y sus ojos descienden otra vez hasta mi boca.
—Liliana, no importa.
—¿Cómo que no…?
No me deja terminar.
Sus manos atrapan mi rostro y no tengo tiempo de reaccionar.
Mi maltrecho corazón empieza a revolotear cuando su boca encuentra la mía sin pedir permiso.
Me besa mientras el estribillo de la canción nos alcanza.
Innocence died screaming, honey, ask me, I should know
I slithered here from Eden just to sit outside your door.
El significado se me clava dentro.
Sus labios se mueven sobre los míos con una lentitud que me obliga a aferrarme a él, que consigue que, durante un instante fugaz, olvide qué está sucediendo, dónde estamos y todo lo que acabo de descubrir.
Durante un resquicio en el tiempo, solo somos él y yo, consumidos por el instante que hace siete años no pudimos tener. Por algo que ya hemos hecho, pero que nunca se ha sentido tan devastador.
No es un beso cargado de deseo. Está lleno de otra cosa. De algo con lo que no puedo lidiar cuando el contacto desciende por mi columna devolviéndome a la realidad.
Me separo con esfuerzo, aturdida, y entonces recuerdo todo lo que llevo días queriendo decirle.
El motivo por el que he venido corriendo.
—Aleksei, hay cosas que necesitas saber. Mi tío planea…
No me deja hablar. Vuelve a besarme y, esta vez, sus dedos se cuelan en mi pelo y tiran de él hacia atrás, obligándome a ofrecerle la boca de una manera que consigue que olvide lo que estaba diciendo sin el menor esfuerzo, que me sumerja sin querer en la canción, en la deliciosa sensación de tener sus labios sobre los míos y...
Casi me dejo llevar. Juro que casi lo hago, pero reúno toda la fuerza de voluntad que me queda y me separo, pese a que hacerlo me cuesta de una manera tan física, tan real, que incluso me duele.
—Aleksei, en serio, necesito que me escuches. No puedes…
Su boca cae sobre la mía y vuelve a cortarme las palabras. Esta vez lo hace con más ferocidad, mordiéndome el labio inferior con una fuerza que constituye una amenaza en sí misma, reclamando mi atención de una manera que no admite réplica.
Maldita sea.
Esta vez no me separo.
No puedo.
Sus pulgares rozan mis pómulos con un cuidado que me destroza y hay algo en ese gesto que me dice más de lo que cualquier explicación podría expresar. Me dice que lleva mucho tiempo anhelando hacer esto. Que no es un impulso.
Que es todo lo contrario.
Por un instante, vuelvo a ser aquella niña que todavía no ha dado su primer beso. La que desea que sea su mejor amigo quien se lo dé y aún cree que todo a su alrededor es normal.
Me dejo arrastrar por esa sensación, por la manera en que sus labios, habitualmente agresivos conmigo, parecen tener compasión esta vez. Como si quisiera darme todo lo que alguna vez nos negó un destino caprichoso. Como si de verdad pudiésemos retroceder en el tiempo y regresar a esos años.
Y entonces algo cambia.
Sus manos, hasta ahora delicadas, se vuelven vehementes. Descienden hasta mi cintura y me atraen hacia él con una exigencia que ya no tiene nada de paciente ni de compasiva.
Esto es él.
Él ahora, en el presente, en su versión más honesta y transparente.
Sus labios se mueven sobre los míos con una desesperación que reconozco porque también la siento, desgarrándome. Como si ninguno de los dos pudiera seguir negándolo, conteniéndolo.
Como si algo se resquebrajara un poco más cada vez que nos tenemos.
Cada vez que estamos juntos.
Me aferro a él con los dedos hundidos en su pelo. Gruñe contra mi boca y el sonido me recorre de arriba abajo, haciendo que olvide dónde estamos, quién soy y todo lo que ha ocurrido.
Todo menos a él.
Hasta que el primer disparo rompe el cuento.
El cristal de la ventana revienta a nuestro lado.
La bala pasa tan cerca de mi cuello que durante una fracción de segundo ni siquiera comprendo que ha estado a punto de volarme la cabeza.
Grito por puro instinto, pero todo sucede demasiado deprisa.
Aleksei me aparta de un empujón justo cuando la puerta se abre de una patada.
Una figura irrumpe frente a nosotros. No alcanzo a distinguirla con claridad, pero el hombre que hace apenas un segundo me estaba besando sí. Y reacciona con habilidad.
Se mueve antes de que yo consiga procesar lo que está ocurriendo, antes de que entienda la magnitud del asunto.
Su cuerpo se interpone entre el mío y la puerta con tanta rapidez que apenas alcanzo a seguirlo.
Me empuja hacia atrás con una mano mientras, con la otra, desenfunda y busca su objetivo con una precisión que me paraliza.
Otro disparo. Esta vez, mucho más cerca.
—¡Van a matarla! ¡Se acabó la tregua!
Un disparo lo silencia.
Hablan de mí.
De matarme.
El pánico me sube por la garganta, pero no tengo tiempo de procesarlo porque Aleksei dispara dos veces hacia la puerta y el estruendo me revienta los oídos. Un grito desgarrador resuena contra las paredes del corredor y se cuela en la habitación.
Después silencio.
