Ruthless Obsession (Despiadados 1) Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído.
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Capítulo 19 La fiesta ha comenzado y las máscaras han caído.

Lili

S ujeto la copa contra mis costillas, clavándome el borde del cristal en la piel. Amenaza con estallar si no dejo de apretar de una vez.

Casi deseo que lo haga. Que se rompa y los pedazos de vidrio atraviesen mi torrente sanguíneo, poniéndole fin a esta tortura.

Preferiría estar muerta que viéndolo.

El pensamiento me recorre la columna vertebral con una rabia que no reconozco. Solo verlo hace que vuelva a pensar en abandonar este plano terrenal y no, no debería ser así.

Debería aprovechar esa catarsis emocional y dirigirla contra él. Contra quien ahora sé que es el único responsable de toda esta mierda.

«¿Por qué te crees que te acogí realmente, Liliana? Sabía que, llegado el día, sacaría ventaja de la promesa que hizo tu padre al capo y me ganaría su respeto».

Recuerdo su voz con una nitidez insoportable, la noche de mi cumpleaños, y también cómo he evitado pensar en ello hasta ahora.

Me niego a que sea verdad.

Me niego a creer que mi padre haría algo así. Quizá por eso, durante este último mes y medio, ha sido mucho más fácil culpar a Aleksei de algo que, aparentemente, tampoco es responsabilidad suya.

No dejo de darle vueltas desde la reunión.

Necesito aclararlo todo con él. Saber la verdad. Completa.

Ya no basta con intentar unir las piezas. Necesito que encajen de forma irrevocable.

Joder.

Empiezo a sentirme ansiosa porque, si él  sabe algo más…

¿por qué no me lo ha contado después? Ya no he vuelto a esconderme, así que…

¿por qué llevo quince días arrepintiéndome de no haber hablado en aquella reunión?

¿Por qué llevo tantos días pensando en aquella vez que bailamos y en lo que dijo mi padre?

Nada tiene sentido.

Sé que mi padre nunca quiso esto para mí. Sé cómo era y lo que pensaba de los hombres como Petro. Eso no puede ser mentira. Hay cosas que no pueden fingirse.

Entonces, ¿qué diablos significa todo?

Las preguntas bailan en mi cabeza al mismo ritmo que las personas que giran por el salón de celebraciones, mientras yo permanezco inmóvil junto al hombre que me ha tocado soportar como prometido.

El mismo que esta mañana ha barrido este suelo conmigo. El mismo que lo ha hecho mientras me explicaba, con voz melosa, qué esperaba exactamente de mí y de mi actitud durante esta noche.

Ha sido una advertencia que solo Svetlana ha presenciado. Una que, esta vez, no ha dejado marcas visibles, pero sí un dolor de cabeza que me recuerda que sigue teniendo más poder del que soy capaz de imaginar.

Por eso ahora permanezco callada, sin rechistar. Viendo cómo mi tío avanza hacia nosotros con esa tranquilidad que siempre me ha revuelto las tripas.

Enzo camina como si no supiéramos todos que me ha jodido la vida. Como si yo no conociera lo que esconden esas manos ni todo lo que me han hecho soportar.

Siete años de mi vida sufriendo por su culpa.

Sigo observándolo, incapaz de reaccionar.

Tiene una sonrisa en la cara y, aunque lleva un antifaz de demonio, puedo verla con total claridad extendiéndose por el resto de sus facciones.

Sabe que lo estoy pasando mal y lo disfruta, como si hubiera vivido toda su existencia esperando este momento.

Como si el sufrimiento fuese el único legado que le interesa que herede de mi familia.

Dios, esa mueca. Debería borrársela. Debería…

Petro me agarra del brazo antes de que mis pies puedan ejecutar la decisión que mi cabeza ya ha tomado un millón de veces.

Me arrastra más hacia su costado hasta que nuestros cuerpos chocan, con brusquedad. Nadie parece notarlo o, mejor dicho, a nadie le importa una mierda.

Maldita sea .

Sus brazos me aprietan tanto que apenas puedo respirar. Lleva comportándose así una hora y media, como si creyera que puedo escapar en un lugar abarrotado de armas y de hombres, que le juran lealtad a base de mentiras.

Ni siquiera me importa. Lo único que lo hace es la certeza de que no he podido buscar a Aleksei y que algo no para de gritarme que lo haga. Que desenrede de una vez todas esas preguntas que me queman por dentro…

Pero Petro, como si supiera lo que tramo, se ha encargado de impedirlo.

Me ha aprisionado, obligándome a bailar canciones que ni siquiera me gustan o reconozco del todo.

¿ Para qué le di una playlist? ¿Semanas organizando cada detalle para que, al final, todo sea como a este impostor de mierda le haya apetecido?

Inhalo despacio, intentando apaciguar la ira, con los puños cerrados a ambos costados.

Tengo que estar centrada.

Mi familia está cada vez más cerca, a punto de alcanzarnos. Tengo que respirar con normalidad. Aparentar calma...

¿Y si salgo corriendo? ¿Petro me pegaría delante de todos?

¿Se reirían o simplemente mirarían hacia otro lado?

Estoy tentada de averiguarlo, pero el agarre de Petro se intensifica sobre mi piel, haciéndome daño, respondiendo a mi pensamiento como si pudiera leerlo.

Durante un segundo fugaz, una mueca amarga me desfigura el rostro.

La borro.

Fuerzo una sonrisa en su lugar, como si aquel resquicio de debilidad nunca hubiera existido.

No voy a dejar que vea que es más fuerte. Que se regodee en ello. Que lo disfrute.

