Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído. #3
53%

Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído. #3

—¿Puedes decírmelo? —insisto mientras miro por encima del hombro, esperando que nadie nos esté observando.

No veo a Petro y eso hace que se me erice la piel, que la urgencia se vuelva cada vez más real e inequívoca dentro de mis huesos.

—¿Vas a ayudarme o no? —La desesperación resulta palpable en mi tono.

—Estela —dice el de los tatuajes, mirándola de reojo—, un segundo. Ahora vuelvo.

—Me llamo Gabriela, desgraciado.

—Es lo mismo .

Ella vuelve a arquear una ceja.

— Dame un momento, no tardo nada. En seguida estoy contigo, belleza.

Deja escapar un sonido que no llega a ser un suspiro, pero se le parece. Acto seguido, se aparta.

Creo que he interrumpido algo, pero no podría importarme menos.

—Perdón, esa chica…

—Con todo respeto, me importa una mierda. Dime dónde está metido. Ahora.

—Joder, encajáis tan  bien…

Nikolai echa un vistazo rápido a su alrededor con un movimiento tan breve que, si no lo estuviese mirando, ni siquiera lo habría percibido. Después se tapa la boca con una mano, se lleva el índice de la otra al oído y responde:

—Sector este. Terraza interior. Pero, Liliana…

Me largo antes de que pueda terminar la frase. No me importa lo que tenga que decirme. Ahora mismo solo me interesa un hombre y, desde luego, no es este.

Mis piernas se mueven solas y, antes de que pueda darme cuenta, empiezo a correr.

Mis tacones, amortiguados al principio por el césped, no tardan en resonar con nitidez contra el mármol.

En cuestión de segundos estoy dentro de la mansión alquilada y avanzo por ella con tanta seguridad que cualquiera diría que he recorrido estos pasillos mil veces.

Antes siquiera de conseguir llenar los pulmones de aire, ya estoy subiendo las escaleras como si me fuese la vida en ello.

No puedo pensar. No puedo procesar. No puedo hacer nada que no sea buscarlo.

Necesito verlo.

Es la única constante que existe en mi cabeza. Ni siquiera sé qué voy a hacer cuando lo encuentre, pero necesito llegar hasta él. Necesito mirarlo a la cara y saber que no lo hizo. Saber que él no…

No, joder.

Sacudo la cabeza y sigo corriendo, ahora por el pasillo, en la dirección que me ha indicado el rubio tatuado.

Apenas he avanzado unos metros cuando una mano cae sobre mi hombro y tira de mí hacia atrás con una fuerza que me arranca el aire de los pulmones.

No. Ahora, no.

Me retuerzo y pataleo. Estoy a punto de gritar, como si eso pudiera servirme de algo, cuando una mano cubre mi boca y ahoga el sonido antes de que pueda desgarrarmela garganta inútilmente.

Nadie va a oírme.

Si es Petro… Sé que va a matarme.

Ahora de verdad.

Una puerta cede a mi espalda y el mundo cambia de golpe. Hasta la temperatura parece hacerlo; el calor aumenta de forma abrupta cuando la oscuridad de una habitación me engulle y mi espalda impacta contra la pared con un golpe sordo que me roba el poco aliento que me quedaba.

Me quedo paralizada.

No por el golpe. Tampoco por la oscuridad.

No es nada de eso lo que me frena. Ni siquiera las lágrimas que empiezan a acumularse tras mis pestañas ante la que creía una certeza.

No.

Es el olor.

Ese a lluvia, tabaco negro y vodka dulzón al que llevo quince días intentando volver, desesperada.

Lo reconozco antes de que mis ojos se adapten a la penumbra. Antes de poder distinguir su rostro. Antes de que comprender que él  me ha encontrado primero.

—Tranquila. —Su voz, baja y profunda, impacta contra mi oído. Está tan cerca que siento el calor de su aliento sobre la piel—. No soy Petro.

—Sé que no —respondo, y mi voz apenas es un hilo frágil.

—Entonces deja de temblar, solnyshko . No voy a dejar que te toque. Nadie volverá a hacerte daño.

Lo dice como si esas palabras bastasen para que mi corazón dejase de galopar desbocado, como si no acabase de aterrizar en una realidad paralela, como si lo que me aterrara fuese que su hermano volviese a pegarme.

No, Dios, no.

No es eso lo que me sucede. No después de todo lo que he descubierto. No con la cara de Enzo todavía ardiendo en la palma de mi mano. No con la voz del capo resonando en mis oídos, diciéndome que mis padres lo eligieron  a caso hecho .

Que siempre fue él.

Mi vecino, mi mejor amigo…

Él. Todo este tiempo.

—Aleksei, yo… —Mi voz se quiebra y, después de eso, no consigo arrancar nada más de mi garganta.

No encuentro las palabras porque son demasiadas a la vez. Porque quiero preguntarle, gritarle y exigirle que me explique todo desde el principio, desde esa noche en los suburbios. Quiero saber si él conocía algo de todo esto.

Si siempre ha sabido más de lo que aparentaba.

Pero no puedo. Solo me quiebro, poco a poco, al son de sus dedos enredándose en mi pelo, acariciándolo como si llevara una eternidad esperando poder hacerlo. Lo que siento es demasiado intenso, tan complejo que no consigo ponerle nombre ni detenerlo.

Quiero llorar y él, como si supiera exactamente lo que está ocurriendo dentro de mi cabeza, entreabre los labios.

—Lo sé, Lili. Ven conmigo.

