Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído. #2
Siete años con Enzo. Siete años soportando todo lo que soporté… y había más personas.
—¿Por qué no te conocía? —pregunto.
Por el rabillo del ojo, veo cómo varias gotas de sudor empiezan a resbalar por el rostro de mi tío.
—Liliana, no molestes más a…
La mano del capo se interpone delante de Enzo, deteniéndolo de nuevo. Esta vez lo hace con un hastío tan evidente que incluso a mí me pone la piel de gallina.
—No me molesta —lo interrumpe con severidad—. Tiene preguntas y, si eres tan amable de callarte la boca, voy a responderle a mi sobrina .
Su sobrina.
Es la primera vez que alguien me llama así.
Enzo se encoge sobre sí mismo y Petro se tensa como si acabaran de abofetearlo, como si algo que no esperaba estuviese a punto de estallarle en la cara.
—En realidad, nunca llegamos a conocernos porque tu madre así lo quiso. Ella no quería que te involucraras en la mafia. «La Cosa Nostra no es lugar para mi Lili» , solía decir…
Por un instante, parece estar viéndola delante de él.
—Casi mata a tu padre cuando le presenté el acuerdo. Enloqueció. Creo que hasta le partió una silla en la espalda a Marco. Estuvo un mes sin poder sentarse correctamente. Sí… Lo recuerdo bien.
—¿¡Mi madre!?
—Sí. Sofía era así… siempre. —La nostalgia vuelve a llenar sus ojos envejecidos—.
Nunca quiso que nuestro apellido marcara tu vida, Liliana.
Pero, después de conocer al chico , cambió de opinión…
La paz era una utopía con la que Sofía soñaba desde que éramos críos, y podía hacerse realidad gracias a unos niños. ¿Puedes creerlo? No pude negarme.
Al chico.
Mi corazón se salta un latido.
Luego otro.
Y otro.
No sé cuántos.
Dejo de sentirlo golpeando contra mis costillas. Las rodillas me tiemblan y Petro me sujeta del brazo, mirándome como si le preocupara mi estado, aunque, en el fondo, sé que le inquieta otra cosa.
Le preocupa que esta revelación termine de desmontar toda su farsa.
Lo que está diciendo…
—Ellos querían esto para ti —continúa Vitale, ajeno a mi parálisis, y ahora su voz adquiere un peso más personal. Más directo—. No era solo política, Liliana. Marco y Sofía eligieron esta alianza porque confiaban en ella. Porque sabían con quién te estaban prometiendo.
Noto cómo Petro deja de respirar. Es un cambio mínimo que apenas dura un segundo, pero lo percibo porque llevo meses aprendiendo a leer cada milímetro de su cuerpo para anticiparme el daño.
No se esperaba esto. Esperaba que fuese demasiado estúpida para entenderlo, pero creo que se da cuenta de que, por primera vez, los puntos están conectando sin que él pueda hacer nada para impedirlo…
Enzo, que estaba a punto de abrir la boca, se queda callado de repente, con una rigidez que dice más que cualquier declaración.
No está hablando de Petro… Ellos no lo conocían. Ellos…
Joder.
Casi me echo a reír. Juro por Dios que casi lo hago, porque, de repente, todo tiene un sentido tan brutal y ridículo al mismo tiempo que no sé si llorar o soltar una carcajada delante de todos los asistentes a mi propia epifanía.
Vitale continúa, mirándome con la expresión de alguien que cree estar contándome algo que ya sé, sin ser consciente de lo que está haciendo:
—Tus padres sabían que tú y el futuro pakhan teníais algo especial desde pequeños.
Marco me lo contaba en cada carta desde que se alejaron del clan.
Decía que nunca había visto a su hija mirar a alguien de esa manera…
Que Sofía lo miraba igual cuando se conocieron.
Ese es el motivo por el que acepté, porque sabía lo felices que se hacían.
El mundo se detiene.
Las palabras de mi madre me sacuden con la verdad.
« Me recuerdas tanto a mí cuando conocí a Marco… »
Esa noche. Cuando él llegó.
Dios, no es posible.
Papá lo sabía.
Papá no me prometió a Petro. Me prometió al futuro pakhan sabiendo exactamente quién era ese hombre para mí. Sabiendo lo que sentía. Lo hizo porque confiaba en ello, porque lo quería para mí, porque conocía mis sentimientos…
El futuro pakhan no es el hombre que tengo al lado.
Nunca lo ha sido.
Sabía que papá nunca me haría algo tan horrible.
Mis ojos se mueven solos hacia él y lo que encuentro en su rostro es suficiente para confirmarlo todo.
Enzo da un paso hacia Vitale con esa horrenda sonrisa suya, una que ya no puede arreglar absolutamente nada.
—Vitale, amigo, creo que…
—Mi padre te contaba eso… —lo interrumpo, y mi voz sale con una calma que no siento—. ¿Y a quién exactamente se refería cuando hablaba del futuro pakhan ?
Silencio.
Vitale frunce el ceño y me observa con una confusión tan genuina que me dice todo lo que necesito saber. Dante, que hasta ahora ha permanecido en silencio, desvía los ojos hacia Petro con una lentitud calculada que me indica que él también sabía que había algo que no cuadraba en toda esta historia.
—Al hijo mayor de Iván Volkov, obvio —responde despacio, midiendo cada palabra con cuidado—. Al que Marco conoció hace años, cuando sellamos el primer acuerdo. Al que lleva cargando el peso del clan desde muy joven. Tu futuro marido, ¿no?