Es lo único que me queda ahora mismo: mi dignidad.

—Recuerda que me amas, Liliana —murmura—. O lo grabaré en tu piel de tal forma que no puedas olvidarlo jamás .

Trago saliva.

No lo miro.

La amenaza no me cala, no como debería, porque ahora, mientras los metros se reducen cada vez más, no puedo apartar los ojos de mi tío ni dejar de recorrer el resto de la sala en busca de alguien a quien no encuentro, pese a que envié esa invitación personalmente, arriesgando mi vida.

Maldita sea. ¿No va a presentarse?

No sé por qué todavía hay una parte de mí que espera que venga a salvarme.

No sé por qué sigo esperándolo cuando nunca ocurre.

Siento cómo las paredes de este enorme espacio me oprimen los pulmones cuando Enzo continúa acercándose. Sabe perfectamente que no puedo escapar. Que, por mucho que lo intente, estoy atrapada.

Siempre lo ha sabido.

Aprieto un poco más la copa hasta que el cristal presiona mis nudillos con una punzada que parece una advertencia de guerra.

Un cristal roto corta mucho más. Es más afilado . Y no sé muy bien si me refiero al objeto que sostengo entre los dedos o a mí misma.

Mi tío llega hasta nosotros y sus labios se curvan en algo que casi parece genuino.

Como si no fuese un ser despreciable que me ha vendido a un monstruo.

—¡Liliana, bambina ! Pareces toda una dama… —saluda.

Toma mis manos y deposita un beso sobre ellas que me hace temblar más de lo que me gustaría.

—Petro, ¡amigo mío! Has convertido a mi sobrina en toda una joya. Felicidades por semejante tarea…

—¿Has visto? Te dije que estaría mejor en mi casa, conmigo.

Ni siquiera es suya. Es del pakhan.

—Debo darte la razón. Parece mucho más mansa y sosegada…

Y una mierda.

Mis pulmones arden. Sin embargo, mi cuerpo no reacciona.

Me quedo inmóvil mientras, frente a mí, se materializan dos figuras que nunca había visto hasta ahora, pero que, por alguna razón extraña, me resultan familiares de una forma que no sé explicar.

— Don…  ¿Qué hace usted aquí?

Los ojos del hombre canoso recorren de arriba a abajo a mí tío, que vuelve a parecer pequeño, igual que aquel día en mi habitación, cuando apareció Petro.

—He venido a dar mi felicitación formal a la pareja de enamorados … —Su voz suena cálida de una forma que no logro comprender, hasta que, de un momento a otro, se convierte en hielo—. ¿O es que debería haberte pedido permiso, Moretti ?

—¡Para nada, Vitale ! Solo me alegro de verlo. Es de la familia, al fin y al cabo. Esta fiesta es por su trato… —Se aclara la garganta y se afloja la corbata con un nerviosismo que empieza a rezumarle por los poros.

¿De la familia? ¿Su trato?

Ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, porque Enzo continúa hablando mientras se pasa la mano por la cabeza:

—Petro, Liliana… Os presento al capo de la Cosa Nostra, don Vitale  Lombardy , y a su hijo, Dante .

Los observo con detenimiento durante un instante.

Al padre, que posee la clase silenciosa de quien no necesita demostrar nada. Al hijo, que me devuelve la mirada con una calma que no encaja en ninguna categoría que reconozca.

Y, antes de que pueda procesarlo, antes de que ninguna parte sensata de mi cerebro consiga detenerme, las palabras salen solas.

—Vale, entonces… ¿este es el capullo  con el que se supone que mi padre pactó mi matrimonio?

La osadía hace que mi tío y Petro se giren hacia mí al mismo tiempo, con las facciones desencajadas.

El silencio dura exactamente un segundo. Entonces, el capo sonríe y, en esa sonrisa, hay algo que no esperaba.

Reconocimiento.

Como si acabara de reencontrarse con un ser querido.

—¡Liliana! —grita mi tío, pero el tal Vitale lo detiene en seco.

—No… Ha sido muy preciso.

—¿Disculpa? —mascullo, comprendiendo que quizá he utilizado el adjetivo equivocado.

Él suelta una breve carcajada y, durante un segundo, sus ojos se vuelven sinceros.

—Eres igual que mi hermana menor. Los mismos ojos. La misma imprudencia… El mismo apodo para mí. Es como poder verla de nuevo. Gracias por eso, Liliana.

Me quedo paralizada.

Sus palabras aterrizan en mí con una resonancia extraña, como cuando escuchas una canción que no recuerdas haber aprendido pero que, de alguna manera, conoces de memoria.

—¿Su hermana? —consigo articular, y mi voz sale tan pequeña que apenas reconozco mi tono.

Vitale asiente despacio, sin apartar los ojos de los míos.

—Sofía. Era mi hermana pequeña—dice simplemente antes de alzar la mirada hacia el cielo, con una nostalgia que no consigue disimular—. Riposa in pace.

El nombre de ella en sus labios y esas últimas palabras en italiano hacen que el suelo desaparezca bajo mis pies.

—Mi madre… ¿era tu hermana?

Sus ojos se entrecierran y una pequeña mueca curva su boca.

Me falta el aire.

Todo empieza a moverse en mi cabeza de forma vertiginosa.

—Sí. Y tu padre, Marco, era mi consejero más leal. Mi único amigo.

Creo que tengo que estar imaginándomelo. No puede ser verdad, porque si lo es…

Este hombre es parte de mi familia.

Quería a mis padres.

Y nadie me lo dijo nunca.