Tira de mí y, entonces, sus brazos me envuelven.

Mi cabeza impacta en su pecho y su barbilla se apoya sobre mi coronilla, haciendo que algo en mi interior estalle en mil pedazos para después recomponerse al ritmo de su corazón, que golpea desbocado contra mi oído.

No duele. Pero amenaza con deshacerme las entrañas y convertir este instante en algo indeleble.

Aleksei me abraza como cuando le tenía miedo a las tormentas. Como cuando le regalé ese collar que todavía llevo puesto. Como cuando bailamos aquella canción de Hozier  y parecía que no existía nadie capaz de destruirnos.

Qué ingenuos éramos.

Entierro la cara en su pecho sin poder evitarlo y siento cómo su mano asciende por mi espalda con una lentitud que me dice que él también lleva quince días sin respirar con normalidad. Que, de alguna forma retorcida, siente esta necesidad inhumana también.

Las lágrimas empapan la tela de su camisa mientras intento no emitir ningún sonido que delate lo confundida que estoy, cuánto necesito retroceder unos años y cambiar las tornas de mi vida.

Maldita sea.

Mis padres querían esto. Mis padres querían que fuese feliz…

Con él.

—No llores —murmura contra mi pelo, y su voz suena desgarrada de una forma que nunca le había oído—. Por favor, solnyshko . Me rompe el jodido corazón verte llorar. Para.

Me separo unos centímetros y él me quita el antifaz, dejando mi rostro al descubierto. Ya no hay nada que lo oculte salvo las lágrimas que descienden ávidas por mis mejillas, arrastrando las capas de maquillaje que Svetlana y Katya tanto han tardado en dejar perfectas.

Mis ojos encuentran los suyos y hablamos sin necesidad de palabras.

Pero no es suficiente.

Las dudas me devoran la conciencia y me arañan las entrañas.

La ansiedad regresa de golpe y, pese a que estoy entre sus brazos, soy muy  consciente de la realidad.

De todo lo que ha ocurrido durante estos siete años.

De lo sumamente perdida que estoy a pesar de haber conseguido, por fin, una verdad a medias.

¿Acaso esto cambia algo?

No estoy segura.

Por eso mi boca vuelve a abrirse de forma imprudente por segunda vez en lo que va de velada, porque, al parecer, a mi subconsciente le importa una mierda mandar este momento al infierno.

—¿Por qué te fuiste?

Sus hombros se tensan. Siento cómo los músculos se endurecen bajo mis manos, incluso a través del tejido.

—Liliana…

Niego con la cabeza y otra pregunta escapa de mi boca antes de que pueda contenerla:

—¿Sabías que mi padre firmó un contrato que nos unía?

—Liliana, no es el momento…

—¿Por eso te fuiste?

—Liliana, sabes que no…

—¿Entonces? ¿Me odias? ¿Querías que sufriera? ¿Es por la maldición o por qué?

—Liliana, no creo que lo que siento por ti se parezca a eso. No es… No…

Ni siquiera le dejo terminar. Mi cabeza es un frenesí inexplicable que no puede esperar tanto por una respuesta.

—¿Desde cuándo sientes eso ?

¿Qué es exactamente?

Pero no me atrevo a preguntarlo.

Sus ojos se suavizan y no necesito una respuesta para sentirla esparcirse como electricidad por mi cuerpo, llenándome las venas, alcanzando cada arista quebrada de mi interior.

Joder.

—Lili… ¿De verdad me estás preguntando eso?

—Sí. Respóndeme. Necesito saberlo.

El silencio que sigue dura exactamente lo que tarda su pulgar en ascender hasta mi mejilla y borrar una lágrima que ni siquiera había notado escapar.

Sus ojos no se apartan de los míos en ningún momento, como si necesitara ver mi rostro, memorizar cada detalle.

Como si llevara años esperando poder mirarme de la forma en que lo hace ahora.

Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, se abre paso en sus labios.

Mi corazón se detiene.

También el aire en el escaso espacio que compartimos.

Y entonces lo escucho.

—Siempre —responde sin titubear—. Desde que tenías seis años y le robaste la pelota a aquellos niños. Desde el primer segundo, Liliana. Siempre. ¿Te sirve mi respuesta?

Dios mío. Todo este tiempo… Diecisiete años.

Y él… No. No puedo.

El mareo me golpea, pero me aferro a sus hombros para mantenerme en pie, intentando que las piernas no me fallen.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

Sus ojos descienden hasta mis labios y siguen el movimiento de mi boca.

—¿Importa?

—Aleksei…

No aparta la mirada. Algo tiembla dentro de mí.

—¿No es obvio, nena?

Joder, no. No lo es .

—¿Te parece que es obvio, Aleksei?

Una media sonrisa vuelve a deslizarse por esos labios que ahora yo también estoy mirando.

Maldición.

—Demasiado, solnyshko.

El apelativo me golpea de la misma forma que hace años y me obliga a dar un paso en falso que acorta todavía más el espacio entre nosotros.

—¿Entonces?

Ni siquiera sé qué estoy diciendo.

—¿Entonces qué?

Sacudo la cabeza, intentando recuperar el foco.

Quiero saberlo.

—¿Puedes responder a mis preguntas?

—¿Y tú puedes esperar y escuchar lo que está sonando?

Quiero golpearlo.

Pero, antes de que pueda hacerlo, algo me oprime el pecho y los pulmones me arden al respirar.

De fondo, escucho lo que él ya ha oído.