Un silencio que dura exactamente los tres latidos que alcanza a dar mi corazón antes de que la sombra de otro tirador aparezca recortada al final del pasillo.
No puedo ver quién es.
Solo soy consciente de que las piernas no me responden, de que el aire no entra con normalidad en mis pulmones, de que esto es real y no una pesadilla.
Hay personas intentando matarnos ahora mismo y Aleksei está delante de mí, protegiéndome con su cuerpo como si hacerlo fuese lo más natural del mundo.
No alcanzo a asimilarlo porque Aleksei levanta el arma y, entonces, lo veo.
Su mano tiembla.
No es un temblor pequeño ni disimulado. Le sacude los dedos por completo, le impide apuntar, hacer lo único que intuyo que sabe hacer mejor que respirar.
No entiendo nada y él…
Él se da cuenta al mismo tiempo que yo de lo que está pasando.
Veo cómo aprieta la mandíbula mientras observa su propia mano como si fuese algo ajeno a su cuerpo… Algo que le ha traicionado en el peor momento posible.
No.
Bajo un poco más la mirada y, antes de que mi cerebro consiga asimilar lo que estoy viendo, otro grito sale disparado de mi garganta, rompiéndome.
—¡Aleksei!
No, no, no.
Esto no está pasando.
Ahora no.
Es imposible.
No.
Los dos miramos al mismo sitio.
Las piernas me fallan y caigo de rodillas al suelo sin poder apartar la vista.
Su abdomen.
No. Esto no está pasando.
La respiración empieza a fallarme.
—Aleksei, estás…
No consigo terminar.
Porque ahora que lo he visto, ya no puedo dejar de hacerlo.
No, no, no.
Una mancha oscura se extiende por el lado derecho de su camisa blanca a una velocidad que hace que todo mi cuerpo se sacuda .
Empiezo a hiperventilar a su lado, pero él se limita a ponerme una mano sobre el hombro, como si no le importara. Como si no se estuviese desangrando delante de mí.
—Estoy bien —masculla.
Pero su voz ha perdido algo.
Tiene menos peso. Menos aire.
Menos vida .
—¡No estás bien! ¡Estás sangrando!
No puedo dejar de gritar.
Los pasos vuelven a resonar en el pasillo, cada vez más cerca, y mi voz se corta en seco.
Aleksei intenta levantar el arma de nuevo, pero su cuerpo termina traicionándolo. Se encorva ligeramente y la mano con la que sostiene la pistola vuelve a temblar, esta vez con mucha más violencia.
Bajo la mirada.
Un pequeño charco rojo comienza a formarse bajo sus pies.
Demasiado rápido.
Demasiado abundante.
No.
Mi cabeza, ya de por sí acelerada, se precipita hacia el peor lugar posible. Empiezo a pensar que quizá no salgamos de aquí. Que quizá vaya a perder lo único por lo que vale la pena seguir viva.
No. Tiene que ser un sueño. Eso no puede estar pasando. Es un sueño. Es…
No lo es.
El tirador sigue ahí fuera, avanzando hacia nosotros, y veo el momento exacto en que Aleksei comprende que no puede hacerlo. Que esta vez su cuerpo no va a obedecerle por mucho que trate de imponerse a él. Que está perdiendo sangre a una velocidad abismal.
Entiendo que casi lo conseguimos. Que podríamos haberlo tenido todo y alguien está intentando arrebatármelo antes siquiera de que haya podido vivirlo.
Voy a perderlo.
Algo dentro de mí se adelanta a mi propio cerebro.
Una chispa ígnea que lleva mucho tiempo contenida y que ahora es un jodido incendio que nadie puede evitar.
Me muevo antes de pensar.
Me pongo en pie y, con cada paso, noto cómo desaparece el temblor.
No.
Me niego.
Joder, me niego.
Mis manos se cierran sobre las suyas y le arranco el arma con una brusquedad a la que no opone resistencia. Aleksei gira la cabeza hacia mí y veo en su rostro una expresión que nunca antes había encontrado allí.
Una mezcla explosiva y errática de sorpresa y algo que se parece demasiado al miedo.
Pero no a su propia muerte.
A la mía.
Maldita sea.
Las lágrimas me empapan las mejillas y hacen que el pelo se me pegue al rostro, dificultándome incluso verlo.
—Liliana, no…
—Cállate. No voy a morir.
Me agarra del brazo, pero me zafo sin esfuerzo y lo miro con una determinación que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Sus dedos tratan de alcanzarme de nuevo mientras niega con la cabeza.
Voy a hacerlo. No me importa. No voy a dejar que me lo quiten todo.
Voy a luchar por ello.
Por primera vez… voy a hacerlo.
—Lili…
—Déjame hacerlo.
—No, Liliana, no… —Tose y veo la sangre brotar de sus labios.
Y entonces entiendo que tengo que actuar si queremos, al menos, tener una oportunidad de escapar.
Inhalo profundamente y camino hasta quedar junto al marco de la puerta, con los tacones resonando contra el suelo.
Durante un instante fugaz, soy consciente de que mi valentía no basta.
De que la pistola pesa mucho más de lo que esperaba, de que mis brazos no tienen la firmeza de los suyos, de que nunca he hecho esto en mi vida…
No importa .