Veo cómo la tensión entre Petro y Enzo se vuelve palpable. Como la electricidad estática que precede a una tormenta.
Como si estuviera a punto de caerles un rayo encima.
Y ese rayo fuese yo.
Sonrío sin poder evitarlo.
Lo hago cuando veo cómo Petro se mueve hacia Vitale con esa compostura suya, intentando impedir que algo se rompa. Algo que, sinceramente, todos sabemos que ya se ha hecho añicos.
Pero, antes de que pueda abrir la boca, Enzo interviene con una rapidez que me confirma lo evidente.
Llevan tiempo preparados por si esto ocurría.
—Las cosas cambian, Vitale. Usted lo sabe mejor que nadie. Marco murió y, con él, muchos acuerdos quedaron en el aire. Petro es…
Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas, impulsadas por algo que parece mover cada célula de mi cuerpo:
—¡No es nadie! Cállate de una vez, Enzo. Deja de mentirnos.
Mi tío se gira hacia mí con esa expresión suya que lleva siete años siendo suficiente para hacerme querer desaparecer. Esa mirada de mierda que usa cuando quiere recordarme cuál es mi sitio.
Pero ahora lo tengo claro.
No es este .
Por eso, cuando su mano sube hacia mí, directa a mi rostro, esta vez no lo permito.
La agarro.
Lo hago con una fuerza que nunca he poseído, provocando que sus dedos queden suspendidos en el aire, atrapados entre los míos. Veo su cara en el instante en que comprende que para mí, todo ha cambiado para siempre.
—No.
Una sola sílaba. La más importante que he pronunciado en toda mi vida.
Me mira a los ojos y, entonces, lo ve.
Durante un instante fugaz, ve que ya no le tengo miedo. Y es él quien me teme.
Porque, por primera vez desde que entré por la puerta de su casa, contempla aquello en lo que me ha convertido. Comprende que soy lo que soy porque él me entrenó para serlo.
Sé que puede apreciarlo un segundo antes de que la palma de mi mano impacte contra su mejilla con toda la fuerza que poseo.
El sonido es lo más jodidamente satisfactorio que he oído en mis veintitrés años de existencia.
La música parece detenerse. Dos o tres personas se giran para comprobar qué sucede, mientras yo siento los dedos ardiendo por mucho más que el golpe.
Enzo se queda inmóvil, con la cabeza ladeada, procesando lo que acabo de hacer. Asimilando que, por fin, me he atrevido.
Vitale no se mueve.
Dante tampoco, aunque una pequeña mueca se dibuja en sus labios. Un bien hecho que no llega a pronunciar, pero que tampoco hace falta, porque lo oigo por dentro.
Petro afloja el agarre sobre mi brazo un milímetro, impactado.
Y basta.
Basta para llenarme de valor y hacerme hablar de nuevo.
—No vuelvas a intentarlo, zio —advierto.
Mi voz no tiembla. Es distinta. Tanto que apenas la reconozco.
—Soy la futura esposa del pakhan de Saint Virell y, como vuelvas a ponerme las manos encima, mi futuro marido se encargará de que no puedas volver a utilizarlas.
La advertencia no es solo para él. Todos parecen saberlo.
Sobre todo el impostor que tengo al lado.
En cuanto intento marcharme, sus dedos se cierran sobre mi brazo, como si pudiera retenerme. Como si eso fuese suficiente para detener lo que ya está en marcha.
No. No puede hacerlo.
—Voy al baño —anuncio con toda la audacia que me queda en el cuerpo—. ¿No puedo, querido ?
Pongo mi mejor cara de inocencia.
No me cree. Lo sé. Pero también sé dónde atacar.
Delante del capo de la Cosa Nostra no puede montar una escena. Así que no le queda más remedio que soltarme y dedicarle a los demás una sonrisa cargada de una calidez tan impostada que casi me entran ganas de reír.
Por una vez, este sociópata juega a lo que a mí me da la gana .
En cuanto sus dedos abandonan mi brazo, me largo.
No miro atrás. Empiezo a andar sin importarme la altura de mis tacones, lo corto que es mi vestido ni que el antifaz de gata apenas me permita ver por dónde voy. Avanzo entre la gente con la cabeza gacha, esquivando cuerpos y conversaciones que no me importan mientras busco una salida. Cualquiera.
Necesito aire.
Oxígeno.
Algo que consiga bajar la adrenalina que todavía me corre por las venas y hace que me tiemblen hasta las putas manos.
Voy tan ofuscada que casi choco con una chica que lleva un vestido negro .
—Amiga, ¿estás bien? Parece que has visto un espectro —murmura.
Apenas tengo tiempo de responder porque entonces veo quién está a su lado.
Nikolai , creo.
Me detengo en seco.
Él me mira durante un segundo. Después mira a la chica. Luego vuelve a mirarme a mí con una expresión que, no tengo tiempo ni ganas de descifrar.
Tengo prisa, joder.
—Nikolai —digo, arriesgándome a que no sea su nombre, y mi voz sale más urgente de lo que pretendía—. ¿Dónde está? Responde.
No hace falta que diga quién. Lo sabe. Y algo parece encajar en su cabeza en cuanto me oye hablar.
— Igualitos … —farfulla, por lo bajo.
No entiendo nada. Tampoco es el momento de hacerlo, pero la pelirroja nos mira a los dos con una ceja alzada, calculando si debe meterse o no.